Tres almas y una profecía CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Sofía continuaba en el bosque con Alex y el resto de la manada.

La zona donde habitaban era un remanso de paz.

Un imponente y maravilloso lago de superficie plateada se hallaba a poca distancia de allí, y preciosas montañas lo rodeaban protegiéndolo de la polución de las ciudades circundantes.

Había lugares preciosos para hacer senderismo utilizados por los humanos, pero también existían otros, que solo los licántropos conocían, ocultos entre las montañas en los que los lobos podían vagar a sus anchas.

La compañía de los licántropos y, en especial, la del joven le hacían sentir bien y volvía a recuperar las ganas de regresar con sus padres e incorporarse a la vida cotidiana. Poco a poco sus heridas se iban cerrando y se sentía más fuerte.

Desde el último ataque de Martina, cuando se transformó en loba sin apenas esforzarse, había aprendido a controlar su parte animal.

Ahora se transformaba cuando quería sin necesidad de esperar a la luna llena y el dolor que padecía al transformarse las primeras veces ya había pasado al olvido.

Le gustaba correr con los jóvenes de la manada al anochecer convertidos en lobos y aunque sabía que no era de los suyos se sentía aceptada por todos.

En ocasiones lamentaba no poder comunicarse mentalmente con ellos cuando estaban en la forma animal, pero Alex le quitaba importancia y siempre tenía una sonrisa para ella.

«Alex», pensó mientras sentía como sus mejillas se sonrojaban.

«Cada vez que estoy con él noto un calor que empieza en el estómago y se extiende por todo mi cuerpo, incitándome a besarlo.

Ian», se dijo sin poder evitarlo. «Cuando está frente a mí no sé lo que me sucede, pero mi cuerpo arde y solo deseo que apague mi fuego con su frio».

Sacudió la cabeza tratando de sacarse a los dos chicos de ella y notó que su móvil vibraba en el bolsillo trasero del pantalón. Abrió los ojos sorprendida al ver quien llamaba.

—Doctor Avellaneda, qué ilusión recibir su llamada.

—Sofía, por tu tono de voz deduzco que te encuentras mejor.

—Poco a poco la herida se va cerrando. Distanciarme del trabajo y de la ciudad me ha venido muy bien.

—¿Dónde te encuentras? —preguntó sorprendido.

—Me vine al campo para recuperar la calma, aunque le echo mucho de menos a usted, y a mis compañeros. ¿Cómo va todo por ahí?

—Las cosas siguen igual, bueno, salvo por la llegada de un nuevo doctor, un tal Pelayo. Quizás le conozcas.

—Pues no me suena su nombre, pero quizás si le pongo cara…

—Hace un rato que he estado con él y me preguntó por ti.

—Ahora sí que me pica la curiosidad.

—Eso tiene fácil solución. Estamos deseando que regreses. ¿Podemos contar contigo?

—Deme un poco más de tiempo, por favor.

—El que necesites, te vamos a recibir con los brazos abiertos.

—Gracias, doctor, por apoyarme siempre y por ser tan buen mentor. Le prometo que regresaré pronto.

Cuando colgó la llamada se quedó mirando el teléfono con una sonrisa, que fue interrumpida por una voz a su espalda.

—¿A dónde piensas regresar?

—Ian, eres un cotilla y un maleducado —respondió irritada. —¿No tienes otra cosa que hacer más que seguirme a todos los lados? Además, ¿no te había dicho Laia que te fueses?

—Vaya recibimiento —le susurró acercándose a ella. —¿Me has echado de menos? —preguntó mirándola con arrogancia.

«Estoy atrapado», pensó hundiéndose en los enormes ojos azules que le cautivaron desde el primer momento. «Esas chispas de luz me llaman como un canto de sirenas», se dijo».

«No me mires así», pensó ella sin poder evitar la mirada de ojos verdes.

—Sinceramente —añadió en voz alta—, cuando te fuiste llegó la paz. ¿Por qué has vuelto?

—Alguien tiene que cuidar de ti… ¿Seguro que no te has acordado de mí?

—No.

—¿Ni siquiera un poquito? —preguntó juguetón mientras enredaba un mechón del cabello oscuro de la muchacha en sus dedos.

—¡Para ya! —se enfadó, y con un tirón recuperó el mechón de pelo.

Ian se acercó tanto que sus narices casi se rozaban.

Sofía quería moverse, pero sus piernas no la obedecían.

«Soy como una mosca atrapada en la red de una araña», se dijo mientras sentía que todo su cuerpo ansiaba romper esa pequeña distancia.

—Ian… —susurró. —Alex me ha cuidado muy bien —añadió sabiendo que el chico iba a explotar.

—Mierda, Sofía, tiras a matar. Veo que no se te ha pasado el enfado.

—Tú tienes la culpa. Siempre tienes que matar a alguien. Además, lo tuyo con los corazones es fijación. O los arrancas o les disparas una flecha.

—Es rápido e indoloro —rebatió él con una sonrisa—, y tú estás segura sin esa calaña rondándote.

—¿Sabes lo que te digo? Me largo de aquí. Regreso a casa con mis padres y voy a recuperar mi vida.

—¿No te preocupa trabajar en un hospital lleno de sangre?

—Tengo suerte de ser parte licántropo —afirmó convencida. —Puedo comer lo que quiero y no siento sed de sangre.

—Yo me andaría con cuidado no sea que ataques a uno de tus pacientes, aunque estaré cerca para detenerte si no te contienes.

—Sofía —llamó Alex acercándose a la pareja. —¿Todo bien?

—Más que bien —le sonrió—, ya estoy preparada para regresar a casa.

—¿Te vas?

—Sí, tengo que dejar de lamerme las heridas y comenzar de nuevo.

—¿Has pensado que si regresas al hospital habrá mucha sangre?

—Justo acabo de decirle lo mismo —apuntó Ian—, pero ya sabes lo cabezota que es.

—¡Increíble! Os habéis puesto de acuerdo —se burló mirando a los dos chicos.

El vampiro y el licántropo no pudieron evitar reírse. Después la siguieron hacia el poblado como dos corderos.

Más tarde se despedían de Laia y el resto de la manada y salían los tres hacia la civilización.

Malcom y Carmela esperaban con ilusión el regreso de su hija. Hablaban con ella frecuentemente, pero la echaban de menos y necesitaban comprobar que estaba bien.

Cuando escucharon las llaves en la cerradura de la puerta, salieron a recibirla, y allí estaba su pequeña, más hermosa que nunca y con una enorme sonrisa.

—¡Cómo os he echado de menos! Casi había olvidado vuestro aroma —murmuró inspirando con fruición. —Allí todo huele a lobo y a ratos a vampiro —añadió jocosa.

—Tienes que contarnos todo lo que ha pasado estos días —rogó Carmela arrastrándola al salón.

—¡Pero si os lo he contado ya!

—No es lo mismo por teléfono que en persona —explicó su madre emocionada.

La velada sentó muy bien a la joven que por fin veía signos de normalidad en su vida. Tras la cena se fue a su habitación y paseó la mirada por todos los rincones, pedazos de su vida sobre la mesa, pegados en la pared e incluso un pequeño osito de peluche sobre la cama.

Se acercó a un tablón de corcho y con cuidado desprendió una foto en la que Alfonso y ella miraban a la cámara sacando la lengua. Se tumbó en la cama y suspiró.

En la azotea de enfrente, Ian vigilaba con atención a la chica. Tanto Alex como él sabían que tarde o temprano el ángel misterioso organizaría un nuevo ataque. Mientras tanto intentarían que la vida de Sofía transcurriese de la manera más tranquila posible.

Al día siguiente, Sofía se incorporaba al trabajo llena de energía.

La medicina era para ella algo mágico y tras tantos días separada de su vocación, entrar en el hospital era motivo de alegría.

Atrás se quedaron los malos momentos, los licántropos, los ángeles y los vampiros.

Para ella, una nueva vida comenzaba en el momento en el que sus pies cruzaron el umbral del hospital.

Cristian y Carlos la abrazaron con entusiasmo, mientras que Luis la miraba con cariño y orgullo.

El día transcurrió tan rápido que cuando se quiso dar cuenta era la hora de salir.

—Sofía, vamos al bar a tomar algo —propuso Carlos rodeando los hombros de la joven con su enorme brazo.

—Tenemos que contarte un montón de cosas —añadió Cristian emocionado. —No te puedes hacer una idea de las operaciones que hemos realizado.

Se dirigieron al cercano bar y pidieron a Félix tres cañas.

—¡Sofía! —exclamó el camarero. —Qué alegría volver a verte. Esto no es lo mismo sin ti. Chicos, a esta ronda invita la casa.

—Gracias, Félix, yo también os he echado de menos a todos. No os hacéis una idea de lo feliz que estoy de volver a recuperar la rutina.

—Han sido momentos difíciles —respondió Cristian comprensivo—, y todavía no hemos tenido ocasión de despedirnos de nuestro amigo y compañero. Brindemos por Alfonso.

Todos los presentes alzaron sus copas, pues la mayoría lo conocían por el entorno del hospital o por los ratos que pasaba en el bar.

Sofía sonrió mientras chocaba su copa con la de la gente que rendía homenaje a su amigo de la infancia y pensó que, por fin, podía escuchar su nombre sin romper a llorar.

Los días fueron pasando como las páginas de un libro se deslizan una tras otra al ser leídas. Sofía amaba cada día más su trabajo y los pacientes esperaban con impaciencia su visita, pues de alguna manera, ella conseguía animarlos o hacer que se encontrasen mejor.

Una mañana paseaba por el pasillo con la cabeza inclinada sobre los resultados de una prueba cuando se chocó con alguien.

Alzó la cabeza y se encontró con un hombre vestido con una bata blanca en cuya identificación ponía «Dr. Pelayo». Era grande y de rostro agradable, pero por algún motivo, a Sofía le produjo rechazo.

—Disculpe, doctor, estaba distraída con el informe de un paciente.

—Tranquila, Sofía, también iba distraído —repuso con una sonrisa. —¿Qué tal la incorporación al trabajo?

Ella frunció el ceño tratando de recordar al hombre, ya que la trataba como si se conociesen, pero por más que lo intentó no lo consiguió.

—Todo es perfecto, señor.

—No hace falta que seas tan formal, puedes llamarme Rubén.

—¿Nos conocemos de algo? —preguntó intrigada.

—No personalmente. A pesar de llevar poco tiempo aquí he escuchado hablar de ti, siempre cosas buenas.

Sofía cada vez se sentía más incómoda en la presencia del hombre que le pareció falso y lisonjero.

—Tengo que irme, doctor, un paciente me está esperando.

—Por supuesto, continúa trabajando. Seguro que volvemos a coincidir.

Ella le dio la espalda y sintió como los ojos del hombre la seguían, provocando que se le erizasen los pelos de la nuca en señal de alarma.

Entró en la habitación 215, donde una adolescente pálida y ojerosa dormitaba inquieta.

—Buenos días, Vera, soy Sofía, tu médico. ¿Cómo te encuentras?

—No muy bien.

—¿Dónde están tus padres?

—Tenían que ir a trabajar.

—Comprendo —asintió Sofía con la cabeza—, no pasa nada. Ya sabemos lo que tienes y es lógico que estes fastidiada. Hay piedras en el riñón y es algo muy doloroso. Voy a ponerte un tratamiento para quitarte el dolor y estaremos pendientes para ver si las puedes expulsar.

—¿Me va a doler? —se asustó.

—Intentaré que no —le sonrió. —¿Me dejas sentarme en tu cama?

—Claro.

La chica se encontraba tan mal que apenas había dirigido la mirada a la doctora, pero ahora reclamó toda su atención.

Era una joven muy hermosa, con la piel blanca y el cabello largo y oscuro recogido en una cola de caballo.

Sus ojos eran impresionantes, los más bonitos que había visto en su vida.

Se corrió a un lado de la cama para dejar hueco a la joven y esta se sentó.

—Vera, voy a tomarte el pulso —informó con una amplia sonrisa mientras sujetaba la muñeca de la paciente.

En ese momento Sofía sintió que de sus dedos brotaba una energía que se deslizaba hasta el cuerpo de la adolescente.

Permaneció así unos instantes hasta comprobar que el rostro de Vera recobraba el color y el pulso se acompasaba.

—Buena chica —dijo Sofía soltando la mano de su paciente, pero permaneciendo sentada a su lado.

—Estoy segura de que los medicamentos van a ser efectivos y podrás regresar a casa pronto.

Diré a la enfermera que te traiga un zumo para que te lo bebas y ayude a expulsar las piedras. ¿Te gusta algún sabor en especial?

—El de piña es mi favorito —respondió animada. —¿Sabes que me encuentro mejor? ¿Has hecho algo?

—Sí, me he sentado a tu lado y he hablado contigo. Cuando nos encontramos mal y estamos solos lo vemos todo gris, pero si nos distraemos podemos olvidar un poco el dolor.

Sofía acompañó a la adolescente durante un rato contándole anécdotas y escuchando lo que Vera le respondía.

Cuando abandonó la habitación se fue con la tranquilidad de saber que todo iría bien.

Con su energía angelical había reducido las piedras a arenilla y aunque no iba a ser agradable, con el tratamiento apenas sentiría dolor.