Tres almas y una profecía CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—La mujer que está inconsciente es la madre de la niña.

La pequeña está asustada y hay que quitarle la varilla que le atraviesa el pecho.

La he auscultado y no parece que le haya perforado el pulmón, también lo he descartado mediante una radiografía, pero estoy esperando el resultado del tac antes de intervenir.

Me imagino que no tardarán y si todo está correcto, la meteré en el quirófano en cuanto haya uno disponible.

El conductor no reacciona todavía, esperemos que no sea algo importante.

En cuanto a ese hombre, me preocupa su pierna derecha, tenemos que conseguir que no la pierda.

—Pensaba intervenirle ahora, ¿te parece bien?

—Por supuesto, toda ayuda es poca.

Media hora después y tras obtener los resultados del tac de la niña, un celador apareció informándoles de que dos quirófanos estaban disponibles.

—¿Te importa que Sofía entre contigo? —preguntó el doctor Avellaneda a su colega.

—Estaré encantada. ¿Vienes conmigo? —le dijo a la joven con una sonrisa. —Y ambas entraron juntas.

Después de aplicar el protocolo de higiene, cada una se puso a un lado de la camilla. —¿Dónde está mi mamá? —dijo la niña con voz quejumbrosa.

—Luna, todo va a ir bien —explicó la médico con cariño— Ahora vamos a dormirte un ratito para que no te duela y cuando te despiertes estaréis juntas.

—¿Me vas a quitar ese palo que tengo clavado? —preguntó y añadió llorando desconsolada—: Quiero a mi mamá. Tengo mucho miedo.

María hizo un gesto al anestesista y éste comenzó a introducir la anestesia en la vía controlando las constantes vitales de la niña.

Sofía se acercó y sujetó la mano de Luna mirándola con una sonrisa hasta que sus ojos se cerraron. Una vez confirmado que la paciente estaba dormida, la médico pidió que limpiasen la herida para poder ver mejor.

—Sofía, ¿qué estamos viendo?

—La paciente tiene un objeto extraño que ha perforado su cuerpo con orificio de entrada y de salida—sacó su estetoscopio y auscultó a la pequeña— no escucho gorgoteos ni silbidos, lo que me hace suponer que no ha tocado el pulmón.

—Muy bien, ahora vamos a sacar la varilla con cuidado para que siga igual. Según los resultados del tac está muy cerca del pulmón y no quiero dañarlo. ¿Estás preparada?

La joven asintió con la cabeza y centímetro a centímetro fueron extrayendo el objeto del frágil cuerpo de la niña. Victoriosa, María depositó la varilla sobre la bandeja instrumental y todos lanzaron un suspiro de satisfacción.

—Sofía, encárgate de suturar el orificio, quiero ver cómo se te da.

Poco después, ambas estaban fuera con una sonrisa de satisfacción en los labios.

Sofía fue a buscar a su mentor para despedirse de él, pero el hombre todavía estaba en el quirófano. Se cambió de ropa y salió a la calle, donde la recibió un calor sofocante.

Caminó despacio buscando la sombra y pensando en la operación que acababan de realizar.

Evocó el rostro de la niña y sintió una tremenda satisfacción, pero al mismo tiempo pensaba en el accidente y los heridos que había provocado.

La vida era frágil y pendía de un hilo invisible que se rompía cuando menos lo esperabas.

Su corazón comenzó a latir como una locomotora sin frenos y dos lágrimas rodaron por sus mejillas.

«Quizás no sirva para ser médico», se dijo. «No siempre voy a poder salvarlos a todos…»

Una especie de corriente eléctrica recorrió su cuerpo y sintió que llegaba hasta las puntas de sus dedos. Se miró las manos con un gesto de sorpresa, pero ahí no había nada, tan solo era su imaginación desbordada por la tensión vivida.

«Necesito descansar», se dijo. «Una buena ducha para relajarme y un buen sueño. Ojalá mamá esté en casa, su presencia siempre me reconforta».

Sacó las llaves y abrió la puerta. Una sonrisa acudió a sus labios cuando escuchó la voz de su madre.

—Sofía, has llegado a tiempo. Papá acaba de regresar de su viaje y he preparado lasaña para comer.

—¡Papá! —exclamó con alegría. —Justo lo que estaba necesitando —y salió corriendo a sus brazos.

El hombre tenía un rostro agradable y unos ojos luminosos que desprendían calor y amor. Una tripita cervecera tiraba de los botones de su camisa y su carácter era jovial y extrovertido.

—Parece que mi pequeña se alegra de mi regreso —comentó dándole un efusivo abrazo.

—Mucho —respondió alegre. —¿Qué tal el viaje? ¿Ha sido productivo?

—Desde luego —afirmó Malcom, pues así se llamaba el hombre.

—El nuevo medicamento es maravilloso y está ayudando a muchos pacientes que padecen una de las enfermedades catalogadas como raras.

El laboratorio está trabajando muy duro para sacar al mercado productos eficientes y a buen precio.

Ya sabes que Javier, el dueño de la empresa, es un soñador y cree en un mundo mejor.

Ojalá todos los laboratorios farmacéuticos fuesen como el mío.

—Cuanto me alegro, papá —dijo la joven mientras se dirigían a la cocina. Allí estaba Carmela, con la mesa lista para degustar la deliciosa lasaña que había cocinado. Debajo de cada plato había un precioso salvamanteles de papel con ilustraciones realizadas por ella.

—¡Mamá! —exclamó la joven refugiándose en sus brazos.

—¿Un mal día? —preguntó la mujer.

—Sí y no —respondió con un suspiro. —¿Habéis escuchado la noticia del autobús?

El matrimonio asintió con la cabeza.

—Pues llegó al hospital una niña pequeña con un metal atravesando su cuerpo. Entré en el quirófano con María, la médico de la que os he hablado en otras ocasiones. Por suerte, la operación salió bien.

—Eso es estupendo —comentó la madre mientras se sentaba a la mesa y repartía las porciones de lasaña.

La joven se quedó pensativa mirando su plato.

—¿Y si no estoy hecha para esto? —susurró Sofía. —No soporto ver sufrir a la gente.

—Por supuesto que ser médico es lo tuyo, siempre lo ha sido.

¿Recuerdas que jugabas a los médicos con tus muñecos?

Luego papá y yo fuimos tus pacientes, al igual que tu amigo Alfonso.

Nos echabas kétchup y decías que era sangre, y colgabas botellas de plástico de una percha y atabas una cuerda en la boca de la botella diciendo que era para que pasase el suero, y con una tirita la sujetabas a nuestra mano.

Y cuando nos reanimabas y hacías sonar pitidos con el teléfono de juguete y gritabas: «¡Lo perdemos! ».

Los tres rompieron en risas recordando esos momentos.

—Estaba deseando llegar a casa, siempre tenéis las palabras que necesito para animarme.