Tres almas y una profecía CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

En el refugio de los ángeles reinaba la incertidumbre ante las decisiones que debían tomar cuando llegasen los rebeldes.

El cometido de los ángeles era mantener el equilibrio, pero tras los salvajes acontecimientos perpetrados por los jóvenes vampiros, tendrían que impartir justicia.

Samuel ordenó salir de la sala a todos los ángeles que no pertenecían al consejo y cerraron las puertas a cal y canto. Miró a los compañeros y se percató de que Fiona no se hallaba en la sala.

—¿Alguno sabe dónde está Fiona? Acabo de darme cuenta de que hace días que no la veo.

Todos se miraron extrañados murmurando acerca de la ausencia de la mujer.

—Tienes razón —asintió Jonás con el ceño fruncido. —Es cierto que no tenemos que dar explicaciones sobre nuestras acciones, pero es raro que no nos haya informado de su marcha sabiendo la situación tan insólita a la que nos enfrentamos.

—¿Le habrá sucedido algo? —se preocupó Samuel. —Tal y como está el ambiente ahora, no sería imposible.

—Cuando termine la reunión iremos en su busca, pero ahora debemos centrarnos en lo más importante. Se acerca el momento que nos vaticinó el oráculo y me temo que una mala decisión puede provocar una tremenda catástrofe —manifestó Jonás con preocupación.

—Opino como tú —aseveró Miranda. —Cualquier error por nuestra parte puede desencadenar acciones imprevistas. Gabriel, estás muy callado. ¿Qué opinas?

—Estoy preocupado por mi hija y no paro de darle vueltas a una idea que me ronda en la cabeza. ¿Y si el vidente no vio la profecía completa? O quizás confundió algo. Puede que no sea infalible y que interpretase algo mal…

—Comprendo las dudas que te asaltan, pero estuviste con nosotros aquel aciago día y no tengo duda alguna al respecto —afirmó Jonás mirando con tristeza a su hermano.

—¿Qué haremos entonces? ¿Condenaremos las almas de los dos asesinos? ¿O, por el contrario, castigaremos sus cuerpos terrenales convirtiéndolos en cenizas? —dijo Gabriel posando su mirada sobre cada uno de sus hermanos.

Miranda estaba embargada por la tristeza. Ella permaneció junto a Gabriel cuando su hija nació y la vigiló desde la distancia observando como la niña se hacía mujer, por lo que comprendía los sentimientos que llenaban su corazón.

Cuando recibieron la llamada de Carmela informando de la muerte de Alfonso, un frío silencio rodeó a los ángeles, que aún aceptaban la noticia con incredulidad.

Pero Gabriel sólo tenía ojos para su pequeña y el dolor que Sofía sentía era tan inmenso que le llenaba de sufrimiento.

Miranda se acercó silenciosa a su amigo y desplegando sus alas, lo envolvió en una crisálida blanca como la nieve a través de la cual le insufló una ternura que le calentó el alma.

Los ángeles no llegaron a ninguna conclusión sobre el castigo que recaería sobre los vampiros y esperaron tensos la llegada de la comitiva.

Tras una espera que se les hizo interminable, las puertas del refugio se abrieron para recibir a los prisioneros, más cuando vieron a la joven que los acompañaba, una extraña sensación recorrió el alma de los ángeles que los acogieron.

Uno de ellos se alejó del grupo y acudió con presteza a la sala del consejo.

—¿Han llegado ya? —preguntó Samuel cuando entró en la enorme habitación.

—Así es, señor, pero no vienen solos.

—¿Quién los acompaña? —dijo Jonás mirando con curiosidad el rostro del ángel. —Adara me informó de que llegarían con dos vampiros de su total confianza.

—No me cabe la menor duda, señor, pero viene alguien más.

—No te quedes callado y di lo que tengas que decir —replicó Samuel alterado ante el misterio que le ocultaba.

—Viene un vampiro antiguo llamado Ian, un licántropo y… si no me equivoco, la elegida.

—¡Qué! —exclamaron al unísono incorporándose de sus asientos. —No es posible.

Gabriel salió en busca de su hija y esta se lanzó en sus brazos cuando le vio.

—¡Papá! —saludó sintiendo que se le quebraba la voz cuando el ángel la abrazaba.

—Hija mía, siento mucho lo de Alfonso. Sé lo que significaba para ti —después susurró en su oído—: ¿Cómo has venido aquí? Puede que corras peligro.

—Eso no será posible, tengo a todos mis abanderados junto a mi —respondió también susurrando y desplazando la vista sobre Alex, Ian y por último a Gabriel.

—Eres demasiado confiada, pero ya que has venido te presentaré a los miembros del consejo.

Hizo un gesto a los recién llegados y lo siguieron por largos pasillos y habitaciones hasta llegar al centro neurálgico del edificio, donde los ángeles más antiguos de la creación esperaban impacientes a la joven.

Un silencio sepulcral llenó la sala cuando Sofía entró.

Olieron la esencia de su cuerpo y apreciaron su sangre de ángel, pero también la de licántropo y de vampiro.

A pesar de que Gabriel les explicó que el corazón de la joven seguía latiendo y de que su cuerpo estaba caliente, se miraron impactados por el ser único y excepcional que se hallaba ante ellos.

Miranda se le acercó con una sonrisa en los labios y sujetando sus manos con cariño le dijo:

—Estuve con tu padre el día de tu nacimiento y fui la segunda persona que te tuvo en brazos. Eras tan pequeña y tierna que me sorprendió la fuerza de tu luz angelical. He seguido tus pasos desde entonces y he aprendido a quererte.

Sofía la miró con agradecimiento y la abrazó con cariño, pues si lo que decía era cierto, estuvo junto a su madre cuando el ser del inframundo la arrebató la vida.

Alex permanecía alerta muy preocupado al percibir con gran intensidad el olor del ángel que ordenó la muerte de Sofía. Ese lugar era como un santuario para los ángeles más importantes y estaba convencido de que uno de ellos era el causante de todos los males que rodeaban a su amiga.

Ian y Gabriel fueron conscientes de que algo había alertado al joven licántropo y permanecieron atentos ante un posible peligro.

—Sofía —pidió Miranda separándose de la joven—, permite que te presente al resto de mis compañeros.

La joven asintió con la cabeza y se dejó guiar hasta Samuel.

—Bienvenida a nuestro hogar, pequeña. Deja que te vea —pidió con bondad.

—Siento mucho por lo que estás pasando y el dolor que te están causando todos los cambios físicos y los emocionales.

Lamento mucho no haber hecho nada por ti, pero por desgracia, los ángeles no podemos intervenir en el curso de los acontecimientos.

El enorme ángel negro se acercó a ella con una enorme sonrisa.

—Veo que te has convertido en alguien muy especial en los últimos días —afirmó Jonás.

—Miranda te trajo aquí cuando naciste y ya vimos tu luz interior, antigua y potente, pero lo que desprendes ahora es algo inimaginable.

¿Un vampiro con corazón? Te aseguro que La profecía no hablaba de esa peculiaridad tan extraordinaria.

Alex esperaba paciente a que los ángeles terminasen las presentaciones y por fin se decidió a hablar.

—Perdonen mi curiosidad, pero aseguraría que falta un miembro del consejo.

—Así es —se sorprendió Samuel. —Fiona lleva días desaparecida y en breve ordenaremos a varios de nuestros soldados que salgan en su busca.

—¿Es normal que uno de ustedes desaparezca durante tanto tiempo? —se interesó el licántropo.

—Realmente no, pero en estos tiempos inciertos parece que ya nada está dentro de la normalidad.

—Tengo entendido que estos dos vampiros —Alex señaló a los prisioneros— les atacaron hace tiempo en otro de sus refugios. ¿No temen que a Fiona le haya sucedido algo?

Samuel se agitó inquieto al comprender el peligro que entrañaba que el ángel estuviera solo en algún lugar desconocido.

—Este joven tiene razón —afirmó Samuel mirando a sus compañeros. —No podemos posponerlo más tiempo, debemos enviar a alguien para encontrarla. Esperemos que sea una falsa alarma.

Jonás salió a dar órdenes y regresó con gesto preocupado.

—Mientras tanto, debemos proceder a juzgar y castigar a estos dos vampiros, pero antes me gustaría que nos expliquéis los motivos que os llevaron a quitar la vida a dos jóvenes licántropos.

Melissa mantenía la mirada baja consciente de la importancia de lo que estaba sucediendo.

«No quiero morir», pensaba aterrada por las consecuencias que traerían lo que habían hecho. «No debí hacer caso a Frank».

—¿Alguno quiere decir algo? —insistió Miranda tratando de comprender lo sucedido. —Tú—dijo señalando al chico. —Es la segunda vez que te traen ante nuestra presencia. Parece que no aprendiste la lección la primera vez.

—Por segunda vez rechazo vuestra autoridad anticuada y caduca. Pronto llegará un nuevo orden y seréis aplastados como cucarachas.

—Contén tu lengua, muchacho —ordenó Samuel disgustado. —Aunque no te des cuenta, estamos tratando de comprender lo que habéis hecho.

—¿Realmente creéis que me interesa lo más mínimo lo que penséis de mí?

—¡Pero a mi si! —exclamó sollozando Melissa— Suplico perdón por lo que hice, jamás debí romper las normas del tratado. Llevo muy poco tiempo siendo vampiro y la sed de sangre es tan fuerte que no me puedo contener.

—¿Fuiste tú quién mató a mi amigo Alfonso? —preguntó dolida Sofía.

Melissa negó con la cabeza.

—Te juro que no. Esa noche Frank desapareció sin decir nada. Últimamente está descontrolado y no me atreví a huir porque me da miedo lo que me pueda hacer.

Frank la miró con una sonrisa siniestra y sin previo aviso se abalanzó sobre ella arrancándole el corazón ante los ojos atónitos de todos los presentes.

Pronto, el cuerpo de la vampira se convirtió en un montón de cenizas.

El silencio reinó en la sala hasta que una carcajada lo rompió.

Frank los retaba con el corazón de su compañera en la mano mientras recorría sus rostros con una mirada llena de locura.

Alex estalló furioso.

—Hemos cumplido con las órdenes del consejo y hemos traído ante vuestra presencia al asesino de Alfonso y de dos miembros de mi manada, dos jóvenes que no habían hecho daño a nadie. Ahora queremos justicia —clamó enfadado.

—Tenemos derecho a ser nosotros los que la administremos —intervino Ian enfrentando sus ojos verdes a los de los ángeles. —Según las normas, los afectados serán los que dictaminen el castigo.

Samuel asintió con la cabeza con tristeza, pues veía lo que el licántropo y el vampiro querían hacer, pero las reglas estaban hechas para cumplirlas y el consejo debía acceder a sus deseos.

—Yo también soy una parte afectada —se escuchó la voz de Sofía— y tengo el mismo derecho que vosotros a impartir justicia —añadió mirando a sus protectores.

Los ángeles la miraron sorprendidos y Gabriel se acercó a su hija.

—Sofía, ¿qué es lo que vas a hacer?

—Vamos a llevarnos a este vampiro y hacerle comprender el daño que ha causado. Quizás todavía esté a tiempo de redimirse y conseguir el perdón.

Todos los ojos se volvieron hacia ella. Ian y Alex contrariados, los ángeles incrédulos y Frank desencajado.

—No me esperaba esto de ti —afirmó sorprendido—, pero yo no puedo volver atrás. Si me dejáis libre seguiré matando y tarde o temprano terminaré contigo.

—¡No lo permitiré! —exclamó Alex. —Exijo al consejo que nos de permiso para regresar a nuestra tierra con el prisionero.

—Así sea —decidió Samuel, apoyado por Jonás, Miranda y Gabriel.

Poco después, la comitiva formada por Ian, Alex, los dos vampiros que había enviado Adara, Frank y Sofía, abandonaba el refugio de los ángeles.