Tres almas y una profecía CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

—Da igual que haya una explicación o no, lo importante es que Hugo está bien, eso es para lo que he rezado durante todo este tiempo —interrumpió la madre—. Se han olvidado de otra explicación: la Fe. En la biblia se dice que la Fe mueve montañas, ¿por qué no habría de curar a nuestro pequeño?

—Mamá, te dije que había sido un ángel, ella me curó —afirmó vehemente el niño señalando a la joven MIR.

—¡No digas eso! —exclamó Sofía retrocediendo asustada. —Solo soy una médico.

—No te preocupes —replicó la madre mirando a la doctora. —Tanto si has sido tú como si ha sido un milagro, no diremos nada. Nuestro hijo está bien, no pido nada más. Gracias por todo.

—Les agradecemos su silencio respecto a lo que dice su hijo, puesto que pueden destrozar la reputación del hospital y sobre todo la de esta joven que acaba de comenzar su carrera. Ya sabe que los niños tienen mucha imaginación.

—Es lo último que deseamos, seríamos unos desagradecidos en el supuesto de que ella haya hecho algo por nuestro hijo —respondió la madre con rotundidad.

Terminó la jornada laboral y tras recibir la orden del doctor de guardar silencio sobre la extraordinaria curación del niño, los MIR fueron a los vestuarios para cambiarse.

—Tenemos que celebrarlo —propuso Carlos una vez fuera—, a partir de ahora, para mí existen los milagros. Os aseguro que jamás pensé que diría estas palabras. Invito a la primera ronda.

Poco después se encontraban en el bar y Félix les servía unas cervezas frías que ayudaban a combatir el tremendo calor que hacía en la calle.

Se fueron animando y cada uno invitó a una ronda mientras hablaban del terrible caso que terminó de una manera maravillosa. Carlos era el que más aguante tenía, pero Cristian y Sofía ya habían superado la barrera de lo que sus cuerpos soportaban.

—No puedo beber ni una sola gota más —declaró Cristian. —Lamento tener que dejaros, pero me retiro.

—Yo también me voy, necesito comer algo y descansar —añadió la joven.

—Te acompaño —replicó Alfonso pagando la ronda que le tocaba. —Hasta otra, Félix —se despidió.

Salieron a la calle y nuevamente el aire caliente los golpeó como si tuviera vida propia.

—Esto es horroroso —manifestó Sofía mirando un termómetro que colgaba del cartel de una farmacia—, ¡treinta y nueve grados! Vamos rápido —instó a Alfonso—, o no llegaré viva.

Cuando se quedaron solos caminaron juntos hacia sus casas. Alfonso miraba de reojo a su amiga y dudaba si sacar el tema, pero al final se animó.

—Sofía, ¿te encuentras bien? He visto como salías corriendo al baño y sospecho que has estado vomitando.

Ella le miró con gesto cansado y asintió con la cabeza.

—No sé qué me está pasando, Alfonso, pero estoy preocupada.

—¿Qué es lo que ronda por esa cabecita? —se interesó el chico mirándola con interés.

—Es el caso de Hugo, me está afectando demasiado.

Cuando el primer día palpé su tumor sentí pánico, es tan solo un niño, no es justo que pase por algo tan horrible.

Al llegar a casa les dije a mis padres que quizás la medicina no estaba hecha para mí, que no tenía el suficiente valor para enfrentarme a pacientes que no se van a curar.

Luego pasó lo del autocar y salvamos a una niña y me sentí feliz, pero tengo tantas dudas que me planteo dejarlo todo.

—Ni se te ocurra pensar algo así, eres la persona con más vocación que he visto en mi vida.

Vas a ser la mejor de nosotros, siempre lo he sabido, desde pequeño.

Tienes un corazón enorme y unos conocimientos extraordinarios.

No puedes dejarlo así como si nada. ¿Sabes cuántas vidas se perderían si renunciases? ¡Te lo prohíbo! —exclamó con pasión.

Ella rompió a reír descontrolada. El efecto del alcohol, la angustia, el calor, el cansancio… Su cuerpo estalló en forma de risa, descargando toda la tensión que había acumulado.

Cuando llegaron a su casa todavía seguía riendo, pero ahora era una risa genuina que tranquilizó a su amigo.

—Mañana nos vemos en el hospital —afirmó Alfonso.

—De acuerdo —cedió ella.

—¿Qué tal te ha ido el día? —preguntó Malcom cuando su hija entró en casa tratando de hacer que su voz sonara firme.

—Ha sido muy especial. Mamá, ¿recuerdas que te hablé de un niño que estaba muy enfermo?

—Sí, ¿Qué tal se encuentra?

—Sorprendentemente bien, muy bien diría yo. Hemos certificado que el tumor ha remitido totalmente —dejó caer las palabras esperando la reacción de sus progenitores.

—¿Cómo es posible? —se sorprendió Carmela sin poder evitar que un gesto de preocupación marcase su rostro.

—Eso nos gustaría saber a nosotros, estamos todos desconcertados.

Durante un rato, Sofía estuvo explicando el desarrollo de la enfermedad de Hugo y su sorpresa cuando observaron los resultados de las pruebas y las opiniones de sus compañeros.

Más tarde la joven se ponía la ropa de deporte y los auriculares y se despedía de sus padres. Había anochecido y necesitaba descargar adrenalina. Desde que comenzó a trabajar en el hospital había abandonado su rutina de correr y el cuerpo le estaba pasando factura.

Bajó las escaleras andando, abrió la puerta del portal y comprobó que la temperatura había bajado ligeramente al llegar la noche. Hizo unos estiramientos, se puso los cascos y comenzó a correr.

Atravesó varias calles sin apenas detenerse, pues casi no había tráfico y se dirigió al cinturón verde que rodeaba la ciudad. Desde muy joven había disfrutado de ese pulmón enorme que tanta paz le daba, y ahora lo necesitaba más que nunca.

Entró en la arboleda y una sonrisa de satisfacción pintó su rostro. Aceleró y corrió a una velocidad constante controlando la respiración mientras escuchaba la radio. Comenzaron las noticias locales y un locutor con voz agradable explicó las novedades del suceso del autobús.

—La policía científica ha terminado de analizar todas las pruebas y sorprendentemente la investigación ha dado un giro inesperado.

Entre los objetos encontrados en la zona del accidente ha aparecido una bala y un segundo proyectil ha sido encontrado entre los restos de la rueda reventada.

Ante estas novedades, han acudido al lugar del siniestro para buscar los casquillos, pero por desgracia sus esfuerzos no han conseguido resultados.

Sofía se detuvo en seco mientras murmuraba

—No puede ser, no puede ser… no es posible… ¿Quién puede ser tan cruel como para realizar esa infamia?

Sentía que el corazón iba a estallar. Era duro saber que la gente moría, pero lo era más que alguien lo provocase. No podía apartar de sus pensamientos la idea de que Luna, tan frágil y pequeña, podría haber perdido la vida por un loco sin escrúpulos.

Trató de seguir el hilo de lo que comentaba el locutor.

—Las autoridades están estudiando los hechos para determinar si ha sido un atentado, aunque por el momento, según fuentes oficiales, nadie ha reivindicado su autoría.

Cambiando de tema —continuó el hombre—, en los alrededores del valle se han dado varios ataques de lobos a los rebaños que se crían en las granjas cercanas.

Los ganaderos piden a las autoridades que permitan la caza del animal, puesto que al ser una especie protegida hay una superpoblación y han bajado al valle provocando muertes al ganado y asustando a la gente, que teme salir al bosque por temor a sufrir un ataque.

—¡Lobos! —se sorprendió la joven— Nunca habían bajado al valle. Espero que no atraviesen el cinturón y lleguen hasta la ciudad. —Escuchó un ruido y un escalofrío recorrió su espalda y se giró. Un par de ojos luminosos la observaban entre los árboles.

Asustada comenzó a retroceder sin darles la espalda

«¡Un lobo! ¿Qué hago? ¿Salgo corriendo?», se preguntó.

Dio otro paso para atrás y algo crujió. Bajó la mirada y vio una rama larga y gruesa. Sin dejar de mirar al animal, se agachó y la cogió. Siguió retrocediendo, aumentando la distancia con él.

Gruesas gotas de sudor bajaban por su frente mientras decidía qué hacer. Entonces el lobo se giró y desapareció en la oscuridad. Suspiró aliviada y siguió su camino con cautela sin dejar de mirar hacia la espesura.

Ya casi estaba saliendo a la ciudad cuando unos gruñidos la dejaron petrificada.

El lobo la había seguido y se encontraba tras ella.

Lentamente se volvió hacia el lugar de donde provenían los sonidos y cuando divisó al animal pensó que jamás había visto uno tan grande y de aspecto tan salvaje.

Su pelaje era castaño y sus ojos de un extraño color grisáceo y creyó apreciar en él una mirada inteligente.

Recordó que tenía la rama en las manos y pensó que no moriría sin defenderse. Alzó el brazo y le gritó.

—¡Lárgate de aquí! Si te acercas te golpearé.

Pero el lobo aceptó el reto y acortó la distancia con las fauces abiertas.

Dio un impulso y saltó sobre ella mordiendo su brazo, la hizo tropezar y caer al suelo.

Comenzó a golpearlo con el brazo libre, que era el que sujetaba la rama.

A pesar de todo, el animal no soltaba a su presa, que perdía sangre en abundancia y poco a poco fue desvaneciéndose.

De la espesura salió otro animal, un enorme lobo con el pelaje negro como la noche y de un tamaño descomunal y la joven supo que su vida había terminado. Lo vio avanzar a gran velocidad hacia ella y cerró los ojos.

Sin embargo, volvió a abrirlos cuando unos gemidos sonaron en el aire y sintió como el primer lobo soltaba su brazo y se enfrentaba al recién llegado, que sin pensarlo dos veces se había abalanzado contra él.

Incrédula trató de incorporarse para huir, mas las fuerzas le fallaron y permaneció en el suelo viendo el combate entre los dos animales.

Si no fuese por el hecho de que ella era el trofeo, habría disfrutado de la lucha.

Los dos animales poseían un físico y una fuerza espectacular y ver como arremetía uno al otro y como se esquivaban la atraía de una manera hipnótica.

A medida que perdía sangre, se le fueron cerrando los ojos hasta que no pudo volver a abrirlos.

Estaba muy cansada y quería despertar, pero no tenía fuerzas. Había tenido una horrible pesadilla. Había salido a correr y unos lobos le salieron al paso. Se agitó inquieta y escuchó la voz de su madre.

—Está despertando, llama a la enfermera—pidió a una persona a la que no podía ver.

Intentó hablar, pero tenía la boca seca y le dolía la garganta.

—¡Ma... má! —consiguió decir.

—Sofía, no pasa nada, todo está bien—trató de tranquilizarla Carmela acercándose y sujetando su mano.

—¿Qué…ha pasado?

—No hables cariño, acabas de salir del quirófano y te estás recuperando de la anestesia.

La joven intentó nuevamente abrir los ojos y esta vez apreció la figura borrosa de su madre. Enfocó la vista y vio su cara de preocupación.

Escuchó voces en el pasillo y apareció su padre acompañado del doctor Avellaneda y de sus compañeros MIR.

No comprendía lo que sucedía. Todos se acercaron a la cama rodeándola y el doctor la miró con una sonrisa tranquilizadora.

—Bienvenida Sofía, nos has dado un buen susto. Cuando te encuentres bien tienes que explicarnos lo que te ha pasado. Te dejó alguien en la puerta de urgencias del hospital sin dar ningún tipo de explicación, y las enfermeras y los celadores salieron corriendo cuando escucharon el timbre.

Has llegado con lo que parece un mordisco de perro, eso sí, un perro enorme.

Me imagino que el que te trajo era el dueño y no ha querido dar explicaciones.

También tengo que añadir que, si no te hubiese traído, no lo habrías contado, has perdido mucha sangre y era cuestión de poco tiempo que te hubieses desangrado.

Sofía gimió dolorida y cerró los ojos, incapaz de decir nada, solo quería dormir.

—No se preocupen, es lógico que reaccione de esta manera —comentó a los padres de la chica. —El ataque del animal ha debido de ser traumático, acompañado de la pérdida de sangre y de la operación… Dejémosla descansar y más tarde hablaremos con ella.

—¿Se recuperará? Quiero decir… ¿perderá movilidad en el brazo?… ¿Podrá seguir ejerciendo la medicina? —se interesó Malcom.

—Vayamos paso a paso —respondió el hombre con amabilidad. —La operación ha sido un éxito y si realiza una buena rehabilitación, espero que se recupere completamente, pero no les voy a engañar, será lento y doloroso.

—Gracias por su sinceridad —respondió Malcom. —Estoy seguro de que todo saldrá bien. Nuestra hija tiene mucho tesón y es una luchadora.

—Pediré a psiquiatría que envíe a alguien. Un ataque como el que ha sufrido puede dejar traumas importantes.

—Gracias de nuevo, doctor.

—¿Puedo hacer algo por vosotros? —preguntó Alfonso al matrimonio cuando el hombre abandonó la habitación.

El chico miraba preocupado a su amiga y tenía mala cara.

A pesar del consejo del doctor Avellaneda de que no entrase en el quirófano por ser casi familia, Alfonso insistió en participar en la operación sosteniendo que si se quedaba esperando se volvería loco.

—Ya has hecho bastante. Te estamos muy agradecidos.

—Estaré pendiente de ella. Todavía me quedan horas de trabajo hasta que termine mi turno.