CAPÍTULO 15
Ian había pasado la noche cerca de la casa de Sofía y se sorprendió mucho cuando apareció Alex y poco después la joven se encontraba con él.
¿De qué se conocían? El licántropo se le había adelantado y estaba en contacto con ella.
Les siguió hasta el bosque y le sorprendió que Alex no se percatase de su presencia, puesto que sabía que era un rastreador muy bueno.
Eso le hizo pensar y miró al cielo. Luna llena.
—¡No puede ser verdad! —pensó. —Esa maldita loba loca la mordió y por lo que veo puede que le haya afectado.
Trepó por los árboles y se desplazó sobre sus cabezas siguiendo a la pareja.
Cuando Sofía comenzó a transformarse permaneció allí, asombrado por lo que estaba viendo.
En todos sus años de vida jamás había visto transformarse a un licántropo.
Cada grito de dolor le golpeaba como un latigazo en el pecho y cuando vio salir corriendo a la loba blanca se lanzó entre las copas de los árboles para ver lo que hacía.
Pronto, un lobo negro se puso a su lado indicándole con golpes en el lomo la dirección que debía tomar, siempre alejados de la ciudad.
A pesar de su eterna rivalidad, Ian agradecía que Alex hubiese estado con ella todo el rato durante su primera transformación. Probablemente la chica estaba aterrada con lo que estaba sucediendo y esto era tan solo la punta del iceberg.
Cuando llegó la mañana y recuperó su forma humana, no pudo apartar la vista del hermoso cuerpo desnudo, blanco y sin una sola mancha. Vio cómo se sonrojaba y pedía a Alex que se diese la vuelta y no pudo evitar una sonrisa.
Ahora ya sabía que Sofía tenía sangre de ángel y de licántropo y que la manada de las Tres Lunas la protegía. También se encontraba él allí para evitar que le sucediese algo malo, pero tenía que contactar con ella y conseguir su confianza.
Durante varios días había visto como un joven pasaba la noche en su casa y se imaginaba que los padres habían salido de viaje y el chaval iba a acompañarla.
«Parece que no le faltan guardianes para protegerla, aunque también tiene varios seres que tan solo buscan llevársela a su terreno aún a costa de herirla. Estoy deseando saber qué van a hacer Carmela y Malcom», se dijo al ver que regresaban del viaje y entraban en la casa.
Subió a la azotea del edificio de enfrente desde el que veía la ventana del dormitorio de Sofía y agudizó el oído para escuchar la conversación.
Todo seguía igual, ella no contó nada y los padres tampoco.
Frunció el ceño disgustado. La chica debería saber a lo que se iba a enfrentar y no era bueno mantenerla en la ignorancia.
Tenían que enseñarle a defenderse y a reconocer a sus enemigos y al resto de los seres como él que se estaban posicionando en la ciudad. Era un error lo que estaban haciendo.
Esperó en la azotea observando cómo se dejaba caer en la cama agotada por la transformación y se quedaba profundamente dormida. Horas más tarde se despertó, se duchó y decidió salir. Era su momento.
Sofía abrió la puerta del portal y se topó de frente con un joven que la dejó paralizada.
Era uno de los chicos más guapos que había visto jamás.
Tendría más o menos su edad, el pelo rubio y largo caía sobre sus hombros enmarcando un rostro perfecto.
Los ojos de un verde intenso, como si fuesen esmeraldas brillantes, las pestañas eran oscuras y espesas haciendo destacar el color de los ojos.
La nariz, graciosa, ligeramente respingona le daba aspecto de duende y los labios generosos permitían ver unos dientes blancos y perfectos.
Se quedó mirándolo sin decidirse a salir o dejarle entrar hasta que el chico riéndose le dijo.
—Sal tú primero, salvo que quieras que sigamos bailando.
Ella no pudo evitar reírse y aceptó la invitación. Ya estaba dando el primer paso en dirección opuesta a la del chico cuando la voz de este la detuvo.
—¿Cómo te llamas, bailarina?
Se giró y enfrentó su mirada a la de él. Le sacaba como mínimo una cabeza y tuvo que alzar la vista.
—Sofía.
—Bonito nombre para una preciosa chica.
—Eso se lo dirás a todas, pero estaba con el ánimo caído y has animado mi mañana. ¿Cómo te llamas tú?
—Ian.
—No conozco a nadie con ese nombre. ¿Eres de por aquí?
—Sí, de toda la vida.
—Nunca te había visto.
—Sin embargo, yo llevo días cruzándome contigo. Vas mucho con un chico rubio y ahora con otro moreno.
El rostro de Sofía se tornó serio y preocupado. Después de todas las cosas que le estaban pasando empezaba a desconfiar de los desconocidos que le decían ese tipo de cosas.
—¿Acaso me estás siguiendo? —le interrogó con el ceño fruncido.
—No, simplemente ha sido casualidad. Me llamó la atención tu rostro.
—¿Mi rostro?
—La primera vez que te vi caminabas junto al chico rubio y estabas relajada y alegre. Después te vi sola y estabas pensativa y preocupada. Y ayer, con el chico moreno, parecías asustada.
—¿Todo eso te dice mi rostro?
—Eso y otras cosas —afirmó mirándola a los ojos.
Si de lejos le había parecido bonita, ahora que la tenía frente a él le parecía hermosa.
Su belleza era demasiado perfecta para ser real.
Era como se imaginaba que sería un ángel y realmente ella lo era.
Se dio cuenta de que la estaba mirando fijamente y rompió el contacto visual.
Ella parpadeó como si hubiera salido de un trance y se despidió con un gesto de cabeza.
Ian no podía dejar de mirar la figura de la chica que se alejaba cada vez más hasta desaparecer de su vista.
Una anciana con un caniche se acercó al portal y le pidió que le dejase pasar.
Se hizo a un lado y giró la cabeza hacia el licántropo que vigilaba a pocos metros de allí, lanzándole una sonrisa atravesada.
Poco después, caminaba por la ciudad tratando de encontrar rastro de otros licántropos y vampiros que sabía que vagaban por la zona pendientes de la elegida. De momento todo estaba en calma, pero en cualquier instante podría saltar la chispa que rompería la tranquilidad de ese lugar.
Alex fue testigo del cruce de palabras de Sofía con Ian. Ese maldito vampiro le sacaba de sus casillas. Durante años se habían enfrentado por diferentes motivos y le tenía ganas. El día menos pensado le hincaría el diente y saldaría cuentas.
Cayó la tarde y Sofía regresó a su casa acompañada de Alfonso.
El chico estaba muy preocupado por ella.
Sabía que tenía terribles pesadillas desde que el lobo la atacó y cuando le echó de su casa la noche anterior sin una disculpa coherente, se sintió dolido.
Pero cuando salió del hospital y la vio apoyada en un árbol, sintió una gran alegría.
Se acercó a Sofía y esperó frente a ella con una sonrisa.
—Perdóname —rogó ella. —Ayer no me porté bien contigo. No quiero que te enfades, Alfonso, eres mi mejor amigo y te necesito.
El chico no pudo evitarlo. Se acercó a ella y la rodeó con los brazos apretándola junto a su corazón. Sofía suspiró y enterró su rostro en el pecho de él. Su aroma le sabía a hogar. Desde que eran niños había estado con ella y ahora, con todo lo que estaba sucediendo, no podía perderlo.
Después de un rato, Alfonso se separó de ella a regañadientes y le agarró de la mano.
—Vamos a tomar algo. Llevo horas en el hospital y estoy famélico. ¿Sabes algo de tus padres?
—Acaban de regresar.
—Estupendo, me quedo más tranquilo —asintió con la cabeza. —Sofía… ¿Qué pasó anoche? Me fui muy preocupado y apenas pude dormir.
—Todo eran paranoias mías, me imagino que también influirían las pesadillas y el cansancio —mintió ella. —Por primera vez desde el ataque he dormido la noche de un tirón.
—¿Seguro? —se preocupó él.
—Seguro—confirmó con una sonrisa.
«No puedo decirle la verdad», pensaba Sofía. «Si lo involucro en esto correrá peligro y no puedo consentirlo».
Lo miró con una sonrisa y él aceptó la respuesta.
—Por cierto, ¿sabes que Hugo ya ha salido del hospital? Nos ha preguntado por ti todos los días.
—¡Me alegro mucho de que se haya recuperado! Es tan pequeño que se me partía el corazón al verlo tan enfermo.
—No solo se ha recuperado, está completamente limpio. Su cuerpo no presenta ni un solo síntoma de haber padecido un cáncer. ¿No te parece extraño?
—Lo es —afirmó muy seria—, pero me da igual lo que haya sucedido. Sea lo que sea, se ha curado y eso es lo que me importa.
—Sofía, el doctor Avellaneda quiere verte.
—Todavía es pronto —replicó ella. —Necesito más tiempo.
—No quiere que te incorpores, simplemente quiere ver cómo estás.
Ella se revolvió incómoda. Comprendía que el doctor quisiera comprobar su estado, pero al mismo tiempo temía la reacción que tendría cuando viese su brazo completamente curado.
Ni ella misma tenía una respuesta para eso y no estaba preparada para ver la reacción del hombre y de sus compañeros.
El caso de Hugo ya había generado suficientes dudas e interrogantes como para aparecer ella con otra incógnita.
—Dile que volveré pronto. Y ahora cuéntame más cosas del hospital.
Cerca de allí Alex observaba a la pareja sin comprender por qué se sentía tan molesto.
La cercanía entre los jóvenes y esa complicidad entre ellos le fastidiaba enormemente.
Les siguió hasta la casa de ella y cuando sacó las llaves para abrir el portal apretó los puños inconscientemente.
Ella dio las gracias a Alfonso y después besó su mejilla y se marchó.
Alex soltó un suspiro sin darse cuenta de que había estado conteniendo la respiración.
Echó una carrera y llegó a la puerta antes de que se cerrase, cruzándose con el chico.
Entró y justo en ese momento llegaba el ascensor y Sofía se disponía a cogerlo.
—Sofía, espera un momento —la llamó.
La chica se giró y su rostro resplandeció de alegría al verle.
—Alex, qué alegría. Estaba deseando poder hablar contigo, pero no tengo tu teléfono.
—Lo mismo te digo, pero tiene fácil solución —añadió sacando su móvil.
Poco después ambos habían intercambiado los números de teléfono.
—¿Te apetece tomar algo? —invitó Alex.
—Me encantaría. ¡Tengo tantas cosas que preguntarte!
Poco después se encontraban en una terraza frente a unas cañas frescas disfrutando del día veraniego.
Alex la miraba intensamente sin evitar quedar atrapado en la profundidad de sus ojos azules.
Deslizó la mirada hacia los labios carnosos y rojos y se preguntó que sentiría al besarlos.
Desde el primer momento en que la vio estaba deseando probar su sabor, abrazar su cuerpo y perderse en el olor fresco y cálido que desprendía.
Sacudió la cabeza tratando de olvidar esos pensamientos y rompió el silencio.
—Estoy preocupado por ti, Sofía. Sé lo duro que es por lo que estás pasando y comprendo que tengas dudas y necesites respuestas, pero antes dime cómo te encuentras.
—Me siento fatal, no termino de creer lo que ocurre.
Siempre pensé que los licántropos eran seres fantásticos que existían tan solo en la literatura y leyendas, pero ahora soy uno de ellos y no sé a qué atenerme—suspiró agobiada.
—Además, no sé qué me va a pasar. ¿Cuántas veces me voy a transformar?
¿Será todas las noches? ¿Siempre dolerá tanto?
Y lo más importante… ¿Soy un peligro para los demás?
¿Atacaré a mis padres o a las personas que estén junto a mí?
—Cada mes te transformarás tres veces, siempre con la luna llena.
Ella puso los codos sobre la mesa y enterró la cabeza en sus manos cerrando los ojos. No quería que Alex la viese llorar, pero no podía impedir que las lágrimas resbalasen por sus mejillas.
—Sofía —la llamó con voz queda—, no es tan malo como lo ves ahora. Es cierto que serás esclava de la luna, pero las cosas irán mejorando con el tiempo. Las primeras veces te dolerá, pero poco a poco tu cuerpo se irá acostumbrando y dejará de dolerte.
La joven alzó la cabeza y lo miró llena de esperanza.
—¿No me mientes? —dudó. —Lo dices para que me sienta mejor.
—¿Confías en mí?
—Sí.
—Te doy mi palabra de que no te mentiré, me guste o no la respuesta que tenga que darte.
—¿Atacaré a la gente cuando me transforme?
—Ahora sí. Tienes que aprender a vivir con tu forma de loba y tu mente humana tomará las riendas cuando llegue el momento, pero ahora serás peligrosa.
—¿Entonces…?
—Estaré contigo cada noche hasta que te controles para evitar que hagas algo de lo que te arrepientas.
—¿Qué otras consecuencias tiene ser licántropo?
—Vivirás más tiempo y tu cuerpo envejecerá muy lento. Conservarás el aspecto joven que tienes durante muchos años. Serás más fuerte y veloz. Tu olfato y oído se agudizarán permitiéndote escuchar conversaciones a largas distancias y oler el rastro de otras personas o seres… diferentes.
—¿Me ayudarás a adaptarme a ser una mezcla de humana y loba?
—Lo haré —afirmó rotundamente mirando los enormes ojos azules.
—Esta noche me transformaré otra vez.
—Si. Estaré contigo.
Sofía alzó la mano y agarró tímidamente la mano de él.
—Alex, muchas gracias por todo. No sé lo que haría sin ti.
El joven apretó su mano y le hizo una pregunta que le rondaba la cabeza desde que la conoció.
—Háblame de tus padres —rogó con una sonrisa.
Ella le contestó con otra al pensar en ellos.
—Soy afortunada —afirmó. —No podría haber tenido unos padres mejores. Siempre están cuando los necesito y me apoyan en todo.
—¿Has notado algo diferente en ellos últimamente?
Ella lo miró sorprendida ante la extraña pregunta del chaval.
—No sé a qué te refieres—se molestó.
—No he querido incomodarte —se disculpó el licántropo apesadumbrado—, pero quizás tu respuesta me ayude a comprender algunas cosas.
—¿Cómo qué? —soltó ella a la defensiva.
—Nada, déjalo.
Sus miradas se enfrentaron y durante un rato reinó el silencio entre ambos. Después Sofía se levantó y se despidió de él.
—Tengo que irme.
—Te espero en un rato en la puerta de tu casa.
—De acuerdo.