Tres almas y una profecía CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Por la mañana Sofía se levantó con ímpetu, se duchó, desayunó y salió hacia el hospital. A pesar de ser temprano, el día ya avisaba de que iba a ser caluroso y se puso unos vaqueros y una camiseta de algodón que dejaba sus brazos descubiertos.

«Cuanto antes me enfrente a los problemas, antes me los quitaré de encima», razonó mientras caminaba con una sonrisa.

Sus padres tenían razón, incorporarse al trabajo era lo mejor que podía hacer.

Le apasionaba estar con sus compañeros y visitar a los pacientes.

Ojalá tuviese suerte y hubiera alguna operación.

Aunque lo primero de todo era el papeleo.

Se dirigió hacia la planta en la que trabajaba y buscó al doctor Avellaneda.

Se encontró la puerta de su consulta cerrada y golpeó con los nudillos dos veces.

—Adelante.

La joven asomó la cabeza y el hombre, sonriendo, se levantó acercándose a ella.

—¡Sofía, que sorpresa! No sabes cuánto me alegra verte. He estado bastante preocupado por ti. ¿Cómo te encuentras? —preguntó mirando el brazo que él mismo había operado. —Veo que está curado del todo —se respondió a sí mismo pensativo, pero sin mostrar ningún signo de asombro.

—Así es, me encuentro perfectamente y no he perdido movilidad. Ha hecho un buen trabajo —afirmó mirándole con afecto.

—No voy a preguntarte nada a pesar de que me muero de ganas por saber lo que está pasando.

Primero, Hugo y ahora, tú. No sé si eres parte del misterio o si simplemente existen los milagros y vosotros os pusisteis en su camino.

Como sea, me alegro de verte de nuevo y de que te incorpores al equipo. Te hemos echado de menos.

—Gracias, doctor, es recíproco.

—Vete a administración para realizar los trámites legales, coge tu bata y tus cosas y empezamos la ronda.

Sofía estaba pletórica, pues se había pasado la noche pensando qué explicación iba a dar sobre su milagrosa recuperación, pero Luis se lo había puesto muy fácil.

Sus compañeros la rodearon contentos cuando la vieron y aunque al observar su brazo constataron que ni siquiera tenía una cicatriz, no hicieron comentarios.

El grupo se desplazó de habitación en habitación durante toda la mañana. Sofía atendía concentrada a las explicaciones de su mentor y a las intervenciones de sus compañeros.

«Estoy donde quiero estar», pensó satisfecha. «Esto es lo que realmente me gusta».

Entonces un olor llamó su atención y se puso alerta. Inspiró profundo, e inconscientemente sus músculos se tensaron. Era el aroma que desprendía la chica que la persiguió por las escaleras de su casa, el mismo de la loba marrón.

«¿Ahora voy a tener un superolfato?», se preguntó. Giró la cabeza hacia el lugar del cual procedía el efluvio y allí estaba, alta, guapa y mirándola con una sonrisa maliciosa. Asustada, miró a su alrededor buscando una posible vía de escape.

«No será capaz de atacarme aquí, en un sitio público lleno de gente», razonó.

Un nuevo aroma inundó su olfato, uno que la tranquilizó en el acto.

Alex. Lo vio apoyado en una pared con un café en la mano y una ancha sonrisa.

Cuando sus miradas se cruzaron alzó el vaso de café en señal de saludo y la guiñó un ojo.

Ella se sonrojó y desvió la mirada sintiéndose como una tímida adolescente.

«¡¿Qué demonios me pasa con este chico que siempre me pone nerviosa?

! Pero claro, es que está para comérselo».

Después de este pensamiento le dio la risa.

«Ahora que soy una loba, lo de comérmelo podría ser literal».

—¿De qué te ríes? —se sorprendió Alfonso al tiempo que seguía la mirada de Sofía y se topaba con el chico que la salvó. «¡Mierda!», pensó. «¿Qué está haciendo en el hospital?».

La chica se dio cuenta de que se había reído en voz alta y se mordió el labio mientras Alex le indicaba con un gesto que quería verla. Sin contestar a Alfonso e ignorando a Martina y Alex, se metió en la habitación en la que acababa de entrar el doctor Avellaneda.

«Esto es una locura», se dijo mientras se acercaba al paciente y se concentraba en su trabajo. «No puedo estar todo el día pendiente de todos esos… lo que sean».

Terminó su jornada laboral y bajó al bar con sus compañeros, que le pusieron al día de las novedades del hospital.

—¡Qué bien que hayas regresado! —se alegró Cristian el dicharachero con su habitual simpatía. —Por fin está el equipo completo. Alzó su cerveza y los demás lo imitaron.

—Os he echado de menos, chicos, pero ha sido duro y no tenía ganas de hablar con nadie.

—No pasa nada —respondió Carlos quitándole importancia. —Alfonso nos ha ido informando de todo. Es lógico que tengas pesadillas sobre el ataque, ese animal estuvo a punto de terminar con tu vida. Te aseguro que yo estaría igual que tú.

—Lo dudo mucho —respondió burlón Cristian. —Estoy seguro de que un lobo no se atrevería a atacarte con lo grande que eres.

—Sin embargo, a ti te comería de un bocado, pequeñajo —contestó Carlos mirando a su compañero, haciendo referencia a su baja estatura.

Sofía era consciente de que sus compañeros eran buenos amigos y que todas las bromas las hacían con cariño, por lo que sonreía escuchando las puyas que se disparaban unos a otros.

Se abrió la puerta y un aroma impregnó el ambiente del bar, un aroma que tan solo la muchacha percibía.

Se le erizaron los pelos de los brazos y se giró hacia Martina. Ella se acercó caminando de una manera que atrajo la mirada de los MIR, que se quedaron boquiabiertos. Pasó junto a ellos y les sonrió seductora, fijando su extraña mirada gris sobre cada uno de ellos.

—¡Ya os vale! —exclamó Sofía dando un codazo a Alfonso, que era el que se encontraba más cerca de ella. —Limpiaros las babas, por favor. Y no os acerquéis a ella que es muy peligrosa.

—¿Peligrosa? —se extrañó Alfonso. —¿De qué la conoces?

—He oído hablar de ella, parece ser que disfruta jugando con los chicos y partiéndoles el corazón —trató de disimular la chica. No sabía qué buscaba la loba, pero lo último que quería era que hiciese daño a sus amigos y tenía que prevenirles de alguna manera.

Desazonada por la presencia de la mujer, decidió marcharse, se despidió de sus compañeros y salió del bar.

Un olor nuevo llegó a su nariz. Alex. El chico se acercó con una sonrisa y ella se sonrojó.

«¡Vaya!», se dijo mientras inclinaba la cabeza para que no le viese la cara.

«Siempre me pasa lo mismo», suspiró y lo miró de reojo.

Era muy alto y delgado, pero sus músculos se marcaban bajo la camiseta confirmando que tenía una maravillosa chocolatina como ella ya sabía.

Las tres noches que se convirtió en loba fue testigo del escultural cuerpo que tenía.

Su piel morena hacía juego con el pelo brillante y negro que le caía sobre el rostro ocultando los oscuros ojos.

—Sofía —la llamó Alex por segunda vez sacándola de su ensimismamiento. —¿En qué piensas?

Ella alzó la cabeza y lo miró a los ojos avergonzada mientras pensaba.

«A ti te lo voy a decir».

—¿Cómo ha ido tu primer día de trabajo? —se interesó con amabilidad.

—¿Te refieres a lo que se siente al estar rodeada de licántropos dentro de un hospital? —le lanzó enfadada.

—Me refiero a cómo te has sentido después de todos estos días tan difíciles para ti —respondió con amabilidad ignorando su tono. —También me gustaría saber si ya has empezado a experimentar algún otro cambio y si te puedo ayudar.

—Perdona, Alex, lo siento mucho. Me imagino que tienes que estar aburrido de seguirme todo el día para protegerme, porque me imagino que eso es lo que estás haciendo.

El joven asintió con la cabeza y ella le sonrió.

—Entonces es oficial, tengo un guardaespaldas.

—Sí, y agradecería que me respondieses a la pregunta. Necesito saber cómo va todo o si tengo que preocuparme.

—El olfato —afirmó Sofía mientras asentía con la cabeza. —Ahora puedo oler a la gente antes de verla, como me ha pasado con Martina o contigo.

—Eso está bien. ¿Has notado algo más?

—Me imagino que la velocidad —razonó recordando la persecución en el portal y que la loba no le alcanzaba. No se lo había planteado antes debido a la tensión vivida la noche anterior, pero ahora tenía sentido. —Por ahora, eso es todo. Por cierto, anoche te extrañé.

Alex la miró sorprendido ante tal declaración. ¿Cómo sabía que no había estado allí vigilando?

—¿Sucedió algo importante? —le preguntó preocupado mientras escrutaba sus ojos azules.

—¿Por dónde empezar? Me persiguió la loba marrón que me mordió, con su forma humana, hasta la azotea de mi casa.

Me caí desde el décimo piso y me salvó de morir estrellada un vampiro.

Después descubrí que existe una profecía y que formo parte de ella…

Creo que no he olvidado nada, pero si es así te agradecería que me lo dijeras.

El rostro de Alex, siempre tranquilo y relajado, se demudó mientras escuchaba a la joven. Se detuvo frente a ella y sujetó sus brazos mirándola muy serio.

—¿Estás bien? —la miró de arriba abajo con preocupación.

—Sí —sonrió ella, sonrojándose nuevamente mientras miraba los ojos negros del licántropo.

El joven sintió que se perdía en la mirada de Sofía e intentó evitarlo, pero no podía resistirse a esos ojos que parecían tener estrellas luminosas en su interior.

Inconscientemente, alzo una mano y acarició su mejilla.

Era cálida y suave como ella. Sus labios rojos y carnosos parecían llamarle como cantos de sirena y por un breve instante estuvo a punto de caer en la tentación.

Pudo más su preocupación y, con pesar, dejó caer la mano.

—Explícame todo con detalle mientras tomamos algo —pidió llevándola a una terraza cercana a su casa.