Tres almas y una profecía CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Jonás y Miranda viajaron juntos siguiendo el rastro de Oriol, pero a pesar de todos los días que habían transcurrido, se encontraban en un callejón sin salida en el momento en el que el hombre emprendía el vuelo, pues allí perdían su pista.

Samuel regresó al refugio, lamentando haber fracasado tras la intensa búsqueda realizada en compañía de Gabriel.

—Samuel, he de regresar junto a Sofía, necesito comprobar que todo va bien por allí.

—Vete tranquilo, hermano. Nosotros no desistiremos en la búsqueda. Estoy convencido de que pronto la encontraremos.

—Estaremos en contacto.

Gabriel llegó a la ciudad y, al pasar frente a la cafetería en la que conoció a Cristina, sintió nostalgia y decidió entrar.

Era la primera vez que lo hacía desde su muerte y permaneció invisible para los humanos que estaban en el interior.

Se fijó en la mesa en la que la vio por primera vez y recordó el efecto que le produjo cuando ella alzó la mirada y lo saludó.

—¿Puedes verme? —le preguntó sorprendido.

Y ella asintió con una preciosa sonrisa.

Gabriel no comprendía como era posible que un humano pudiera verlo y esa curiosidad le hizo acercarse a ella para conocerla mejor. Con lo que no contaba era que se enamoraría perdidamente de ella y que fruto de ese amor nacería Sofía.

Suspiró y melancólico abandonó el lugar.

Paseó por las calles aprovechando que el verano daba un respiro y la temperatura ya no era tan elevada.

Estaba tan ensimismado que casi pasa por alto un olor conocido. Se puso alerta y girando sobre sí mismo trató de encontrar la fuente de esa esencia.

«¡Oriol!», se sorprendió. «Estoy seguro de que es él. ¿Cómo hemos podido ser tan obtusos de no buscarle cerca de Sofía?».

Voló hacia la casa de su hija y cuando llamó a la puerta salió Carmela a abrir.

La mujer se puso muy seria cuando vio la cara de Gabriel.

—¿Qué sucede?

—¿Está Sofía?

—No, tiene turno en el hospital.

—Ahora mismo voy para allí.

—¿Qué pasa? —preguntó nuevamente preocupada.

—Oriol está en la ciudad.

Carmela se llevó las manos a la cara mirándolo con preocupación. Acto seguido cogió el móvil que estaba sobre su mesa de trabajo y llamó a Alex primero y a Ian después para alertarles de la situación.

—¿No llamas a Sofía? —se extrañó Gabriel.

Los chicos están en el hospital vigilando. Ahora que saben lo que deben buscar podrán protegerla mejor.

—Voy para allí —insistió. —Lo conozco bien y puedo encontrarle. ¿Me haces un favor?

—Lo que quieras.

—Contacta con el consejo y explícales lo que hemos averiguado.

—Lo haré —afirmó la mujer con decisión.

Sofía se encontraba con el doctor Avellaneda y sus compañeros pasando consulta a una anciana.

La mujer estaba muy débil y todos sabían que apenas le quedaba tiempo, pero la trataban con cariño y la medicaban para que no sintiese dolor.

Cuando vio a Sofía, su rostro cambió. La joven fue consciente de ello y la sonrió sujetando su mano con cariño.

Carlos, Cristian y Luis abandonaron la habitación, pero ella acercó una silla a la cama y se sentó junto a la mujer, agarrando su mano nuevamente.

Era consciente de que la muerte la rondaba y de que no debía intervenir. De todas formas, podía aliviarla dándole consuelo y serenidad haciéndola ver lo que encontraría cuando abandonase este mundo.

Su esencia de ángel transmitió a la enferma la belleza de lo que la esperaba y mirando a Sofía sonrió y cerró los ojos. Poco después las máquinas pitaban informando de que su corazón había dejado de latir. La joven se puso en pie y acercándose la besó la frente.

Alertados por el pitido entraron el doctor y sus compañeros, que se detuvieron ante la hermosa escena que les recibió. Sofía resplandecía como si un aura de luz la acompañase mientras sonreía con dulzura.

Se incorporó y pareció salir de un trance al encontrarse con ellos, que la miraban totalmente embobados.

—Se ha ido —les dijo.

Pero ninguno contestó.

—¿Por qué me miráis así? —se extrañó mientas el aura se difuminaba hasta desparecer.

Luis fue el primero en reaccionar respondiendo con naturalidad.

—Me alegro de que estuvieses junto a ella cuando falleció. Estoy convencido de que tu compañía le hizo feliz.

Ella no dijo nada, simplemente asintió con la cabeza ajena a lo que los chicos habían presenciado.

Al terminar el turno se dirigieron los tres al bar a tomar algo como cada día. Carlos y Cristian permanecían en silencio sin atreverse a mencionar lo que habían visto, conscientes de que la joven era muy especial y debían mantener en secreto todas las señales que iban descubriendo.

Cuando tuvieron las bebidas en la mano, Carlos alzó la suya y mirando a Sofía brindó.

—Por nuestro ángel particular.

Cristian se sumó al brindis con respeto y admiración.

—Por Sofía.

Ella inclinó la cabeza sin saber cómo reaccionar. ¿Acaso habían descubierto algo? ¿O simplemente era una manera cariñosa de hablar?

Alzó su bebida y chocó su vaso con el de los jóvenes.

Alex hablaba con Ian en el exterior del bar mientras esperaban a que la joven terminase su rato de relax con los compañeros. Ambos estaban preocupados por las noticias que Gabriel les había facilitado, pero los dos estaban convencidos de que Oriol no se había acercado al hospital.

Desde que hablaron con el ángel, se habían turnado para vigilar a Sofía y rastrear al tal Oriol, aun así, ninguno había dado con la más mínima señal del ser que tanto revuelo y muerte estaba ocasionando.

—Alex, acompáñala a casa mientras yo intento dar con él por los alrededores. No puedo creer que no se haya acercado a ella, aunque solo sea por curiosidad.

—De acuerdo, le explicaré lo que sucede para que extreme las precauciones.

—Ya está al tanto.

—¿Qué? —se sorprendió Alex. —¿Ha sido Gabriel?

—Fui yo—contestó encogiendo los hombros—Antes de que digas nada, fue ella la que me lo preguntó. Sabe que está sucediendo algo y está cansada de que todos le ocultemos la verdad.

—Quizás tenga razón, no deberíamos ocultar lo que sabemos. Si está alerta, será menos probable que le pillen por sorpresa.

—Ya sale del bar, me voy.

Alex se acercó cuando los compañeros se despidieron de ella.

—Hola Sofía, hoy me toca acompañarte, ¿te apetece hacer algo en especial?

—Hola —respondió con una ancha sonrisa. —Desde que hemos regresado a la ciudad apenas nos hemos visto.

—Entonces, ¿te parece bien que nos sentemos en una terraza y tomemos algo?

Ella pareció meditar la respuesta unos segundos.

—¿Sabes lo que me apetece hacer?

Él negó intrigado.

—Mi parte de lobo está deseando tomar el control. ¿Podemos ir al bosque?

Alex asintió encantado. Amaba su esencia animal, sobre todo cuando Sofía corría junto a él. Miró al cielo y comprobó que el sol se estaba escondiendo para dar paso a la noche.

—Llama a tus padres primero, se quedarán más tranquilos.

—Mi padre salió de viaje por trabajo, pero es cierto que mi madre estará pendiente de mí, como todos vosotros. —Sacó el móvil y habló con ella.

—Estoy con Alex y no hemos captado el olor de Oriol por ningún lado.

—Estaré esperándote.

—Mamá, que ya no soy una niña.

—Para mí siempre lo serás. Te quiero.

—Yo a ti también.

Colgó el teléfono y con un gesto indicó a Alex que todo estaba bien.

Caminaban juntos hablando de la manada y de curiosas anécdotas que a la joven le hacían reír.

Sus brazos se rozaban y sus manos se golpeaban suavemente hasta que Alex agarró la de la chica entrelazando los dedos.

Después de todo lo que había sucedido entre los dos, fue algo natural para ambos. Sus miradas se cruzaron y se entendieron sin hablar.

Se hizo un silencio cómodo mientras sus corazones palpitaban al unísono.

«Tengo que decirle lo que siento», pensaba Sofía preocupada, «y también lo que siento por Ian. Tiene derecho a saberlo. ¿Pero cómo se lo explico? Ni yo misma me entiendo».

En aquel momento la chica se paró en seco olfateando el aire.

—¡Alex! ¿Lo percibes?

El joven la imitó y asintió con la cabeza.

—Está aquí o ha estado. ¡Vámonos! —ordenó tirando de su mano y sacando el móvil del pantalón.

—¿Alex? —respondió el interlocutor.

—Ian, estamos cerca del bosque y Oriol ha dejado su impronta.

—¡Salid de allí ahora mismo! Voy para allá.

Se encontraron a mitad de camino. Ian se acercó a Sofía con los ojos llenos de preocupación.

—¿Todo bien?

Ella afirmó con la cabeza y se puso en marcha acompañada de los dos jóvenes que intercambiaban miradas visiblemente preocupados.

Llegaron a su portal y subieron hasta su casa.

Carmela se sorprendió al ver a los chavales, pero cuando se dio cuenta del gesto de inquietud que tenían los invitó a pasar.

—¿Qué sucede?

—Oriol está cerca mamá, hemos detectado su presencia en el bosque.

—Gabriel debería regresar para protegerla —insinuó Alex. —Tratándose de uno de los vuestros considero que al menos uno tendría que estar presente para enfrentarlo llegado el momento.

—Será el único lugar en el que quiera estar, junto a su hija —razonó Carmela.

Gracias a sus alas, Gabriel no tardó en llegar a la ciudad.

Miró a Sofía y posteriormente estrechó la mano de sus guardianes y besó a Carmela en la mejilla.

—Gracias por todo, ahora sabemos a qué atenernos. Alex, Ian, podéis descansar, me quedaré aquí con ella.

—Haced lo que os dice —dijo ella. —Voy a cenar e irme a la cama. Mañana tengo que trabajar.

—¿No serás capaz de ir? —le soltó Ian cabreado.

—Por supuesto que sí. ¿Acaso piensas que me tengo que quedar aquí hasta que deis con él? El hospital es un lugar seguro, no creo que entre allí desplegando sus alas.

—No tiene ninguna gracia —aseguró Alex apoyando al vampiro.

—Vale, chicos —terció Gabriel tratando de apaciguarlos. —Estoy de acuerdo con Sofía, el hospital es zona segura.

—Los humanos no le verán si él no lo quiere.

—Pero yo lo veré y vosotros también —declaró Sofía convencida.

Carmela observaba el cruce de palabras sin saber cómo detenerlos, por lo que sacó su tono de madre y les interrumpió.

—Es de noche y estamos cansados. Vosotros dos regresad a vuestros lugares de descanso y nosotros tres vamos a intentar dormir y recuperar energía para mañana.

El licántropo y el vampiro obedecieron sumisos ante el tono de voz de la mujer abandonando la casa cabizbajos.

Cuando la puerta se cerró, Sofía soltó una carcajada.

—Mamá, te has pasado. Cuando hablas así das miedo —le dijo sin parar de reír.

—Incluso me has puesto firme a mi —convino Gabriel con gesto divertido.

—Dejaros en paz de tonterías y vamos a cenar.

El consejo envió a Miranda y a Valeria a la ciudad cuando Gabriel les explicó que Oriol rondaba por la zona.

Valeria no pertenecía al consejo, pero era uno de los miembros más queridos entre los ángeles.

Era muy hermosa, con el pelo rojo fuego rizado y los ojos verde esmeralda.

Al igual que Miranda, aparentaba tan solo veinte años, pero tenía la sabiduría de los antiguos.

Llegaron en plena noche y Sofía dormía profundamente en su cuarto.

Establecieron turnos para localizar a Oriol, así, mientras Gabriel se quedaba con Carmela, las jóvenes emprendían el vuelo hacia el bosque.

Sofía se despertó, se lavó la cara para despejarse y fue a la cocina donde Carmela y Gabriel charlaban frente a un café.

—Buenos días, dormilona, parece que se te pegaron las sábanas. Toma —le ofreció una taza. —No hay nada mejor que una taza de café y unas tostadas con mantequilla y mermelada.

Como un zombi con el pelo revuelto comenzó a dar sorbos al café.

—Tienes razón, esto resucita a un muerto —dijo riéndose al decir la frase. —Ahora las palabras tienen otro significado para mí.

Mientras masticaba la tostada le informaron de la llegada de Miranda y Valeria.

—Miranda me cae muy bien —afirmó con la boca llena—, pero a Valeria no la conozco.

—Vais a ser buenas amigas las tres, ya verás como encajáis —dijo Gabriel. —Incluso podéis hacer…cómo decís los humanos… fiesta de pijamas.

Carmela y Sofía rompieron a reír mientras le lanzaban las servilletas.

—Papá, ¿de dónde has sacado eso?

—Sabes que no podía estar contigo, pero te he visto crecer a escondidas, aunque he de reconocer que tú las celebrabas con Alfonso.

Las risas cesaron sustituidas por un respetuoso silencio.

—Tienes razón, papá. Alfonso era mi mejor amigo y celebramos muchas noches de cine y palomitas en casa. Son recuerdos preciosos que siempre llevaré en el corazón.

Alex la esperaba apoyado en la pared del portal. Vestía una camiseta negra de algodón y unos vaqueros negros. El pelo negro como su ropa le caía sobre los ojos oscuros como la noche.

«Mierda», pensó al verlo, «¿Siempre me va a pasar lo mismo?». Tratando de quitarle importancia, pasó la mano por su cabeza revolviéndole el pelo.

—¿Preparado para un nuevo día?

—Siempre.

—¿Sabes que han llegado dos ángeles para buscar a Oriol?

—No, la verdad es que no conozco a muchos. Hasta hace poco solo conocía a Fiona y a Valeria.

—Todavía no las he visto, pero me han dicho que estarán cuando regrese del hospital.

Sofía estaba en el vestuario cambiándose de ropa cuando una preciosa pelirroja se acercó a ella. Un aura de luz la rodeaba y despedía bondad y nobleza.

—Buenos días —su voz sonó como un alegre cascabel.

—¿Eres Valeria?

—Tenía muchas ganas de conocerte, Sofía. No quería esperar a la noche.

—¿Es seguro que estés aquí?

—Solo me ves tú y si la gente te ve hablando sola va a pensar que estás loca —afirmó con una sonrisa.

—Ya es lo que me faltaba.

—Viene alguien, tranquila que ya me voy — dijo guiñando un ojo y desapareciendo.

«He comenzado bien la mañana, primero Alex y luego este ángel que parece una adolescente rebelde. Creo que Gabriel tiene razón y vamos a llevarnos bien».