CAPÍTULO 25
Ian telefoneó a su líder para ponerle en antecedentes de lo acontecido.
Adara no daba crédito a lo que estaba sucediendo.
¿Qué es lo que había hecho Frank? Tenía que haber terminado con él cuando el consejo se lo llevó acusándole de haber atacado a los ángeles junto con sus amigos, pero siempre les daba una segunda oportunidad cuando llevaban poco tiempo convertidos.
Estaba claro que había cometido un terrible error que había que subsanar.
—Escúchame bien Ian, busca a ese desgraciado y sométele. Hablaré con Jonás y le avisaré de que los llevarás al rebelde.
—No puedo dejar sola a Sofía —rebatió el vampiro preocupado.
—Habla con el licántropo y que se encargue él de custodiarla. Esto no puede esperar.
—Adara, envía a dos rastreadores y que le den caza —rogó el chico. —Aquí está todo muy revuelto y me temo que pueda sucederle algo a ella.
—Tardarán horas en llegar y no quiero que tenga tiempo de huir. Ve tras él.
—Así será —respondió con respeto Ian, pese a no estar de acuerdo con las órdenes recibidas. Fue en busca de Alex y le explicó lo sucedido.
—No quiero imaginar el dolor de Sofía cuando se entere. Vete tranquilo, la protegeré con mi vida si es necesario.
Se despidieron con una inclinación de cabeza y el vampiro desapareció a una velocidad pasmosa.
Percibió con claridad el rastro de los dos vampiros. Habían salido de la ciudad y se encontraban en una zona boscosa. Ambos discutían acerca de un ángel. Estaban tan enfrascados en la conversación que no se percataron de la presencia de Ian.
—El ángel te va a matar —decía la chica atemorizada—, eres un chapuzas.
—El ángel estará encantado al ver sufrir a la chica. ¿Cómo crees que se va a sentir cuando se entere?
—Tú mismo, pero yo no estaría tan segura.
Ian se presentó ante los dos y partiendo el cuello a Melissa, se enfrentó a Frank.
—Háblame del ángel y quizás te libres del castigo al que te va a someter Adara. Está muy cabreada contigo y creo que te queda poco tiempo de vida.
Frank sonrió con maldad mirando a Ian a los ojos.
— ¿Qué te ha parecido lo del chaval? Estoy convencido de que tu chica se lo va a tomar fatal. ¿Irás a consolarla o lo hará el licántropo guaperas? Lo mismo da, estáis todos atontados con ella.
Ian apretó los puños tratando de controlarse. Si fuera por él, ese imbécil ya estaría muerto.
—Háblame del ángel —repitió mirándole fijamente a los ojos. Frank trató de resistirse, pero en pocos segundos Ian se metió en su mente y lo controló.
—…
—El ángel —insistió con un sugestivo tono de voz— Cuéntame lo que sepas. ¿Quién es? ¿Cómo le conociste?
—No sé su nombre —respondió el chico hipnotizado—, siempre lleva una capucha y no hemos visto su cara.
—Bien, sigue hablando.
—Vino a buscarnos hace tiempo.
— ¿Qué es lo que quiere que hagáis?
—La elegida debe morir —afirmó como si fuese un mantra.
— ¿Por qué quiere que muera?
—No lo sé. Yo obedezco.
Al comprender que Frank no sabía nada más, agarró su cabeza y la giró rompiéndole el cuello como a su amiga. Sacó el teléfono y llamó a su líder.
—Adara, los tengo. ¿Qué quieres que haga con ellos?
—Mándame las coordenadas y se las enviaré a los rastreadores que salieron para allá.
—De acuerdo, los dejaré aquí y regreso.
—No te muevas del sitio hasta que lleguen —le ordenó Adara. —No quiero que despierten antes de tiempo y huyan.
Ian suspiró contrariado, pero asintió.
«Se me va a hacer eterno hasta que lleguen los guardias», se dijo cabreado. «Sofía está en peligro y debería estar con ella». Entonces recordó lo que había dicho Frank.
«Estáis todos atontados con ella»
Trató de analizar lo que le estaba sucediendo y lo que sentía cuando miraba a Sofía desde la azotea para protegerla, o cuando hablaba y le miraba a los ojos salpicados de chispas luminosas, o cuando la besaba…
Cerró los ojos tratando de borrar esa imagen, pero no podía, Sofía ejercía un poder sobre él y no podía olvidarla.
Alzó la vista y se dio cuenta de que pronto amanecería.
Tenía que cubrir los cuerpos de Frank y Melissa antes de que saliese el sol para que no se consumiesen en llamas.
Siempre olvidaba que los vampiros que no eran pura sangre no podían salir a la luz del sol.
Arrancó varias ramas y escondió a los jóvenes creando una especie de cabaña.
Con su fuerza y velocidad apenas tardó unos minutos.
Pensó en los compañeros que iban en su busca y supuso que se alojarían en algún lugar antes del amanecer, pues tampoco eran puros.
Cabreado dio una patada a una piedra.
«No podré regresar hasta la noche».
Sofía se despertó contenta, la carrera con Alfonso le había sentado muy bien y había dormido toda la noche de un tirón.
Tenía que recuperar la rutina y quedar con él la iba a obligar a salir.
Se puso un café y unas tostas de pan con mantequilla y mermelada y se sentó en la cocina a disfrutar del desayuno.
Tenía el móvil sobre la mesa, pero seguía estando en modo avión, lo cogió, desactivó la función y lo puso boca abajo sobre la mesa.
Como cada mañana comenzaron a sonar avisos de wasap, Instagram, Tik Tok y demás aplicaciones. Siguió disfrutando del desayuno haciendo caso omiso a los diferentes sonidos hasta que terminó las tostas.
Comenzó por el wasap. Se sorprendió al ver que había avisos de sus compañeros del hospital, del doctor Avellaneda y de otros muchos contactos. Abrió el del doctor el primero de todos. Era un audio, algo extraño en Luis. Puso el dedo sobre la flecha y escuchó.
—Sofía, ven inmediatamente. Deja todo lo que estés haciendo y ven al hospital. Te espero.
«¿Qué demonios está pasando?», se preguntó la joven mientras abría el grifo de la ducha y metía la mano bajo el agua para comprobar la temperatura. Dudó si seguir mirando los wasap o ducharse, pero el tono urgente del doctor hizo que se decidiese por la ducha.
«De camino al hospital leeré el resto de los mensajes».
Se secó rápidamente y, una vez vestida, salió a la calle con el cabello mojado. No quería perder más tiempo.
Mientras caminaba fue mirando el resto de los wasaps y todos ellos la iban alterando cada vez más. Nadie decía qué había pasado, simplemente le pedían que fuese al hospital.
Entonces se dio cuenta de que Alfonso no le había puesto nada.
«Seguro que se le han pegado las sábanas después de la carrera de ayer», se dijo sonriendo.
Llegó hasta el despacho de Luis y allí le esperaban también Cristian y Carlos. Al ver sus caras supo que algo malo había pasado. Los miró uno a uno y al fin preguntó.
—¿Dónde está Alfonso?
Sus compañeros permanecieron en silencio y entonces miró a Luis.
—Luis, ¿qué ha pasado?
—Sofía, lo siento mucho… Alfonso sufrió un ataque esta noche y ha fallecido.
—¿Qué? … ¿que ha muerto? —preguntó sintiendo que le faltaba el aire. —No es posible, ayer por la noche salimos a correr y estaba bien.
—Alfonso no llegó a su casa, le asaltaron cerca de allí.
Sofía lloraba incrédula sin comprender lo que estaba escuchando. Alfonso era su amigo, su hermano, y estaba lleno de vida, siempre tenía una sonrisa y tiempo para ella. La conocía y sabía cómo animarla en un mal día.
—No puede ser… quiero verlo.
—Sus padres acaban de marcharse —explicó Carlos apesadumbrado. —Los pobres estaban destrozados.
Ella asintió imaginando el dolor que estarían sintiendo al haber perdido a su único hijo. Tendría que ir a verlos, pero antes quería ver a Alfonso.
—Ven conmigo —le pidió el doctor—, te acompañaré.
Cuando llegaron a la morgue, Sofía se estremeció. La temperatura era muy baja y un olor característico a desinfectante inundó su olfato. Se armó de valor y se dirigió a la única camilla en la que un cuerpo estaba cubierto por una sábana blanca.
Con delicadeza, Luis retiró la parte de la sábana que ocultaba el rostro de Alfonso. Sofía retrocedió al verlo tan blanco. Se fijó en los dos pequeños orificios y comprendió lo que había sucedido. Sintió que el aire le faltaba y que la cabeza le daba vueltas.
Luis se acercó a ella y la ayudó a sentarse en una silla mientras la hablaba con voz serena para tranquilizarla.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas al comprender el hueco que su amigo del alma iba a dejar en su vida. «¿Cómo iba a soportar su ausencia?».
Minutos más tarde se levantaba con resolución y, despidiéndose del doctor, se dirigió hacia la salida del hospital.
Sabía que Alex estaba allí, había percibido su presencia cuando entró por la mañana.
Al que no había presentido era a Ian, lo cual era muy extraño.
Al abrir la puerta, la luz del sol calentó su cuerpo, aunque no su corazón.
En el exterior, Alex la miraba con dolor.
—Alex —susurró ella con un nudo en la garganta.
El chico se acercó a ella y la abrazó con fuerza.
Sabía que no había palabras que curasen el dolor que sentía su amiga.
Ella rodeó la cintura del joven y apoyó la cabeza en su hombro.
Permanecieron así durante unos minutos mientras la mente de Sofía asimilaba lo sucedido y su corazón recuperaba el ritmo normal.
Con determinación se separó de Alex y mirándole a los ojos le interrogó.
—¿Quién ha sido?
El chico permaneció en silencio buscando la mejor manera de explicárselo, pero Sofía no estaba dispuesta a esperar.
—¿Dónde está Ian? He visto el cuerpo de Alfonso y sé lo que ha sucedido. Un vampiro lo ha desangrado y lo ha dejado tirado como si fuese un trapo.
—Ian ha salido tras el asesino y ya lo tiene. Me ha pedido que te proteja mientras lo lleva ante su superior.
—Quiero ir con él —afirmó rotunda.
—No es seguro Sofía, mucha gente te está buscando.
—Tampoco es seguro quedarme aquí. Esa maldita loba —señaló con la cabeza en dirección a un banco en el que Martina se había sentado mirándola con un gesto burlón— está esperando el momento de rematar lo que empezó.
Y esa vampira —señaló con un dedo a una chica que se apoyaba en un árbol—, no creo que quiera darme el pésame.