CAPÍTULO 30
Fiona seguía desaparecida y la preocupación del consejo aumentaba cada día que pasaba. Enviaron emisarios a todas las zonas rojas, es decir, las que reunían vampiros y licántropos, mas estos regresaban sin traer noticias de ella.
Gabriel entró en la sala de reuniones donde Samuel, Jonás y Miranda se inclinaban ante un mapa tratando de dilucidar la localización de su hermana.
Los tres alzaron la cabeza y sin saludarle, le preguntaron por las nuevas noticias.
Gabriel permaneció muy serio sin decir palabra. ¿Cuánto podía contar a sus hermanos? ¿Realmente podía acusar a Fiona, su hermana, de traición? ¿Había pruebas suficientes? Tras un instante optó por contar una parte de la verdad, de la cual tenía absoluta certeza.
—Traigo malas noticias —aseveró. —He visitado a Laia y he averiguado algo sorprendente que no os va a gustar.
—Gabriel, no te andes con rodeos y dinos lo que sea —rogó Jonás—. La ausencia de Fiona nos tiene muy preocupados, sobre todo después de los ataques de vampiros y licántropos.
—Tenemos motivos para preocuparnos después de lo que he visto, mejor dicho, intuido. En el bosque donde se refugia la Manada de las Tres Lunas he rastreado la zona donde asesinaron a los dos lobos adolescentes. A pesar del tiempo que ha transcurrido he detectado la esencia de un ángel.
—¡De un ángel! —exclamaron incrédulos al unísono.
—Sé que es difícil de creer, pero estoy totalmente seguro. Lo inconcebible del caso es que desconozco el olor del ángel en cuestión.
—¿Estás diciendo que un ángel que no conoces es el responsable de la muerte de dos adolescentes? —preguntó Jonás sorprendido.
—Estoy afirmando que un ángel desconocido estuvo presente en la escena del crimen. No puedo afirmar ni desmentir que sea el causante de tal aberración. Tampoco si apoyó al que lo perpetró o le animó a llevarlo a cabo.
El consejo permaneció silencioso asimilando la inesperada noticia. Ellos eran los ángeles más antiguos y conocían a todos sus compañeros.
—Gabriel, ¿eres consciente de lo que estás insinuando? —preguntó Samuel con tristeza.
—No me atrevería a hacerlo si no estuviese convencido.
—Tenemos que buscarlo y detenerlo antes de que atente contra otros seres o la elegida —exigió Miranda—. Este asunto pasa a nuestras manos desde este momento. Quiero ir al Lago Sagrado a visitar a Laia. ¿Cómo ha reaccionado al captar el olor de ángel junto a las víctimas?
—Con discreción y sin lanzar acusaciones. Quería que fuese yo quien sacase conclusiones y tomase una decisión.
—¿Quién más lo sabe? —se preocupó Jonás.
—Su hijo Alex, pero es un joven maduro y apoya las decisiones del alfa.
—Gabriel ¿puedes acompañarme? —pidió Miranda. —Estuve allí hace poco, antes de que toda esta locura se desatase y no me gustaría que los licántropos desconfiasen de nosotros. Hay que dar la cara y solucionarlo lo más pronto posible.
—Lo haré.
—Os acompañaré —dijo Samuel sorprendiéndoles a todos—. Quizás entre los tres pongamos nombre al olor que has detectado.
Fiona sobrevolaba la zona buscando al ángel que estuvo presente en el asesinato de los lobos.
Sentía que su corazón se le partía de dolor al reconocer quién era.
Tantos siglos habían transcurrido que casi llegó a olvidarlo.
Y ahí estaba de nuevo, había regresado y de alguna manera estaba involucrado en los terribles sucesos.
Nuevamente sus ojos se anegaron en lágrimas que rodaron por sus mejillas.
Descendió a tierra sin permitir que nadie pudiera ver su cuerpo angelical y se sentó en un tronco apoyando los codos en las piernas y escondiendo la cara entre las manos. Su congoja era tal que no podía dejar de llorar. Sintió un golpe en la cabeza y se desplomó en el suelo.
Un ángel encapuchado recogió el cuerpo de Fiona y extendiendo las alas se alzó al cielo, volando durante un tiempo hasta llegar a una gruta que se abría en una enorme montaña.
Cerró las alas y caminó abrazando a la desvanecida Fiona, internándose en el interior del promontorio.
La oscuridad era tan intensa que un humano pensaría que caminaba con los ojos cerrados, pero un ángel era diferente, poseía dones que ellos no tenían por lo que avanzaba presuroso por el laberinto de roca.
Cuando Fiona despertó vio que se hallaba en una gruta en la que brillaba el agua de un hermoso estanque, iluminado por unos rayos de sol que penetraban desde un orificio en la parte superior de la bóveda que ocultaba el cielo.
Le dolía mucho la cabeza y trató de tocarse la zona dolorida, pero unas pesadas cadenas de oro rodeaban sus muñecas, sus piernas y mantenían sujetos los brazos al cuerpo impidiendo cualquier movimiento y produciéndole un intenso dolor.
—ORIOL, ORIOL—gritó con todas sus fuerzas una y otra vez.
Más el eco fue la única respuesta a su llamada.
En la Laguna Negra, Harper recibía la noticia de la muerte de sus lobos.
Su manada había tratado de desentrañar el misterio de su desaparición sin conseguir encontrar una respuesta.
A pesar de que Martina y los otros cuatro lobos eran díscolos y daban problemas, en ningún momento pensó que fuesen capaces de intentar asesinar a la elegida.
Cuando Valeria, el ángel que le visitó la primera vez, le preguntó por su postura en lo referente a la profecía, le aseguró que cumplirían con el tratado como siempre.
Lo mismo prometió cuando le visitó Fiona.
Y ahora temía que culpasen a su manada de lo sucedido. Tenía que acudir al refugio de los ángeles lo más pronto posible para justificarse y reiterar su fidelidad. También quería visitar a Laia para recoger los cuerpos de los muertos y hacer justicia con Martina y Fernando.
Decidió comenzar por los licántropos. Llamó a sus lugartenientes y emprendieron el viaje hacia el Lago Sagrado para tratar de solucionar el tremendo caos que sus chicos habían provocado.
La manada de Laia acogió a Harper y los suyos con afecto. A lo largo del tiempo habían mantenido una relación de amistad y respeto y comprendían que la situación a la que se enfrentaban era complicada.
Los llevaron ante los lobos muertos y Alex les narró lo sucedido, como aparecieron en la espesura del bosque con su forma lobuna y sin mediar palabra les atacaron.
—Su objetivo era Sofía —aclaró el chico. —Martina ordenó a sus compañeros que me atacasen para entretenerme y ella trató de terminar con Sofía. Los planes no salieron como esperaba, pero sí que terminaron con la vida de la elegida.
Harper arqueó las cejas sorprendido ante la noticia.
—¿La elegida ha fallecido?
—Sí. Dos de tus lobos consiguieron su objetivo.
—Pero…—trató de intervenir el hombre impactado por lo que acababa de escuchar.
—Es complicado —explicó Laia haciendo un gesto con la cabeza. Sofía apareció y se acercó a ellos con expresión seria.
—Harper, esta es Sofía.
—No comprendo nada —afirmó anonadado—. Acabas de decirme que había muerto.
—Así fue, pero como sabes tiene parte de vampiro y poco después regresó a la vida. He de reconocer que nos pilló por sorpresa.
—Os aseguro que la primera sorprendida soy yo —intervino la joven sonriendo al recién llegado.
Harper la miró con una mezcla de intriga y admiración. Sofía era una chica muy hermosa, pero lo que realmente le atrapó fue su mirada profunda y serena.
Aspiró su aroma y captó una mezcla de ángel, vampiro, humano y licántropo. Sorprendentemente, el olor a vampiro no le resultó desagradable como solía sucederle al encontrarse con alguno.
—Lamento mucho lo que hicieron mis chicos —se disculpó con sinceridad. —Martina siempre ha sido una loba díscola y problemática, aunque he de decir que jamás pensé que traspasaría los límites.
—No tienes que disculparte por algo que no has hecho. Me alegro de conocerte. Ahora os dejo solos, me imagino que tenéis temas importantes que atender.
Ambos líderes permanecieron en silencio mientras la figura de la chica se alejaba acompañada por Alex. Cuando se encontraron a una distancia prudencial reanudaron la conversación.
—En cuanto al resto de los lobos hay algo que nos tiene muy preocupados —añadió Harper mirando a Laia.
—Cuando descubrimos su ausencia los rastreamos y pudimos averiguar el camino que habían tomado.
Mis lugartenientes me acompañaban, pues son los mejores siguiendo pistas, pero llegados a un punto tuvimos que detenernos porque…
—Porque el rastro desaparecía como por arte de magia —terminó Laia la frase por él.
Los dos alfas se miraron dubitativos temiendo compartir la última parte de la información.
—Olía a ángel —aventuró Laia con prudencia.
—Así es —confirmó Harper. —No lo comuniqué al consejo porque de ser así, un ángel ha intervenido para llevarse a nuestros lobos y atentar contra la elegida. ¿Qué podemos hacer?
—Samuel me llamó para avisarme de que vendrán tres miembros del consejo para investigar los hechos. Me alegro mucho de que estés aquí para compartir lo que sabes. ¿Quieres ver a Martina y a Fernando?
—No, prefiero dejarlo para el final.
Poco después los ángeles hacían acto de presencia. La manada los observaba con admiración, pues muchos de ellos jamás habían visto un ángel. Verlos descender desde el cielo con las enormes alas blancas extendidas era impresionante incluso para los alfas.
Gabriel tomó la voz cantante al conocer todos los detalles de la muerte de Vanessa y Charly. Junto con Laia, Harper y Alex se dirigieron hacia el lugar de los hechos en silencio para permitirles observar todo con detenimiento.
Los ángeles intercambiaron miradas al captar el olor de Fiona, que poco a poco se diluía en el aire, pero cuando Samuel percibió el otro rastro, su rostro se demudó por la sorpresa.
—¿Los rastros los perdisteis ambos de la misma manera? —preguntó a los alfas.
—Es como si se hubiesen desvanecido en el aire —respondió Harper confuso.
—Así fue —confirmó Samuel—. Un ángel cargó con vuestros jóvenes uno a uno y voló con ellos hacia algún lugar desconocido. Es la única explicación factible.
—¿Confirmas que un ser angelical está participando en esta locura? —se sorprendió Laia.