CAPÍTULO 5
La joven se quedó dormida y un extraño sueño se apoderó de ella.
Dos enormes lobos, uno negro y otro de pelaje castaño, combatían ferozmente lanzándose dentelladas y esquivándose hasta que el de color negro mordió el lomo del otro, que salió huyendo entre la espesura.
El vencedor se acercó a ella y la miró de tal manera que se estremeció, pues a pesar de ser un animal, sus ojos parecían humanos y brillaban con preocupación.
Lo miró asustada pensando que había llegado su fin, pero el animal desapareció en la espesura del bosque.
Poco después apareció un joven vestido tan solo con unos vaqueros.
Era alto, fuerte y enormemente atractivo.
Se preguntó de dónde había salido y por qué vestía así, mejor dicho, por qué apenas llevaba ropa.
Se acercó a ella y le lanzó una sonrisa.
—Todavía no te ha llegado la hora. No te preocupes, te llevaré a un hospital.
La alzó en brazos y caminó hacia la ciudad buscando las sombras para no ser visto. Cuando llegó a su destino, apretó el timbre de urgencias y la depositó con cuidado en el suelo.
—Volveremos a vernos —le dijo antes de salir corriendo en la oscuridad de la noche.
Se despertó desorientada mirando alrededor desde la cama del hospital.
Su madre dormía en el butacón con la cabeza inclinada.
Permaneció en silencio sin despertarla meditando en lo que había sucedido en el sueño.
Porque… había sido un sueño, ¿verdad? Negó con la cabeza y suspiró tratando de recordar lo que había sucedido la noche anterior.
Los enormes lobos, el mordisco, la lucha, el joven que la llevó al hospital.
Le parecía tan real como lo que la rodeaba.
Una extraña sensación comenzó a recorrer su cuerpo y nuevamente sintió una corriente eléctrica que llegaba hasta las yemas de sus dedos, pero esta vez fue mucho más intensa que las anteriores y vio una especie de luz que salía de sus manos.
Empezó a hiperventilar asustada y lanzó un grito de terror.
Carmela abrió los ojos y se levantó con agilidad hasta llegar junto a ella. La sujetó la mano y algo la empujó lanzándola hasta el butacón donde quedó sentada de mala manera.
—¡Mamá! —chilló Sofía, saltando de la cama mientras la vía que estaba sujeta a su mano con un esparadrapo saltaba por los aires y el gotero caía al suelo.
Dos enfermeras acudieron presurosas al escuchar los gritos y miraron atónitas el desastre de la habitación.
—No digas nada —susurró Carmela a su hija. Y en voz alta explicó mientras se ponía en pie—: Disculpen las molestias, Sofía acaba de tener una pesadilla y se ha despertado sobresaltada.
—No se preocupe —respondió una de las enfermeras con amabilidad. —Después del ataque del perro es lógico lo que ha pasado, no quiero pensar cómo estaría yo, con el pánico que me dan. Vamos a preparar la cama —explicó al ver que las sábanas se habían manchado de sangre—, y después te cojo otra vía.
—Gracias—musitó Sofía avergonzada por el espectáculo que había montado y asustada por lo sucedido.
Cuando por fin se quedaron solas, miró a Carmela y comenzó a temblar de manera descontrolada.
—No sé lo que me pasa, mamá, pero tengo mucho miedo. ¿Qué es lo que me sucede? ¿Te he hecho daño?
—Claro que no, cariño —respondió la mujer con dulzura sujetando la mano de su hija. Pero Sofía se soltó y la ocultó tras la espalda.
—No me toques, no quiero que vuelva a pasar.
—No debes preocuparte, ha sido una reacción de tu cuerpo después del estrés que has vivido.
—No mamá, ha sido algo diferente. No me preguntes qué, pero no es la primera vez que me pasa, aunque esta vez ha sido más intensa y diferente.
—¿Diferente en qué sentido? —se interesó Carmela.
—Mis dedos… Es como si una especie de energía recorriera mi cuerpo, se desplazase hasta mis dedos y saliera despedida con un gran impulso en forma de una extraña luz.
—Ya —respondió con un gesto de duda la mujer.
—¡No me crees! —exclamó Sofía. —Es una locura, lo sé, pero es la verdad. No es un sueño ni estoy loca —murmuró cubriendo su cara con las manos.
—Por supuesto que te creo. ¿Acaso no he salido despedida hasta el sofá? Pero es algo que no debemos comentar, tienes que guardar el secreto. Lo sabremos papá, tú y yo. ¿De acuerdo?
Sofía apartó las manos del rostro y suspiró aliviada al ver que su madre aceptaba lo ocurrido.
—No hablaré de ello con nadie. Será lo mejor —asintió sin saber que, por los pasillos del hospital, cerca de donde ella estaba, paseaban dos personas ajenas entre sí, buscándola por diferentes motivos.