Trauma de amor (City General Series 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

CAPÍTULO VEINTIDÓS

En las semanas siguientes, se fueron acercando más. Las dos se veían los días que ambas libraban y, cuando podía trastear un poco con el cuadrante, Tara acercaba sus turnos para poder ver a Gabby un poco más a menudo.

Casi había olvidado lo que se sentía al disfrutar sin más del tiempo con otra persona.

Si alguien se lo hubiera preguntado, Tara no estaba segura de siquiera saber decir la última vez que se había sentido tan despreocupada y feliz.

Desde luego las cosas no habían sido así cuando estaba con Bob; él no era precisamente del tipo que te agarra de la mano y te arrastra a una escapada para explorar el centro de Boston por capricho.

Nunca había sido emocionante, ni apasionado, ni había hecho que Tara se sintiera tan viva. Ni siquiera en los buenos tiempos.

Gabby también estaba disfrutando de su relación.

Tara era distinta de la mayoría de la gente con la que había salido antes.

Era más madura, y tenía un enfoque y una perspectiva algo distintos ante las cosas porque tenía esa experiencia añadida a la espalda, pero no era solo eso.

Había una faceta suya que sorprendía a Gabby, una faceta dulce que nunca se había imaginado que llegaría a ver cuando se conocieron.

Sus amigas sospechaban un poco que algo pasaba con ella, pero ninguna se atrevía a preguntar. Para alguien tan abierta y afable, Gabby era reservada en lo tocante a su vida amorosa, y todas sabían que era mejor esperar a que lo contara cuando a ella le pareciera.

Amber fue la primera en notar que algo pasaba. Gabby llevaba viéndose con Tara en secreto casi un mes pero, esa noche, salía al bar con el grupo habitual de colegas de copas. Como siempre, Amber y Gabby iban andando juntas, siguiendo su ruta de costumbre.

Parecía que Gabby tenía algo en la cabeza, pero Amber no estaba segura de si debía insistir en el tema.

Siempre era difícil, con Gabby, averiguar si quería hablar de lo que le rondaba la mente.

A veces se moría de ganas de quitarse de encima lo que fuera.

A veces le soltaba un exabrupto a cualquiera que osara preguntarle si estaba bien.

—¿No te vas a fumar un cigarro?

La pregunta detuvo a Gabby en seco.

—¿Un cigarro? —repitió—. ¿Por qué?

—Porque siempre te fumas al menos un par antes de reunirnos con todo el mundo. —Amber la miró con curiosidad.

—Estoy intentando dejarlo.

—¿En serio? ¿Por qué? O sea, me parece estupendo, pero ¿a qué viene el cambio repentino de opinión?

Gabby sonrió para sí. Había una razón y, para ella, era importante, pero de momento no quería compartirla.

—Llevas años dándome la lata para que lo deje y ¿ahora que lo hago, me haces preguntas? ¿Por qué no puede ser sin más por mi salud?

Amber entornó un poco los ojos.

—Pareces estresada. —Hubo una larga pausa mientras observaba a Gabby con atención—. ¿Qué tal el trabajo?

—Ha ido bien. ¿Y a ti?

Era una de las ventajas de tener amigas que eran médicas; todas cargaban con el mismo dolor y el mismo pesar. Todas conocían las mismas dificultades cuando se trataba de pacientes que morían, así que había una especie de camaradería tácita cuando las cosas se ponían demasiado duras.

—Duro —dijo Amber en voz baja, metiéndose las manos en los bolsillos de los vaqueros—. Más duro de lo normal.

—Podemos hablarlo si quieres. —sugirió Gabby. Amber se lo pensó un momento antes de negar con la cabeza. Su amiga no se quejaba, no se había fumado un cigarro, ¿y el trabajo había ido bien? Desde luego algo raro pasaba.

—En otro momento. Esta noche vamos a emborracharnos y a jugar al billar sin más. —Amber lo dejó estar. Sabía que Gabby hablaría de su buen humor cuando estuviera bien lista.

Gabby le echó un brazo por encima del hombro a su amiga, atrayéndola para un abrazo de medio lado mientras echaban a andar juntas calle abajo.

—Billar y cerveza me parece bien.

Después de todo lo que Tara había pasado tras el divorcio, recelaba de que nadie supiera demasiado sobre ella.

Había algo profundamente aterrador en ser el centro de atención y en que los cotilleos de la oficina giraran en torno a ella.

Le preocupaba que aquello volviera a pasar, y esa era una de las razones por las que estaba más que dispuesta a mantener en secreto su relación con Gabby.

Pensaba que estaban siendo discretas. Pensaba que no había forma posible de que nadie hubiera podido averiguar lo que estaba pasando entre ellas, hasta que oyó por casualidad una conversación en la sala de descanso.

Su turno había terminado, y estaba recogiendo lo último de sus cosas antes de irse a pasar la noche al apartamento de Gabby.

Habían hecho planes discretamente un rato antes en su despacho: iban a pedir comida a domicilio, poner una película malísima y disfrutar de una botella de vino.

Era relajante, era tranquilo y, tras una semana ajetreada en el trabajo, era lo que las dos necesitaban.

Pasaba junto a la sala de descanso cuando le pareció oír su nombre por una rendija de la puerta y, como es natural, no pudo evitar detenerse a escuchar.

Dos enfermeras del servicio charlaban en voz baja, riéndose entre ellas.

—Yo solo me alegro de que ya no se peleen —dijo la primera.

—Pero es raro, ¿no? No dejaban de soltarse exabruptos por la menor tontería, y ahora no hay nada. Ni peleas, ni comentarios sarcásticos. Nada.

—Oye, a lo mejor se están acostando —bromeó la primera voz. Tara oyó unas risas contenidas, algo que sonó a una broma sobre que Gabby «la había convertido» y, entonces, decidió apartarse deprisa.

Era una broma, se dijo con firmeza. Nada más. La gente decía tonterías cuando estaba de cachondeo, y no había forma de que hubieran averiguado de verdad lo que pasaba. Seguro que no había forma.

Se lo siguió repitiendo mientras conducía hacia casa de Gabby, una y otra vez. Habían tenido tanto cuidado que no había forma de que nadie pudiera saberlo, a menos que alguien la hubiera visto llegar al apartamento de Gabby por casualidad. Era solo una broma, nada más.

Eso no acalló la vocecita insistente del fondo de su cabeza. No acalló la angustia de que la historia se estuviera repitiendo, y de que una vez más su vida personal estuviera a punto de convertirse en la comidilla del hospital.