Tres almas y una profecía CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Veintiséis años atrás

Contra todo pronóstico, Gabriel y Cristina se enamoraron. Un ángel inmortal y una humana mortal.

Probablemente el destino los había unido y no pudieron o no quisieron evitarlo. Una joven tan especial que con su mirada pura y su alma blanca podía ver a un ser de luz cuando nadie más era capaz de hacerlo.

El amor llegó poco a poco, con cada sonrisa, con cada mirada, con cada roce de manos al caminar uno junto al otro.

Meg ignoraba la auténtica naturaleza del chico que se había convertido en la sombra de su hermana, pero la observaba y veía como cada día su mirada resplandecía más y se iba transformando, cada vez más hermosa, más dulce, más llena de luz.

Meg miraba a Gabriel y sentía que jamás había conocido a una persona como él.

No era su belleza física, que era impresionante, sino algo que le hacía sentirse en paz consigo misma y con el mundo.

Por ello, su corazón albergaba una gran alegría al ver como la relación de su hermana con él se convertía en una historia de amor.

Algo tierno y hermoso se forjó a fuego lento durante meses.

—¿Cómo ha podido suceder esto? —se preguntaba el ángel atónito ante los sentimientos que jamás pensó que fuese a tener.

—No puedo luchar contra ello —se lamentaba una y otra vez.

—Pero la amo con todo mi corazón. Si el consejo se entera de lo que está pasando me desterrará a un lugar lejano y no volveremos a vernos.

Un día se armó de valor y llevó a Cristina a un frondoso bosque que rodeaba la ciudad como un enorme cinturón verde y le explicó las normas no escritas de las relaciones entre ángeles y humanos, su temor a que la relación llegase a conocerse y las consecuencias que conllevaría.

—¡Me niego a separarme de ti! —exclamó ella con lágrimas en los ojos. —¡Dime que no sientes lo mismo que yo! —le retó con la voz rota. —¡Dime que no me amas!

—¡Te amo más que a mi vida! Por eso tengo miedo de lo que pueda suceder. No quiero hacerte sufrir.

—Pues ahora lo estás haciendo —sollozó mientras lágrimas contenidas escapaban de sus ojos y se deslizaban por sus mejillas.

Gabriel se acercó a ella y la abrazó con ternura mientras dos enormes alas blancas se extendían a su espalda y después la envolvían con suavidad.

Cristina lo miró hipnotizada y alzando una mano acarició las suaves plumas que rodeaban su cuerpo.

Luego la acercó al rostro del ángel y retiró un mechón de pelo negro como la noche que caía sobre sus ojos negros, y con timidez, deslizó un dedo sobre sus labios.

Gabriel no podía apartar la vista de los enormes ojos que le cautivaron desde el primer día e inclinó la cabeza acercándose hasta rozar con suavidad los labios de ella con los suyos.

El mundo se detuvo y los dos corazones latieron al unísono mientras sus labios se fundían en un beso tan cálido que parecían un solo ser.

Cristina se separó sonrojada y, sorprendida, se dio cuenta de que sus pies no tocaban el suelo.

Se agarró a él con fuerza mientras una alegre sonrisa atravesaba el rostro del joven.

Volvieron a besarse una y otra vez sin temor a que nadie los viese, pues las alas les ocultaban a los ojos de los humanos, hasta que Gabriel descendió y se tumbaron sobre la hierba protegidos por las cálidas plumas.

Despacio, sin separar sus ojos de los de ella, le levantó la camiseta de algodón y ella alzó los brazos para ayudarle a desvestirla.

Suave, sin prisas, las prendas fueron cayendo una a una, y fueron descubriendo sus cuerpos, cubriéndolos de caricias y besos.

Se fundieron en uno solo de la misma manera que los amantes lo hacían desde que el mundo era mundo.

Sus miradas resplandecían de amor cuando se separaron mientras los cabellos de ella, largos y negros se deslizaban sobre las blancas plumas.

No hablaron, no tenían nada que decir, sus ojos lo decían todo.

—No te dejaré jamás —afirmó él con firmeza mientras acariciaba sus hombros desnudos. —Si el consejo se entera, me enfrentaré a ellos y cargaré con mi responsabilidad, pero jamás te dejaré.

—Jamás te dejaré —repitió ella como si fuese un mantra al que aferrarse con fuerza. —Si el consejo se entera, nos enfrentaremos juntos a ellos —repuso mientras sus dedos recorrían el vientre de Gabriel y ascendían hasta el corazón.

Se durmieron abrazados y los rayos de sol que se filtraban por las copas de los árboles los despertaron.

Ojos negros como la noche. Ojos azules como el cielo.

Dos corazones palpitando acompasados. Dos labios acariciándose suavemente primero y con pasión después.

Suspiros, caricias, palabras de amor. Dos cuerpos ardientes amándose de nuevo, explorando, conociéndose.

Meg fue testigo de la historia de amor entre su hermana y Gabriel.

El ángel había tomado la costumbre de hacerse visible cuando las hermanas estaban juntas.

Sabía que para Cristina era importante que su hermana le diese el visto bueno y en su compañía se hacía pasar por un joven estudiante de filología inglesa.

Meses después, Meg estaba desayunando tranquilamente cuando escuchó a su hermana lanzar una exclamación. Se levantó y fue al baño para saber qué ocurría.

—Cristina, vaya grito has lanzado, ni que hubieras visto un ratón.

—Ojalá fuera eso —suspiró con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué te pasa? —preguntó Meg preocupada.

—No me ha bajado la regla —murmuró con gesto confundido.

—¿Cuantos días llevas de retraso?

—Cinco —respondió cada vez más preocupada. —Seguro que es un retraso —trató de convencerse.

—Salgamos de dudas —decidió Meg cogiendo el bolso. —Voy a la farmacia.

Cristina accedió con la cabeza y se dejó caer en el sofá atacada de los nervios.

«Por favor, por favor, por favor», pensaba mesándose el negro cabello. «Que no sea verdad, que no sea verdad, por favor…>».

Minutos después, regresó Meg con dos test de embarazo.

—No sé cómo va esto, pero he pedido dos para repetirla si tenemos dudas. Anda, levanta —le pidió tirando de ella y arrastrándola hasta el cuarto de baño. —Toma, prueba con esta. —Estiró la mano, le dio un test y después cerró la puerta.

—Cristina, ya te vale. Llevo diez minutos esperando, sal de una vez.

La puerta se abrió lentamente y una sofocada Cristina se asomó sujetando el test como si fuese veneno. Meg se impacientó y dando un paso adelante se lo quitó de las manos y lo miró.

—Vaya… —suspiró abriendo los ojos como platos. —Me parece que voy a ser tía.

—¿Qué voy a hacer ahora? ¿Cómo se lo digo a papá y mamá? ¡Me van a matar! —exclamó agarrando a su hermana de los brazos como si fuese su salvación. —¿Y Gabriel? —Empezó a llorar desconsolada.

—Vamos a ver, hermanita, lo primero vamos a tranquilizarnos y a respirar despacio, después pensamos en lo que vamos a hacer.

—Vale, respirar despacio —respondió Cristina inhalando y exhalando. —¡Me van a matar!

—Calla y respira —le ordenó Meg. —Al fin y al cabo, no eres la primera chica que se queda embarazada ni serás la última.

—Ya, pero es que Gabriel es diferente a los demás chicos, es muy especial.

—Lo es —afirmó su hermana completamente convencida. —Desde el primer día he visto que no solo es una cara bonita y un buen cuerpo. Hay algo en él que transmite paz y me hace querer estar junto a él. Creo que no encontrarás a otro hombre mejor.

—Lo sé, Gabriel es el amor de mi vida, eso lo tengo claro, pero no hemos hablado de niños y menos tan pronto. Puede que le dé un ataque.

—El ataque le va a dar a nuestros padres, no quiero imaginar la cara que van a poner. Pero como dice el refrán, a lo hecho, pecho.

—Tengo que hablar con Gabriel. ¿Y si no lo quiere? ¿Y si desaparece de mi vida?

—No digas bobadas —le espetó su hermana. —Está tan enamorado de ti como tú de él.

—Pero una cosa es el amor y otra tener un bebé.

—Pues vete a contárselo y sales de dudas.

Cristina cogió su bolso y salió a la calle. Cerró los ojos y pensó con intensidad en él. Instantes después aparecía a su lado con una enorme sonrisa.

—Gabriel, hay algo importante que debes saber y no sé cómo te lo vas a tomar. ¿Qué te parece si vamos al bosque y hablamos tranquilamente?

El chico la miró fijamente y asintió preocupado con la cabeza. Cristina estaba angustiada, la conocía lo suficiente para saberlo, y, además, su instinto de ángel le permitía conocer los sentimientos de los humanos.

Fueron paseando agarrados de la mano hasta llegar a su destino. Gabriel había notado el pulso acelerado de la joven y se preguntaba qué le inquietaba tanto.

—Bien, ¿qué es lo que me tienes que contar? —preguntó apenas llegaron al bosque.

—No es fácil de decir y no sé cómo vas a reaccionar. Eres un ángel y no sabía que vosotros podíais… podíais…

—¿Podíamos qué?

—Estoy… embarazada—soltó asustada.

—¿Qué? —exclamó Gabriel mirándola incrédulo. —¿Cómo es posible?

—Si fueses un chico normal, te respondería que es lógico después de tener relaciones, pero como eres un ángel…—explicó rompiendo a llorar desconsolada.

El chico la abrazó con ternura acariciando su cabello.

—Cristina, sabes que estoy completamente enamorado de ti. Perdona mi reacción, pero no sabía que era posible, es decir, sabía que, hace cientos de años, los humanos y los ángeles tuvieron hijos, pero desde la prohibición no ha vuelto a suceder.

—¿Qué vamos a hacer?

—Hablaré con el consejo y expondré nuestro caso. Haré frente a lo que sea, pero te doy mi palabra de que por encima de todo estaréis nuestro hijo y tú.

Cristina resopló y sus ojos reflejaron el alivio y la alegría que sentía ante esta confesión.

—También tenemos que hablar con mis padres —afirmó con una sonrisa pícara. —¿Te atreverás?

—Por ti haré cualquier locura—afirmó mientras desplegaba las alas, la envolvía con ellas y la besaba apasionadamente.

Mas tarde Cristina hablaba con su hermana y le explicaba la reacción de Gabriel.

—No esperaba menos de él —asintió satisfecha. —Ya te dije que era especial. A la hora de la cena se lo cuentas a nuestros padres y yo estaré ahí para apoyarte. Así te quitas una preocupación de encima.

Horas después ambas se sentaban a la mesa con sus padres. Habitualmente las cenas eran agradables ya que era una familia bien avenida y era el momento del día en el que se contaban lo que les había sucedido.

—Mamá, papá —murmuró Cristina mirando a sus progenitores—, tengo algo que contaros.

Carly, la madre, dejó los cubiertos sobre el plato y enfrentó con la mirada a su hija.

Los últimos meses había comentado a su marido que la encontraba cambiada, resplandeciente, y ambos llegaron a la conclusión de que estaba enamorada.

La dejaron su espacio para no presionarla, pues sabían que cuando estuviese preparada les hablaría de la persona que le había robado el corazón y sospechaba que ese momento había llegado.

—Hace tiempo que estoy con un chico —susurró más que habló—, y estoy enamorada de él. Es increíble y maravilloso y estoy deseando que le conozcáis. Se llama Gabriel y estoy segura de que os gustará.

—No tengo la menor duda —afirmó la mujer—, y nos encantará conocerlo. Si quieres puedes invitarle mañana que empieza el fin de semana y estaremos más tranquilos.

—Salvo que trabaje los fines de semana —apuntilló el padre.

—Mañana está bien —respondió Cristina con una sonrisa mientras se levantaba de la mesa.

—¿Tú lo conoces? —preguntó la madre a Meg cuando su hija pequeña abandonó la mesa.

—Sí, desde hace tiempo. Es un chico estupendo y me encanta verlos juntos. Pero no os cuento más, ya lo veréis vosotros mismos.

Gabriel y Cristina llegaron agarrados de la mano, como si uno necesitase la fuerza del otro para enfrentarse a la reacción de los padres de ella.

Cuando entraron en el salón, el matrimonio se levantó a saludar al novio de su hija. Gabriel estrechó la mano de William, el padre, y besó en las mejillas a Carly. Se sentaron los cinco cómodamente en los sofás. Meg y Cristina se miraban de reojo.

La conversación fluía de manera natural mientras Carly bombardeaba a preguntas al novio de su hija.

William permanecía en silencio escuchando atentamente las respuestas del recién llegado.

Le gustaba la actitud respetuosa y serena del joven que tarde o temprano aspiraba a llevarse a su pequeña.

Le transmitía tranquilidad y seguridad y veía en los ojos de la pareja que estaban enamorados.

Entonces una frase le hizo alzar la cabeza con curiosidad.

—Sé que no me conocen —afirmaba Gabriel—, pero amo a su hija y deseo casarme con ella.

—¿Tan pronto? —exclamó Carly frunciendo el ceño. —Acabamos de conocerte y ya estás hablando de matrimonio.

—Comprendo su preocupación y sorpresa, pero les aseguro que durante los meses que he estado con su hija la he llegado a conocer perfectamente.

No sólo es hermosa por fuera, sino que tiene una belleza interior que me ha robado el corazón.

Les aseguro que puedo ofrecerle una buena vida.

Jamás les faltará amor a ella y al bebé que lleva en su vientre —soltó como si fuese lo más natural del mundo.

Carly y William se quedaron boquiabiertos mirando a su hija sin saber si habían escuchado bien. Durante unos instantes el silencio reinó en la habitación y después, Meg intervino con alegría:

—Papá, mamá, vais a ser abuelos.

—Pero… —murmuró Carly sin saber qué decir. —Por más que lo intentaba las palabras no salían de su boca. Miró a su esposo y comprobó que estaba tan afectado como ella, mirando sucesivamente a su hija y al chico que se sentaba a su lado.

—Mamá —suplicó Cristina acercándose a su madre y agarrando sus manos—, por favor, no te enfades.

Papá —continuó mirando a William—, siento haberos decepcionado.

Ha sido algo inesperado para los dos, pero somos muy felices.

Por favor —insistió con los ojos llenos de pesar—, os necesito, necesito que estéis junto a mí y me apoyéis.

Sois mis padres y os quiero mucho. Por favor.

Carly se puso de pie y agarrando a su hija la abrazó con fuerza mientras acariciaba su pelo.

—Todo va a ir bien, estaremos junto a ti y te ayudaremos en lo que necesites.

William se acercó a ambas y con voz grave aceptó la noticia.

—Hija, comprende que ha sido algo totalmente inesperado y que tenemos que asimilarlo, pero estoy de acuerdo con tu madre y estaremos ahí para ti.

Luego carraspeó y miró al muchacho que se mantenía al margen con gesto serio y le dijo señalándole con el dedo

—Más te vale que cuides bien de nuestra niña, porque te voy a estar vigilando.

Gabriel asintió con la cabeza y se acercó a Cristina.

—La quiero con todo mi corazón y lucharé por ella y por nuestro amor.