Trauma de amor (City General Series 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

CAPÍTULO VEINTICUATRO

Las siguientes semanas fueron más horribles de lo que Tara podría haber imaginado.

Sabía, al salir del apartamento de Gabby, que las cosas iban a ir mal, y pensaba que había conseguido prepararse para ello.

Pero no había nada que hubiera podido hacer para prepararse para lo doloroso que sería la primera vez que Gabby pasó por su lado sin siquiera mirar en su dirección.

El primer día que trabajaron juntas tras la pelea fue, con mucho, el más difícil.

Habían pasado tres días desde que Tara había salido del apartamento de Gabby, y había supuesto que, con ese tiempo, las cosas se habrían calmado lo suficiente como para que las dos hablaran.

Cuando había ido en coche al trabajo aquel día, Tara había llegado con un plan en mente.

Había estado lista para explicarse ante Gabby. Había estado lista para suplicar una segunda oportunidad, para pedir solo un poco más de tiempo antes de hacerlo público. Había ensayado un discurso una y otra vez ante el espejo del baño antes del turno, dándose ánimos.

Nunca tuvo ocasión de usarlo.

Aquel primer turno que trabajaron juntas, Gabby pasó junto a Tara por los pasillos del hospital como si fueran completas desconocidas, moviéndose tan deprisa que Tara ni siquiera tuvo ocasión de apartarla a un lado y pedirle una conversación en privado.

Cuando trabajaban juntas en el servicio, en general estaba demasiado ocupada como para captar la atención de Gabby pero, incluso cuando podía, no servía de nada.

Si la conversación no era sobre el trabajo, Gabby simplemente se marchaba.

Sabía que los demás médicos del servicio también lo estaban notando.

Cuando Gabby había llegado al hospital, su relación había sido un poco accidentada pero, dado que las cosas entre ellas habían mejorado tantísimo, el cambio repentino resultaba chocante.

Gabby rara vez era fría con nadie, ni siquiera con el médico machista de radiología que había admitido abiertamente detestar.

En general, conseguía llevarse bastante bien con todo el mundo.

Pero, de repente, eso parecía haber cambiado en lo tocante a Tara.

Nadie sabía la razón, pero todos habían visto el cambio en su relación.

Incluso cuando Gabby acababa de empezar en el hospital, ninguna de las dos se había evitado activamente, pero ahora parecía que intentaban deliberadamente no cruzarse.

Cada interacción que tenían estaba plagada de una incomodidad que hacía que todos a su alrededor se sintieran incómodos y, lo que lo empeoraba, era que ninguna de las dos estaba dispuesta a admitir que estuviera pasando.

Tara sabía que Gabby acudiría a sus amigas en busca de apoyo, convocándolas en su sitio de siempre del bar para tomar algo. Quizá les contara lo que había pasado, quizá no, pero podía perderse unas horas, bebiendo, bailando y jugando al billar.

Tara no tenía esa opción. No tenía el lujo de distraerse con otros, y el sonido de la televisión de su cuarto solo podía bloquear una cantidad limitada de sus pensamientos.

Al menos en el trabajo estaba demasiado ocupada como para pensar en lo que había pasado.

El ritmo del trabajo le mantenía la mente ocupada, y solo sentía la dolorosa punzada del recordatorio cuando las dos se cruzaban por casualidad.

Por lo demás, estar en el trabajo era más fácil en muchos sentidos que estar en casa.

La casa estaba demasiado vacía, y silenciosa de un modo que no había notado antes. No había nada que ahogara sus pensamientos, nada que le impidiera repetir la discusión una y otra vez en la cabeza hasta que se sentía mal.

Lo único que quería hacer era volver a aquella noche e impedirse siquiera mencionar los cotilleos. Quería ver a Gabby servirles vino, poner una película mala y luego simplemente acurrucarse contra su costado hasta que las dos se durmieran. Eso era lo que debería haber hecho.

No tenía nada más con lo que llenar el tiempo, así que Tara empezó a hacer turnos extra en el hospital.

Empezó a echar una mano como voluntaria en otros servicios, ofreciéndose donde hiciera falta y, con tanta falta de personal que tenían todos, nadie se lo cuestionó.

Agradecían la ayuda, y ella agradecía la distracción.

Resultó ser lo mejor para ella. Mientras trabajaba, estaba demasiado enfrascada en la tarea que tenía entre manos como para siquiera pensar en Gabby, en la discusión, o en lo culpable que se sentía.

Cuando terminaba, normalmente no tenía ganas de volver a aquella casa grande y vacía, así que simplemente se acurrucaba en su despacho y, la mayoría de los días, estaba demasiado cansada del trabajo como para quedarse despierta preocupándose, así que caía redonda plácidamente.

Fue durante uno de aquellos turnos extra cuando conoció a Thomas.

Pese a tener solo unos cincuenta y pocos años, era un paciente que había pasado más tiempo dentro del hospital que fuera en los últimos meses.

Estaba en las últimas fases del sida, y todos sabían que lo máximo que podían hacer por él era procurar que estuviera cómodo.

Tara no solía llegar a conocer muy bien a los pacientes.

Uno de los inconvenientes de trabajar en urgencias era que los pacientes entraban y salían en un flujo constante, y sus nombres y sus caras acababan difuminándose los unos con los otros.

No tenía sentido establecer ninguna relación seria con ninguno de ellos, porque lo más probable era que no volvieran a verse.

Sin embargo, en aquellos turnos extra, Tara se descubría haciendo la ronda y encontrándose con los mismos pacientes una y otra vez.

Aprendía nombres y caras, oía pequeños fragmentos de historias mientras tomaba la tensión y comprobaba los niveles de medicación.

Por supuesto, los pacientes de cuidados intensivos no eran grandes conversadores pero, por lo demás, la mayoría de ellos la recordaban.

Resultaba un cambio agradable, ver a los pacientes más de una vez.

Había algo reconfortante en entrar en una habitación y que la recibiera una cara amable, aunque supiera que cualquier relación que estableciera era completamente temporal.

Los pacientes o mejoraban y les daban el alta, o empeoraban y morían.

Thomas entraba en la segunda categoría. Cuando Tara lo conoció, solo le quedaban unas semanas de vida y, a pesar de que entablar cualquier tipo de amistad con él era inútil, Tara no pudo evitar encariñarse con él.

Había algo en él que todos adoraban. Aunque se iba debilitando con cada día que pasaba en el hospital, todavía quedaba un destello del hombre que había sido.

A través del dolor, la medicación y la enfermedad, aún conservaba algo de aquel humor mordaz y seco que al parecer venía de años viviendo en Nueva York.

Se suponía que no debían tener pacientes favoritos, ni siquiera en privado. Había muchas razones éticas para ello, pero la regla tácita era que siempre resultaba más difícil sobrellevar la muerte de un paciente terminal si te acercabas demasiado a él en sus últimas semanas.

Tara lo sabía. Sin embargo, le daba igual.

Sus visitas a Thomas eran una parte sorprendentemente luminosa de un día por lo demás vacío.

Aunque se hacía difícil verlo a medida que se debilitaba, Tara disfrutaba de sentarse con él y hablar al final de un turno.

Era agradable tener algo de compañía que no fuera otro médico de su servicio.