CAPÍTULO 21 #2
Ella accedió y pronto se encontraban sentados ante sus bebidas.
Alex no daba crédito a lo que Martina había hecho, una caza en la ciudad persiguiendo a la elegida.
Primero un mordisco y ahora esto. Negaba con la cabeza con el ceño fruncido.
La mujer siempre había sido agresiva, pero lo que estaba sucediendo con Sofía excedía todos los límites.
En cuanto a Ian… Su relación con ese vampiro siempre había sido antagónica y no se soportaban, pero gracias a él Sofía estaba bien.
La había salvado no una, sino dos veces.
—Bueno, guardaespaldas, ¿me quieres contar qué sucedió anoche tan importante como para dejarme tirada? — pidió jocosa tras terminar de relatar la aventura nocturna.
—Cosas de la manada —respondió evasivo—. Estoy lejos de mi alfa desde hace muchos días y mi instinto me pide que regrese —respondió sin faltar a la verdad.
—¿Eso es habitual? —se interesó Sofía. —Ahora que soy una loba, tendré que aprender vuestras costumbres.
—Eres diferente a nosotros—afirmó Alex volviendo a caer atrapado por su magnética mirada.
—¿Diferente en qué sentido? —se ofendió ella frunciendo el ceño.
—Cuando un lobo muerde a un humano y este se transforma, el humano se convierte en parte de su manada y por lo tanto comparte pensamientos con sus miembros cuando está en su forma de lobo.
No solo eso, sino que el alfa tiene la obligación de enseñarte todo lo referente a tu nueva condición.
¿Te ha sucedido eso con Martina en la luna llena?
—No —respondió con los ojos como platos. —¿Ahora soy de su manada? —dudó disgustada.
—Desconozco la respuesta. Como te he dicho antes, eres diferente a nosotros.
—¿En qué soy distinta? —preguntó enfadada.
—Lo sabes, me lo acabas de contar —replicó él con un tono de voz que la relajó.
«Eso que hace con la voz tiene que ser cosa de lobos», se dijo Sofía al notar la sensación de paz.
Luego miró al licántropo pensando en lo que quería decir.
«¿Se refería a su sangre de ángel?». Estaba cansada de tantos secretos y necesitaba tomarse su tiempo para asimilar todo lo que estaba averiguando. Se puso de pie y se despidió de él.
—Es tarde y tengo que regresar. Mañana trabajo y estoy cansada.
Alex asintió comprensivo. No debía de ser fácil para ella asumir que tenía sangre de ángel y para colmo, ahora también de licántropo.
Pagó la cuenta y la acompañó hasta su casa.
Caminaban pensativos, uno junto al otro, conscientes de la cercanía de sus cuerpos.
De vez en cuando sus manos se rozaban y ambos permanecían en silencio sin decir lo que sentían.
«¡Qué calor desprende su mano!», pensaba Sofía mientras caminaba mirando al frente evitando la mirada del chico.
«¡Me quema!», suspiraba Alex mientras pensaba en convertirse en lobo y salir corriendo.
Cuando llegaron al portal se miraron sin decir palabras.
Alex alzó la mano y colocó un mechón de cabello negro tras la oreja de Sofía, que abrió los enormes ojos azules expectante.
La mano del chico permaneció apoyada en su mejilla mientras sentía como la sangre corría a gran velocidad por sus venas.
Ella no apartaba sus ojos de los de él sintiendo también como algo salvaje se encendía su interior, algo nuevo para ella.
Alex se inclinó sin apartar la mirada y la besó, mientras colocaba su otra mano en la curva de la parte baja de su espalda y acercaba su cuerpo al de él.
Se fundieron en un abrazo y el calor de sus cuerpos pareció que iba a hacerles estallar en llamas.
Alex se separó sorprendido ante la nueva sensación.
Sofía lo miró sonrojada preguntándose por qué había interrumpido el beso.
Durante un instante que pareció un mundo se miraron con el deseo latiendo bajo su piel, pero Alex negó con la cabeza con pesar y con voz ronca se despidió de ella.
—Estaré vigilando. Duerme tranquila.
Sofía no esperó al ascensor. Subió corriendo las escaleras y se detuvo en el descansillo de su casa tomando aire tratando de recuperar el control.
Su corazón latía a un ritmo frenético y todo su cuerpo le pedía a gritos que Alex volviese a besarla.
Disgustada, respiró varias veces y entró en casa dirigiéndose directamente a su dormitorio.
Ian vigilaba desde las azoteas de la ciudad a Sofia.
Gracias a su fuerza y velocidad podía desplazarse por las alturas con tranquilidad y era una manera de estar cerca de ella sin dejarse ver.
Cuando la vio salir del portal por la mañana con una sonrisa en los labios, no pudo evitar sonreír también.
Eso le gustó desde el primer momento, su alegría, su dulzura y ahora también su determinación.
A pesar de los ataques recibidos por parte de Martina, había decidido continuar con su vida y regresar al trabajo. Cuando se fue con los compañeros a tomar unas cañas y vio a la loba entrar en el local, estuvo a punto de lanzarse desde el tejado para seguirla, pero Alex se le adelantó.
Ese chico se había perdido la persecución del día anterior y estaba bastante cabreado con él. «¿A dónde demonios había ido?».
La loba loca casi consigue que Sofía pierda la vida y él, desaparecido como si nada.
Aunque realmente su ausencia jugó a su favor y pudo salvarla de la impresionante caída de diez pisos.
Sintió un escalofrío recorrer su columna cuando recordó el momento.
Por un instante pensó que no llegaría a tiempo. Pero ahí estaba.
Sintió su móvil vibrar en el bolsillo del vaquero y sacándolo descolgó la llamada.
—Hola, Ian, ¿cómo va todo por ahí?
—Hola, Adara —respondió respetuoso a la líder de su clan. —La gente está empezando a mover ficha. Me temo que por aquí hay más de uno interesado en quitar de en medio a la elegida.
Durante unos minutos la puso al día sobre las novedades hasta que fue consciente del silencio de la mujer.
—Adara, ¿qué sucede? Te noto preocupada.
—Jonás ha venido a visitarme nuevamente y estoy bastante inquieta. Están desapareciendo vampiros de nueva creación y no conseguimos seguirles el rastro.
—¿Quiénes son? —se interesó Ian frunciendo el ceño.
—Solo conoces a Frank y a Melissa, a los otros tres los ha convertido Frank sin mi consentimiento.
—Ese vampiro es una mala hierba —aseguró Ian—, desde el primer momento le tengo tomada la medida, pero por aquí no está. La última noche que se transformó Sofía te conté que aparecieron dos vampiros, pero no los había visto nunca. Puede que sean ellos —añadió pensativo.
—No podemos correr riesgos, no solo por los ángeles, que están bastante preocupados, sino también por nosotros. ¿Qué imagen daremos si tenemos vampiros fuera de control? Tienes que arreglar esto.
—De acuerdo. En cuanto a Frank y Melissa estaré pendiente por si aparecen.
—Perfecto.
—Otra cosa, Adara, dices que no conseguís seguirles el rastro y me parece increíble. Tenemos grandes rastreadores en nuestras filas y ellos son jóvenes sin experiencia.
—Eso me tiene perpleja —afirmó la líder—, puesto que yo misma los acompañé, pero te aseguro que llegados a un punto determinado el rastro desaparece.
—¿Junto a un río? —dijo pensativo Ian tratando de encontrar una explicación. —¿Un acantilado?
—No, en pleno bosque. Seguimos su rastro y de pronto nada. Seguiré investigando y averiguaré quién está detrás de todo esto. Nuestra reputación está en juego y nuestra credibilidad, también y justo en el momento menos indicado, cuando aparece la elegida.
—Adara, ve con cuidado. Todo esto me huele a trampa y alguien poderoso está moviendo los hilos. Intentaré dar con los vampiros de la otra noche para interrogarlos.
—Mantenme informada y ve con cuidado.
Ian colgó el teléfono y miró hacia la isla de enfermería de la planta en la que se encontraba Sofía haciendo la ronda de pacientes junto con el doctor y sus compañeros.
Aspiró el aire y maldijo para sus adentros.
Había estado tan concentrado en la conversación con Adara que no había percibido la presencia de un vampiro.
Se acercó a la isla dispuesto a averiguar quién era el intruso cuando escuchó conversaciones de un grupo que se acercaba.
Allí estaba Sofía, rodeada de sus compañeros y hablando con entusiasmo de uno de los casos.
Se estaban despidiendo porque el turno había terminado y cuando se acercaron al ascensor una enfermera joven se acercó a ella con un sobre en la mano.
—Sofía, alguien ha dejado esto para ti.
—¿Quién ha sido? —se extrañó.
—No lo he visto, simplemente dejó el sobre sobre la isla y aquí pone tu nombre y apellidos.
—Está bien —asintió pensativa—, muchas gracias. —Miró el papel que le habían entregado y dudó un instante si abrirlo. Después se lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón y pareció no darle más importancia.
Ian se moría de ganas de saber lo que ponía. Estaba convencido de que el responsable era uno de los vampiros desaparecidos, puesto que había detectado su olor minutos antes. Miró a Sofía con preocupación, pero ella lo ignoró a pesar de haberlo visto.
Enfadado, salió a la calle y esperó a que se cambiase de ropa y bajase.
Se imaginaba que como siempre, el tal Alfonso y el resto de los compañeros bajarían con ella y se tomarían una ronda en su bar favorito. Cuando llegaron, Sofía dejó la carta sobre la mesa y fue al baño.
Ian aprovechó el momento para acercarse y tratar de leerla, pero Sofía regresó y lo miró disgustada.
—Ahora estoy con mis compañeros, por favor, deja que al menos tenga algún momento de normalidad en mi vida.
—Tenemos que hablar.
—No —rebatió enfadada—, en estos momentos no existes para mí. Vete y haz lo que se supone que hacen los vampiros cuando no me vigilan.
Ian la miró fijamente con los ojos verdes lanzando fuego y ella vaciló unos segundos.
«No me mires así», pensó ella mientras sentía como su pulso se aceleraba. «¿Por qué haces que me sienta así cuando estás a mi lado?». Y después en voz alta: «Nos vemos por la noche».