CAPÍTULO 28 #2
—¿A qué olor te refieres?
—No capto sólo a un ángel —reflexionó en voz alta.
—¿Hay más de uno? —se sorprendió Laia.
—Efectivamente, no conozco la esencia de uno de ellos y eso me preocupa.
—No es tan raro, yo no conozco a todos los licántropos del resto de las manadas.
—Llevo siglos en la tierra y te aseguro que conozco a todos los ángeles.
—¿Y si estás equivocado? Yo no detecto al segundo. Y sabes perfectamente que uno de ellos pertenece al consejo. Alex lo confirmó cuando estuvo allí con Sofía y el vampiro.
Gabriel la miró sorprendido.
—¿Por qué no dijo nada?
—Te repito que mi hijo es discreto y no se pronunciará hasta que tenga clara la identidad del ángel que estuvo involucrado en el asesinato. Aunque me imagino que tú ya sabes quién es.
—Te ruego que por el momento sigáis guardando silencio. Voy a saludar a Sofía y después regresaré al refugio para hablar con mis hermanos.
—Así será —otorgó la loba.
Cuando Sofía vio a Gabriel salió corriendo a saludarle. Todavía no asimilaba que ese ángel tan joven y hermoso era su padre. Lo que sí tenía claro era lo que le hacía sentir.
Pasearon por el bosque mientras ella le explicaba lo sucedido desde que abandonó su casa.
El dolor por la pérdida de Alfonso, la rabia y los deseos de terminar con el causante de su dolor, la sorpresa al llegar al refugio y conocer a los ángeles, el camino hacia el terreno de los licántropos y cómo Ian había hecho justicia por su cuenta.
Gabriel escuchaba con atención e iba percibiendo los diferentes sentimientos de la joven.
—Le pedí que se fuese —susurró apenada.
—Te obedeció.
—Sí.
—¿Quieres que vuelva?
—No lo sé… Estoy tan confundida… Los dos me hacen sentir algo y no puedo elegir.
—Ian y Alex.
—Sí. Son tan opuestos y al mismo tiempo hay algo en ellos que hacen que mi cuerpo vibre cuando estoy a su lado. ¿Tú entiendes algo de lo que te estoy diciendo?
—Creo que los quieres a los dos, pero a cada uno de una manera.
—Me temo que sí. Papá, no puedo continuar de este modo, tengo que ser honesta conmigo y con ellos.
—No es necesario que tomes una decisión todavía. Deja que pase el tiempo y quizás tu corazón averigüe lo que quiere.
—¿Cuándo supiste que amabas a mamá?
—Creo que desde el primer momento —suspiró Gabriel evocando el rostro de Cristina. —Era tan hermosa, dulce, alegre, sincera…Y sus ojos azules iguales a los tuyos. Podía perderme en ellos una eternidad.
—Ojalá algún día pueda decir lo mismo de un solo chico.
—Ese día llegará, no te quepa la menor duda.
—Me alegro de que hayas venido.
—Yo también, pero por desgracia tengo que irme.
—¿Sucede algo?
—Nada que te pueda interesar —respondió evasivo.
—Me temo que me ocultas algo y te aviso que pronto sabré qué es.
Gabriel tocó con un dedo la punta de la nariz de su hija y respondió con una sonrisa.
—No me cabe la menor duda. Hablaré con Carmela y Malcom y les diré que te quedarás aquí un tiempo. Así estarán tranquilos.
Los días fueron pasando y mientras Sofía sanaba sus heridas aprendía las lecciones que Alex le enseñaba. Ahora que no estaba Ian, su relación era más cálida y cercana.
Él le hacía reír y le ayudaba a descubrir de manera natural su condición de licántropo. No era simplemente convertirse en lobo físicamente, sino todas las particularidades de dicho animal.
Le gustaba seguir rastros y cuando Alex le animaba o halagaba, le impulsaba a aceptar mejor dicha faceta.
Llegó el día en el que se transformaría y ambos se encontraban en el bosque tumbados en un claro lleno de hierba.
Sofía se reía a carcajadas por alguna bobada que Alex le había dicho.
Éste se giró hacia ella mirándola con sus penetrantes ojos negros.
Su pelo, también negro, había crecido bastante desde el día que se conocieron y un mechón le caía sobre el rostro.
Ella alzó la mano todavía riendo y tomando el mechón entre los dedos jugueteó con él.
Alex sintió cómo su cuerpo se tensaba deseando estrecharla en sus brazos y sus ojos brillaron de deseo.
Al verlo, Sofía dejó de reír dándose cuenta de que acababa de abrir una caja que ella misma se había prohibido, pero su corazón se volvió loco y sentía los latidos en su cabeza, en sus muñecas, en su cuello…
Sus ojos transmitieron al licántropo el deseo que se había apoderado de todo su ser y éste se acercó más a ella, la agarró de la cintura y la puso sobre su cuerpo, desafiándola a que siguiese con lo que había empezado.
Sofía, con su cabello negro y brillante cayendo como una cascada sobre el rostro del licántropo, inclinó la cabeza y lo besó.
Alex la miró a los ojos y como cada vez que lo hacía, quedó atrapado en el intenso color azul zafiro.
La estrechó con fuerza y giraron sobre la alfombra verde hasta quedar encima de ella.
Había esperado tanto este momento que tenía miedo de que no fuese real, pero ella siguió besando sus labios y robándole el corazón.
Un chasquido sonó en el bosque y ambos giraron el rostro hacia el lugar del que procedía, encontrándose con cuatro lobos que gruñían enseñándoles los dientes.
La pareja se incorporó y Alex se puso delante de Sofía para protegerla.
—¿Qué pasa? —preguntó ella confundida.
—No son de nuestra manada —explicó el chico preocupado. —Son jóvenes. Harper, de la manada de La Luna Llena, nos alertó hace tiempo de que varios de sus chicos habían desaparecido de manera misteriosa junto con Martina.
Sofía iba a preguntar algo cuando dos de los lobos se abalanzaron sobre ellos con las fauces abiertas. Alex la empujó con tal fuerza que salió volando varios metros, aterrizando en el suelo con gran agilidad gracias a lo que el chico le había enseñado y alejándola de los agresores.
—¡Corre! —gritó Alex con todas sus fuerzas mientras su cuerpo comenzó a transformarse en un enorme lobo negro, al mismo tiempo que sus ropas se partían en jirones que saltaban por el aire.
Los dos lobos que comenzaron el ataque eran más pequeños, pero sabían que eran cuatro contra dos y una era una loba novata que no dominaba su transformación.
El combate comenzó entre mordiscos, aullidos y jadeos.
Alex lanzaba dentelladas y sus fauces se cerraban sobre el lomo de uno de ellos primero, sobre el cuello del otro después, en una lucha en la que sabía que podía ganar.
Pero cuando los otros dos lobos se acercaron, comprendió que no sería tan sencillo.
Miró hacia Sofía y comprobó que seguía allí, mirando aterrada la sangre que se estaba derramando.
Entonces, el lobo negro lanzó un aullido llamando a su manada mientras destrozaba la yugular de uno de sus contrincantes y abría el vientre de otro extendiendo sus intestinos sobre la hierba.
Volvió a mirar hacia la chica y sus pupilas se dilataron de terror al ver a la enorme loba marrón que se acercaba a Sofía por la espalda. Aulló nuevamente como loco y lanzó a los dos contrincantes que todavía se mantenían en pie contra un árbol, para después salir corriendo hacia la joven.
«¿Qué hace?», pensó Sofía al comprobar que Alex corría a toda velocidad hacia ella. «¿Me va a atacar?».
Y entonces lo comprendió. Se giró lentamente y observó como la loba que casi la había matado meses atrás saltaba en el aire en dirección a ella.
Sofía se encogió y esperó el impacto. Nada. ¿Qué pasaba? Abrió los ojos y vio dos figuras enzarzadas en una lucha a muerte. Martina y Alex.
Giró la cabeza y gritó con todas sus fuerzas cuando vio que los dos lobos de los que se acababa de deshacer el chico se acercaban a ella.
Se puso en pie enfrentándose a ellos y entonces su cuerpo se transformó en una loba blanca.
Sus contrincantes se detuvieron asombrados durante un instante e intercambiaron miradas. Después se lanzaron sobre ella.
El pelo blanco de la loba se fue tiñendo de rojo mientras trataba de defenderse. Notaba que iba perdiendo las fuerzas cuando escuchó el ruido que producían varios lobos corriendo a gran velocidad.
«¡Por fin!», pensó Sofía recibiendo otro mordisco y lanzando una dentellada al lobo más cercano.
Terminó la lucha y el claro del bosque alojaba tres cadáveres y cuatro lobos heridos.
Alex recuperó su forma humana y se acercó a Sofía que, tumbada sobre la hierba, respiraba de manera irregular mientras su piel seguía manchándose de sangre.
Con manos expertas recorrió el cuerpo de la loba para averiguar de donde procedía la sangre, comprobando horrorizado que uno de los mordiscos había afectado a la yugular.
La miró con los ojos llenos de lágrimas mientras acariciaba su cabeza con dulzura.
—Sofía, lo siento.
El cuerpo de Alex presentaba heridas por diversas partes del cuerpo, pero no eran importantes y su esencia de lobo las estaba sanando rápidamente. Pero la herida de Sofía era mortal y al perder tanta sangre se desvanecía poco a poco.
—Tam tam tam tam tam tam tamtam… —su corazón dejó de latir y Alex soltó un aullido desgarrador que resonó por todo el bosque.
Su manada, todavía con forma de lobo, los rodeó y comenzaron a aullar a la luna, que en esos momentos se abría paso entre las nubes.
Laia y sus lugartenientes vigilaban a la loba marrón y al otro lobo que había sobrevivido mientras su hijo, destrozado por el dolor, estrechaba el cuerpo de la loba blanca.
Permaneció así minutos, aferrado a ella sin querer asumir que la había perdido. La manada lo acompañaba en su dolor llenando el bosque de aullidos lastimeros.
Entonces, el cuerpo de la loba comenzó a transformarse en los brazos del chico y recuperó su forma humana.
Alex estrechaba sorprendido el cuerpo desnudo de Sofía sin comprender lo que estaba sucediendo. Los aullidos se detuvieron y un silencio sepulcral llenó el bosque. Todas las miradas se volvieron hacia ella. Blanca. Sangre. Cabello negro envolviendo su cuerpo. Muerta.
Después, un suspiro salió de su pecho y su corazón volvió a latir. Abrió los ojos y miró a Alex que todavía la estrechaba entre sus brazos. Permanecieron así segundos que parecieron horas, pues el chico temía que si se movía ella volvería a dejar de respirar.
Se acercó Laia con una manta y se la ofreció a su hijo, que la cubrió con ella y cogiéndola en brazos la llevó hasta la aldea. Durante todo el camino, miró sus ojos azules llenos de vida atrapado en esa expresión que reflejaba duda, miedo y dolor.
Entró en la cabaña que compartía con su madre cuando se cansaba de la ciudad y regresaba a coger energías y la depositó cuidadosamente sobre su cama. Fue a incorporarse, pero Sofía agarró su mano tirando de él.
—No me dejes —rogó.
—No lo haré —afirmó él.
En el exterior de la cabaña, la manada había recuperado su forma humana y se miraban unos a otros sin comprender lo que había sucedido.
Laia tomó el control y ordenó que encerrasen a Martina y al joven licántropo que había sobrevivido en una cabaña que haría las veces de cárcel. Suspiró y pensó en como zanjar el asunto.
Carmela y Malcom, avisados por Laia, llegaron horas más tarde sin poder ocultar la preocupación que sentían.
Las heridas de Sofía ya habían cicatrizado, aunque su rostro expresaba cansancio y temor. Los ángeles la abrazaron reconfortándola con su calor y su fuerza angelical.
—Gracias por haber venido, no sabéis lo bien que me siento cuando estáis junto a mí. Estoy tan cansada… —dijo mientras dos lágrimas rodaban por sus mejillas.
—Lo comprendo, pequeña, pero esto ya ha terminado, no tienes de qué preocuparte —la animó Carmela.
—Mamá, creo que esto no va a acabar nunca. Siempre habrá alguien que quiera hacerme daño por el mero hecho de ser la elegida. No tengo fuerzas para enfrentarme a nuevos enemigos, no quiero enterrar a nadie más.
—Cariño —se acercó Malcom secando sus mejillas con los pulgares y sujetando la cabeza de su pequeña con ternura—, todo terminó, confía en nosotros.
—Papá, no puedes asegurarlo —respondió fijando sus ojos en los de él, ambos llenos de estrellas de luz.
—Puede que tengas razón y surjan nuevas complicaciones, pero entre todos te ayudaremos a sobrellevarlas.
Ten fe y descansa. Alex nos contó lo sucedido y le estamos muy agradecidos a él y a Ian.
Si no te hubiera transformado en vampiro…
ahora no estaríamos hablando contigo. Alex no quiso dar detalles de la lucha, por ello hablamos con Laia y sabemos que el licántropo arriesgó su vida por ti.
—Les debo la vida a los dos. Espero poder devolverles algún día todo lo que hacen por mí —aseveró la joven.