Tres almas y una profecía CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

En el hospital Virgen del Carmen, el doctor Luis Avellaneda se encontraba en su despacho examinando los resultados de varias pruebas realizadas a sus pacientes. Los MIR habían terminado su turno hacía tiempo y a él le gustaba disfrutar de un rato de soledad.

La imagen de Sofía le vino a la cabeza y no pudo evitar sonreír al pensar en ella.

Era una joven con un gran talento que le había encandilado desde el primer momento, aunque también debía confesar que no era solamente su gran capacidad como médico y su belleza física e interior lo que le atraía, sino que estaba totalmente intrigado por lo sucedido con la milagrosa recuperación de Hugo y posteriormente, la de ella misma después del ataque por parte de un lobo.

La teoría que expuso la joven del poder de la mente en la curación fue una buena disculpa para que no saltasen las alarmas en el hospital, al igual que el silencio que guardaron los padres del niño y los compañeros MIR.

Sin embargo, él estaba convencido de que había algo más, aunque su cabeza le decía que era mejor no adentrarse en ese sendero si no quería descubrir algún secreto. La pregunta era… ¿El secreto era algo oscuro o por el contrario era algo lleno de luz?

Tenía claro que Sofía era toda luz… pero… Lo mejor era olvidarlo.

Unos discretos golpes sonaron en su puerta sacándole de su ensimismamiento.

—Adelante.

La puerta se abrió dejando paso a un hombre grande y fuerte de unos cuarenta años, de complexión atlética y rostro agradable. Vestía una bata blanca sobre la ropa de calle y en el bolsillo superior aparecía su nombre.

—Buenos días, doctor Avellaneda, soy Rubén Pelayo y acabo de incorporarme a mi puesto de trabajo en este hospital.

Luis se puso en pie y acercándose al nuevo compañero le estrechó la mano.

—Encantado de conocerte y muchas gracias por el detalle de acercarte hasta aquí para presentarte.

—He escuchado mucho acerca de tu trabajo y es para mí un honor compartir contigo estas instalaciones tan modernas.

—Me sorprende lo que me dices —respondió Luis con sinceridad—, no creí que se hablase de mi tan positivamente.

—Todos sabemos que el índice de bajas de tus pacientes es bastante inferior al habitual y que tus residentes suelen ser los mejor formados. Por cierto, he escuchado que uno de ellos, una tal Sofía, ha abandonado el trabajo.

Sin conocer el motivo, Luis se puso tenso. Precisamente instantes antes estaba pensando en la chica y ahora este desconocido saca a relucir su nombre sin ton ni son. Tratando de aparentar tranquilidad respondió con una sonrisa.

—Realmente no se ha marchado, simplemente se ha cogido un tiempo para reponerse de una desgracia que le ha afectado mucho.

—¿Una desgracia? —se interesó el recién llegado.

—Así es —cortó Luis secamente.

—Perdona si te he molestado con mis preguntas —replicó el doctor. —No pensé que fuese un secreto y no era mi intención ser indiscreto.

Luis no supo qué responder ante esta disculpa y aunque en su fuero interno sabía que quizás estaba juzgando al hombre equivocadamente, su instinto le alertaba de algo a lo que no sabía poner nombre.

—Bueno, voy a saludar al resto de los compañeros y comenzaré mi turno. Cualquier cosa que necesites solo tienes que pedirlo.

Y tal como llegó, se fue, dejando a Luis pensativo y con preguntas acerca de las intenciones del hombre.