Tres almas y una profecía CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Alex caminaba por la ciudad buscando algún rastro que le indicase dónde podía encontrarse la persona a la que buscaba, pero habían pasado varios días desde su llegada y tan sólo percibió la presencia de Martina.

Le sorprendió verla tan pronto ya que pensaba que contaba con ventaja, por lo que tenía que encontrar al elegido antes que los demás.

Estaba claro que, si Martina estaba aquí, el resto llegaría también.

Ahora luchaba contra el tiempo y cada vez le preocupaba más que no hubiese despertado.

«Si no ha despertado será casi imposible dar con él», se dijo.

«Ayer cuando vi el accidente del autobús pensé que el impacto de la noticia podría acelerar el proceso, pero sigo a ciegas.

¿Me habré equivocado de lugar?», dudó. «Imposible, sé que está aquí, mi instinto nunca me falla.

Además, también está Martina que, mal que me pese reconocerlo, es una fantástica rastreadora».

Mientras tanto, en el hospital, el doctor Avellaneda pasaba consulta con los MIR. En esos momentos entraron en la habitación de Hugo, el niño del tumor.

—Buenos días, Hugo —saludó el doctor sonriendo. —¿Cómo te encuentras hoy? —preguntó observando que tenía mejor cara.

—Bien —respondió el pequeño mirando fijamente a Sofía.

—Me alegra escuchar eso, voy a ver cómo va todo por ahí dentro —señaló el abdomen del pequeño.

Levantó la camisa del pijama, que hoy tenía dibujitos de pájaros, y palpó con delicadeza la zona donde estaba el tumor. Frunció el ceño y recorrió con las manos la zona nuevamente, luego miró perplejo a los MIR y preguntó:

— ¿Quién quiere probar hoy?

Carlos alzó la mano y se acercó a Hugo. Exploró lentamente pero no encontró nada.

Miró al doctor, pero no se atrevió a comentarlo.

¿Qué clase de médico iba a ser si no era capaz de encontrar un tumor como una pelota de golf?

Se echó para atrás e hizo un gesto a Sofía, que estaba junto a él, para que ella realizase el reconocimiento.

La chica se acercó temerosa, pues recordaba lo que sintió la última vez, pero inspirando hondo miró al niño y comenzó la exploración.

¡Nada! ¡No había nada! Se alejó un paso y miró a los ojos del niño.

—Doctor, no encuentro nada —murmuró sorprendida.

—Efectivamente no hay nada, yo tampoco lo he encontrado. Carlos, ¿tienes algo que decir?

—Yo tampoco lo he encontrado —suspiró el chico pensando que realmente no era un desastre de médico.

—Os dije que era un ángel —dijo el niño rompiendo el silencio mientras seguía mirando a Sofía con adoración. —Ella me ha curado.

—Hugo, no digas tonterías —respondió la chica con voz trémula. —Todo se lo debes al doctor y a la medicina, que después de un tiempo ha dado resultado.

—Sé lo que estoy diciendo —insistió cabezota como cualquier niño que cree tener la razón—. Cuando me tocaste el bulto noté algo raro y ahora me encuentro bien.

—Lo importante es que parece que estás un poco mejor —afirmó el doctor acariciando su pelo y abandonando la habitación.

Al ver salir al grupo, los padres, que esperaban nerviosos, se acercaron para informarse de los resultados de la visita.

—Buenos días —saludó el doctor—. Hemos realizado la exploración a su hijo, pero quiero pedir unas pruebas para contrastar datos y poder dar un diagnóstico correcto.

—Hugo dice que el otro día vino un ángel y que se encuentra mejor —afirmó la madre con voz temblorosa mirando a Sofía. —Sé que no es cierto, pero realmente tiene mejor aspecto.

—Efectivamente tiene mejor color. Esperemos a realizar las pruebas y volvemos a hablar.

—Vamos a pedir varias pruebas para comprobar de una manera científica lo que acabamos de ver —informó Luis a sus residentes cuando se alejaron de Hugo. — No podemos dar por cierto nada hasta que tengamos los resultados.

El hombre caminó hacia la isla en la que se refugiaban las enfermeras y, con voz firme, pidió varias pruebas con carácter urgente.

—Me temo que tendrá que esperar, doctor. Hay varios pacientes en cola.

—Le voy a pedir que dé prioridad a las mías. Sabe que nunca hago esto, pero hoy va a cumplir usted con lo que le pido. Realmente es de vital importancia.

—Ahora reorganizo la agenda y atendemos a su paciente —respondió la mujer sorprendida, pues ciertamente el doctor Avellaneda no solía abusar de su poder salvo en casos muy específicos.

—En cuanto tengan los resultados, avíseme, por favor.

—Así lo haré.

El hombre avanzó pensativo por el pasillo seguido de los residentes que permanecían en silencio buscando una explicación a lo que acababan de ver.

—No vamos a anticiparnos a los resultados, pero es cierto que lo que hemos visto hoy… En fin, como os digo, vamos a aguardar a que lleguen los informes. Mientras tanto tenemos otros pacientes que están esperando nuestra visita.

Hicieron la ronda obligándose a estar alerta para no cometer errores, pero todos tenían la cabeza en otro sitio.

«¿Qué me está pasando?», se preguntaba Sofía al sentir nuevamente como una extraña electricidad recorría su cuerpo y llegaba a las yemas de los dedos. «Es casualidad, lo que ha sucedido es imposible». De pronto sintió ganas de vomitar y llevándose la mano a la boca, salió corriendo hacia los baños.

Alfonso, que la estaba observando, se quedó preocupado junto a la cama del paciente al que estaban pasando visita.

—Doctor —llamó la enfermera acercándose con una carpeta en las manos—Aquí tiene los resultados. Les he metido prisa para que pudiese verlos antes de terminar la jornada.

—Muchas gracias. Me ha hecho un gran favor.

Cogió los informes y con un gesto pidió a los chicos que lo siguieran.

Llegó a su despacho, se sentó en la silla y los desplegó sobre la mesa según los iba leyendo.

De vez en cuando emitía algún sonido o movía la cabeza, pero su cara de sorpresa lo decía todo.

Cuando terminó, animó a los MIR a leerlos para que manifestasen una opinión.

Durante unos minutos reinó el silencio en la pequeña habitación, roto tan solo por exclamaciones de sorpresa. Cuando todos terminaron de leerlos el doctor les hizo una pregunta y los miró fijamente de uno en uno.

—¿Qué opináis de todo esto?

—Solo puedo decir que es inexplicable —respondió Carlos con sinceridad—.

Aunque nosotros acabamos de incorporarnos, usted ha visitado a este paciente durante mucho tiempo y contrastado pruebas una y otra vez.

Remitiéndonos a los hechos todos coincidíamos con usted en que a Hugo le quedaba poco tiempo de vida.

—Estoy de acuerdo con Carlos —aseveró el doctor—, lo cual me lleva a hacer una pregunta: ¿qué ha sucedido?

Los cinco permanecieron en silencio sin atreverse a hablar hasta que tímidamente Cristian susurró temeroso:

—Un milagro.

—Aquí no existen los milagros —afirmó rotundo el hombre—, aquí trabajamos con la ciencia. ¿Alguien sugiere algo que no sea un milagro?

—¿El diagnóstico era erróneo? —medio preguntó, medio afirmó Alfonso.

—Todos hemos visto los resultados a lo largo del tiempo y no es posible que todo lo que he hecho esté mal. Sería una explicación terrible que fuera así. ¿Y tú? —interrogó el médico mirando a Sofía.

—Solo puedo recurrir al poder de la mente.

No estoy muy puesta en el tema, pero sé que hay un grupo de médicos por todo el mundo que afirma que la mente puede conseguir sanar al cuerpo.

Jamás he dado pábulo a dichas ideas, aunque sí estoy de acuerdo en que la actitud del paciente puede ayudar, pero en este caso, no queda otra opción.

El ambiente en el despacho era una mezcla de intriga, miedo, esperanza… Un tumor maligno tan grande que desaparece de un día para otro.

—Está bien chicos. Vamos a dar la buena noticia a Hugo y a sus padres. Ojalá pudiéramos hacer esto más a menudo.

Entraron en la habitación del niño. Su madre estaba sentada junto a él leyéndole un cuento. Al verlos llegar se puso en pie de un salto.

—¿Ya saben algo? Mi marido vendrá ahora, ha bajado a por un café. Aquí el día se hace muy largo.

Los miró sin atreverse a decir nada más. Simplemente se limitó a abrazar a su hijo y esperar a su marido. El hombre apareció con dos cafés y se quedó en la puerta al ver al doctor con los MIR.

«Por favor», pensó, «que no sean malas noticias».

—Pase —rogó el doctor Avellaneda—. Hoy tenemos buenas noticias para ustedes.

Ambos lo miraron esperanzados sin atreverse a interrumpirle.

—Como saben, hemos realizado nuevamente todas las pruebas a Hugo y acaban de llegar los resultados. Los hemos comprobado varias veces y no hay duda alguna. El tumor de su hijo ha remitido totalmente. No encontramos rastro de él por ningún lado.

—¡Es una noticia maravillosa! —se alegró la madre. —¿Nos está diciendo que nuestro hijo ya no está enfermo?

—En efecto, después de la exploración manual y de las pertinentes pruebas puedo afirmar que Hugo es un niño sano.

—Pero no entiendo nada —se sorprendió el padre que todavía sujetaba un café en cada mano—, hace dos días nos dijo que no había solución. ¿Cómo es posible esto?

—Sólo puedo decirle que hemos revisado todo lo que hemos hecho a su hijo durante el tiempo que ha permanecido con nosotros y que no hay ni un solo error. Quizás la explicación sea la que aporta mi compañera —señaló a Sofía con un dedo.

La aludida dio un respingo y miró al doctor.

—Adelante, cuéntales tu idea.

—Sé que no es nada científico y no hay nada que lo demuestre, pero algunos doctores piensan que, combinando el tratamiento médico con el poder de la mente, pueden curarse o detener enfermedades.

Jamás he creído en ello, pero la curación de su hijo hace que de alguna manera sea más receptiva a esta explicación.

—¿De un día para otro? ¿Realmente está escuchando lo que dice? —se sulfuró el padre.

—No se nos ocurre otra cosa —respondió el doctor apoyando la teoría de la joven.