Tres almas y una profecía CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Martina se despertó en la habitación de un chico que había conocido el día anterior.

Las heridas producidas en la refriega con Alex durante la noche se habían curado rápidamente como era habitual, pero estaba agotada después de vagar toda la noche como loba.

Le encantaba su forma animal y siempre pensaba que se entendía mejor con los animales que con las personas, por lo que en ocasiones pasaba dos o tres días con su forma lobuna antes de convertirse en humana.

Como no tenía alojamiento en la ciudad, buscaba algún chico al que engatusar para que le dejase compartir habitación a cambio de un buen revolcón.

Podría permitirse alquilar algo, pero era más divertido de esta manera.

El chico en cuya casa se encontraba en estos momentos era camarero en turno de noche, lo cual le venía muy bien porque sabía que, por la mañana, cuando el efecto de la luna llena hubiese pasado, él estaría en casa para abrirle la puerta.

Además, vivía en un bloque de pisos desde el que se divisaba la casa de Sofía.

Se quedó en la cama mirando al muchacho que dormía profundamente y pensó en lo tonto que era dejando pasar la noche en su casa a una desconocida.

Cerró los ojos y su cabeza comenzó a maquinar un plan mientras una sonrisa pintaba sus labios.

La luna llena ya les daba tregua y era el momento de encargarse de la mojigata de Sofía.

Le fastidiaba la atención que le mostraban Alex e Ian, cuidando de ella como si fuera de porcelana.

¿Acaso no se daban cuenta de que si la profecía se cumplía todo lo que conocían cambiaría para siempre?

Ella no estaba dispuesta a aceptarlo y en cuanto tuviese ocasión de acorralarla lo haría.

Se puso de pie y miró hacia la ventana del dormitorio de la chica. Cualquier humano sería incapaz de ver a esa distancia, pero ella era un licántropo y su vista era mucho más aguda.

Sofía dormía profundamente, con el precioso pelo negro extendido desordenadamente sobre la almohada. No se había quitado la ropa que llevaba la noche anterior, es posible que debido al cansancio y, a pesar del ruido que estaba haciendo Carmela en la cocina, no daba señales de despertarse.

Martina suspiró y salió a la calle buscando un lugar en el que comer una hamburguesa o un chuletón. Las tripas le rugían del hambre que tenía y si no encontraba pronto un sitio se pondría de mal humor.

Dos horas después regresó a casa del chico y continuó vigilando a Sofía. Comprobó que la joven se había despertado, pues la habitación estaba vacía, pero sabía que no había abandonado la casa porque con su excelente oído escuchaba la conversación que mantenía con su madre.

—¿Qué tal la última luna llena? —interrogaba Carmela mientras le preparaba unos filetes poco pasados, tal y como le había pedido Sofía.

—Mejor que la primera —afirmó bebiendo un sorbo de café.

—Me he transformado más rápido y ha dolido menos.

Alex me ha dicho que la próxima vez será mejor todavía —añadió relamiéndose al tener junto a ella el plato con la carne.

Cogió el cuchillo y el tenedor y comenzó a comer deleitándose con cada bocado.

—¿Has tenido algún contratiempo? —se interesó preocupada la mujer.

—¡Qué va! —respondió con la boca llena evitando la mirada de su madre. Lo último que quería era preocuparles más de lo que ya estaban. —Por cierto, he quedado con Alfonso en que iré al hospital a recogerle y tomaremos algo por ahí.

—Me alegro mucho de que intentes recuperar la normalidad, pero tienes que ser precavida y evitar quedarte a solas, al menos por un tiempo.

Horas más tarde Sofía esperaba en un banco a su amigo de la infancia.

Fueron a una terraza a picotear algo y escuchó interesada lo que había sucedido en el trabajo a lo largo del día.

Añoraba su antigua vida, el hospital, los amigos, los pacientes…

pero ahora todo había tomado un rumbo que ella no podía cambiar.

—Te veo mucho mejor —afirmó Alfonso contento—, aunque te has vendado el brazo a pesar de no necesitarlo.

—No quiero coincidir con el doctor Avellaneda, con Cristian o Carlos y enfrentar sus miradas inquisidoras y su interrogatorio. No sabría qué decirles y lo peor de todo es que tienen razón, yo también me lo preguntaría si fuese ellos.

Alfonso asintió con la cabeza y miró fijamente a los ojos de su amiga.

Siempre que hacía eso era como perderse en un intenso cielo azul que lo envolvía y lo hacía sentir seguro.

Desde niños había sido así, aunque ella no había sido consciente de ello.

Pero esta vez fue diferente. Los ojos eran de un azul más intenso, y parecían transmitir algo que oscilaba entre la dulzura y lo salvaje.

—Alfonso —le llamó Sofía agarrando su brazo—, despierta —añadió sonriendo—: Te has quedado colgado.

—Lo siento, estaba pensando en otra cosa.

—Si no te conociese, me ofendería—añadió risueña. —¿Acaso mi conversación es tan aburrida que desconectas?

—Como bien has dicho, me conoces demasiado bien. Pero es cierto que estoy un poco cansado y me vendría bien ir a la cama. —Miró el reloj y exclamó—: ¡Ya son más de las dos de la madrugada! Se me ha pasado el tiempo volando.

El verano se había suavizado después de la ola de calor y las terrazas, antes vacías por temor a una insolación, ahora estaban llenas hasta altas horas de la noche. El ambiente en la ciudad era agradable y la gente aprovechaba para disfrutar de las vacaciones.

Poco después, Alfonso dejaba a su amiga en la puerta de su casa despidiéndose de ella con un cariñoso abrazo.

Sofía abrió el portal y encendió la luz para ir al ascensor cuando una chica salió del rellano.

—Hola —saludó sobresaltada a la desconocida.

—Hola —le respondió con una extraña sonrisa mientras la miraba de arriba abajo.

Sofía se puso alerta ante la actitud de la joven y como el ascensor tardaba en llegar decidió ir por las escaleras.

Apenas se acercó al primer escalón, la chica la siguió y, asustada, Sofía comenzó a subir con rapidez escalón tras escalón, escuchando las pisadas de la muchacha que la seguía de cerca.

Llegó a su casa con las llaves de la mano y cuando fue a meterlas en la cerradura se le escurrieron de los dedos y cayeron al suelo tintineando.

Fue a agacharse para recogerlas, pero la chica ya estaba casi a su lado, así que salió corriendo como perseguida por el diablo hacia arriba.

Corría como jamás lo había hecho. Subía las escaleras ágilmente sin atreverse a mirar hacia atrás por si tropezaba.

Oía a su perseguidora a sus espaldas y eso era lo que la impedía detenerse.

Cada segundo era una pesadilla. Su corazón bombeaba a toda velocidad y cada vez que inspiraba parecía que le ardían los pulmones.

Giró en el último tramo de las escaleras y se topó con una puerta de seguridad. Una barra metálica la atravesaba a la altura del pecho y agarrándola con las manos empujó hacia abajo suplicando que se abriese.

Tras escuchar un clic, la puerta cedió y salió al aire libre en la azotea del edificio. Miró alrededor tratando de encontrar algo con lo que bloquearla, pero no halló nada.

Aterrada retrocedió hasta el murete protector que rodeaba toda la azotea sin apartar la vista de la puerta y cuando por fin apareció la silueta de su perseguidora recorrió toda la superficie buscando un lugar por el que huir.

La noche era oscura, pues la luna estaba oculta tras unas enormes nubes negras y el silencio reinaba como señal de mal augurio.

La silueta la seguía silenciosa sabiendo que pronto sería su presa y ella subió al muro gritando desesperada por una ayuda que no llegaba.

Se puso en pie y sintió que el viento agitaba su pelo.

Alzó los brazos tratando de no perder el equilibrio y gritó nuevamente pidiendo ayuda, pero solo estaban ellas dos, la sombra que avanzaba acortando la distancia que las separaba y ella.

Una inesperada ráfaga de viento la empujó y sintió como su cuerpo salía despedido al vacío.

Dos gritos se oyeron en la oscuridad, el de la joven mientras caía desde lo alto de la azotea, y el de su perseguidora.

Sofía cerró los ojos mientras se precipitaba al vacío desde un décimo piso.

—Voy a morir, voy a morir… —pensaba mientras sentía como su cuerpo surcaba el aire a gran velocidad.

—¡Qué! —exclamó cuando sintió unos brazos que la envolvían con fuerza mientras caían juntos.

—¿Qué está pasando? —se preguntó con los ojos cerrados mientras rodeaba el cuello de su salvador con fuerza hasta que notó que apoyaba sus pies sobre el suelo sin apenas esfuerzo, como si ella no pesase nada y la altura de diez pisos fuese algo cotidiano.

—Esa loba está totalmente loca. Si no llego a estar vigilando no sé lo que te habría sucedido —rumiaba el chico cabreado.

—Te habría matado si no llego a estar en la azotea de enfrente como cada noche.

En cuanto te vi salir por la puerta de seguridad supe que pasaba algo y cuando la loba asomó la cabeza, comprendí que apenas tenía tiempo para llegar hasta ti —hablaba más para sí que para ella.

Ian recordaba cómo había sucedido todo. Cómo se impulsó con su fuerza de vampiro y saltó a la azotea de la joven, corrió hasta el murete a tal velocidad que los ojos humanos no lo captaron y se dejó caer al vacío atrapándola en pleno vuelo y salvando su vida.

Si hubiese tenido corazón, se habría detenido al verla caer.

Por un instante pensó que no llegaba a cogerla y se la imaginó en el suelo destrozada y sin vida.

Aterrizó con ella en brazos y quedó atrapado en sus redes cuando abrió los ojos y le miró.

Esos ojos le perseguían desde que los vio por primera vez, pues cuando le miraba le hacía sentir como si tuviese alma y un calor intenso le recorría las venas haciendo que desease llevársela consigo.

—Ian —susurró ella con debilidad. —Ha sido…aterrador.

Los brazos de Sofía rodearon su cuello para sujetarse de manera instintiva cuando caía y todavía permanecía así, con su rostro cerca del de él.

Ian sentía palpitar desenfrenado el corazón de la joven después de lo sucedido y sus labios rojos y temblorosos ejercían un efecto de imán sobre los suyos.

Se inclinó sobre ella lentamente y la besó.

Frío, calor, fuego, hielo, vida, muerte.

Ella respondió con dulzura y acarició su mejilla mientras le devolvía el beso.

La cabeza le daba vueltas y su cuerpo parecía que iba a estallar en llamas mientras los labios de Ian acariciaban sus labios y poco a poco se rendía ante él, sus lenguas enredándose en un juego en el que se exploraban y acariciaban.

Cuando a Sofía se le cayeron las llaves huyendo de Martina, tanto Malcom como Carmela se sobresaltaron al escuchar el sonido al otro lado de la puerta.

Esperaron unos segundos pensando que se abriría, pero, al ver que no lo hacía, la abrieron ellos.

Tan solo encontraron las llaves. Escucharon pasos precipitados por las escaleras y supieron que algo estaba pasando.

Corrieron tras ella, empujando a Martina al llegar a la azotea, pero fue demasiado tarde.

Su hija se precipitaba desde diez metros de altura.

Extendieron sus alas dispuestos a salvar a su hija, pero una ráfaga de aire atravesó la azotea y una sombra se lanzó por el murete siguiendo el camino de Sofía.

Alzaron el vuelo temiéndose lo peor y respiraron aliviados cuando vieron al vampiro protegiéndola con su cuerpo.

Descendieron con suavidad junto a ellos y sin pedir permiso, Malcom tomó a su hija en sus brazos.

Como en esos momentos se presentaron con su aspecto de ángeles, los humanos y otros seres no podían verlos.

Permitió que Ian pudiese verle y con un gesto le agradeció el poder tener a su hija junto a él.