Tres almas y una profecía CAPÍTULO 30 #2
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CAPÍTULO 30 #2

—Por desgracia es así. El consejo buscará al culpable y tomará medidas —afirmó con la voz cargada de dolor. —La justicia tenemos que aplicarla sea quien sea el que esté provocando este caos.

Respetuosos, los dos alfas inclinaron su cabeza ante los seres alados.

—Hemos de partir lo antes posible, pero me gustaría saludar a Sofía —pidió Samuel.

—Respecto a la elegida tenemos que poneros al día —dijo Laia mirando de reojo a Gabriel—, y no creo que os guste lo que vamos a contaros.

Los ángeles escucharon atentamente la historia del atentado contra la joven y a pesar de que aseguraron que se encontraba bien, Gabriel extendió las alas y salió volando en busca de su hija.

Apenas la vio, suspiró tranquilo. Sofía se encontraba bien y lo saludó con una sonrisa, apoyó la cabeza en el hombro de su padre e inhaló su aroma.

Aunque tan solo habían pasado unos meses desde que lo conoció, estar junto a él la reconfortaba.

Miró su cabello negro como el carbón mezclado con el de ella y sonrió al ver que era el mismo color. Suspiró y cerró los ojos.

—¿Cómo te sientes?

—Ahora todo es perfecto. Tu presencia siempre me transmite paz.

—Siento no haber estado contigo cuando…

—Ya pasó, Alex me protegió.

—Si no hubieses regresado a la vida no sé lo que habría sucedido.

—Estoy contigo, papá —respondió acariciando la mejilla de Gabriel mientras sus ojos se encontraban.

—Te pareces tanto a tu madre…

Ella sonrió y volvió a apoyarse en el pecho de Gabriel, consciente de lo que su presencia provocaba en él. Cada instante que compartían era un regalo lleno de amor. Amor desesperado por la mujer perdida. Amor paternal por la hija encontrada.

A su pesar volvieron a separarse. El consejo dejó en manos de los alfa el castigo a aplicar a los agresores y salió en busca de respuestas.

Sofía se adentró en el bosque buscando un momento de intimidad. Desde el día del hospital, cuando sintió como una energía salía de sus manos y entraba en el cuerpo del pequeño Hugo, su vida no había vuelto a ser la misma.

Siempre estaba rodeada de licántropos, vampiros y ángeles que buscaban su destrucción o protegerla y necesitaba espacio para asimilar todo lo que le estaba sucediendo.

Sin embargo, tanto su cabeza como su corazón bullían llenos de dudas y preguntas.

Ahora que habían neutralizado a los licántropos y vampiros que la perseguían podía respirar tranquila, pero era de vital importancia averiguar el papel que le tocaba jugar en la profecía.

Chasqueó la lengua impaciente mientras golpeaba un pie contra el suelo de manera repetitiva. Entonces supo que él estaba ahí. Se volvió sintiendo como sus ojos verdes acariciaban su cuerpo.

Chasqueó nuevamente la lengua, aunque esta vez por un motivo diferente.

«No me va a enredar otra vez», pensó mientras él acortaba el espacio que los separaba.

—¿Qué haces aquí sola? Sabes que es peligroso.

—Te equivocas, todo terminó.

Los ojos verdes la miraron sorprendidos.

—¿De qué estás hablando?

—Regresemos a la aldea y te lo cuento —propuso ella.

—No, primero me lo cuentas y después regresamos.

—Por mi perfecto si te quieres quedar aquí, pero yo me largo —insistió ella dándole la espalda y comenzando a caminar.

—Espera —rogó él agarrando su brazo. —Habla conmigo. Necesito saber que todo está bien entre nosotros, que tú estás bien.

Sofía notó como su corazón se volvía loco y procuró centrarse en los ojos del muchacho y no en sus labios.

—¿Sabes que tan solo el dos por ciento de la población mundial tiene el color de tus ojos?

—¿En serio me estás preguntando eso? ¿Llevo días sin verte, preocupado por ti y no se te ocurre decirme otra cosa que esa estupidez?

—Se me ocurren muchas cosas, pero no pienso decírtelas ahora. Si quieres saber lo que ha pasado, ven conmigo, porque no pienso estar aquí a solas contigo.

—¿Me tienes miedo?

—¿Cómo puedes pensar eso? —se molestó.

—No quieres estar conmigo a solas, no te parece suficiente motivo.

—Creo que eres insufrible —contestó tirando del brazo para que la soltase.

El pelo se deslizó por sus hombros y cubrió parte de sus ojos y de su cara.

Impaciente, se giró y el pelo formó un manto negro sobre sus hombros dejando el rostro al descubierto.

Ian la siguió sin decir palabra y caminaron en silencio hasta llegar a la aldea.

—Te aviso de que espero un comportamiento racional cuando hables con Laia.

—¿Un comportamiento racional? —repitió como un loro.

—Nada de arrancar corazones y cosas parecidas.

El vampiro se detuvo en seco al ser consciente de lo que esas palabras implicaban. Alguien había tratado de hacerla daño.

—¡Maldita sea, Sofía! ¿Qué demonios ha pasado?

Laia apareció junto a ellos e hizo un gesto a Ian mientras Sofía se escabullía para no estar presente cuando le contasen lo sucedido.

Los gritos del vampiro se escucharon en toda la aldea, lanzando amenazas y juramentos mientras Alex y su madre lo sujetaban enseñándole los colmillos.

Ian era consciente de que si quería podía destrozarles a los dos. Por suerte, su mente lo hizo reaccionar, pues si les causaba el mínimo daño, Sofía lo odiaría toda la vida y eso no podría soportarlo.

Cabreado, se desasió de los brazos de los licántropos y desapareció entre los árboles para descargar su furia.