CAPÍTULO 16
—¿Crees que se encuentra bien? —preguntó Carmela a su marido cuando Sofía se fue.
—Sinceramente pienso que no. ¿Has visto qué cara tenía? Estaba agotada y se ha pasado toda la mañana durmiendo.
—¿Te has fijado en su brazo? Estaba completamente curado.
—¿Será por su sangre de ángel?
—Espero que sí, la otra respuesta me aterra. Si el mordisco de licántropo le ha afectado necesitará nuestra ayuda.
—Si es así hemos llegado tarde. Ayer hubo luna llena —se lamentó Malcom. —Si anoche se transformó, tuvo que ser horrible para ella, sufrir el dolor, no saber lo que le pasa…
—Tenemos que hablarle. Me da igual lo que haya dicho el consejo. Es nuestra niña y nos necesita. ¿De qué sirven todos los años que hemos estado cuidándola si ahora que la profecía se hace realidad no la apoyamos?
Escucharon el ruido de las llaves girando la cerradura y se volvieron hacia la puerta de la casa. Intercambiaron una mirada de complicidad y esperaron a que entrase.
Sofía los miró sorprendida.
—¿Me estabais esperando?
—Sí —respondió Carmela. —Tenemos que hablar contigo de algo importante.
Se sentaron en el sofá y le contaron la historia de amor de sus padres, de cómo uno de los ángeles más importantes se había enamorado de una humana y cómo se habían enfrentado al consejo.
Después hablaron de la fatídica noche en la que un ser del inframundo entró en la casa y arrebató la vida a su madre y cómo su padre había salvado su vida.
El dolor que le produjo separarse de ella para protegerla y la adopción por parte de ellos para poder criarla como a un bebé normal.
Cuando terminaron de explicarle todo, Sofía lloraba desconsolada consciente de que su vida había sido una mentira, apenada por la terrible muerte de su auténtica madre, enfadada con el consejo por alejarla de su verdadero padre, decepcionada por el engaño de los que creía que eran sus progenitores.
Carmela trató de tomar su mano y consolarla como había hecho tantas veces en esos veinticinco años, pero Sofía la rechazó y levantándose se dirigió a su dormitorio y se dejó caer en la cama.
Estaba agotada física y mentalmente. ¿Cómo era su verdadera madre? ¿Y su padre? ¿Realmente Carmela y Malcom eran híbridos? ¿Sangre de ángel? ¿Qué patrañas eran esas?
La cabeza amenazaba con estallar y todavía tenía que enfrentarse a la noche y la luna. Sería su segunda transformación y temblaba solo de pensar en el dolor y el miedo a dañar a alguien. ¿Y si Alex no aparecía? Le necesitaba.
Entonces recordó la pregunta que le hizo por la mañana.
«Háblame de tus padres. ¿Has notado algo diferente en ellos?».
El chico tan solo quería ayudarla y ella le había dejado con la palabra en la boca.
La tarde fue avanzando y Carmela llamó a la puerta de Sofía, pero ella no contestó.
—Hija, por favor, es importante, tenemos que hablar.
—No soy tu hija —afirmó con tristeza.
Carmela cerró los ojos dolida y apoyó la frente en la puerta de madera. Inspiró profundamente y la abrió entrando en la habitación con determinación.
—Sofía, nos queda una cosa por hablar. Anoche queríamos haber estado contigo, pero fue imposible.
Tu pa… Malcom y yo estamos preocupados por el mordisco del lobo y nos gustaría saber si hubo…
consecuencias. Ayer hubo luna llena y quizás…
—la mujer no sabía cómo abordar el tema y simplemente se quedó mirando a los ojos de su hija.
—Me transformé en lobo, mamá —estalló en llanto lanzándose a los brazos de Carmela.
—Fue horrible y duele mucho. —La mujer sintió una profunda tristeza al ver a Sofía en ese estado y dejó salir un poco de su fuerza angelical para calmar su pena.
Poco a poco la joven fue tranquilizándose y miró a la mujer.
—Hay un chico, lo conociste en el hospital. Se llama Alex y es el que me salvó la vida. Ayer vino a visitarme y me explicó lo que me está pasando. Estuvo junto a mi toda la noche y dentro de un rato vendrá otra vez.
Malcom se encontraba apoyado en la jamba de la puerta atento a la conversación y en ese momento se aproximó a su hija sentándose a su lado.
—Ese joven es un licántropo de la manada de las Tres Lunas. Según nos ha contado el consejo es un buen chico y ha venido a protegerte.
En ese instante sonó el móvil de Sofía, que lo desbloqueó y leyó el mensaje.
—Está abajo —explicó a sus padres. Abrió el armario y sacó algo de ropa que guardó en el bolso. —Tengo que irme —añadió mirando a la luna.
Caminaron por el bosque que rodeaba a la ciudad y se detuvieron en un pequeño claro.
Sofía se quitó los playeros y después la camiseta y los vaqueros, quedándose en ropa interior.
Notaba como su sangre corría rápidamente por sus venas y comenzó a sentir el dolor de la transformación.
Miró a su compañero que se despojaba también de la ropa y pocos minutos después un intenso dolor la hizo doblarse cayendo al suelo.
Esta vez Alex detectó la presencia de Ian y lo buscó en la oscuridad. Sus ojos se encontraron y aunque eran enemigos, comprendieron que ambos querían proteger a la chica.
Susurró al viento sabiendo que el vampiro lo escucharía.
—Ian, Martina está por aquí. No dejes que se acerque a ella.
El vampiro asintió con la cabeza y desapareció en las tinieblas.
Mientras tanto, Alex arropó con sus brazos el cuerpo de Sofía, que nuevamente se quebraba y se transformaba en lobo.
Esta vez fue un poco más rápido que la anterior y se escabulló de los brazos del chico sorprendiéndole por su velocidad.
El joven se transformó y salió tras ella.
Corrieron toda la noche y el lobo negro la empujaba con el lomo cuando intuía que ella quería dirigirse a la ciudad.
La loba vio un conejo y corrió tras él persiguiéndole como si fuese un cachorro.
Cansada de jugar se tumbó en el suelo y se quedó dormida.
Alex se tumbó junto a ella y veló su sueño hasta quedarse dormido también.
Al amanecer recobraron su forma humana y Alex observó que alguien había dejado sus ropas en un montón.
—Ian —pensó al detectar su olor.
Llegaron a la casa de Sofía y se encontraron con Malcom y Carmela que los habían visto llegar desde la ventana y bajaron para saludarlo.
Se miraron fijamente y asintieron con la cabeza en señal de agradecimiento.
Cuando subieron a la casa, Sofía se sorprendió con la presencia de un joven muy guapo, con el pelo y los ojos negros y una mirada limpia en la que se reflejaba un amor inmenso.
Se quedó mirándole fijamente, pues algo en él le traía recuerdos de su pasado.
Trató de hurgar en su memoria hasta que él la saludó con la voz cargada de emoción.
—Sofía.
La joven abrió como platos los enormes ojos azules y temblando lo llamó.
—¿Eres Gabriel?
El asintió con la cabeza sin poder hablar, pues su garganta estaba cerrada de la emoción.
—¿Eres mi… padre? —susurró con los ojos anegados en lágrimas.
Él volvió a asentir con la cabeza sin atreverse a hacer nada por temor a asustarla.
—Te conozco —aseguró la joven.
Fue ella la que tomó la iniciativa acercándose, clavando sus ojos azules en los de él.
Alzó la mano despacio y la posó suavemente sobre la mejilla del hombre que la había engendrado.
Después rodeó su cuello con los brazos y apoyó la cabeza sobre su pecho.
Dos lágrimas resbalaron por sus mejillas mientras sus cuerpos se fundían en un abrazo que años atrás les habían prohibido.
Carmela y Malcom abandonaron la casa y les dejaron solos.
Mientras la noche anterior Sofía corría por el bosque con su forma de lobo sus padres decidieron que, ya que habían desobedecido las órdenes del consejo, podrían permitirse una infracción más, y contactaron con Gabriel.
El ángel permaneció cerca de su hija cuando era pequeña y en ocasiones acudía como invitado para poder ver cómo crecía.
Pero a medida que se hacía mayor eran más peligrosas estas visitas y decidieron de común acuerdo que tan solo podría verla desde la distancia.
Así, cuando Sofía le vio, llegaron a su mente recuerdos dormidos de su infancia.
Durante horas le habló de su vida, de lo que le gustaba, lo que le preocupaba, lo que temía.
Le contó que trabajaba en un hospital como médico pero que no sabía si algún día regresaría.
Mencionó al niño con cáncer que se curó milagrosamente y de la energía que desprendían sus manos en algunas ocasiones.
Del mordisco de la loba y la ayuda del joven licántropo.
Sofía era consciente del sacrificio que había realizado Gabriel alejándose de ella y por eso le compensaba con estas palabras que eran un regalo para él.
Con sorpresa descubrió que también era un regalo para ella.
Después de varias horas, se sumieron en un silencio tranquilo, sereno, en el que ambos espíritus conectaron y aliviaron su pena.
Cenaron los cuatro juntos. Fue un momento que Sofía guardó en su corazón al tener junto a ella a sus padres, los adoptivos y el biológico.
La charla se transformó poco a poco cuando Carmela comenzó a contar anécdotas de Sofía cuando era pequeña y todos rieron con ganas. Lo estaban pasando bien y disfrutando de la velada cuando la chica miró a Gabriel y le preguntó.
—¿Cuántos años tienes?
—Más de mil —respondió con una sonrisa.
—¡Más de mil! —gritó asombrada. —Te conservas muy bien —se burló ella. —Menos mal que sé que eres mi padre porque si no te tiraría los tejos.
—Es lo que tiene ser un ángel, no envejezco y soy guapo—se burló siguiendo la broma.
—¿Y yo? ¿Qué va a pasar conmigo? —soy un híbrido de ángel, pues mamá era humana.
—No te olvides de tu parte de licántropo—le recordó Carmela.
—¡Oh! Tienes razón —respondió levantándose de la silla comprobando la hora. —Tengo que marcharme —se sorprendió al mirar el reloj. — Alex me estará esperando.
—Cariño, es la última noche del mes —le recordó su madre—, y después tendrás un descanso.
Sofía miró a su padre y le dijo: