Tres almas y una profecía CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Fiona había perdido la cuenta del tiempo que llevaba prisionera en la gruta. Oriol no había hecho acto de presencia ni una sola vez, al menos mientras ella estaba despierta, aunque se había encargado de que no le faltase nada.

Las cadenas de oro la debilitaban e impedían que pudiera escapar y su preocupación iba en aumento al pensar en lo que Oriol podía estar tramando.

Sentía una inmensa tristeza y no podía evitar derramar lágrimas al pensar en el ángel que la retenía.

El consejo no sabía qué más hacer para encontrar a Fiona. Todos estaban convencidos de su inocencia a pesar de las pruebas que indicaban que había estado en el lugar de los crímenes. Todos los ángeles estaban en alerta y no cejaban en la búsqueda de uno de sus más queridos representantes.

Fiona era justa y bondadosa y sus ojos transmitían sabiduría y amor. Siempre tenía una palabra amable para los demás y estaba a disposición de quien lo necesitase.

Por ello, el consejo estaba convencido de que si no la habían encontrado todavía era porque alguna fuerza oculta la tenía retenida.

Jonás caminaba arriba y abajo por la estancia sin saber qué más hacer. Llevaba días volando de un lugar a otro tratando de dar con su paradero sin encontrar ni un solo indicio que marcase su presencia.

—Es imposible que haya desaparecido así, sin más —se desesperaba.

—Cálmate Jonás, por mucho que te inquietes y desgastes el suelo con tus paseos, Fiona no va a aparecer —razonó Samuel, impasible como siempre.

—No comprendo cómo puedes estar tan tranquilo —se exasperó Jonás.

—Estoy tan preocupado como tú, pero alterarme no va a ayudar a que nuestra hermana aparezca.

—Lo sé, pero me ayuda a mí a descargar energía negativa —replicó Jonás.

—Samuel, déjalo tranquilo. Cada uno reaccionamos de una manera ante las adversidades —comentó Miranda limando asperezas.

—Saldré nuevamente a buscarla, es mejor que permanecer aquí pensando en lo que puede estar sucediendo.

Gabriel sigue indagando y trata de dar con su paradero.

Ha vuelto a visitar a los licántropos y a los vampiros sin obtener ningún resultado.

—Todo esto es demasiado extraño —afirmó Jonás deteniendo su paseo. —Pienso que alguien la tiene retenida, es mejor eso que la otra opción…

—¿Quién querría hacer daño a un ángel? —se planteó Miranda mirando a sus hermanos. —No paro de darle vueltas a una idea.

—Compártela con nosotros —pidió Jonás.

—Es obvio que alguien captó a los vampiros y licántropos que han estado atacando a Sofía, y estoy convencida de que no fue Fiona.

Si es Oriol quien la retiene estamos haciendo la búsqueda equivocada.

Tendríamos que seguir su rastro y no el de ella.

Si lo encontramos nos llevará al lugar en el que la tiene oculta.

—Empecemos ahora —dijo Samuel poniéndose en pie con energía—. Pero no solo seguiremos sus huellas —afirmó—, sino cualquier vestigio de seres del inframundo. Si Oriol está en la Tierra es porque alguien le ayudó a escapar, y me temo que puede haber venido acompañado.

Un mes atrás, Oriol paseaba por la ciudad en la que vivía Sofía.

Era un lugar hermoso y lleno de luz, encajado en un valle y rodeado de un ancho cinturón verde.

Después de haber permanecido tantos años encerrado en el inframundo esto era lo más parecido al paraíso para él.

Disfrutaba del verano sentado en una terraza y mirando en su móvil las redes sociales, porque cuando llegó a la tierra descubrió el maravilloso artefacto que con una sola mano le podía facilitar toda la información que quisiera al instante.

Cuando llegó allí veía a todo el mundo con el aparato en la mano tecleando a toda velocidad.

«¿Qué demonios hacen todos con ese chisme?», se preguntó intrigado. «Parece que les entretiene bastante ya que prefieren usarlo a mantener una conversación con los demás».

Beneficiándose de que los ángeles podían permanecer ocultos a la vista humana, se acercó a una terraza y aprovechando que una joven había dejado su artefacto sobre la mesa se lo llevó.

Se adentró en el bosque y sentándose sobre la hierba trató de descubrir cómo funcionaba. Nueve puntos aparecieron al apretar casualmente un botón.

«Dibuje patrón de desbloqueo», leyó cuando se encendió la pantalla.

—¿Qué puñetas es eso?

Se quedó mirándolo como si fuese un ser con vida propia y luego pasó la yema del dedo como lo haría un niño pequeño. Al tercer intento el aparato se bloqueó. Exasperado lo lanzó con todas sus fuerzas estrellándolo contra un árbol.

«Necesito ayuda para poder moverme por el mundo. Todo ha cambiado tanto estos siglos que no sé por dónde empezar».

Descubrió que Sofía trabajaba en un hospital y comprendió que necesitaba un topo que le llevase ante ella. ¿Y qué mejor confidente que un médico?

«He de ir a un hospital donde ella no trabaje. En el suyo siempre hay alguien protegiéndola y además ella me vería al tener sangre de ángel», razonó pensativo.

Encontró otro hospital y haciéndose invisible para los humanos caminó buscando lo que necesitaba.

Su esencia angelical le hacía detectar cómo era una persona, si tenía buen corazón o si era un miserable.

Casi todos los médicos desprendían un aura de generosidad y bondad, por lo que le llevó bastante tiempo encontrar lo que necesitaba.

Ahí estaba un tal doctor Pelayo, grande y fuerte, con rostro agradable.

«Este hombre puede dar el pego, con ese aspecto nadie imaginaría lo negro que tiene el corazón. Tendré que averiguar qué es lo que más desea para reclutarle como hice con los licántropos y los vampiros».

No tardó en descubrir que lo que deseaba era fama y poder. Afortunadamente, eso es algo que él podría facilitarle gracias a sus dones angelicales.

Fue fácil acceder a él y convencerlo de lo que quería que hiciese.

Primero le pidió un móvil y que le enseñase las nociones básicas para manejarlo.

También estaba interesado en conocer los aspectos más importantes de la vida.

Cuando el consejo lo envió al inframundo, siglos atrás, las casas eran de madera y las calles estaban sin asfaltar, la gente humilde se trasladaba a pie y los que poseían caballos eran unos privilegiados.

Todo había cambiado tanto que la ciudad era una fuente inagotable de sorpresas.

Una vez adaptado a la nueva vida, decidió poner en marcha su plan.

—Rubén, solicita un puesto en el hospital Virgen del Carmen y contacta con una doctora llamada Sofía Negueruela. Es joven, de estatura media, esbelta, con la piel blanca, el pelo negro y los ojos azules.

—Por lo que describes debe de ser una mujer muy hermosa.

—Lo es, pero como se te ocurra tocarle un pelo te mato. Ella está prohibida para ti.

—No te alteres que solo era una broma.

—Como has podido apreciar, no me gustan las bromas. Y ahora lárgate y vete a hacer lo que te he pedido.

Tras el primer contacto del doctor Pelayo con Sofía, éste trató de coincidir con ella en varias ocasiones, mas la joven había levantado una barrera invisible en cada ocasión debido al rechazo que le producía el hombre.

—Lo único que tienes que hacer es ganarte su confianza. No creo que sea tan complicado— lo azuzó Oriol cabreado.

—Apenas me acerco a ella encuentra cualquier disculpa para alejarse de mí —se defendió molesto.

—Tenía que haberlo imaginado—se lamentó el ángel mirando al hombre—, eres tan ruin y mezquino que ella lo intuye, por eso no te quiere junto a ella.

—Pues tenemos un problema —respondió Rubén altanero.

—Tienes un problema —afirmó Oriol. —Si quieres todo lo que te prometí, tienes que cumplir tu parte. Piensa en algo que le pueda atraer y gánatela. Es imperativo que te siga a donde yo te diga. ¿Lo tienes claro?

El ángel lo miró de tal manera que el doctor asintió asustado con la cabeza.