Tres almas y una profecía CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

La mujer caminaba por las calles de la ciudad aparentando dar un paseo, pero solo ella sabía que buscaba algo.

Tenía el cabello castaño y los ojos de un extraño color grisáceo que transmitía una sensación de frialdad y desasosiego, aunque su rostro era hermoso.

Vestía entera de negro con pantalones de cuero ajustados y camiseta de tirantes que dejaba al descubierto sus brazos fuertes y musculosos.

Llevaba varios días tratando de cumplir con su cometido, pero era imposible si no encontraba su objetivo.

«¡Maldita sea! Es imposible que no aparezca. Al fin y al cabo, esta ciudad no es tan grande», se dijo a sí misma.

Por un instante, sus ojos reflejaron sorpresa cuando un pensamiento atravesó su mente.

«¿Y si todavía no ha despertado?», se preguntó.

«Sería muy extraño, pero no imposible. Este lugar es muy tranquilo, los estímulos son más tenues y quizás necesite algo más fuerte para que comience a sentir algo.

Pero si es así ¿Cómo voy a localizarlo?», se frotó la frente inconscientemente mientras trataba de encontrar una solución a su problema.

«No puedo permitir que ellos lleguen antes que yo, sería un desastre.

Todos estos años esperando su llegada y ahora no lo detecto.

Pero si yo no puedo, ellos tampoco podrán», se consoló.

«¿Y si acelero su despertar? Si consigo hacer algo terrible que le sobre estimule puede que sea el detonante que necesita.

¿Qué podría hacer para llamar su atención?

Algo que le haga daño, que le produzca sufrimiento.

No tengo ni idea de a qué se dedica, la edad que tiene, cómo es físicamente, dónde se educó…

Sea como sea lo que necesito es que reaccione, tiene que ser algo que todo el mundo comente para que llegue a él. Piensa, Martina, piensa».

Prosiguió el paseo, absorta en sus pensamientos, cuando algo le hizo alzar la cabeza.

«Alex está aquí», susurró. «Su olor es inconfundible, potente y magnético». Giró la cabeza y lo buscó con la mirada, pero probablemente él también la había olido y se había ocultado.

Maldijo en silencio. Siempre era el primero en detectarla. A pesar de los años que habían pasado, Alex destacaba sobre los demás, pero esta vez ella estaba preparada para enfrentarse a él.

«¡Ya sé lo que voy a hacer!», decidió con una sonrisa.

Vio un autobús que circulaba por la ancha avenida a gran velocidad puesto que iba solo en el carril bus y miró a su alrededor para comprobar si alguien la estaba observando. Hacía mucho calor y apenas había transeúntes y coches por la calle.

Llevó su mano a la parte trasera del pantalón, sacó una pistola que llevaba oculta y disparó tres veces consecutivas reventando una rueda del vehículo.

El autobús avanzó arremetiendo contra los coches cercanos mientras el conductor intentaba evitar otras colisiones dirigiendo el autocar como buenamente podía hasta que se subió a una acera, se estrelló contra una farola y volcó.

Se escucharon los gritos de miedo y dolor de los pasajeros.

El pánico reinaba en la zona. Varias personas que se asomaron a la ventana al escuchar el estruendo llamaban al 112 pidiendo ayuda, otras bajaron a la calle para auxiliar a los pasajeros que podían salir por su propio pie a través de las puertas, que ahora señalaban al cielo.

Todo fue tan rápido que nadie comprendía lo que había sucedido.

Enseguida se escucharon las sirenas que anunciaban la llegada de policía, ambulancias y bomberos.

Los profesionales comenzaron a realizar su tarea.

La policía cortó las calles extendiendo unas cintas amarillas para impedir que la gente pasase.

Los sanitarios accedieron al interior del autocar y comenzaron a atender a los pasajeros.

Una médico que parecía ser la encargada empezó a dar órdenes a sus compañeros.

—Saca a este señor, parece que se encuentra bien.

Necesito evacuar a la gente que no está herida para centrarme en los que han sufrido algún trauma —recorrió despacio la vista sobre los ocupantes del autocar y clasificó mentalmente a tres que se temía que estaban graves.

—Laura —llamó — pide a los bomberos que entren.

Necesito que liberen a este hombre. Está inconsciente y está perdiendo mucha sangre.

Tiene la pierna derecha atrapada con una barra que se ha desprendido y tiene un corte muy profundo.

La chica asintió con la cabeza y pronto regresó con dos bomberos, provistos de las herramientas necesarias, que se pusieron a trabajar.

—Pablo, trae suero y sangre del grupo cero negativo, encárgate de él hasta que terminen los bomberos. Laura, necesitamos una camilla para llevarlo a la ambulancia.

Se escuchó un gemido al fondo del vehículo y la médico se desplazó arrastrándose como pudo, ya que al estar volcado el autocar era difícil avanzar. Vio a una niña pequeña de unos seis años y cuando llegó hasta ella observó que una varilla fina le había atravesado la zona del pulmón.

—¡Oxígeno y morfina! —gritó la mujer —Y necesito un bombero para que corte una pieza metálica. — Luego miró a la pequeña y le dijo —: Soy María y voy a sacarte de aquí y a curarte. ¿Cómo te llamas?

—Luna —gimió la pequeña con un gesto de dolor. —¿Dónde está mi mamá?

—¿Estabas con ella?

La niña asintió con la cabeza mientras unas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

María recorrió con la mirada la zona cercana pero no encontró a ninguna mujer. Entonces se dio cuenta de que el cristal trasero estaba roto y se asomó con cuidado para ver si la mujer había caído al exterior. Efectivamente ahí estaba. Dos sanitarios la llevaban en camilla hacia una ambulancia.

—¡Pedro! —gritó llamando a uno de los que se la llevaban. El hombre se giró para ver de dónde provenía el grito y María le dijo:

— Estoy en la parte trasera del autocar. ¿La mujer a la que llevas está consciente?

—No, pero antes de perder el conocimiento dijo que iba con su hija.

—Si despierta dile que estamos con ella.

Luego volvió a concentrarse en Luna.

—Tu mamá está bien, va camino del hospital para que la curen y en un ratito te llevaremos a ti también. ¿Puedes respirar bien?

La niña volvió a asentir con la cabeza, pero su rostro estaba pálido y comprobó que sus constantes vitales estaban cayendo. En ese momento llegaron los bomberos que cortaron por donde la médico les pidió.

—No quiero extraerla hasta que lleguemos al hospital para no provocar una hemorragia —les explicó. —¡Laura! —gritó llamando a su compañera.

—Ya casi estoy —respondió la joven apareciendo con el oxígeno, una mascarilla y una jeringuilla.

—Gracias, ponle el oxígeno y yo le inyectaré la morfina. En cuanto terminéis, nos la llevamos.

Los bomberos asintieron con la cabeza y en pocos minutos finalizaron su trabajo.

Poco después, una ambulancia salía hacia el hospital con la niña. La médico había dado instrucciones de que le realizasen una serie de pruebas para acelerar el procedimiento, mientras ella seguía revisando el autocar y atendía a los pocos pasajeros que todavía necesitaban ayuda.

—¿Sabes a dónde los están llevando? —preguntó a Laura.

—Hemos hablado con el hospital Virgen del Carmen y están atendiendo a los que van llegando.

—Perfecto. ¿Puedes preguntar por la madre de Luna?

—Ahora te cuento —respondió dirigiéndose al compañero que atendió a la mujer. Ambos se acercaron a la médica.

—María —dijo el hombre —la mujer está inconsciente. Perdió el conocimiento al poco de encontrarla porque se golpeó la cabeza contra el suelo al salir despedida desde el autocar, pero la he examinado y espero que no sea importante. Le harán una resonancia para descartar cualquier cosa.

—Está bien, mantenedme informada de su estado. Mientras tanto vamos a hacer un recuento de todos los heridos, que por suerte no son tantos como me temía.

—Doctora, ¿puede hablarnos de los heridos? — se escuchó a lo lejos.

Miraron hacia allí y vieron a varios conocidos periodistas que trataban de conseguir información.

María se volvió y se metió en una de las ambulancias junto con Laura.

—Son como buitres sobrevolando el escenario del accidente para enterarse de todo lo que está pasando —murmuró disgustada. Miró sus manos cubiertas de sangre y cogió un clínex para limpiarse un poco.

—Ya sabes cómo funciona esto, sal lo antes posible y dales lo que quieren —respondió Laura.

María suspiró y poco después se enfrentaba a los periodistas y a las cámaras, haciendo un gesto para que comenzase la rueda de prensa.

—¿Cuántos heridos hay? —preguntó un joven.

—Son siete, cuatro graves y los otros tres con pronóstico reservado.

—¿Algún muerto? —inquirió una periodista.

—Por suerte no tenemos que lamentar bajas por el momento. Esperemos que siga así.

Las preguntas se fueron encadenando y María contestó pacientemente a cada una de ellas.

—¿Cuánta gente iba en el autocar?

—Treinta y tres más el conductor.

—¿Ha sido culpa del conductor?

—De momento no podemos responder a esa pregunta.

El hombre está malherido y no ha podido contarnos nada.

Si les parece bien vamos a centrarnos en los pacientes y después la policía se encargará de averiguarlo.

Dicho esto, la rueda de prensa ha terminado.

Tengo que ir al hospital para atender a mis pacientes —cortó la mujer con educación.

En el hospital, la sección de urgencias bullía de actividad como un hormiguero. Ya de por sí había bastantes pacientes esperando a ser atendidos, pero la llegada de los accidentados del autobús hizo que tanto médicos como enfermeras y auxiliares estuviesen desbordados.

El doctor Avellaneda tenía guardia ese día, por lo que tanto él como los residentes acudieron a ayudar.

—Alfonso, ve con Cristian y examinad a la mujer que está inconsciente, Carlos, ven conmigo, vamos a ver al hombre con heridas en las piernas. Sofía, ve con la niña.

—Hola, Luis —saludó la médico que había asistido a los accidentados en el autocar. —Acabo de llegar del lugar del accidente.

—Hola, María, ¿algo que debamos saber?