CAPÍTULO 19
Fiona regresó con el consejo tras su visita a La Laguna Negra. Traía los ojos nublados de tristeza y cuando tomó asiento en su lugar de la gran mesa soltó un suspiro de pesar.
Miró a sus compañeros y comprobó que todos habían regresado de sus misiones.
—¿Cómo se encuentra Sofía? —interrogó a Gabriel con cariño. —¿Hay alguna novedad al respecto?
El ángel sonrió con orgullo al recordar a su hija.
Estaba feliz ahora que podía permanecer junto a ella después de tantos años de mantener las distancias.
De alguna manera, cuando miraba su rostro veía a su amada Cristina y le llenaba el corazón de alegría saber que una parte de ella estaba en el interior de Sofía.
—Se encuentra muy bien, aunque tengo que informar de un nuevo ataque por parte de la loba. Esa Martina es una mala pieza y casi consigue terminar con su vida otra vez.
Se escucharon susurros sorprendidos entre los miembros del consejo que pidieron un informe detallado de lo sucedido.
—¿Crees que actúa por cuenta propia o que sigue órdenes de Harper? —intervino Samuel cuando Gabriel terminó la explicación.
—Harper no tiene nada que ver con lo que hace esa chica perturbada —saltó Fiona en defensa del líder de la manada de la Luna Llena.
Durante la visita que le hice me comentó que varios lobos jóvenes de la manada han desaparecido más o menos cuando despertó la elegida.
Ha enviado a los lobos más experimentados en su busca y por muy extraño que parezca, pierden su rastro en la frontera.
—Eso es bastante sorprendente —repuso Jonás perplejo—, se supone que cuando están en forma de lobo se pueden comunicar. ¿Acaso han roto el vínculo con su manada?
—Lo único que puedo confirmar es que, contando a Martina, son cinco lobos desaparecidos. Harper está bastante preocupado porque son los más jóvenes de la manada y por lo tanto los más maleables. Si han ido con Martina, nos esperan problemas.
—Adara me ha informado también de la desaparición de varios vampiros —constató Jonás.
—Parece ser que también son jóvenes recién convertidos que todavía no controlan su fuerza ni su sed por la sangre.
Ha enviado a varios de sus rastreadores en su busca, pero por desgracia también se pierde el rastro.
—¿Qué está sucediendo? —preguntó Miranda poniéndose de pie y apoyando las palmas de las manos sobre la mesa. —¿Vampiros y licántropos desaparecidos sin razón alguna? Esto no tiene ni pies ni cabeza.
—¿Cómo te ha ido a ti en el Lago Sagrado con Laia? —preguntó Samuel consternado. —¿Algún otro motivo de preocupación?
—Laia es un alfa muy querida por los suyos y todos siguen junto a ella, aunque está bastante inquieta por la muerte de dos de sus lobos más jóvenes.
—¿Han muerto dos lobos? —dijo Gabriel incrédulo. —Eso no es algo habitual. Considero que debemos investigarlo.
—Ya está en ello —afirmó Miranda—, no han sido muertes naturales y tampoco parece que los responsables sean cazadores de licántropos.
Sus cuellos presentaban mordeduras y habían desangrado los cuerpos.
Me atrevería a decir que el causante de las heridas ha sido un vampiro, pero dadas las circunstancias y el ambiente reinante en los últimos tiempos tenemos que ser precavidos antes de confirmar la noticia.
—Entonces estaremos pendientes de ellos. Ahora que la elegida ha despertado, todas estas noticias son muy sospechosas. Apostaría que todo está relacionado —aseguró Jonás.
—Voy a regresar junto a mi hija. Está rodeada de peligro y no quiero dejarla sola durante mucho tiempo.
—He oído que tiene un licántropo y un vampiro pegados a ella todo el día —comentó Fiona.
—Así es. Tanto el uno como el otro le han salvado la vida en más de una ocasión.
—Adara me confirmó que había enviado a Ian para que le mantuviese al tanto de las noticias —aseveró Jonás. —Como comprenderéis están todos alerta ante el desenlace de la profecía.
—Laia pidió a Alex que la buscase y se mantuviese cerca de ella —afirmó Miranda. —Es su hijo primogénito y cuando ella deje de ser el alfa, será él quien la sustituya. Es un joven templado, el mejor rastreador de la manada y tu hija —dijo mirando a Gabriel— está segura en sus manos.
El semblante de Samuel estaba muy serio. Durante toda la reunión había permanecido en silencio y ahora se puso en pie y carraspeando pidió la atención de sus compañeros.
—No puedo quitarme de la cabeza las palabras del oráculo. Han pasado muchos años, pero las tengo grabadas a fuego. «No podéis intervenir». Gabriel, cuando Cristina se quedó embarazada rompimos la única exigencia que nos puso, y todo salió mal.
Todos los miembros del consejo permanecieron en silencio.
Veintiséis años atrás todos votaron por intervenir excepto Samuel, y finalmente todo terminó con la trágica muerte de la joven madre.
¿Quizás fue por incumplir la imposición del oráculo?
Jamás averiguaron de dónde había salido la criatura que asesinó a Cristina.
El ser se quitó la vida a los pocos días de permanecer cautivo, dejando al consejo sin hilos de los que tirar.
Durante años habían investigado, pero no fueron capaces de dar con la respuesta correcta.
—Samuel, comprendo tu tesitura y también la vuestra —afirmó Gabriel sondeando con la mirada a sus compañeros—, pero lamento enfrentarme a vosotros nuevamente.
No dejaré sola a Sofía, estaré a su lado mientras pueda.
Permitiré como he hecho hasta ahora que Ian y Alex prosigan realizando su trabajo, pero si he de luchar, lo haré. No solo es mi hija, es la elegida.
—Estaré contigo si llega el momento —le apoyó Fiona.
—Yo también —asintió Jonás.
—Y yo —dijo con una sonrisa Miranda.
Samuel permaneció en silencio como veintiséis años atrás. Disentía con el resto de los miembros del consejo, pero acataría lo que dijese la mayoría.
Alex había desaparecido un par de días de la ciudad tras mantener una conversación telefónica con su madre. Dos lobos jóvenes habían aparecido muertos en extrañas circunstancias y necesitaba su opinión. Había algo que no encajaba y el joven podría aclarar sus dudas.
Cuando llegó a su hogar, en medio de un frondoso bosque, Laia presentaba un gesto de cansancio en el rostro y, sobre todo, de preocupación.
—Madre —saludó Alex con cariño—, he venido tan pronto como he podido. No hago más que pensar en Charly y Vanessa y en lo sucedido. ¿Cómo están sus padres?
—Te puedes imaginar —suspiró la mujer—. Están desconsolados. Llevo dos días tratando de averiguar qué demonios ha pasado, pero hay algo en todo esto que no me gusta.
—¿A qué te refieres? —se extrañó Alex.
—No quiero darte pistas —contestó Laia con tono misterioso. —Ven conmigo al lugar donde encontramos a los chicos y dime qué opinas. Transfórmate y sígueme —le ordenó.
Se desplazaron por el bosque con su forma de lobo.
Ambos disfrutaban de la libertad que les daba su yo animal y se sentían libres corriendo por el territorio que llevaba siglos siendo su hogar.
El joven permanecía en silencio mientras trataba de captar olores o cualquier otra señal que les ayudase a averiguar algún detalle de las extrañas muertes.
Entonces detectó algo que le hizo detenerse en seco.
Miró perplejo a su madre, que también se había parado, y mentalmente susurró con temor.
—Huele a vampiro, pero también a ángel.
—Me temo que sí —afirmó ella con tristeza.
—Eso no significa que un ángel haya cometido una atrocidad. Puede haber sido una casualidad —trató de convencerse.
—Sus cuerpos están impregnados con esencia de ángel. Te aseguro que llevo dos días tratando de encontrarle algún sentido a todo esto, pero las pruebas son las pruebas.
—Quizás un ángel estuvo por aquí, presenció todo y trató de ayudarlos.
—Podría ser, pero no habría huido sin dar la cara.
Miranda estuvo aquí para comprobar si éramos fieles a la chica o si, por el contrario, querríamos destruirla.
Pero ella no ha podido hacer eso, toda ella emana paz y bondad.
Su olor es diferente al que desprenden los cuerpos de Charly y Vanessa.
Tú y yo somos los mejores rastreadores de la manada —afirmó Laia mirando a su hijo—, y la esencia del ángel puede confundir a otros y hacerles creer que es Miranda, pero te aseguro que no es así.
—¿Ha estado aquí un miembro del consejo? —se sorprendió Alex. —¿No te parece extraña su presencia?
Alex miraba a un punto perdido entre el bosque mientras pensaba en lo que su madre le estaba contando. Afirmó con la cabeza y le preguntó.
—¿Puedo verlos? Quizás así encuentre algo que se te haya podido pasar por alto.
—Por supuesto, para eso te he hecho venir. Vamos a su casa —accedió la loba. —La manada les está velando. Esperábamos a que llegases para despedirnos de ellos.
En medio del bosque se encontraba una hermosa aldea formada por casas de madera de diferentes formas y tamaños.
Allí no llegaban las carreteras ni la civilización y se respiraba paz y tranquilidad.
Varios corrales guardaban gallinas, conejos, cerdos, vacas y caballos.
También había huertos en los que cultivaban tomates, calabacines, patatas y otras variedades de verduras.
Y entre los árboles del bosque habían plantado frutales que en ese momento tenían sus ramas cargadas de fruta.
Aunque Alex y el resto de los miembros de la manada tenían su casa en la ciudad, disfrutaban regresando al hogar de sus ancestros del cual nunca se habían desvinculado.
Una parte de la manada se había instalado en la aldea de manera permanente disfrutando de la vida en la naturaleza y el resto viajaba del campo a la ciudad con asiduidad.
Recuperaron su forma humana y entraron en la casa donde velaban a los jóvenes.
Alex se vio rodeado por los miembros de su manada, que le abrazaron con afecto.
Buscó con la mirada a los padres de Charly y Vanessa y les presentó sus respetos.
Dejó pasar un tiempo hasta que su madre le indicó con un gesto que se acercase a los cuerpos.
Sintió mucha tristeza al ver lo jóvenes que eran y también mucha rabia al comprobar que alguien les había asesinado.
El olor persistía a pesar del tiempo que había pasado, y, aunque para el resto de la manada pasaba desapercibido, él era un gran rastreador y tenía la certeza de que al menos un vampiro y un ángel había estado en contacto con ellos.
Salió de la cabaña de madera seguido de su madre y discretamente se alejaron de la aldea.
—¿Qué opinas, hijo?
—Ciertamente un ángel estuvo con ellos. La cuestión es si fue el causante de las muertes o una casualidad del destino.
—Insisto, si un ángel presenció los asesinatos habría acudido a contarnos lo sucedido.
Nuestra relación con ellos siempre ha sido cordial y precisamente he tenido a Miranda de visita hace poco.
Desde que despertó la elegida, todo está cambiando—explicó la mujer.
—Tú mismo lo has advertido. Parece ser que el oráculo pidió que no interviniesen los ángeles en el asunto de la chica, pero están tratando de averiguar si está a salvo o si corre peligro, quienes seremos sus aliados y quienes los enemigos.
—Sofía ya ha sufrido varios ataques y me temo que volverá a haber otros. En cuanto solucionemos este asunto quiero regresar. ¿Te comentó Miranda de quién sospechan?
—No, es muy discreta y sabe obtener respuestas sin apenas facilitar información.
—Madre —pidió sujetándola por ambos brazos. —¿Estás convencida de que no pudo haber sido ella la asesina?
Laia negó moviendo la cabeza con firmeza.
—Imposible, es un alma pura. Sus ojos despiden unas chispas que brillan de una forma muy especial, no sé cómo explicártelo. Sólo quien ha visto a un ángel puede comprenderlo.
—Lo sé —suspiró Alex mientras recordaba a Sofía. —Es como si su alma iluminase sus ojos.
—Algo así —respondió la mujer con una sonrisa al percatarse de que su hijo se refería a Sofía. —Veo que, aunque no sea un ángel puro presenta los mismos rasgos que los que lo son.
—Es una joven muy especial —afirmó el chico—, y no sabe dónde se está metiendo.
—Debes regresar a la ciudad y protegerla. Mientras tanto trataré de localizar a Miranda y hablaré con ella. El consejo tiene que estar informado de lo que está sucediendo. El hecho de que uno de los suyos esté implicado alcanza niveles inimaginables y puede ser la causa de terribles consecuencias.
—Madre, no puedes arriesgarte de esa manera. Iré yo representándote y les explicaré lo que hemos averiguado. Eres demasiado valiosa para la manada como para confiar en un ángel que quizás sea el traidor.
—Alex, Miranda es inocente y estoy dispuesta a jugármela por ella. La conozco desde hace muchos años y jamás ha dado un motivo para que dude de su integridad.
Llegó la noche y los licántropos prepararon dos piras funerarias sobre las que depositaron los cuerpos de los jóvenes asesinados.
Todos los miembros de la manada dispersos por diferentes partes del país acudieron para compartir el duelo con las familias.
La pequeña aldea de cabañas de madera estaba desbordada con harta afluencia de gente y el dolor por los seres perdidos marcaba el semblante de todos los presentes.
Laia salió de una de las cabañas junto con Alex. Cada uno portaba una antorcha.
—Somos una manada y nuestras mentes y espíritus están conectados formando un solo ente. La pérdida de nuestros jóvenes nos rompe el corazón y nos deja una amarga tristeza. Honrémosles y recordemos los momentos hermosos vividos con ellos. No dejemos hueco para la tristeza.
»Como alfa de la manada os doy mi palabra de que esto no caerá en el olvido. Removeré cielo y tierra hasta que dé con el culpable y lo traeré a rastras hasta aquí».
Alex y Laia acercaron las antorchas a las piras y estas comenzaron a arder envolviendo en llamas los cuerpos de los jóvenes.
Esa fue la señal para que los asistentes comenzasen a despojarse de sus ropas y, transformándose en su segunda esencia, salieron corriendo hacia el bosque aullando como un solo ser.
Al amanecer Alex se despidió de su madre y montando en el coche se dirigió hacia la ciudad para acompañar a Sofía.