Tres almas y una profecía CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Alex se hallaba en el hospital, cerca de la habitación de Sofía. Estaba cabreado con la loba por haber mordido a la chica. ¿Acaso no sabía las consecuencias de sus mordiscos? ¿Y si la joven no lo superaba? Aunque realmente, si era la elegida, tendría que superar esta y otras pruebas.

Por otro lado, estaba desconcertado al descubrir que el elegido era en realidad una chica.

Todos hablaban de Él, las profecías también.

Pero la noche anterior supo que era ella en cuanto sintió su presencia.

Por suerte, se encontraba en el cinturón verde dando rienda suelta a su naturaleza animal cuando escuchó sus gritos y su olfato distinguió el inconfundible aroma de Martina.

«Martina», suspiró, alguna vez sintió algo por ella, pero pronto aceptó que no era lo que quería. «Demasiado carácter, demasiado gusto por la sangre y la violencia».

Volvió a pensar en la elegida. El olor de su sangre llegaba hasta él llamándole.

Con gran esfuerzo se limitó a permanecer cerca de la máquina de café con un capuchino en la mano, haciéndose pasar por el familiar de algún paciente.

Una enfermera pasó junto a él mirándolo con admiración, mas él no se percató al estar concentrado en sus propios pensamientos.

«Martina está cerca y no me gusta nada», se decía mientras daba un sorbo al café. «Es demasiado impulsiva y salvaje y no controla su fuerza. Necesitan viva a la chica, pero no me fío de que sepa detenerse. Anoche casi acaba con ella. Si no llego a aparecer la cosa habría terminado mal».

Una planta más arriba Martina había conseguido ropa blanca de auxiliar y se paseaba tan tranquila entrando en las habitaciones del hospital.

«Me encanta como huele la sangre», pensaba, «estoy a punto de comenzar a babear. Voy a bajar a comer una hamburguesa para matar el tiempo. Al fin y al cabo, Alex está vigilando a la chica y no voy a poder hacer nada».

Llegó al bar en el que se reunían los MIR y pidió una Coca-Cola muy fría y una hamburguesa poco hecha.

Los pocos clientes que se hallaban en el local a esa hora se giraron a mirarla.

La joven estaba hincando el diente a la carne prácticamente cruda con un gesto sensual, y llamaba la atención con ese rostro extraño y hermoso, el cuerpo flexible y sus andares felinos, aunque cuando los miraba con esos ojos grises fríos y crueles, la mayoría retiraba la mirada.

—¿Estás sola, guapa? —preguntó un hombre joven que se acercó con una gran sonrisa.

—¿Acaso no lo ves? —respondió sin mirarlo.

—Se ve que eres enfermera. Esa bata te queda como un guante.

—Estoy sola y quiero seguir sola.

—Te aseguro que soy muy buena compañía —insistió testarudo.

Félix, el camarero, se acercó por si era necesario intervenir y la clientela del bar se giró curiosa para ver lo que sucedía.

Martina estaba calentándose, deseando que el imbécil que la molestaba siguiese incordiando. Con tranquilidad le contestó.

—Y yo te aseguro que como me digas una cosa más te vas a acordar de mí durante una buena temporada. Lárgate a tu mesa y déjame en paz.

—No lo dices en serio —sonrió el patán extendiendo una mano y agarrando suavemente un mechón de pelo de la chica.

¡Zas! Martina se giró a una velocidad extraordinaria y golpeó el rostro del hombre rompiéndole la nariz y haciéndole caer al suelo.

—Te lo avisé —dijo mirándole con un gesto de placer en el rostro.

El hombre se palpó la nariz y su mano se manchó de sangre.

—¡Eres una zorra, mira lo que me has hecho! —lloriqueó enfadado.

—Levántate y deja de llorar como un niño. Si eres un hombre para piropear a una mujer, también lo eres para aceptar un no y respetarla. La próxima vez te lo pensarás dos veces. Y ahora, si quieres, puedes acercarte al hospital para que te curen la nariz y les explicas cómo te la has partido.

Y pasando olímpicamente del patán, siguió comiendo su hamburguesa.

El camarero y la gente del bar estaban estupefactos, aunque ninguno se acercó a ayudar al hombre que se estaba levantando y salía a la calle con la cara llena de sangre.

En el exterior, un joven no había perdido de vista lo sucedido y se ocultó en un portal cuando, minutos más tarde, la mujer abandonaba el bar.

Martina alzó la cabeza y olfateó el aire, mirando alrededor en busca de algo o de alguien.

—Esto se va a llenar de gente de la peor calaña —se dijo al percibir el extraño aroma que se mezclaba en el aire con otros muchos. He de volver al hospital si no quiero perderme la fiesta.

Alex se encontraba cerca de la habitación de Sofía y también detectó el aroma que desprendía uno de los seres que más odiaba en el mundo. Las aletas de la nariz se movieron con rapidez tratando de averiguar de dónde provenía ese desagradable olor.

«¡Maldita sea! Como siga llegando gente se puede organizar una masacre y muchos inocentes se verán involucrados. Esperemos que tan solo estén vigilando».

Cuando llegó la noche, los misteriosos individuos abandonaron el hospital, aunque permanecieron en el exterior atentos a cualquier cambio.

Sofía tenía pesadillas recurrentes con los lobos y la psiquiatra del hospital le recetó un somnífero, pero estaba tan asustada que le estaba costando conciliar el sueño.

Esa mañana, el doctor Avellaneda se había acercado a visitarla junto con sus compañeros y al encontrarla despierta y más serena, la había interrogado acerca de lo sucedido.

Todos la miraron asombrados al escuchar su historia, pues estaban convencidos de que había sido un ataque de un perro.

Avisaron a las autoridades para que acordonasen la zona e impidiesen el paso a los transeúntes y deportistas hasta que solucionasen el problema.

Por fin el sedante empezó a funcionar y Sofía cerró los ojos, no sin antes lanzar una mirada a su madre que se había empeñado en pasar la noche nuevamente con ella y que estaba profundamente dormida en el incómodo sillón.

Las pesadillas la atosigaron toda la noche y estuvo en un constante duermevela que no le permitió descansar hasta que amaneció.

Se acercaron las enfermeras en los diferentes turnos comprobando sus constantes que parecían estar perfectas y a las ocho entró una auxiliar cargando una bandeja con el desayuno.

—¡Qué hambre tengo! —le dijo a su madre cuando acercó la bandeja y vio el café, las tostadas de pan, la mantequilla y la mermelada. Comió todo con deleite, saboreando cada bocado. La mujer sonrió al darse cuenta de que su hija por fin comenzaba a reaccionar positivamente.

—Sofía, voy a salir a la cafetería a tomar algo, papá llegará dentro de poco.

—Mamá, vete a casa y date una ducha, desayuna allí tranquilamente y descansa. Las noches en el hospital son muy pesadas tanto para el paciente como para los acompañantes.

—No quiero dejarte sola.

—No voy a estar sola —rebatió ella—, el hospital está lleno de médicos y enfermeras, entre ellos mis compañeros.

Cualquier cosa que necesite puedo pedirla sin problemas.

Además, estoy deseando dormir un rato ya que no he descansado demasiado.

Cuando te vayas baja un poco la persiana para ver si me duermo.

Carmela accedió a lo que le pidió su hija y al salir dejó la puerta entornada.

La joven cerró los ojos y sintió como el sueño la iba envolviendo cuando un ruido la despertó.

Abrió los ojos y se encontró ante un hombre que la estaba enfocando con un móvil.

Al percatarse de que la chica se había despertado le preguntó.

—Sofía, soy periodista, cuéntame cómo fue el ataque de los lobos. Dicen que eran dos y muy grandes, ¿puedes explicarme qué sucedió realmente?

Una sombra entró en la habitación, agarró al intruso de la camisa y lo arrastró a la salida de la habitación.

—Largo de aquí si no quieres que te de una paliza —ordenó empujándole al pasillo y cerrando la puerta.

—Eres tú —afirmó Sofía.

—¿Soy yo? —interrogó él con gesto divertido.

—El que me salvó en el bosque y me trajo al hospital. ¿Por qué no te quedaste?

—Tenía prisa —respondió quitándole importancia al asunto con un gesto de la mano.

—Quiero agradecerte lo que has hecho por mí. El doctor Avellaneda me explicó que estoy viva gracias a ti. Parece ser que perdí mucha sangre y tu presteza me salvó la vida.

—Me alegra escuchar eso, aunque estoy convencido de que cualquiera que hubiese estado allí habría hecho lo mismo.

—Puede, pero fuiste tú. Además, acabas de quitarme de encima a ese periodista y te aseguro que no tenía ni pizca de ganas de hablar con él. Por cierto, ¿qué haces aquí?

—He venido a ver cómo te encontrabas—afirmó mientras recorría su cuerpo con la mirada. —Al fin y al cabo, estás aquí gracias a mí.

Ella se estremeció al sentirse observada de esa manera, y cuando el joven terminó el escrutinio y posó sus ojos sobre los de ella, inconscientemente agarró las sábanas y las subió hasta el cuello. Esos ojos tan negros como la noche tenían el efecto de sonrojarla cuando la miraban de esa manera.

—¿Cómo está tu brazo? —se interesó con preocupación. —Esa maldita loba no quería soltarte.

—¿Viste el ataque? —se sorprendió.

—Solo el final, lo justo como para ver cómo salía corriendo después de que el otro lobo le diese su merecido—respondió ufano.

—¿Y pudiste ver que era una loba? —dudó ella.

—Obviamente.

—Entonces viste que eran dos lobos y que se enfrentaron entre ellos —afirmó.

—Ajá.

—En el hospital no me creen, dicen que por qué motivo iban a luchar entre sí.

—Quizás sean lobos solitarios o no pertenezcan a la misma manada.

—Puede, aunque si te soy sincera me da igual, tan solo sé que estoy viva gracias al lobo negro. Estoy convencida de que si no hubiera aparecido… —se estremeció pensando en lo que podría haber sucedido.

En ese momento la puerta se abrió y entró Malcom con un café en la mano. Se paró en seco al ver al visitante y dirigió la mirada hacia su hija.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Si, papá. Este es…—giró la cabeza hacia el joven y le preguntó—: Todavía no se tu nombre.

—Alex.

—Alex es el chico que me trajo al hospital el día del ataque. Ha venido a ver cómo me encuentro.

Malcom dejó el café sobre la mesita del hospital y se acercó al joven con el brazo extendido.

—¡Muchas gracias! —exclamó estrechando su mano. —Los médicos dicen que salvaste su vida al traerla aquí. Te estaremos eternamente agradecidos.

—No ha sido nada —respondió azorado el chico. —Ahora me voy, tengo cosas que hacer. Sofía, me alegro mucho de que te encuentres mejor. —Y dando la vuelta salió de la habitación.

Malcom se quedó pensativo mirando al muchacho que acababa de salir. Algo en él le hizo recelar y preocuparse.

Poco después entraba el doctor Avellaneda acompañado de Cristian, Carlos y Alfonso.

—Vamos a ver cómo se encuentra hoy esta señorita. ¿Has podido dormir?

—No mucho, tengo pesadillas.

—No te preocupes, es lógico después de lo que has vivido y con el tiempo desaparecerán. No obstante, te recomiendo que acudas a la consulta de la psicóloga varias sesiones y que estas noches tomes el tratamiento que te ha recetado. ¿Cómo va tu brazo?

—No me duele demasiado y puedo mover los dedos. Es buena señal, ¿verdad?

El hombre asintió con la cabeza y retiró la gasa que cubría la herida, mirando sorprendido la zona de la operación.

—Esto está estupendo —afirmó mientras examinaba el brazo. —Está curando muy rápido. —Sus compañeros se acercaron tras el gesto que les hizo su mentor y evaluaron los resultados.

—Realmente está mucho mejor —afirmó Alfonso suspirando satisfecho. —Tenías que haber visto cómo estaba.

Ella miró el brazo y se sorprendió al verlo, ya que como estaba cubierto no había tenido ocasión anteriormente.

—Creo que sois unos exagerados, pensé que tendría el brazo prácticamente desgarrado. Teníais que haber visto como tiraba la loba.

—No hemos exagerado en absoluto —se disgustó Alfonso, al mismo tiempo que los demás le daban la razón. — El doctor ha llevado a cabo una operación impresionante y te aseguro que tenías el brazo destrozado.

—No he querido ofenderos —se disculpó la chica—, pero esperaba encontrarme otra cosa y no esto. —Indicó el brazo.

—Comprendo lo que dices —asintió el doctor—, pues yo he sido el primer sorprendido, pero te aseguro que Alfonso no exagera. Hubo un momento en el que temí por tu brazo. Pero bueno, viendo cómo estás evolucionando —cambió de tema el hombre —pronto podrás ir a casa.

Malcom, que había permanecido en silencio todo el rato, alzó emocionado la cabeza.

—Es una noticia estupenda. Ya verás como en cuanto estés en tu habitación vas a encontrarte mejor.