CAPÍTULO 36
Sofía llegó a casa cansada pero contenta. Le encantaba su trabajo y disfrutaba de la compañía de Luis y sus compañeros. En ocasiones, la sombra de Alfonso la acompañaba y entristecía, pero la mayoría de las veces conseguía recordarle con cariño.
No había nadie en casa y tras dejar el bolso en su cuarto fue al salón y se dejó caer sobre el sofá.
Se tumbó bocarriba y colocó las manos bajo la nuca mientras sus pensamientos desvariaban hacia sus guardaespaldas.
No sabía a qué atenerse. Ambos tenían algo que la atraía como un imán.
Cuando estaba con Alex, tan alegre, generoso y con un corazón enorme pensaba que lo amaba a él.
Pero luego aparecía Ian, despiadado, frío, fuerte…
y era consciente de que también sentía lo mismo por él.
Los dos eran tremendamente guapos y atractivos, y ambos la amaban, de eso estaba segura.
Tenía tal lio en la cabeza y en su corazón, que evitaba su compañía para no dañarlos. Cuando besaba a Alex se sentía culpable por lo que pudiera sentir Ian, y cuando era Ian quien la besaba, pensaba que estaba traicionando a Alex.
«¿Qué voy a hacer con estos chicos? ¿Es posible que los ame a los dos? Me siento egoísta porque sé que debería elegir a uno, pero no puedo renunciar al otro».
Cerró los ojos y se imaginó el rostro de Alex; le encantaba su pelo, tan negro como el de ella.
Cuando un mechón le caía sobre la frente, no podía resistir la tentación de retirárselo.
Su piel estaba bronceada y los ojos eran oscuros como la obsidiana y siempre sonreían cuando la miraban.
Era alto y delgado, aunque sus músculos estaban muy definidos y cuando se acercaba a ella sentía que la sangre ardía en su cuerpo.
Luego pensó en Ian, el chico más guapo que jamás había visto y la antítesis del licántropo, con el pelo rubio y los ojos verdes tan bonitos y peligrosos, que con su mirada la hechizaba y hacía que su corazón se volviera loco.
Suspiró y se levantó. No quería seguir en bucle con esos pensamientos sin conseguir tomar una decisión.
Escuchó cómo se abría la puerta de su casa y la voz de Carmela sonó clara mientras preguntaba.
—¿Hay alguien en casa?
—Yo —gritó Sofía saliendo en su busca. —¿Qué tal con la editorial? Supongo que les habrá encantado tu trabajo, te han quedado unas ilustraciones preciosas.
—Están entusiasmados —afirmó con una sonrisa.
—Lógico, los niños van a alucinar.
Sofía nunca se había parado a pensar en el aura que rodeaba a sus padres a pesar de que desde niña veía que eran especiales, pero ¿qué niño no ve a sus padres como los más maravillosos del mundo?
Ahora que sabía que eran mitad ángeles los veía con otros ojos y se preguntaba cómo no se había dado cuenta. También descubrió que siempre había percibido un aura que rodeaba a las personas y nunca le había dado importancia porque pensaba que todo el mundo podía verlo.
No se había planteado el significado de esa luz especial que acompañaba a cada ser hasta apenas unos días atrás. Esto le resultó inquietante en algunas ocasiones, en especial cuando el aura le indicaba maldad, dolor o muerte.
Últimamente detectaba en sus padres una sensación de preocupación que no sabía definir. Lo peor era que cuando Gabriel aparecía por sorpresa presentaba una actitud similar, e incluso Alex no podía ocultar lo que le carcomía por dentro.
«Ninguno me va a contar nada, son peor que un sacerdote con el secreto de confesión», se dijo, «pero sé de alguien que sí que me lo va a explicar».
Sacó el móvil del pantalón y marcó un número.
—Mi chica favorita—escuchó al otro lado de la línea. —¿Algún deseo especial para el día de hoy?
Sofía no pudo evitar reírse.
—Eres un payaso, ¿lo sabes?
—Tendré que acompañarte al hospital para hacer felices a los niños —aventuró sarcásticamente.
—Me temo que no soportarías el delicioso olor de la sangre y dejarías a más de uno seco —bromeó ella.
—Como siempre tienes razón, lo que me hace pensar en ti —replicó él.
—¿En mí? —se sorprendió la joven.
—¿Cómo controlas tu sed de sangre? —se interesó. —Los primeros días de tu conversión pasé horas en el pasillo del hospital atento a tu reacción. Te aseguro que pensaba que te lanzarías a la yugular del primer paciente que te encontrases, pero eres una caja de sorpresas.
—Si te sirve de consuelo, me pregunto lo mismo. Debo de ser un bicho raro.
—No lo negaré —afirmó jocoso. —Bien, princesa, ¿Me vas a contar lo que sucede?
—Si me acompañas a pasear por el bosque.
—¿Cuándo quieres que te recoja?
—¿Ya?
—Bajo de la azotea y nos vemos.
Sofía alzó la cabeza y miró hacia el edificio de enfrente donde el joven le hacía un gesto con la mano. La chica resopló contrariada. Se sentía como un pájaro en una jaula de oro, vigilada siempre por los suyos. Cerró las cortinas, cogió el bolso y bajó.
Alex estaba enfrente y su intención fue ir hacia ella, pero al ver que el vampiro se acercaba permaneció donde estaba.
La chica le saludó con una sonrisa y luego se marchó con Ian.
El licántropo hizo un gesto contrariado y abandonó la vigilancia optando por dar un paseo por la ciudad.
Ian y Sofía caminaron disfrutando del día soleado, pero ya no tan caluroso como en los meses principales del verano. Él permanecía en silencio dándole margen para que fuese ella la que comenzase la conversación.
Paso a paso fueron acercándose al cinturón verde que rodeaba la ciudad y Sofía no pudo evitar sonrojarse cuando recordó la vez que despertó desnuda junto al vampiro tras la luna llena.
—¿Te ocurre algo? —se inquietó Ian al ver su rostro.
—No —carraspeó—, lo que quiero decir es que quiero saber algo y eres el único que no me trata como si fuese un objeto frágil que se puede romper en cualquier momento.
—Eres la persona más fuerte que conozco —afirmó él sorprendiéndola.
—¿Te burlas de mí?
—Te aseguró que no. En tan solo unos meses te han mordido, te has transformado en licántropo, te han chupado la sangre hasta dejarte seca…
—Me has matado —señaló ella.
—Si, pero primero bebiste de mí, no corrías peligro.
—Por tu culpa me convertí en vampiro —le acusó.
—Gracias a eso no moriste cuando los licántropos te seccionaron la yugular, me imagino que querrás agradecérmelo.
—No seas engreído.
—Al contrario, simplemente constato un hecho. Aunque estarás de acuerdo en que como vampiro eres un desastre.
—¿Qué?
—Te has llevado lo bueno.
—¿Lo bueno?
—Tu corazón sigue latiendo, tu cuerpo está caliente y no bebes sangre. Y a cambio eres inmortal. ¿Qué más puedes pedir?
—Que no seas tan capullo. Mi sangre de ángel me hace inmortal salvo que alguien me quite la vida.
— ¿Ves? Esa sangre no te habría salvado del ataque de los licántropos.
—Ahora me vas a compensar por lo que me hiciste —le dijo deteniéndose bajo un enorme pino y cruzando los brazos a la altura del pecho.
Ian la miró tratando de saber por dónde iban los tiros.
—Pregunta.
— ¿Serás sincero?
— ¿Acaso te he mentido alguna vez?
Ella se quedó pensando y luego lo miró desconcertada.
—Te haré una pregunta y me demostrarás que siempre me dices la verdad.
—Hecho.
—¿Estoy en peligro todavía?
Ian permaneció en silencio mirándola fijamente a los ojos, observando en ella el gesto de determinación y de necesidad de saber. Sofía no rompió el contacto visual retándole a que cumpliera su palabra.
—Sí —se decidió al fin.
—Pero… ya detuvisteis a los que me perseguían—razonó atónita. —¿A qué me enfrento ahora?
—Al que orquestó los ataques de los licántropos y los vampiros, los reclutó y les ordenó que terminasen contigo.
—¿Y quién es?
—Los ángeles están buscándolo porque hay posibilidades de que sea uno de los suyos.
—¿Un ángel? Eso es imposible. He estado con ellos y te aseguro que la luz que desprenden es de paz y armonía.
—No soy yo quien lo dice —rebatió Ian encogiendo los hombros.
—Esa es la razón por la que Gabriel está tanto tiempo fuera… y por la que Alex y tú seguís junto a mí.
Los jóvenes permanecieron en silencio cada uno sumido en sus pensamientos.
—Ian, ¿crees que corro peligro en el hospital? No puedo dejar de ir, es mi vida y me gusta. Durante años he luchado por llegar ahí.
El vampiro sujetó las manos de Sofía y muy serio replicó.
—Mientras me quede un soplo de vida nada ni nadie te dañará y sabes que terminar conmigo no es algo sencillo.
—¿Me informarás cuando descubráis algo?
—Lo haré.
Ella suspiró y comenzó a caminar en dirección a la ciudad.
—Ya que estamos aquí podríamos disfrutar de la naturaleza —propuso el vampiro medio en broma.
—Mejor regresamos.
—¿No quieres estar a solas conmigo? —preguntó provocándola.
—No juegues con fuego que te vas a quemar.
—No me importa quemarme si estoy junto a ti —respondió muy serio mirándola a los ojos. —Sofía… dime si sientes algo por mí…
La joven sintió un escalofrío al escuchar el tono de voz del vampiro. Le parecía increíble pero la pregunta no era jocosa, sino seria y apremiante.
Miró el rostro del chico y comprobó que realmente la quería y que sufría por culpa de su indecisión.
—Ian, no tengo respuesta para tu pregunta.
—Es por Alex.
—Es por los dos —afirmó sintiendo que se le llenaban los ojos de lágrimas. —Lo siento, de verdad, no quiero hacerte daño.
Ian se acercó y limpió con ternura las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas.
Esa faceta del chico la pilló por sorpresa provocando que su llanto se volviese más convulso.
El vampiro la acercó a su cuerpo y la abrazó, acariciando su cabello y susurrándole palabras cargadas de ternura.
Sofía apoyó la cabeza en su pecho y cerró los ojos.
Se encontraba tan cómoda, lo deseaba tanto, que se obligó a separarse de él.
—No puedo.
—Tus labios dicen una cosa… tus ojos me dicen otra —le susurró mientras la agarraba por la cintura y acercaba de nuevo su cuerpo al de él. Sujetó su barbilla con una mano y le obligó a mirarle a los ojos.
Como dos imanes, sus labios se acercaron hasta unirse y fue como si se desatase una tormenta entre los dos. No podían dejar de besarse aun sabiendo que después todo seguiría igual. Se aferraron el uno al otro como náufragos que encuentran una tabla a la que asirse en el mar.
El cuerpo de Sofía ardía y su corazón bombeaba locamente mientras se rendía al vampiro que la amaba como jamás había amado a nadie.
Ian sabía que ella era la compañera que siempre ansió, la que llenaba el hueco que su corazón había dejado, pero también comprendía que Alex se interponía entre los dos. Por eso sus besos eran como una despedida y dolían tanto.
Temblorosos se separaron sin dejar de mirarse, sintiendo que algo en su interior se rompía.
—Vamos —dijo Ian con la voz ronca al mismo tiempo que extendía una mano a Sofía. —Es hora de regresar.
Sofía llegó a casa y se encerró en su habitación llorando desconsolada.
—Hija —la llamó su madre al otro lado de la puerta. —¿Puedo pasar?
La joven no respondió, pero Carmela escuchaba su llanto y comprendía que lloraba por amor. Suavemente abrió la puerta y entró, sentándose en la cama junto a su hija.
—Mamá —gimió lanzándose a los brazos de la mujer. —Le quiero, los quiero… Soy una persona horrible…
Carmela ocultó una sonrisa al escuchar a su hija hacer esa afirmación tan dramática y la abrazó hasta que se tranquilizó.
—¿Qué te parece si nos ponemos un café y me cuentas lo que te pasa?
—Vale —contestó con voz lastimera.
Minutos después estaban sentadas en la cocina con un reconfortante café recién hecho.
—Cuéntame lo que te sucede, persona horrible.
—Mamá, no te burles, me siento fatal.
—Me imagino que hablamos de Alex y de Ian.
Sofía asintió con la cabeza.
—Dices que los quieres a los dos, y me gustaría saber qué problema hay en ello.
Sofía puso los ojos en blanco y dejó el café sobre la mesa.
—Que los dos me corresponden y no puedo jugar con ellos, pero no puedo evitarlo, de verdad que lo intento, pero cuando estoy con Alex… pienso que es a él a quien quiero, y cuando estoy con Ian… lo elijo a él.
—Pues sí que tienes un problema —afirmó Carmela dándole palmaditas en la mano. —Entre nosotras, comprendo tus dudas. Los dos son guapos y demuestran cada día lo que sienten por ti, pero…
—Pero ¿qué? —preguntó esperanzada.
—Ian es un vampiro, un depredador sin alma que va arrancando corazones sin ton ni son y además bebe sangre.
—Lo sé…, pero cuando está conmigo es diferente y me encuentro tan bien que olvidaría todo por él.
—Alex está vivo y tiene corazón, su sangre es caliente y aunque es un licántropo domina su forma animal y su vida será longeva al tener el gen del lobo.
—Y es todo lo que siempre imaginé del hombre con el que querría estar. Por eso estoy así, los dos son lo que siempre soñé, pero no puedo tenerlos a ambos.
Permanecieron en silencio un rato hasta que Sofía comentó.
—Mamá, recuerdas que yo también soy un vampiro, ¿verdad?
—Suelo olvidarlo —reconoció—, porque eres diferente a todos los vampiros que conozco.
Cuando Gabriel nos explicó lo que había sucedido, tu padre y yo sentimos terror por lo que sería tu vida a partir de ese instante.
La sed de sangre, el frío, los posibles asesinatos…
Luego regresaste y eras la Sofía de siempre, nuestra hija cálida y dulce.
Todo está siendo tan terrible y doloroso que nos admira tu manera de actuar.
Cuando perdiste a Alfonso estábamos convencidos de que te sumirías en una depresión, lo querías tanto que hubiera sido comprensible, pero aquí estás, enfrentándote a cada problema con valentía y determinación.
—Ian y Alex han tenido mucho que ver. Sin su apoyo y compañía no sé qué habría sido de mí… ¿Qué hago con ellos? No puedo elegir.
—Deja pasar el tiempo y conócelos mejor. No se me ocurre otra cosa.