Trauma de amor (City General Series 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

CAPÍTULO VEINTE

Mientras iban sentadas en el asiento trasero del Uber de camino al bar, Tara era consciente de que Gabby la miraba de reojo, como si intentara valorar si esto era buena idea, pero Tara sabía que no debía preocuparse.

El interior era pequeño, un poco oscuro, pero deslizó la mano en la de Gabby y dejó que la joven le abriera camino.

Les costó un rato encontrar una mesa, porque cada cinco segundos parecían toparse con alguien que conocía a Gabby, y los arrastraban al mismo fragmento de charla trivial una y otra vez.

Al final, sin embargo, consiguieron encontrar una mesa apartada, de modo que nadie las molestara.

—Aquí eres popular —observó Tara, dando un sorbo a su copa. Gabby sonrió con suavidad y se quitó la chaqueta, dejándola caer detrás de ella contra el respaldo de la silla.

—Vengo mucho por aquí, así que la gente me conoce de vista.

Tara asintió despacio antes de admitir que nunca había estado en un bar de ambiente.

Nunca había sido algo que hubiera experimentado en la universidad ni en la facultad de medicina.

Luego, después de conocer a Bob, la idea de ir a un sitio así estaba tan lejos de su radar social que ni siquiera se lo había planteado nunca.

—Ya, bueno. —Gabby se aclaró la garganta antes de dar un sorbo a la cerveza—. Bob suena a idiota.

Tara sonrió con tristeza, limpiando un poco de la condensación del costado de la copa.

—No siempre fue así.

—¿No?

Tara negó despacio con la cabeza, frunciendo el ceño hacia la copa en lugar de alzar la vista hacia Gabby.

—No. Cuando nos conocimos, era buen tío. O sea, siempre fue un poco estirado, supongo. Pero era buen tío y un gran médico.

Gabby resopló ante aquello.

—Eso no lo dirías al verlo ahora.

Tara alzó la vista, y compartieron una sonrisa. Sabía que las dos estaban pensando en lo ridículamente fuera de lugar que había parecido Bob cuando había irrumpido antes en urgencias. Tenía razón; de no ser por su pasado, Tara tampoco sabría decir que era médico.

—Antes era como tú —admitió tras pensárselo un momento.

—¿Tu marido era antes lesbiana?

—No tienes gracia, ¿sabes?

Gabby dio un sorbo a la cerveza para disimular la sonrisa.

—Sigue bebiendo, que me pondré más graciosa.

Tara hizo lo que le dijeron, dando un trago a su gin-tonic antes de continuar.

—Antes le importaba la gente. Lo vi hacer turnos dobles para cogerles la mano a pacientes moribundos que no tenían familia. Lo vi hacer voluntariado en clínicas gratuitas durante la temporada de gripe. Antes le importaba la medicina, y ayudar a la gente.

Ya no había rastro de sonrisa en la cara de Gabby. Se inclinó hacia delante sobre los codos, ladeando la cabeza.

—¿Qué cambió?

—Le dieron el ascenso. Poco a poco, empezó a… —Dejó la frase en el aire, suspirando con fuerza—. Ni siquiera sé cómo describirlo. Pero una noche, estábamos sentados el uno frente al otro a la mesa, y me di cuenta de que estaba cenando con un desconocido.

—Debió de ser duro —dijo Gabby en voz baja.

—Lo fue. Y luego todo lo demás empezó a desmoronarse, de golpe. Dejamos de ser marido y mujer, salvo cuando necesitábamos guardar las apariencias en público. Y luego, al final, dejamos de molestarnos siquiera en fingir.

Tara no necesitaba terminar la historia; sabía que su relación había sido el plato fuerte de los cotilleos del hospital, la aventura con Melanie, el feo divorcio, y a Gabby seguro que se lo habían contado.

—Creo que nuestro matrimonio se había acabado hacía mucho tiempo —admitió Tara finalmente—. Los dos éramos demasiado testarudos como para arrancar la tirita.

—Bueno, por si te hace sentir mejor… —Gabby sonrió con suavidad—. Su nueva novia es una bruja.

Las dos se rieron ante aquello y, aunque Tara no estaba segura de si era el chiste, el alcohol, o el hecho de que por fin había hablado con alguien que no fuera Claire sobre el divorcio, se sintió un poco mejor. Hasta había dejado de pensar en la pelea de vuelta en el despacho, en su mayor parte.

—Aunque algo bueno salió de todo ello —dijo, apurando lo que quedaba de su copa.

—¿Ah, sí?

—Sí. Me di cuenta de que hice la elección correcta al no aceptar aquel ascenso cuando me lo ofrecieron.

—¿A ti te ofrecieron primero el puesto de Bob? —Gabby arqueó una ceja—. Eso no lo sabía.

Tara asintió, suspirando.

—Fue hace tiempo, pero me lo ofrecieron a mí primero. Sin embargo, lo rechacé, y se lo ofrecieron a él en mi lugar. Y, en cierto modo, me alegro.

—¿Por qué?

Tara le dedicó a Gabby una sonrisa amarga.

—Porque significó que no acabé como él. A mí todavía me importa la gente. Todavía me importa la medicina. Mi trabajo no va solo de datos y cifras fríos como el suyo. Y de eso me alegro. No creo que pudiera vivir conmigo misma si acabara como han acabado Bob y Melanie.

Gabby sonrió con calidez. A diferencia de las sonrisas chulescas que normalmente seguían a uno de sus chistes, esta era una sonrisa auténticamente amable con la que pocas personas parecían tener el privilegio de ser agraciadas.

—Nunca te he contado por qué entré en el City General, ¿verdad?

—He oído que fue porque te peleaste con tu jefe de servicio.

—Bueno, en parte fue eso —admitió—. Pero ¿sabes por qué elegí venir a tu servicio?

Tara negó con la cabeza.

—No. ¿Por qué?

—Tu programa comunitario.

Tara la miró unos momentos, parpadeando de sorpresa.

—¿En serio?

—Sip. —Marcó la «p», dando un trago a la cerveza—. Pensé que cualquier hospital con un programa así tenía que merecer mi tiempo. Y sabía que cualquier médica que creara un programa así era la hostia de buena en su trabajo.

Tara no supo cómo responder a aquel cumplido, así que, en lugar de eso, agachó la cabeza con timidez y masculló algo que sonó a «gracias».

—Me alegro de que no aceptaras el ascenso, Tara —le dijo Gabby, alargando la mano por encima de la mesa para darle un rápido apretón a la suya—. Y me alegro de haber ido al City General.

—Yo también. —Tara le devolvió el apretón, sin querer del todo soltarla. Durante unos momentos, se limitaron a quedarse ahí sentadas juntas en silencio, con pequeñas sonrisas cómplices.

Gabby fue la primera en hablar, al reparar en que la copa de Tara estaba vacía.

—Necesitas una copa. ¿Otra ginebra?

Estaba de pie antes de que Tara pudiera siquiera responder, abriéndose paso entre las multitudes de gente para llegar a la barra. Tara sonrió con suavidad mientras observaba a la joven chocando los hombros sin más con otros clientes y bromeando con el personal de la barra.

Se preguntó con qué frecuencia venía Gabby aquí a desahogarse tras un turno largo, quizá lanzando dardos a la diana especialmente machacada del rincón, o inclinándose sobre la mesa de billar con unos amigos.

Era una bonita ventana a su vida personal, un pequeño atisbo de la persona que era en realidad fuera del trabajo.

Las copas siguieron llegando después de aquello, una tras otra, hasta que Tara pudo sentir aquel cálido y reconfortante puntillo en la cabeza.

No tardó mucho la conversación en volverse más insinuante y, entonces, Gabby se deslizó en el asiento a su lado.

Se inclinó bien cerca para que se la oyera con claridad por encima de la música que retumbaba a su alrededor.

—¿Quieres largarte de aquí conmigo? —preguntó, con los labios rozándole el borde de la oreja a Tara. Tara solo pudo asentir sin palabras ante la propuesta. No se fiaba de sí misma para decir nada, temiendo que cualquier cosa que dijera arruinara el momento.

Gabby se puso de pie primero, ofreciéndole una mano a Tara con un guiño antes de guiarla fuera del bar. Tara solo pudo seguirla al aire frío de la noche, yendo tras ella con una sonrisa en la cara.

Tara se sentía nerviosa y emocionada a la vez.

Al cerrar tras ellas la pesada puerta de su casa, aspiró hondo antes de girarse para mirar a Gabby de frente.

Al mirar aquellos penetrantes ojos azules de Gabby, quedó hipnotizada, incapaz de moverse.

Tara sintió la suavidad de los labios de Gabby contra los suyos y notó el peso del cuerpo de la joven empujarla contra la cara posterior de la gran puerta de madera.

Cerrando los ojos, se dejó arrastrar a lo hondo del beso.

La suavidad, la ternura del momento, combinadas con el calor de su propio deseo naciéndole por dentro, resultaban embriagadoras.

No recordaba la última vez que se había sentido así.

No recordaba haberse sentido nunca así con Bob.

Ni siquiera los momentos robados con Claire en la universidad, aun habiendo sido estimulantes, habían resultado nunca tan intensos ni tan urgentes como el puro nivel de deseo que le consumía el cuerpo en ese momento.

Mientras las manos de Gabby se le deslizaban bajo la camisa, moviéndose contra su espalda, sus costados, su vientre, el deseo de Tara alcanzó nuevas cotas. Estaba desesperada por quitarse la ropa. Quería las manos de Gabby por todo el cuerpo, y sentir el cuerpo de Gabby contra el suyo.

Rompiendo el beso, Gabby le dedicó una sonrisa perversa y empezó a desabrocharle los botones de la camisa.

A Tara se le entrecortó la respiración mientras observaba a Gabby dejar al descubierto con destreza su sujetador y la piel desnuda de su clavícula.

Pequeños besos aterrizaron en su piel desnuda e, incapaz de contenerse, se llevó las manos a la espalda y se desabrochó el sujetador.

Con un encogimiento de hombros, dejó que le cayera de los hombros, revelando unos pechos llenos y redondos y unos pezones visiblemente duros.

Tara tenía la cabeza echada hacia atrás mientras notaba que Gabby le succionaba con suavidad el pezón derecho dentro de la boca, mientras dos dedos trazaban círculos y pellizcaban el otro. Un jadeo de placer estalló al notar los dientes y la lengua de Gabby provocándola.

—Ah, esto te gusta, ¿eh? —preguntó Gabby con una sonrisa pícara.