Tres almas y una profecía CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

En el hospital Virgen del Carmen se desarrollaba la actividad típica de las mañanas. Las enfermeras miraban las constantes de los pacientes y los médicos pasaban consulta rodeados de sus residentes.

En la planta infantil se encontraba el doctor Luis Avellaneda, un hombre que rondaba los cincuenta, con una mata de cabello castaño mezclado con un abundante número de canas, rostro afable, nariz aguileña, ojos marrones y muy solicitado por su buena reputación.

En ese momento se encontraba frente a un niño de unos siete años muy delgado y con unas profundas ojeras. Miró el informe que la enfermera acababa de entregarle y su rostro se tensó. No conseguía acostumbrarse a las malas noticias y menos cuando se trataba de niños.

—Hola, Hugo —saludó con tono jovial. —¿Cómo te encuentras hoy?

—Me duele la tripa —respondió con voz débil.

—Como ves hoy vengo muy bien acompañado —indicó señalando a cuatro jóvenes con bata blanca.

—Son mis compañeros y van a pasar consulta conmigo.

Déjame ver —dijo el hombre mientras levantaba con delicadeza la parte superior del pijama del niño, que tenía dibujos de perritos.

—Voy a apretar un poco para ver cómo va todo.

—Vale —respondió el pequeño mientras un gesto de dolor marcaba su rostro.

—¿Te duele más que ayer?

—Sí.

—No te preocupes, le diré a la enfermera que te de una medicina para que te quite el dolor.

Y ahora, vamos a ver si tenemos un voluntario para hacerte un reconocimiento —añadió con una sonrisa.

—Todas estas personas son médicos y están terminando de formarse —señaló al grupo de jóvenes ayudantes que vestían una bata blanca y a la altura del pecho llevaban una palabra bordada: «MIR».

—¿Quién de vosotros quiere empezar?

Un chico alto, delgado, con el pelo rubio y los ojos azules se ofreció.

—Está bien, Alfonso, dime lo que ves.

El chaval se acercó al paciente y se calentó las manos haciendo aspavientos que hicieron reír al niño.

—¿Estás preparado?

Hugo asintió y permitió que Alfonso palpase su abdomen. El joven sintió una tremenda desazón cuando detectó el bulto que tenía el pequeño, pero siguió sonriendo y le guiñó un ojo.

—Ya está —le dijo mientras sacaba de la bata un avión de papel pintado con colorines y se lo daba al niño.

—¿Alguien más se anima? —preguntó el doctor.

—Yo —respondió una joven.

—¿Eres un ángel? —preguntó Hugo mirándola con los ojos muy abiertos.

Todos rieron al escucharle, pero, realmente, la muchacha tenía una belleza que sobrecogía, aunque ella no era consciente del efecto que producía en los demás.

Su cabello era negro como la noche con reflejos azulados, la piel blanca y perfecta, los ojos enormes y de un azul tan intenso que no podías dejar de mirarlos, las pestañas espesas y tan oscuras como su pelo, y los labios rojos y carnosos.

Medía alrededor de un metro sesenta y cinco, era esbelta y caminaba con firmeza.

—Está bien, Sofía, a ver qué tal se te da —indicó el médico cediendo el paso a la joven.

—Hola, Hugo—le dijo con una voz vibrante y dulce, mientras con una mano retiraba el flequillo de la frente del niño.

Notó que tenía fiebre y que el sudor había mojado su pelo.

Después apoyó la mano en el abdomen y con delicadeza palpó el bulto que tanto temía encontrar.

Cerró los ojos para entender mejor lo que estaba viendo y deseó con todo su corazón que fuese más pequeño y que el niño dejase de sufrir.

Sintió algo extraño, como una energía que salía de su cuerpo a través de las manos y que envolvía el bulto. Asustada abrió los ojos y dio un paso para atrás, pero cuando vio el rostro de Hugo comprendió que algo había sucedido.

—¿Te encuentras bien, Sofía? —se preocupó el doctor.

—Perdóneme — susurró ella sin apartar la vista del crío. —Es la primera vez que me enfrento a un tumor de este tamaño.

El hombre asintió con la cabeza. A pesar de llevar tantos años en la profesión, todavía no sabía cómo afrontar los casos más complicados, aquellos que no tenían curación.

—Bueno, Hugo, hoy hemos terminado. Mañana te veré de nuevo.

El niño no contestó, simplemente miraba a Sofía como si estuviera en trance.

Una vez fuera de la habitación, el doctor Avellaneda se dirigió al grupo de jóvenes.

—Voy a hablar con los padres y seguiremos con la ronda. Alfonso y Sofía, habéis cumplido una de las premisas que exijo a mis colaboradores, la humanidad. Me ha gustado mucho como habéis tratado a Hugo. Cuando terminemos el día, nos reuniremos y hablaremos de todos los pacientes que visitemos.

Los cuatro asintieron y vieron como su mentor se dirigía a la pareja que esperaba impaciente. El hombre se acercó y les explicó la evolución de su hijo. La madre rompió a llorar mientras el marido la abrazaba con fuerza.

Llegó la noche y los MIR estaban en un bar cercano picando algo tras terminar su jornada.

Los cuatro reían y descargaban adrenalina después del día agotador en el hospital.

El doctor les había insistido en que no debían llevarse el trabajo a casa, pues eso terminaba desgastando a un buen médico haciéndole perder la pasión por su labor.

Por ello, cada día después del trabajo, se tomaban una ronda y cambiaban el chip.

Cristian era un joven simpático y dicharachero que siempre veía el lado bueno de las cosas. Era bajito y delgado, con el pelo y los ojos marrones y con su carácter jovial se encargaba de levantar el ánimo a los demás.

Ese día se percató de que Sofía, aunque sonreía, tenía la mente en otro sitio. Cariñoso golpeó su hombro con el de ella.

—Así que eres un ángel —le dijo guiñándole un ojo—. Ese niño tiene buen gusto.

Ella le miró con tristeza sin responder.

—¿Qué te pasa? —se preocupó el chico.

—Me duele mucho ver a un ser tan pequeño e indefenso sufriendo de esa manera. Sé que el doctor va a luchar por salvar su vida, pero a veces la medicina no puede solucionarlo todo.

—En ocasiones, la fe es lo último que nos queda — respondió el chico convencido.

—No creo en eso. Mi fe es la ciencia y es la herramienta que tengo para poner mi granito de arena en este mundo.

—Estás muy filosófica hoy —dijo Cristian y girándose hacia la barra llamó al camarero —¡Félix! —El chico se acercó solícito. —Ponnos otra ronda, por favor.

—Así me gusta —sonrió Carlos, el cuarto MIR del grupo, un joven con energía y una gran barriga. Era tan alto como grueso y llamaba la atención desde lejos, pero sorprendentemente, era ágil e infatigable. —Cogió la segunda cerveza y la bebió con deleite.

Al salir del bar, el calor del verano los saludó envolviéndolos y haciéndoles suspirar. La estación había comenzado hacía unos días y las temperaturas eran inusualmente elevadas, haciendo que la gente se refugiase en lugares con aire acondicionado o en las piscinas.

Los jóvenes se despidieron y cada uno se dirigió a su casa.

Alfonso y Sofía siguieron el mismo camino durante unos minutos, puesto que vivían cerca el uno del otro.

Eran amigos desde pequeños, habían ido al mismo colegio e instituto y ambos habían elegido estudiar Medicina.

Por ello se encontraban a gusto, aunque caminasen en silencio.

—¿Qué sucede, Sofía? No es habitual en ti estar así.

—El niño al que hemos atendido hoy, Hugo… Es tan pequeño e indefenso que me rompe el corazón saber que no hay remedio para su enfermedad.

—No seas así de negativa —la reprendió Alfonso. —Sabes que el doctor no va a tirar la toalla. Ha programado la operación para dentro de dos días y estoy seguro de que tendrá éxito.

—Lo sé, pero ha pasado por varias operaciones y siempre se reproduce. ¡Es tan injusto! Quiero estar allí cuando le opere, necesito hacer algo por él.

—Ofrécete voluntaria cuando nos pregunte, diles a los demás que es un caso especial para ti, aunque creo que Luis tiene razón y tenemos que guardar distancias con los pacientes.

—Lo sé, pero hoy he sentido algo al explorarlo… algo que nunca me había pasado… No puedo explicarlo, pero… Bueno, vamos a dejarlo, ni yo misma me entiendo.

—Puedes confiar en mí —afirmó Alfonso mirando con ternura a su amiga y compañera.

Sofía era su debilidad, su amor secreto, la niña que llegó al barrio con sus trenzas negras, los inmensos ojos azules y la sonrisa en los labios.

Estar con ella le transmitía paz y sin darse cuenta le había robado el corazón.

Jamás le dijo nada, temía perderla si no sentía lo mismo, y prefirió ser cobarde y seguir siendo su amigo.

—Confío en ti —afirmó muy seria—, pero de verdad que no puedo explicar cómo me sentí. —Se detuvo frente a su portal, sacó las llaves de un juvenil bolso vaquero y abrió la puerta. —Mañana nos vemos.

—Hasta mañana.

La joven subió en ascensor hasta el cuarto piso y entró en casa.

—Hola, mamá —saludó a la mujer que estaba sentada en un despacho trabajando con pinturas. Se acercó a ella y vio una preciosa ilustración de un bebé gateando tras su hermano mayor. —¡Te está quedando genial!

Acercó una silla y se sentó junto a ella. Su madre se llamaba Carmela y era lo opuesto a ella en cuanto al físico se refería. Su pelo era rubio y los ojos color miel, y tenía unos pechos generosos y unas caderas redondeadas.

—Gracias hija, estoy contenta con el resultado. La editorial cada vez me da más trabajo y no doy abasto. Esta mañana hablé con ellos y les dije que de momento no aceptaba más encargos. Sabes que disfruto mucho haciendo las ilustraciones, pero si sigo a este ritmo perderé la pasión.

—Has hecho muy bien. ¿Puedo quedarme a mirar? Me transmite mucha serenidad ver como realizas los trazos y va apareciendo algo de la nada.

Carmela sonrió a su hija y acarició su cabello. Percibió una extraña energía que nunca había sentido. La miró con otros ojos y sintió temor. Trató de ocultar sus sentimientos y con dulzura le preguntó.

—Detecto un tono apagado en tu voz, ¿quieres contarme lo que pasa por esa cabecita?

—Es un paciente, un niño pequeño que se llama Hugo. Está bastante enfermo y al hacerle la exploración he sentido algo extraño… como… no te puedo decir exactamente, una energía…

La mujer inconscientemente se irguió en la silla y un escalofrío recorrió su cuerpo. Se recuperó y lanzó una sonrisa a Sofía.

—Es lógico lo que me cuentas, siempre habrá pacientes especiales con los que sientas una mayor afinidad, sobre todo si son niños —respondió tratando de quitarle importancia.

—Seguramente tienes razón —aceptó la joven. —Y ahora sigue pintando por favor —rogó poniendo cara de mimo como cuando era pequeña.