CAPÍTULO 23
Sofía lloraba desconsolada en su dormitorio al comprender que Ian la había convertido en vampiro.
—¿Cómo ha podido hacerme esto? —se lamentaba mirando a Gabriel, Carmela y Malcom. —¿Qué soy ahora? ¿Tendré que beber sangre para alimentarme?
Ellos la miraban confusos sin saber qué respuesta darle. Jamás habían encontrado un caso como el suyo, la sangre de licántropo y vampiro nunca se habían mezclado y, añadido a su esencia angelical, lo que quedaba era un rompecabezas cuyas piezas había que ensamblar.
—Hija, nos encargaremos de buscar una respuesta, pero mientras tanto necesitamos que vuelvas a la rutina —rogó Carmela. —Si te quedas aquí, tu cabeza no parará de dar vueltas y terminarás hundida.
—Así es —añadió Malcom—, vuelve al trabajo y ocupa tu mente con lo que te gusta, ayudar a los demás.
—Sofía —añadió Gabriel—, estaremos aquí para apoyarte en todo. Haz caso a tus padres y regresa al hospital.
—Pero… ¿Y si cuando huela la sangre ataco a alguien? ¿Y si me convierto en una asesina?
Gabriel acercó su mano a la mejilla de la joven y un suave rayo de luz iluminó su rostro.
—¿Qué has hecho? —se sorprendió Sofía.
—Somos ángeles y tenemos el don de poder curar a la gente, como hiciste con Hugo. También puedo ayudarte a que te sientas mejor —respondió sonriendo.
—Ella permaneció en silencio durante un instante y luego se puso en pie.
—Entonces, ¿a qué espero? Regresaré al hospital y curaré a todos los pacientes.
—Eso no funciona así —sonrió Gabriel. —Se puede utilizar en determinadas ocasiones.
—¿En cuáles? —preguntó con interés.
—Tu esencia de ángel te lo dirá. Mientras tanto, arréglate y vuelve al trabajo. Eres médico y puedes ayudar a la gente. Estaré allí por si me necesitas.
Cuando bajó para dirigirse al hospital, se encontró con Alex que la esperaba impaciente. Sus ojos negros la miraron con preocupación y sin decir palabra comenzó a caminar a su lado.
—¿Sabes lo que ha pasado? —preguntó ella transcurridos varios minutos.
—Lo sé —afirmó el joven muy serio.
—¿Qué piensas de mí ahora? ¿Te doy asco? ¿Soy un engendro?
—¿Realmente piensas eso de ti? —contestó con voz serena. —¿Acaso te sientes diferente a la Sofía que conocí el primer día, antes de convertirte en loba? ¿Te sentiste diferente siendo licántropo? ¿Qué es diferente ahora respecto a los demás cambios?
Ella se detuvo y lo miró sorprendida. Permaneció pensativa frente a él mientras se mordía el labio. El sol se reflejaba en su cabello negro como la noche y sus ojos azules intensos parecían tener chispas luminosas que atrajeron peligrosamente al chico.
«¡Maldita sea!», se dijo Alex atrapado en la mirada de Sofía. «¿Qué tiene esta chica que me vuelve loco? Me da igual que sea un ángel, un vampiro o un licántropo. Toda ella me tiene a sus pies y ni siquiera lo sabe».
Sofía interrumpió el silencio sin percatarse del torbellino de emociones que envolvían al joven.
—Alex, tienes razón. No me sentí diferente cuando me mordió Martina, seguía siendo yo a pesar de transformarme durante la luna llena, tampoco me siento diferente ahora que soy vampiro. Sigo siendo Sofía y puedo con todo.
Una sonrisa preciosa iluminó su rostro mientras mostraba unos dientes blancos y perfectos.
—Muchas gracias por estar aquí, significa mucho para mí. Sé que estás protegiéndome porque soy parte de una profecía, pero siento que podemos ser amigos al margen de todo eso.
Alex trató de sonreír ante las palabras de la chica, aunque en su fuero interno lo que deseaba no era su amistad, sino algo más. Suspiró e inconscientemente alzó la mano y colocó un mechón del oscuro cabello de la chica detrás de la oreja.
«¡Mierda!», pensó Sofía al sentir la caricia de Alex. «Ya me estoy poniendo roja otra vez como una adolescente». Suspiró y sonriendo le dijo:
—Vamos, que llego tarde al trabajo.
Durante toda la jornada visitaron a varios pacientes y participaron en diferentes intervenciones.
Sofía se preparó para luchar contra las ganas de beber sangre cuando se dirigieron a un box en el que un chico se había caído de la moto y tenía un corte profundo en el muslo que no dejaba de sangrar, pero sorprendentemente no surgió la necesidad.
Su mente simplemente se centró en la persona herida y con diligencia limpió y suturó la herida.
Cuando terminó de atar el último punto, alzó los ojos y miró al chaval, casi un crio, que a su vez la miraba embobado.
—Pues esto ya está, Jorge —le dijo con una sonrisa—, espero no volver a verte por aquí, así que vete con cuidado. En la moto la carrocería eres tú y has tenido suerte de que haya sido tan solo esto. —Señaló la herida recién curada.
Jorge se sonrojó y se dejó caer en la silla de ruedas que le acercaba el celador.
—Muchas gracias —se despidió mientras iba al encuentro de sus preocupados padres.
Sofía suspiró satisfecha al ver que su esencia vampírica no le había dado problemas y se dispuso a atender al siguiente paciente cuando distinguió un olor conocido.
«Ian», pensó. «¡Lo voy a matar!».
Se giró hacia la procedencia del aroma y allí estaba, apoyado en la pared mirándola con un gesto de culpabilidad. Como un rayo se dirigió a él y agarrando su mano lo arrastró al ascensor, pulsó el botón de azotea y en silencio esperó a llegar al destino.
Una vez al aire libre, lo miró con los ojos llenos de furia.
—¿Cómo te atreves a venir después de lo que me has hecho? ¡Eres un capullo! ¿Cómo se te ocurrió convertirme? ¡Te dije que no!
Sofía temblaba, enfadada, con los ojos llenos de lágrimas, mientras su mirada se enfrentaba a la del vampiro. Ian la miraba desafiante esperando a que ella terminase de lanzarle todas las puyas que sabía que se había ganado.
—¿No vas a decir nada? —le preguntó enfadada al mismo tiempo que con las manos golpeaba su pecho. —Me has matado, me has condenado —se lamentó volviendo a golpearle. —¿Por qué? ¿Por qué? —preguntó rompiendo a llorar.
Ian se acercó a ella y la abrazó acercando su cuerpo al de él. Ella trató de resistirse, pero Ian era más fuerte y la estrechó con fuerza. Acercó sus labios al oído de ella y susurró.
—Lo siento, Sofía, perdóname.
Ella dejó de luchar y apoyó la cabeza sobre el pecho del chico mientras las lágrimas se deslizaban por su mejilla.
Permanecieron así un rato hasta que el vampiro se separó perplejo.
—Sofía, ¡escucha! —la pidió mirándola a los ojos.
—¿Qué tengo que escuchar? —preguntó ella sin entender lo que le pedía.
Él acercó la mano al pecho de Sofía, a la altura del corazón, y la apoyó con delicadeza.
—Escucha—repitió.
Ella asintió con la cabeza comprendiendo lo que le pedía y entonces lo miró anonadada.
—Esto… ¿es normal? —le preguntó.
Ian negó con la cabeza tan sorprendido como ella.
Permanecieron expectantes escuchando el latido del corazón de Sofía. Tam tam, tam tam, tam tam…
—No entiendo nada, se supone que estoy muerta, que mi corazón no late…
—Tu cuerpo está caliente —añadió acariciando su mejilla.
—Entonces… ¿Qué ha pasado?
—No tengo ni idea —aseguró el chico—, pero sea lo que sea me alegro por ti. Lo mejor será que hablemos con Gabriel, quizás él sepa lo que sucede. De todas formas, es extraño que nadie se haya dado cuenta.
—Empezando por mí —afirmó ella. —Me imagino que estábamos tan convencidos de que me había convertido que ninguno se planteó que mi corazón siguiese latiendo y mi cuerpo estuviera caliente.
—Todo en ti es tan diferente —susurró él mientras se acercaba a ella y sujetaba con delicadeza su nuca, acercando su rostro al suyo.
Sus labios quedaron tan cerca que Sofía casi sentía el frio de él.
Alzó la mirada y se encontró con los ojos del vampiro, los ojos más verdes que jamás había visto, bordeados de unas impresionantes pestañas negras.
Un mechón de pelo rubio le caía sobre la mejilla y ella lo retiró con delicadeza.
Suspiró. Ian rompió la distancia que los separaba y la besó.
Fue un beso dulce, apenas el aleteo de una mariposa.
Miró a Sofía preguntándole con la mirada y ella respondió uniendo sus labios a los de él, besándolo con deseo, como si fuese el último.
Los brazos fuertes del vampiro la acercaron a su cuerpo envolviéndola con fuerza, temiendo que pudiera cambiar de opinión y se marcharse, mientras sentía el retumbar del corazón de ella junto a su pecho.
— ¡Ay! —exclamó Ian sorprendido tocando su labio superior y observando que tenía una gota de sangre. —Se apartó de Sofía y vio tras sus labios unos afilados colmillos. Inquieto miró a la chica, que le miraba con pánico.
—¡Lo siento! —se disculpó con gesto de culpabilidad. —No sé cómo ha pasado.
—Tendremos que descubrirlo juntos poco a poco. —La tranquilizó acercándola de nuevo a su pecho y abrazándola.
«¡Qué demonios está pasando!», se dijo pensativo. «Un vampiro que no está muerto, de sangre caliente y con un corazón que late. Y sus colmillos son capaces de herirme… Jamás nadie consiguió herirme ni atravesar mi piel. Necesitamos respuestas antes de que se asuste más».
—Sofía, quiero que regreses al trabajo y termines tu jornada. Mientras tanto intentaré averiguar algunas cosas.
—¿Qué regrese? —preguntó atónita. —Acabas de ver lo que he hecho y me mandas a un sitio lleno de sangre que es una trampa para mí.
—Has estado casi todo el día ahí y no has tenido ningún problema. Estoy convencido de que no vas a hacer nada que ponga en peligro a los demás.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque te conozco y sé que no le harías daño a nadie. —Con una mano señaló la puerta de la azotea y la empujó suavemente hacia ella.
—¡No puedo! —exclamó negándose a bajar.
—Puedes y lo harás—afirmó mirándola fijamente a los ojos. —Por favor…
Ella suspiró y asintiendo con la cabeza se dirigió hacia su puesto de trabajo.
—¿Dónde estabas? —le dijo Alfonso cuando la vio aparecer.
—He ido al baño —respondió con una sonrisa—, cosas de mujeres, ya sabes.
Azorado, el chico miró hacia otro lado.
—Pero ya estoy aquí, así que dime qué toca ahora.