Capítulo 21
CAPÍTULO VEINTIUNO
Cuando Gabby se despertó a la mañana siguiente, fue en una cama desconocida.
No le era ajena esa sensación un poco inquietante que sobrevenía en los primeros segundos al abrir los ojos.
Era la punzada de desorientación, en la que sencillamente no estaba muy segura de dónde estaba, solo de que no estaba en su apartamento.
Abriendo los ojos apenas una rendija, vio una gran ventana. La luz del sol entraba a raudales en la habitación. Las sábanas se sentían suaves contra su piel y, cuando aspiró hondo, olió algo ligero y floral, y de algún modo muy familiar.
Rodó de espaldas para mirar el techo blanco de arriba unos momentos, antes de girar la cabeza hacia un lado para ver a Tara, ya despierta y mirándola.
Estaba acurrucada bajo las mantas al lado de Gabby, con la cara parcialmente oculta por las almohadas, pero no tanto como para que no se le viera la sonrisa.
—Buenos días —dijo Gabby con una sonrisa de oreja a oreja. Tara alzó un poco la cabeza.
—Buenos días.
—Bueno, lo de anoche fue…
—Bien —terminó Tara su frase—. Muy bien.
Una de las manos de Gabby derivó hacia el hueco del cuello de Tara, donde había florecido un pequeño moratón.
Le acercó dos dedos con suavidad, sonriendo de nuevo de oreja a oreja.
No estaba muy segura de cuándo se lo había dejado en la piel a Tara; quizá había sido fuera del bar, cuando la tenía apretada contra los ladrillos.
O quizá fue cuando entraron dando tumbos en casa de Tara al salir del taxi, tan enredadas en los brazos de la otra que apenas sabían por dónde iban.
—Fue muy bien —coincidió, riéndose con suavidad.
—Gracias por lo de anoche —dijo Tara en voz baja, con la expresión volviéndosele seria un momento—. Era la primera vez en mucho tiempo que sentía… algo así.
Los dedos que trazaban el moratón del cuello de Tara se deslizaron hacia su larga melena oscura mientras Gabby se acercaba para besarle lo alto de la cabeza.
No necesitaba decir nada más; Gabby ya sabía a qué se refería.
Había algo tan dolorosamente humano en permitirte ser tan vulnerable y abierta con otra persona, y Gabby era muy consciente de cuánto tiempo llevaba Tara sin estar en esa posición.
—No hace falta que me des las gracias —susurró.
Durante unos momentos, se limitaron a yacer juntas, envueltas en los brazos de la otra como si no hubiera nada más en el mundo que importara, porque durante aquellos minutos robados de silencio, nada más importaba.
—Necesito ducharme —dijo Tara, apartándose con una sonrisa de disculpa—. Si quieres un café, la cocina es toda tuya.
Gabby la observó marcharse con una sonrisa antes de decidir que un café era la mejor opción.
Salió de la cama a gatas y se puso una camiseta antes de dirigirse al pasillo.
Decidió tomarse el tiempo de echar un vistazo a la casa de Tara, algo que había estado demasiado ocupada como para hacer la noche anterior, cuando habían entrado dando tumbos antes de hacer el amor sobre la moqueta del recibidor.
Deambuló por la casa sin rumbo, mirando alrededor y asomando la cabeza a cada habitación.
La casa era absolutamente preciosa, no había forma de negarlo.
Cada habitación estaba decorada con maestría, y el jardín trasero tenía un césped perfectamente cuidado y un floreciente arriate de rosas al fondo.
Sin embargo, mientras Gabby vagaba por la casa, se dio cuenta de que algo parecía un poco… raro en ella.
Estaba demasiado ordenada, cayó en la cuenta al entrar en la cocina en busca de un café.
Curiosamente, encajaba a la perfección con su percepción original de Tara: la mujer que necesitaba que todo tuviera el aspecto justo, aunque eso no fuera necesariamente lo mejor.
Todo en aquella casa tenía un sitio y un hogar, desde el especiero hasta los elegantes cajones ocultos que se abrían con un simple toque.
Hasta el salpicadero de la cocina —de un color turquesa claro— hacía juego con la vajilla.
Le costó un rato darse cuenta de qué era exactamente lo tan raro de la casa.
Por fin, mientras miraba alrededor de la cocina y esperaba a que se hiciera el café, Gabby lo entendió.
Parecía una casa piloto. Era preciosa, perfectamente cuidada, pero en realidad no parecía que viviera nadie ahí.
No había platos apilados en el escurridor, ni correo sin abrir en la encimera.
Ni siquiera había fotografías en las paredes.
Eso no significaba necesariamente que no fuera bonita, solo que parecía como carente de personalidad.
Estaba a un mundo de distancia del despacho que había visto la noche anterior, que estaba abarrotado de libros y revistas y expedientes.
Vale, aquel despacho era un desorden caótico, pero a Gabby eso le gustaba de alguna manera.
¿Pero esta casa? Esta casa parecía pertenecer a una persona distinta.
Con un café en la mano, lo primero que se le ocurrió a Gabby fue echar mano de un cigarro, pero se detuvo antes de poder ir a buscar su chaqueta. El recuerdo de la voz de Tara cuando le había ofrecido un cigarro en la azotea del hospital le resonó en la cabeza.
«No, gracias. Si te soy sincera, no me gustan nada.»
Gabby se lo pensó un par de segundos antes de decidir que no, nada de cigarro. Sonriendo, decidió que podía vivir sin él.
El sonido de Tara bajando las escaleras le llamó la atención, y Gabby se giró para verla entrar en la cocina, secándose el pelo con una toalla.
—Buenos días.
—Buenos días. —Tara le dedicó una sonrisa tímida de camino a la cafetera, entreteniéndose en prepararse una taza para no tener que hacer contacto visual.
Era bastante mono, en realidad, cuando Gabby lo pensaba.
Esta jefa dura de pelar que ella siempre había estado tan convencida de que estaba hecha de acero prácticamente se sonrojaba delante de ella.
Agachó la cabeza para plantarle un beso rápido en la mejilla a Tara, sorprendiéndola.
—¿Y eso a qué ha venido?
Gabby se encogió de hombros, apoyándose de nuevo contra la encimera.
—Tienes buen aspecto.
A Tara se le abrió la boca un momento mientras se esforzaba por dar con una respuesta, antes de volverse de nuevo hacia la cafetera. Masculló algo que sonó vagamente a «gracias», pero no dijo nada más.
—Tienes una casa preciosa. —Gabby decidió cambiar de tema. Tara la miró de reojo, siguiendo su mirada y recorriendo la cocina despacio con la vista. Lo único que pudo ofrecer fue un murmullo de asentimiento sin entusiasmo—. ¿No te gusta?
Tara sopló sobre su café, usándolo para calentarse las manos mientras se apoyaba en la encimera justo al lado de Gabby.
—Ni siquiera la decoré yo —admitió Tara con una sonrisa tímida.
Estaba a punto de revelar algo que nunca antes le había contado a nadie, ni siquiera a Claire—.
Bob y yo vivíamos aquí juntos —dijo en voz baja—.
Y, después de que empezara el divorcio, no pude dormir aquí durante semanas.
Apenas podía siquiera venir a por ropa. Todo este sitio parecía una gran farsa.
Parecía una broma, andar por aquí y ver todas las fotografías de los dos, todas las joyas que él había comprado, la ropa que yo había llevado en los aniversarios… la cama en la que habíamos dormido.
Solo los recuerdos de andar por la casa en aquella época eran dolorosos, aun después de tanto tiempo. Tara aspiró de forma temblorosa antes de continuar.
—Al final, decidí que no quería tener ningún recuerdo de él, así que empecé de cero. Me deshice de todos los muebles, hice repintar las paredes, hasta arranqué su huerto de la parte de atrás del jardín.
—¿No habría sido más fácil mudarse? —la picó Gabby con suavidad. Tara le dedicó una sonrisa de oreja a oreja.
—Puede. Pero fui yo la que eligió esta casa.
Peleé por ella en el divorcio, y quería quedármela.
Así que la purgué y empecé de cero, pero supongo que, después de todo, sencillamente no tenía ganas de volver a decorarla y pasarme el tiempo diseñándola.
Así que, en lugar de eso, le di el dinero a una interiorista y dejé que hiciera lo que quisiera.
Ni siquiera elegí la cama en la que dormimos.
—Le hace falta más desorden —concluyó finalmente, dándole un empujoncito en el hombro a Tara—. Nada más.
Tara se rio.
—Antes había desorden, fotos y… —Se encogió de hombros. Gabby tenía razón. Todas las cosas habían sido suyas, de ella y de Bob, no de ella sola, así que se había borrado todo de un plumazo. Simplemente no había encontrado el momento de reemplazarlas por las suyas.
Tara sonrió, observando cómo Gabby se llevaba el café consigo en otra vuelta por la casa, investigando un poco más. Cuando la pilló mirándola, Gabby le sacó la lengua en broma, sonriendo de oreja a oreja.
—Venga, acosadora. Es hora de que me hagas una visita guiada, no te quedes ahí plantada sin más.
Gabby le tendió la mano, expectante y, con una risa, Tara se acercó a cogerla. Resultaba un poco ridículo, presentar su casa como si estuviera dando una visita por el Louvre, pero sí que daba gusto andar por la casa de la mano de Gabby.
La joven se detuvo junto a los ventanales de suelo a techo, mirando hacia la larga galería acristalada de la parte de atrás de la casa, y Tara aprovechó la ocasión para ponerse detrás de ella y rodearle la cintura con los brazos.
Olía tan bien. Para deleite de Tara, Gabby le guio las manos hacia abajo, por encima de la camiseta, hasta el borde de la ropa interior.
—Quiero que notes cuánto te deseo.
Tara dejó que Gabby le guiara las manos por sus esbeltas caderas y luego un poco más allá, dejando que las yemas de los dedos se le deslizaran del todo por debajo del encaje, y se colaran entre sus labios.
Sentir la humedad que le cubría las mismas puntas de los dedos le mandó un estremecimiento recorriéndole el cuerpo.
Los dedos de Gabby empujaron sobre los suyos, frotándolos sobre la punta del clítoris, más fuerte con cada caricia.
Tara nunca se había sentido más viva ni más exaltada.
Las dos se movían en un ritmo silencioso, con los dedos trabajando juntos, con brusquedad, sobre el clítoris cada vez más hinchado de Gabby.
—No pares. —Las palabras de Gabby fueron apresuradas, atropelladas.
Tara dejó caer la otra mano hacia delante, apartando los labios de Gabby.
Tenía el clítoris tan duro, tan lleno y, juntas, sus dedos rasguearon con brusquedad hasta que Gabby no pudo más y se corrió en los brazos de Tara.
En aquel momento, no habría cambiado nada.
Hubo una sensación de pérdida cuando Gabby se apartó, seguida de confusión mientras retiraba la alzapaño de las pesadas cortinas que se sujetaban a un lado de la ventana.
—Ya es un poco tarde para preocuparse por el pudor. —dijo Tara, sonriendo, pero algo le decía que esto no era del todo lo que parecía.
—Ah, esto no tiene nada que ver con el pudor. ¿Qué te parece que te aten? —La sonrisa perversa que le dedicó hizo que a Tara se le abrieran mucho los ojos. Desde luego había todo un mundo nuevo ahí fuera por explorar.