CAPÍTULO 9
Veintiséis años atrás
Desde tiempos inmemoriales los ángeles transitan por la tierra acompañando a los humanos, los cuales ignoran su presencia puesto que tienen el don de permanecer invisibles ante ellos.
En una de sus visitas a la tierra, Gabriel vio entrar a una de sus protegidas en una cafetería.
Era la primera vez que se acercaba a ella y, según lo hizo, le sorprendió su belleza.
Era una joven de unos veintitantos años, con el cabello negro y los ojos de un azul intenso, la piel blanca y los labios rojos.
La camarera se acercó a ella y le puso un batido de fresa sobre la mesa.
La chica abrió su mochila y sacó un libro, lo abrió por donde indicaba el marcapáginas y comenzó a leer.
Gabriel se acercó a ella y se sentó para verla mejor. Ella levantó la vista del libro y frunciendo el ceño le preguntó.
—¿Qué haces?
Gabriel miró a ambos lados para saber con quién hablaba y no vio a nadie.
—¿No me oyes o qué? —insistió ella al ver que no respondía.
El ángel volvió a mirar alrededor y nuevamente comprobó que estaban solos.
—¿Acaso me ves? —aventuró él anonadado.
—Pues claro que te veo —respondió ella impaciente. —¿Esto es una broma?
Gabriel la miraba sin dar crédito a lo que estaba sucediendo. Después de cientos de años moviéndose entre los humanos como un fantasma invisible, esta joven tenía el don de verle.
—Está bien —se enfadó ella. —Si no te importa vete a otra mesa y déjame en paz.
—Perdona si te he molestado —se animó a responder el ángel. —Me he sentado junto a ti porque me sorprendió verte leyendo—improvisó.
—¿Y qué tiene de raro?
—Mira en otras mesas y dime lo que ves.
—Gente tomando algo.
—Cierto, pero ¿qué tienen en las manos?
Ella dudó un instante y luego respondió.
—Móviles.
—Eso es —afirmó el joven. —Prácticamente todos están mirando algo en el móvil. ¿Comprendes ahora por qué me ha llamado la atención verte leyendo?
Ella sonrió y asintió con la cabeza, haciendo que su pelo negro resbalase sobre su rostro.
—Aun así, lo educado habría sido saludar y pedir permiso para sentarte.
—Tienes toda la razón. Buenos días, soy Gabriel y me gustaría sentarme un rato contigo.
—Me llamo Cristina —dijo ella dejando el libro sobre la mesa y extendiendo la mano.
Gabriel miró la mano sin atreverse a responder al saludo puesto que supuestamente los humanos no le veían y por lo tanto no podían tener contacto físico con él, pero después se dijo.
«Total, si me ve, quizás me pueda tocar. ¿Qué puedo perder?», y alzando la mano estrechó la de la joven.
Una extraña descarga recorrió el cuerpo de ambos y se miraron sorprendidos.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella sin soltar su mano.
—Me imagino que electricidad estática —respondió él sin comprender lo que sucedía.
Se miraron un instante y luego retiraron las manos con pereza. Cristina pensó que había sido algo más, el contacto con el chico le había reconfortado y transmitido paz.
—Gabriel, ahora que nos hemos presentado, toma algo conmigo —le pidió con una sonrisa.
—No me apetece nada, pero muchas gracias.
Aun así, Cristina hizo un gesto a la camarera que a su vez la miraba de una manera extraña. Esta se acercó y le preguntó si deseaba algo más.
—Sí, mi amigo quiere tomar algo.
—¿Tu amigo? —preguntó extrañada la camarera.
—Sí, Gabriel, ¿qué te apetece?
Pero cuando la joven se giró hacia su acompañante, la silla estaba vacía.
—¿Dónde está?
—¿Quién? —volvió a preguntar la camarera.
—El chico que estaba conmigo.
—No había nadie contigo —afirmó la mujer.
—Claro que sí —insistió Cristina. —Llevo un buen rato hablando con él.
—Por teléfono, querrás decir —insinuó la camarera.
La joven volvió a recorrer con la mirada la cafetería buscando a Gabriel, pero no lo vio por ningún lado y fue consciente de lo extraño que parecía que estuviese hablando sola.
—Tienes razón —explicó con una sonrisa. —Mi amigo está a punto de llegar y me ha dicho que vaya pidiendo un café.
—Perfecto, ¿cómo se lo pongo?
—Con leche, por favor.
Cuando se quedó sola notó que le temblaba el pulso.
«Qué demonios acababa de pasar?», se preguntó. «¿Dónde se había metido el chico? ¿Por qué la camarera decía que estaba sola?». Comenzó a sentirse mal y cogió todas sus cosas, pagó las consumiciones y salió a toda prisa de la cafetería».
En el exterior, oculto en el soportal de una tienda, Gabriel observaba sorprendido a la joven.
Cuando Cristina llegó a casa se encontró con su hermana, que era dos años mayor que ella.
— Meg, no te vas a creer lo que me ha pasado —comenzó a contar nerviosa.
—Vaya cara traes —le espetó su hermana sin ambages.
—Tú sí que sabes dar ánimos a la gente —se molestó Cristina mirando a su hermana, cuya melena negra se balanceaba sobre un bonito rostro de piel blanca, labios rojos y ojos azules.
—Anda, dime qué es eso tan raro que te ha sucedido.
Cuando terminó de explicarle a Meg su encuentro con Gabriel, lo primero que preguntó fue:
—¿Estaba bueno el tío?
—¡Pero eres tonta! —se enfadó. —Te estoy contando que he estado hablando con un fantasma en la cafetería y solo se te ocurre preguntar si el chico estaba bueno.
¿Qué parte es la que no has entendido? No te das cuenta de que he tenido alucinaciones o que a lo mejor estoy perdiendo la cabeza —dijo asustada.
—Hermanita, no conozco a una persona más cuerda y racional que tú. Reconozco que esto es un poco raro, pero por eso necesito saber cómo era el chico invisible.
Cristina la miró disgustada y reacia a responder, pero al final accedió.
—Está bien, es un chico muy guapo, con el pelo y los ojos negros, una mirada limpia y una sonrisa preciosa.
—Por la descripción parece de carne y hueso, probablemente la camarera tenía jaleo y por eso no le vio. En cuanto al chaval simplemente decidió irse de la misma manera que llegó, sin decir adiós.
—Tienes razón —respondió Cristina con la sombra de la duda en la mirada. —Habrá sido como tú dices. Pero también está la descarga que sentí cuando nos estrechamos las manos, jamás había sentido nada igual.
—Habrá sido electricidad estática. Llevas las botas con suelas de goma y eso puede haber provocado un chispazo cuando os habéis tocado.
Cristina la miró dubitativa, pero decidió pasarlo por alto. Al fin y al cabo, probablemente jamás le volvería a ver.
Mientras tanto Gabriel se preguntaba cómo era posible que la joven le hubiese visto y tocado.
¿Qué estaba pasando? Se acercó a un peatón que transitaba por la calle de frente, pero este siguió caminando sin verle hasta atravesarle.
Probó con otras personas, pero ninguna se percató de su presencia.
Sorprendido extendió unas impresionantes alas blancas y alzó el vuelo.
Al día siguiente esperó en la calle hasta que Cristina salió de su casa y se acercó a ella.
—Hola —saludó con una sonrisa.
—¿Hola? —respondió ella disgustada. —¿Sabes el ridículo que me hiciste pasar ayer? Te fuiste sin decir nada. La camarera no te vio y pensaba que estaba sola.
—¿Me ves también hoy?
Ella le miró recelosa y recordó que el día anterior le había hecho la misma pregunta.
—Gabriel, vas a explicarme lo que está pasando. ¿Por qué motivo no tendría que verte? ¿Acaso eres algo creado por mi imaginación?
—Por supuesto que no, pero digamos que no es habitual que un humano me vea.
—¿Un humano? —preguntó aterrada pensando: «Me estoy volviendo loca, estoy hablando con un hombre invisible que parece ser que no es humano». Y luego se volvió hacia el chico y le preguntó—: ¿Tú no eres humano?
En ese momento ambos se detuvieron y se miraron frente a frente. Gabriel dudó sobre la respuesta que tendría que darle y la que deseaba dar y por fin se decidió.
—Soy un ángel y la gente no me ve, bueno, nadie salvo tú.
—¡Un ángel! —se enfadó. —¡Deja de decir chorradas!
Una persona que pasaba junto a ella se paró y le preguntó.
—¿Decías algo?
Cristina miró a Gabriel y luego al peatón que se había detenido junto a ellos. Inspiró fuerte y armándose de valor le hizo una pregunta.
—Disculpe, ¿usted ve a esta persona que está junto a mí?
El desconocido miró a donde Cristina indicaba y luego a ella.
—Estás completamente sola. Esto es algo para la tele, para los programas de bromas —afirmó.
—Así es, pero no se lo digas a nadie. Vamos a ver si alguien dice que sí —añadió con un gesto cómplice.
Detuvo a varios transeúntes más, pero tan solo ella veía a Gabriel.
Decidida comenzó a andar hacia su casa seguida por el ángel.
—Vas a venir conmigo y a demostrarme que lo que me has dicho es verdad. —Abrió el portal y lo invitó a entrar. Subieron juntos en el ascensor mirándose, sin hablar, hasta llegar al cuarto piso, luego le hizo entrar en su casa. Gritó saludando, pero nadie respondió.
Debo de estar desequilibrada metiendo a este en mi casa y más cuando no hay nadie, pero tengo que comprender lo que está pasando.
—Tú —le empujó poniendo el dedo índice en su pecho. —Empieza ahora mismo a contar todo lo que sepas.
—Soy un ángel —afirmó nuevamente con una sonrisa en los labios—, y la gente no me ve salvo que yo quiera que me vea.
—Supongamos que creo que eres un ángel, entonces te puedo ver porque quieres que te vea.
—Ahí está el misterio. En ningún momento he decidido que quiero que me veas. Estoy tan asombrado como tú. No deberías verme, tocarme o estar hablando conmigo. Eres una incógnita para mí.
Ella se frotó la frente pensativa mordiéndose el labio inferior y por fin habló.
—No te vas a ir de aquí hasta que llegue alguien de mi familia. Vas a quedarte quietecito en el sofá y demostrarme que todo lo que me has contado es cierto.
—No te entiendo —respondió alzando las manos.
—Está bien claro. Quiero que estés a mi lado cuando lleguen pero que seas invisible, después te vas a mi dormitorio y te haces visible o lo que sea que hagas para que te vean y sales al salón. ¿Entendido?
Gabriel asintió sorprendido. Jamás había interactuado con un humano, tan solo los acompañaba y vigilaba sin que lo percibiesen, y esta chica era diferente a todos los demás.
Se acercaron al sofá y Cristina, poniendo nuevamente un dedo en el pecho del misterioso joven, lo empujó hasta que cayó sobre él y después se sentó a su lado.
Permanecieron mirándose fijamente. Gabriel se volcó sobre los hermosos ojos azules tratando de conectar con su alma.
Ahí estaba, era una hermosa luz blanca que resplandecía como ninguna otra de las que había visto.
Cristina a su vez miraba a los ojos negros iluminados por una extraña chispa.
Estaban tan absortos el uno en el otro que no escucharon la puerta que se abría dando paso a Meg.
La muchacha dejó caer las llaves en la bandeja metálica que había sobre la cómoda de la entrada produciendo un tintineo que los sobresaltó.
—Por fin —exclamó Cristina levantándose y agarrando al chico de la mano. —Ven conmigo.
Los dos se acercaron a la recién llegada y esta saludó a su hermana.
—Hola, Cristina, pensaba que no estabas en casa. ¿No tenías clase hoy?
—Sí, pero me ha surgido un imprevisto —dijo empujando a Gabriel para que se pusiese delante de ella. Meg respondió ignorando la presencia del chico.
—¿Ha pasado algo?
Cristina hizo un gesto a Gabriel para que siguiese con el plan y éste se fue y regresó nuevamente permitiendo que Meg pudiera verlo.
—Ya veo el imprevisto—respondió con sorna su hermana al ver salir al joven del dormitorio.
A Cristina se le desencajó la mandíbula de la sorpresa y no pudo evitar la pregunta.
—¿Tú también lo ves?
—Como para no verlo, me imagino que será el chico del bar. Encantada de conocerte, soy Meg —se presentó acercándose a él y dándole dos besos.
Luego miró a su hermana y guiñándola un ojo le susurró:
—Está buenísimo —le dijo con una sonrisa pícara, y después, en voz alta preguntó—: ¿Quieres tomar algo, Gabriel?
Pasaron la tarde sentados hablando de cosas sin importancia picoteando unas patatas y bebiendo cerveza.
El ángel paseaba la mirada de una chica a la otra comparando sus rostros hermosos tan parecidos y al mismo tiempo tan diferentes, hasta finalmente detenerse en Cristina.
Ella giró la cara y sus ojos se encontraron nuevamente, sintiéndose atraídos como dos imanes de polos opuestos olvidando que Meg estaba con ellos.
La chica se dio cuenta y discretamente se levantó y los dejó solos.