CAPÍTULO 31
Fiona permanecía encadenada en la gruta viendo el paso del tiempo a través del orificio que le permitía ver el cielo. Cuando recobró la consciencia, la luz del sol se reflejaba en el estanque que había junto a ella. Ahora percibía el brillo de las estrellas y de la luna.
A pesar de sus esfuerzos, las cadenas de oro la impedían cualquier tipo de movimiento. El oro era un arma de doble filo para los ángeles, pues dependiendo de su uso, podía hacerles más fuertes o doblegarlos.
La mujer estaba convencida de que, en su caso, habían aplicado un hechizo de contención.
Durante las horas que transcurrieron desde que despertó, trató de ver a Oriol, llamándole una y mil veces con desesperación, esperando que saliese de su escondite y diese la cara.
Con la voz ronca insistió una vez más:
—Oriol, sé que eres tú. A pesar de los siglos que han pasado reconozco tu olor. Déjame verte y habla conmigo.
Mas nuevamente el silencio fue la respuesta.
En el refugio, El consejo deliberaba cómo enfrentarse al problema que se les había presentado.
Samuel fue escueto en su exposición de los hechos. Oriol, el ángel caído, había regresado para vengarse.
—No puedo creérmelo —insistía Jonás tras escuchar las explicaciones de sus hermanos. —Hace siglos que no sabemos de Oriol y aparece justo con el comienzo de la profecía. ¿Realmente creéis que ha regresado? ¿Cómo es posible?
—Si no lo hubiese comprobado personalmente, reaccionaría como tú —afirmó Samuel—, pero los olores de Fiona y Oriol todavía estaban en el ambiente.
—¿Creéis que ella lo está ayudando? —sugirió Jonás.
—¡Jamás! —negó Gabriel indignado. —Fiona está libre de toda sospecha, en tal caso lo que me inquieta es su desaparición. ¿Ha tenido algo que ver Oriol?
Los miembros del consejo se miraron desasosegados al pensar en lo que le podría suceder a su hermana.
Samuel carraspeó antes de pronunciarse.
—Si Oriol ha regresado del destierro, ha tenido que recibir ayuda del inframundo. De ahí no se sale fácilmente si no mueve los hilos alguien con gran poder.
—Si uno de los guardianes ha permitido su salida, quizás sea el mismo que soltó al asesino de Cristina hace veinticinco años —aventuró Gabriel con voz ronca.
—Eso explicaría muchas cosas —afirmó Miranda muy seria—. Opino que hoy mismo tenemos que investigar todo, la desaparición de Fiona y el regreso de Oriol.
—Iré yo —dijo Gabriel.
—Te acompañaré —contestó Miranda.
Oriol tenía sentimientos encontrados respecto a Fiona.
Durante los siglos que permaneció desterrado en el inframundo la odió con todas sus fuerzas.
Aquel lugar maldito era frío y gris, como los seres que transitaban por él.
No era justo que lo hubiesen enviado allí, él era un ser de luz que necesitaba el calor de sus compañeros y se sentía como si le hubiesen arrancado el alma.
Cada día era como una pesadilla que se repetía una y otra vez. No distinguía el día de la noche, pues allí no llegaba la luz del sol. Era como estar muerto en vida y simplemente lo que deseaba era dejar de existir.
Pero ahora que Fiona estaba en su poder, su alma estaba despertando y recuperando su calor. Por ello no se atrevía a hacer acto de presencia, sabía que ella lo desarmaría con su amor y su dulzura y no podía permitírselo.
Paseaba por la gruta como alma en pena, aspirando el olor de la mujer que lo había querido con todo su corazón, indeciso y atribulado, sabiendo que tarde o temprano tendría que hablar con ella.