CAPÍTULO 21 #3
Cuando Sofía llegó a su casa fue directa a su habitación y dejando el bolso sobre la cama, sacó del bolsillo del vaquero el sobre.
Sin darse cuenta, se sorprendió oliendo su esencia y arrugó la nariz al comprender que olía a vampiro.
Se sentó y lo abrió con decisión, ajena a que Ian se hallaba en la azotea del edificio de enfrente.
Según leía, su rostro iba perdiendo el color.
«Sofía, si quieres saber la verdad de tus orígenes, te espero en el bosque a la altura de la facultad de Medicina a las once de la noche. Ven sola y no se lo digas a nadie. Me estoy jugando la vida».
La joven se puso en pie y comenzó a pasear nerviosa por la habitación. Miró su reloj y comprobó que faltaba una hora para la cita. Vaciló sobre lo que debía hacer, pues podría ser una encerrona, pero necesitaba saberlo todo y su curiosidad venció al miedo.
Se dirigió al salón y le hizo un gesto a Gabriel que en esos momentos estaba hablando con sus padres. El ángel se levantó y la siguió hasta el dormitorio.
—Gabriel, necesito que me hagas un favor. Me estoy asfixiando rodeada de gente que me sigue todo el día y necesito un rato para mí. Están sucediendo muchas cosas y tengo que asimilarlas y por ello me tengo que alejar de aquí.
—Sofía, me gustaría ayudarte, pero precisamente la idea es que nadie te pueda hacer daño. Todos estamos junto a ti para evitar que te suceda algo.
—Por favor —rogó la joven mirando a su padre a los ojos. Gabriel no pudo apartar la mirada pues en ella veía reflejada a Cristina y se sintió invadido por una enorme ternura.
—Sofía —murmuró conmovido—, no me puedes pedir eso.
—Me llevarías a un lugar seguro —afirmó ella con vehemencia. —La facultad de Medicina está a bastante distancia de aquí y podrías llevarme volando, de esta manera nadie podría seguir mi rastro.
Gabriel dudó nuevamente, pero ella se acercó y agarró sus manos.
—Por favor.
—Está bien —accedió al fin. —Te llevaré, pero estarás allí tan solo una hora.
—Y me dejarás sola —insistió.
—Te dejaré sola. Sígueme —le pidió mientras salían de la casa y subían a la azotea.
Enfrente, Ian maldecía y perjuraba ante el comportamiento de Gabriel.
«Ese ángel está tonto», pensaba. «¿No se da cuenta de que lo está manipulando? La va a llevar a la boca del lobo. ¿Qué pondrá en la carta? Necesito saber qué pasa. ¿Por qué va a la facultad de Medicina?».
Entonces vio como Gabriel abrazaba a Sofía y desplegaba las alas ocultando su presencia ante los ojos de los humanos. Ian pudo ver como algo blanco caía al suelo antes de que la pareja alzase el vuelo y se alejase en la oscuridad de la noche.
Dio un salto y aterrizó con gracia felina donde segundos antes había estado Sofía. Recogió el sobre y lo abrió. Una rápida mirada y el olor le confirmó lo que sospechaba. La chica iba a una trampa.
Mientras tanto, Sofía permanecía abrazada a su padre mientras volaban hacia su destino.
Alzó la cabeza y sus miradas se encontraron.
No podían romper ese momento que veinticinco años atrás les habían robado.
Sus corazones se unieron bombeando al unísono y sintieron que iban a explotar de gozo.
Ella jamás había encontrado a un ser tan puro como Gabriel y sintió como algo irradiaba hacia ella, una paz y un amor como jamás pensó que sentiría.
Gabriel recordó el momento en el que con un cuchillo cortó el abultado vientre de Cristina y metiendo las manos en su interior sacó el cuerpo de su hija.
Su primera mirada fue para él, y fue tan intensa como la que le dirigía ahora.
Llegó a la facultad y permaneció sobre ella mirando a Sofía.
Ninguno quería romper ese momento mágico, pero al fin ella le sonrió y besó su mejilla.
—Gracias, papá —le susurró.
Gabriel sintió que el mundo se detenía al escuchar a Sofía decir la palabra que tantos años anheló oír: «Papá».
Suspiró y descendió hacia el claustro del hermoso edificio que hacía las veces de facultad.
Era un edificio cuadrado de piedra con gárgolas que expulsaban el agua de la lluvia los días de tormenta evitando inundaciones.
Los cuatro lados del cuadrado eran las aulas docentes, los laboratorios, la pequeña morgue en la que se conservaban cuerpos que servían para que los estudiantes realizasen prácticas y, por último, el departamento de oficinas.
Entre esas cuatro zonas se encontraba el claustro, conformado por estilizadas columnas talladas en piedra representando escenas bíblicas. En el centro del espacio se encontraba una hermosa fuente en la que una joven de cabello largo miraba al cielo y un ángel alado la ofrecía su mano.
Sofía no pudo evitar una sonrisa al mirarla. Durante los años de estudio había visto la fuente y apreciado su belleza, pero, ahora que sabía de la existencia de seres que antes eran tan solo ficción para ella, la veía con otros ojos.
Suspiró pensando en Gabriel y sintió que poco a poco iba encontrando su lugar en el mundo.
Miró su reloj y comprobó que faltaban cinco minutos para su cita, por lo que decidió ponerse en marcha. Se acercó a las enormes puertas de madera y tiró para abrirlas.
«Vaya», pensó. «No se me había ocurrido que estarían cerradas, aunque no podía esperar otra cosa a estas horas de la noche».
Se dirigió a una de las aulas docentes y con cuidado abrió la ventana, se asomó y después se lanzó con cuidado desde el primer piso.
«¡Guau!», se sorprendió al caer con delicadeza sobre el suelo empedrado que rodeaba el edificio.
«Parece que ser licántropo tiene alguna ventaja».
Se alejó hacia el bosque tratando de encontrar entre los árboles a la persona que la había citado, pero a pesar de emplear su recién adquirida vista lobuna, no vio a nadie.
Se internó un poco más en la espesura que le rodeaba y sintió crujir unas ramas frente a ella.
Dos jóvenes aparecieron mirándola con una sonrisa, pero Sofía pensó que era falsa y se sintió como el ratón cazado por el gato y por desgracia, ella era el ratón.
Trató de mantener la calma mientras se acercaban.
Su olor era inconfundible, olor a vampiro.
Se planteó salir corriendo y alejarse todo lo posible de ellos, pero su curiosidad era mayor que su temor y se quedó en pie mientras acortaban las distancias.
—Vaya, vaya —murmuró uno de los muchachos—, así que eres la famosa elegida. —La miró de arriba abajo y soltó un silbido de admiración. —Estás buenísima. Me gustaría ver a qué sabe tu sangre. Hueles a dulce y a lavanda.
—Y tú hueles a vampiro que tira para atrás —repuso ella enfadada. —Parece que he venido al sitio equivocado. Solo sois dos críos fanfarrones y no merece la pena que pierda mi tiempo con vosotros. Estoy convencida de que no tenéis ni idea de lo que está pasando.
La chica, que había permanecido en silencio, se acercó un poco más y le enseñó los blancos dientes afilados.
—Somos jóvenes, pero letales. Has cometido el error de acudir a la cita y te vas a arrepentir.
—¿Por qué? ¿Actuáis por vuestra cuenta o alguien os ha enviado?
—Lo mismo da, lo importante es lo que va a suceder.
—Ilumíname —respondió ella burlona tratando de ocultar el miedo que sentía.
Por lo que había visto de Ian, era muy rápido, mucho más que los lobos y ella todavía estaba empezando a descubrir sus dones.
Dos vampiros, por muy jóvenes que fueran, se lo iban a poner muy difícil.
Lamentó no haber avisado a Alex o a Ian para que la acompañasen, pero ya era demasiado tarde.
No lo vio llegar. Uno de los chicos se movió rápidamente y con una fuerza sobrehumana la agarró del cuello y la elevó en el aire hasta despegar sus pies del suelo, la acercó a un tronco cercano y enseñando sus dientes se los clavó en la yugular sin previo aviso.
La vampira se acercó a ellos y la mordió al otro lado del cuello succionando con avidez la sangre de Sofía.
Ella los miraba aterrada tratando inútilmente de soltarse de su presa, pero era imposible competir contra ellos.
Poco a poco, el rostro de la joven iba perdiendo el color y su corazón fue ralentizándose hasta que tan solo un pequeño y esporádico latido demostraba que no había muerto.
De pronto, la vampira soltó su cuello y lanzó un grito al sentir como alguien clavaba su mano a la altura del corazón y se lo arrancaba. Durante unos instantes miró su pecho y el agujero que había quedado y después cayó al suelo descomponiéndose y convirtiéndose en polvo.
El segundo atacante soltó a Sofía que cayó al suelo desmadejada y se enfrentó a su oponente.
Sus ojos se llenaron de terror cuando vio el rostro de Ian, un rostro hermoso pero letal del que había que guardar las distancias.
No reaccionó, tan solo lo miraba sin poder moverse.
Vio cómo se acercaba y sintió como el corazón abandonaba su pecho.
Cayó junto a su compañera convirtiéndose también en cenizas.
Ian se arrodilló junto a Sofía y buscó algún signo vital.
Ahí estaba, un pequeño latido que anunciaba que todavía estaba viva.
Sacó los afilados colmillos y los clavó en su propia muñeca hasta que la sangre brotó por los dos orificios que habían dejado.
Acercó la muñeca a los labios de la joven y dejó que su sangre se deslizase hacia su garganta.
—Maldita sea, Sofía, no te vayas. Bebe de una vez.
¡Por favor! —suplicó con desesperación. —¡Lucha, no te dejes ir!
—Con delicadeza incorporó su cuerpo y lo abrazó manteniendo los labios en contacto con su muñeca.
—¡He llegado demasiado tarde! —gimió mientras apretaba el cuerpo exangüe sobre su pecho. —Sofía… bebe mi sangre—rogó.
Entonces ella soltó un pequeño suspiro y apretó sus labios a la muñeca de Ian comenzando a beber su sangre, despacio primero y con más energía después.
Durante lo que le pareció una eternidad, el joven vampiro miró el rostro de Sofía comprobando como el color volvía a sus mejillas.
Acarició su cabello negro como la noche que se extendía sobre sus brazos como una manta brillante, y sintió como su corazón recuperaba el ritmo poco a poco.
—Sofía —susurró con dulzura—, mírame por favor.
Los párpados de ella temblaron intentando alzarse, pero apenas tenía fuerza y se rindió mientras sus labios seguían absorbiendo la sangre que le devolvía la vida.
—Sofía —repitió Ian nuevamente minutos después.
En esta ocasión, la joven abrió los ojos lentamente y miró confundida al vampiro. Este soltó un suspiro y apretó su cuerpo junto al suyo sin dejar de mirar los enormes ojos de la chica, que poco a poco recuperaban su luz.
Sofía deslizó la mirada hacia la muñeca de Ian y se dio cuenta de que estaba bebiendo su sangre. Aterrada se apartó de él y trató de incorporarse, pero el chico la retuvo en sus brazos.
—Tranquila, todo va a estar bien —le susurró mirándola a los ojos y acariciando su pelo.
Cansada, cerró los ojos y apoyó la cabeza en el pecho del vampiro. Era duro y frío, pero se sintió reconfortada y protegida. Se encontraba débil, confusa y muy cansada. Poco a poco se quedó dormida.
Ian la miró sorprendido al ver la confianza que tenía en él.
Se puso de pie cargando el cuerpo de Sofía con delicadeza mientras rumiaba lo que había sucedido.
Caminó por el bosque alerta por si aparecía otro enemigo, deseando que se acercasen para poder aniquilarlos como había hecho con los otros dos.
Sintió un aleteo a lo lejos y supo que Gabriel regresaba en busca de su hija.
«No permitiré que esto vuelva a suceder», se dijo mientras depositaba el cuerpo de la joven en el suelo.
—Sofía, despierta, necesito que sepas lo que voy a hacer.
Ella suspiró sin abrir los ojos, estaba cansada y necesitaba dormir otro poco.
—Se que no te encuentras bien, pero tienes que escucharme. Es importante —dijo con urgencia al ver a lo lejos a Gabriel descendiendo al interior del claustro de la facultad.
«El ángel ha llegado y pronto estará aquí» se dijo.
Sofía abrió los ojos y miró al vampiro con una sonrisa.
—Gracias, Ian, ha faltado muy poco, ¿verdad?
Él asintió con la cabeza mientras miraba con decisión a la joven.
—Sofía, no voy a arriesgarme a que esto vuelva a suceder. Si no llego a aparecer habrías muerto.
—¿Y qué piensas hacer para evitarlo? —susurró con la voz ronca.
—Te voy a convertir —afirmó rotundo.
—¿Convertir? —repitió ella confusa.
—Serás un vampiro como yo.
—No —replicó ella con voz débil.
—Sí —dijo Ian al tiempo que sujetaba con cuidado el rostro de ella entre sus manos. —Serás inmortal como yo. —Y girando con fuerza la cabeza de Sofía le partió el cuello.
Un grito se escuchó en el bosque cuando Gabriel vio lo que el vampiro hacía a su hija.
—¡Noooooooo! ¡La has matado! —sollozó arrebatando el cuerpo de Sofía de los brazos del vampiro.
—¿Por qué? ¿Por qué? —gemía desconsolado apretando el cuerpo de Sofía con desesperación.
Desplegó las enormes alas blancas y envolvió el cuerpo sin vida de la joven mientras lágrimas de dolor surcaban sus mejillas.
Ian permanecía de pie conmovido por la escena que se desarrollaba frente a él. El dolor de Gabriel era tan fuerte que le desgarraba el corazón. Entonces sonrió con tristeza preguntándose:
«¿Qué corazón? Un corazón que no late, que no sabe lo que es el amor ni la ternura».
No quiso seguir junto al ángel y ver su sufrimiento y salió corriendo en la oscuridad.
Gabriel llegó a la casa de Malcom y Carmela con el cuerpo de Sofía. La depositó en su cama y los tres la velaron toda la noche con el corazón lleno de dolor.
—¿Por qué lo ha hecho? —preguntó entre sollozos Gabriel. Pensaba que ese muchacho la protegía.
—¿Estás seguro de que fue él quien la asesinó? —preguntó Carmela recordando el beso que el vampiro había dado a su hija después de salvarla de la caída desde la azotea.
—Seguro.
—No puedo comprenderlo.
Un gemido llamó la atención de los tres y volvieron la cabeza hacia Sofía.
Silencio. Se miraron sin comprender lo que sucedía.
Todos habían escuchado el ruido. ¿O se lo habían imaginado?
Un nuevo gemido salió de los labios de Sofía al mismo tiempo que movía con delicadeza los ojos luchando contra el peso de los párpados tratando de abrirlos.
El ángel y los híbridos se pusieron en pie y la joven, inspirando profundamente, abrió los ojos.
—¡La ha convertido! —exclamó Gabriel. —La profecía se está cumpliendo.