Tres almas y una profecía CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

El doctor Avellaneda disfrutaba enseñando y aconsejando a sus MIR, sorprendiéndose de lo bien formados que estaban.

Se sentía muy orgulloso del sistema de enseñanza español en lo referente a la medicina, pero le apenaba que, debido a las malas retribuciones y lo poco considerados que estaban, muchos decidiesen salir al extranjero donde eran recibidos como lo que eran, excelentes profesionales que en muchas ocasiones superaban a médicos de todas las nacionalidades, llegando a formar parte de la élite de los médicos e investigadores fuera de su país.

Esa mañana invitó al quirófano a Sofía. Esa joven era un misterio para él desde el día que la conoció.

Tenía un aura que le transmitía una serenidad como nunca había sentido.

Sabía que causaba el mismo efecto en los pacientes, pues cuando les sonreía, sus rostros cambiaban y se llenaban de esperanza.

Todavía seguía pensando en el pequeño Hugo y en la misteriosa curación del brazo de la muchacha, pero su intuición le decía que era mejor no investigar sobre el asunto.

—Sofía, acompáñame al quirófano, vamos a intervenir al señor Pérez del corazón y hacerle un baipás.

La joven sonrió mientras Alfonso le daba una palmadita en la espalda. Todos deseaban entrar en el quirófano para perfeccionar sus conocimientos y cada día esperaban la posibilidad de ser ellos los elegidos.

Se encontraba junto a la camilla de operaciones, justo frente al doctor, y por unos instantes cerró los ojos.

«Por favor, que cuando huela la sangre no pase nada», musitaba para sus adentros. La voz de Luis la sacó de su ensimismamiento.

—¿Quieres hacer los honores, Sofía? —le indicó al paciente que ya dormía profundamente tras recibir la dosis necesaria de anestesia.

Ella sonrió y, a pesar de llevar mascarilla, su tutor lo supo por sus ojos.

Con el bisturí hizo el primer corte largo en la zona del pecho, a través del esternón y la sangre comenzó a brotar. Sintió como sus colmillos se alargaban lentamente y apretó la mandíbula con fuerza.

«Maldita sea, no lo voy a permitir», se dijo centrándose en lo que estaba haciendo y ampliando la longitud del corte. Cuando consideró que era suficiente se detuvo.

—Buen corte Sofía, ahora separa el esternón…

Paso a paso el doctor fue guiando a la joven, aprobando con la cabeza cada nueva acción, hasta que el monitor avisó de una caída de la tensión y por último de una parada cardiaca.

Su primer instinto fue tomar las riendas de la operación, pero Sofía estaba totalmente concentrada y sin dar signos de preocupación, introdujo su mano en el hueco que había abierto en el esternón y con cuidado agarró el corazón.

En ese instante sintió como una energía brotaba de la yema de sus dedos y pasaba por el corazón haciendo que este recuperase el ritmo.

—¡Fantástico, Sofía, lo has recuperado! Vamos a terminar ya, la operación ha sido un éxito, solo falta cerrar.

Poco después se reunían en el despacho con el resto de residentes, y comentaron todos los casos del día, dejando para el final la operación del corazón.

—Has realizado un estupendo trabajo —alabó el hombre—, y has conservado la calma cuando se le ha parado el corazón.

Alfonso, Carlos y Cristian la miraron con admiración.

—¿Se le paró el corazón? —preguntó Cristian emocionado— ¿Qué hiciste?

—Lo que siempre nos han enseñado —respondió sonriendo—, darle un masaje con la mano. Ha sido sencillo—añadió quitándole importancia—, fueron tan solo unos segundos.

—Vuestra compañera reaccionó muy bien y no perdió el control en ningún momento.

Eso es de vital importancia cuando entréis en el quirófano, siempre pueden surgir imprevistos y hay que estar preparados para enfrentarnos a ellos.

Y dicho esto, podéis marchar a vuestras casas o a donde os apetezca, la jornada ha terminado.

Los cuatro jóvenes salieron del despacho hablando y riendo mientras el doctor los veía alejarse con una sonrisa.

Observó como Sofía se detenía y giraba la cabeza mirando algo o a alguien. El gesto de su rostro le llamó la atención. Se levantó de su silla giratoria y asomó la cabeza para ver qué es lo que la había llamado la atención.

Era una muchacha bastante guapa, con el pelo castaño y unos extraños ojos grises, que a su vez devolvía la mirada a Sofía.

El doctor sintió un escalofrío y miró preocupado a su MIR, pero se sorprendió al ver como desafiaba a la desconocida.

Nunca había observado una actitud así en la joven y por ello permaneció alerta.

«¿Quién es esa chica tan extraña y por qué la mira así Sofía?», se preguntó.

Esperó a que llegasen los cuatro al ascensor y cuando entraron y la puerta se cerró, se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. La joven desconocida se giró y detuvo su mirada en él. Luis se sintió como si fuese una pieza de caza. Rompió el contacto visual y volvió a su despacho.

«Esa loba loca no deja de perseguirme y me estoy cansando», maldijo Sofía para sus adentros.

«Como siga así voy a tener que plantarle cara y darle las gracias por haberme convertido en licántropo.

Por suerte no me siento ligada a ella como parte de su manada, como me contó Alex que sucedía habitualmente».

—Sofía, despierta —dijo Cristian golpeándole afectuoso en la espalda—, regresa a la tierra.

—Perdona, estaba recordando la operación y se me ha ido la cabeza.

—Lógico —apostilló Alfonso. —Ha tenido que ser impresionante. Vamos a celebrarlo.

Sofía estaba cansada, pero necesitaba un poco de normalidad y accedió gustosa en ir a tomar una ronda con sus compañeros. Se habían convertido en grandes amigos y como su vida era de lo más normal, sabía que disfrutaría de un rato de paz y compañerismo.

—Félix, ponnos una ronda bien fría —pidió Cristian al camarero. Luego se giró hacia su amiga—: Venga, cuéntanos lo que se siente, no te lo guardes todo para ti.

Ella se animó y explicó con entusiasmo la operación, olvidando todo lo que la estaba sucediendo y ajena a que Alex permanecía en el exterior observándola a través del cristal del bar.

El lobo sonreía viéndola gesticular y aceptando un botellín de cerveza mientras lo utilizaba como si fuese un bisturí y abriese en canal a un paciente imaginario.

Esperó hasta que los vio salir a la calle. Entonces ella percibió su presencia y lo miró retadora agarrando del brazo a su amigo Alfonso. Alex la guiñó un ojo y ella volvió a sonrojarse.

«Otra vez no», se dijo para sus adentros al tiempo que daba un golpe al suelo con un pie, como una niña con una rabieta.

—¿Qué te pasa? —preguntó Alfonso sorprendido al ver su actitud.

—No es nada, el calor del verano al salir del bar. En fin, voy para casa a comer algo y a darme una ducha.

—Te acompaño —se ofreció el chico al mismo tiempo que se despedían de los otros compañeros.

—Gracias por este rato —dijo Sofía a su amigo—, lo necesitaba.

—Estás un poco rara, ¿Va todo bien? —se preocupó Alfonso.

Ella asintió con la cabeza mordiéndose el labio.

—Te conozco desde que éramos pequeños y cuando haces eso —señaló sus labios—, es que algo te preocupa.

—Alfonso, de verdad que no pasa nada, es la emoción de la operación sobre todo ahora que ya ha pasado el momento y lo veo con otra perspectiva. Además, estoy bastante cansada, me imagino que será por la tensión.

—De acuerdo —respondió dándole un abrazo cariñoso. —Tendré que asumir que tienes tus secretos. Por cierto, ¿sigues saliendo a correr?

—No tanto como me gustaría.

—¿Quieres que vayamos juntos al anochecer? La temperatura habrá bajado y nos viene bien descargar adrenalina.

«Madre mía», pensó Sofía. «Como descargue más adrenalina me va a dar un infarto. Si supiera todo lo que me está pasando no se lo creería». Y en voz alta añadió.

—Estaría bien, hace mucho tiempo que no corremos juntos.

—¿Te recojo a las diez?

—Perfecto.

—¡Mamá! —llamó en voz alta a Carmela.

—Estoy trabajando —respondió la mujer.

Sofía se acercó y besó a su madre con cariño, luego miró lo que estaba dibujando. Abrió los ojos como platos y soltó una carcajada.

—¿En serio? ¿Un lobo?

—Ya ves, me han encargado las ilustraciones para una nueva versión de Los tres cerditos y el lobo. Es irónico, ¿verdad?

—Si quieres que pose —se ofreció bromeando.

—No estaría mal, así vería cómo eres en tu forma de licántropo.

Sofía suspiró y añadió preocupada.

—Casi es luna llena. Pronto volveré a transformarme.

—¿Tienes miedo?

—Alex me ha dicho que cada vez será más rápido y dolerá menos, pero no sé cuánto tiempo tardaré en dominar mi necesidad de cazar. Me da miedo hacer daño a alguien.

Carmela acarició con cariño el pelo de su hija y la besó en la mejilla. Aunque no era su madre biológica la quería con todo su corazón y no soportaba verla sufrir.

—¿Sabes lo que necesitamos? —le preguntó.

Y entre risas ambas respondieron.

—¡Un helado!

Desde que era pequeña, habían adquirido la costumbre de tomar juntas un helado cuando algo iba mal. De esta manera se sentaban a hablar mientras lo comían.

A las diez sonó el interfono y vestida con mallas y camiseta de deporte, bajó las escaleras y se encontró con Alfonso.

—¿Hacia dónde quieres que vayamos? —preguntó el chico.

—Evitemos el bosque —sugirió ella—, después de lo que me pasó, prefiero correr por otra zona.

—Entonces, sígueme—pidió Alfonso.

Llegaron a las pistas de la universidad y, después de correr cuarenta minutos, hicieron estiramientos mientras hablaban amistosamente.

Sofía estaba contenta, pues el joven era como un hermano para ella y se sentía cómoda con él.

Le gustaría contarle todo lo que estaba sucediendo, pero no quería poner su vida en peligro.

El aire le trajo el olor de Alex y de Ian, pero también el de Martina y el de al menos un vampiro que no conocía.

«No quiero exponer a Alfonso a ningún peligro», pensó. «Lo mejor es dejarlo ya». En voz alta le dijo:

—Regresemos a casa, por hoy ha sido suficiente.

El joven la acompañó hasta la puerta de su edificio y esperó a que estuviese dentro del portal.

—Mañana nos vemos.

—Hasta mañana.

Alfonso comenzó a caminar hacia su casa que se hallaba a unos cinco minutos de distancia. Estaba concentrado en sus pensamientos cuando un joven se acercó a él.

—¿Tienes fuego?

—No fumo —contestó mirando al chico.

—¿Y tu amiguita?

—¿Mi amiguita?

—La chica a la que acabas de dejar en su casa.

—¿Te conozco de algo? —preguntó mosqueado Alfonso.

—No, pero sé que eres muy amigo de Sofía y he pensado que no le gustará mucho que te pase algo malo.

—¿De qué coño estás hablando? —preguntó mirándole a los ojos.

Durante unos segundos no pudo retirar la mirada puesto que jamás había visto unos ojos iguales, de un color casi rojo.

Algo le alertó del peligro y miró a su alrededor para ver si había algún transeúnte que pudiera ayudarle en caso de necesidad, pero la calle estaba vacía, tan solo había una pareja que se alejaba en la oscuridad de la noche iluminada por las farolas.

Reanudó su paseo tratando de ignorar al desconocido, cuando sintió que se acercaba de frente y agarrándole con fuerza lo arrastró lejos de la farola y mordió su yugular.

Estaba aterrado sintiendo como algo puntiagudo se clavaba en su cuello y acto seguido el chico succionaba su sangre.

«Debo de estar soñando, los vampiros no existen», pensaba mientras las fuerzas le abandonaban al ir perdiendo la sangre.

Sus piernas flaquearon y habría caído al suelo de no ser por la fuerza extraordinaria que tenía el asaltante.

Los párpados se fueron haciendo cada vez más pesados y su rostro perdió el color.

El ritmo cardiaco se ralentizó hasta que dejó de latir.

El vampiro soltó el cuerpo inerte de Alfonso dejándole en el suelo como si fuese un fardo y salió corriendo a una velocidad vertiginosa.

Poco después, pasó un grupo de chavales en ropa de deporte y al ver el bulto en el suelo se acercaron para ver qué era.

Aterrados descubrieron que era el cuerpo sin vida de un joven y llamaron a la ambulancia y a la policía.

Llegaron haciendo sonar las sirenas y los sanitarios confirmaron que estaba muerto.

Pronto la zona estuvo acordonada y llegó la CGPC (la Comisaría General de Policía Científica) para investigar lo que a todas luces era un asesinato.

Sofía escuchó las sirenas desde su cama sin sospechar que sonaban anunciando la muerte de su mejor amigo.

Mientras tanto, Ian permanecía alerta en lo alto de la azotea, pues le pareció ver la sombra de Frank huyendo en la oscuridad.

Frunció el ceño y se dirigió hacia la zona donde se encontraban varios vehículos de policía y una ambulancia. Todavía no habían cubierto el cuerpo que había en el suelo cuando el chico, con su vista de vampiro, descubrió que era Alfonso, el amigo de Sofía.

Su olor le llegaba claramente, al igual que el de Frank. Apreció los dos orificios que habían dejado los colmillos y maldijo la locura que había cometido Frank.

Las ciudades estaban vetadas como zona de caza y alimento y todos los vampiros lo sabían y cumplían las normas. Además, no estaba permitido saciar la sed hasta matar al donante, pero este chico actuaba como le daba la gana, haciendo caso omiso de las normas establecidas.

«Sofía se va a hundir cuando se entere de que ha perdido a su amigo de infancia», pensó preocupado Ian. «Será un golpe duro para ella, otro más en muy poco tiempo. ¿Por qué habrá hecho esto Frank? No puede ser una casualidad que haya atacado al amigo de la elegida. ¿Qué está pasando?».