Capítulo 19
CAPÍTULO DIECINUEVE
En algún momento después de la diatriba de Tara sobre sus dotes para tomar notas delante de urgencias, Gabby había decidido que era hora de hablar de lo que había pasado en la azotea.
Las cosas habían ido mejorando entre las dos, y lo único que había pasado que pudiera haber llevado a este cambio en la actitud de Tara era aquel momento en la azotea.
Gabby había lidiado con su buena ración de mujeres que en algún momento u otro habían creído ser heteras. Tara no era la primera hetero que se inclinaba para besarla, y con toda probabilidad no sería la última.
Sin embargo, era la primera que se había asustado tan fuerte como para decidir emprender un bombardeo implacable de insultos solo porque estaba confundida.
Al principio, Gabby lo había achacado a que no sabía cómo reaccionar tras haber estado a punto de besar a una compañera de trabajo.
Supuso que, fueran cuales fueran las contorsiones mentales que Tara estuviera haciendo para lidiar con lo que había pasado, volvería a la normalidad en unos días.
Sin embargo, las cosas no habían vuelto a la normalidad.
De hecho, habían ido empeorando progresivamente con el tiempo, y hoy había sido la gota que colmó el vaso.
Gabby decidió que ya se había cansado de esperar a que Tara entrara en razón, y que era hora de sentarla y preguntarle educadamente qué coño estaba pasando.
Bajó al despacho de Tara y estaba a punto de llamar a la puerta cuando oyó voces dentro. Ya estaba hablando con alguien y, por lo que parecía, no iba bien.
—Pero ya has hecho esto antes, ¿verdad? —Aquella era la voz de la administradora del hospital.
Tenía que serlo. Nadie más que hubiera conocido en el hospital hasta el momento conseguía tener aquella mezcla nauseabunda de voz dulce y palabras tan deliberadamente condescendientes—. Cuando Bob pidió el divorcio.
—No saques eso. —Aquella era Tara. Sonaba agotada, abatida, como si no quisiera otra cosa que acurrucarse bajo el escritorio y esconderse.
Gabby se sintió mal por escuchar a escondidas, sobre todo una conversación que sonaba tan profundamente personal.
Sabía que estaba mal, y sabía que debería haberse dado la vuelta y haberlos dejado a lo suyo, pero sencillamente no lograba animarse a apartarse de la puerta.
Así que, en lugar de eso, se quedó de pie y escuchó el resto de la conversación.
—Ponte las pilas, Tara. —Cuando Bob habló esta vez, su voz sonó más cerca, como si se acercara a la puerta. Al percibir que la conversación del otro lado estaba llegando a su fin, Gabby se dio cuenta de que necesitaba un sitio donde esconderse.
Menos mal que el despacho de Tara estaba abajo, junto a urgencias, porque significaba que estaba en el mismo pasillo en el que había uno de los cuartos de la limpieza.
Se coló en el cuarto sin cerrar para evitar que la vieran.
Gabby esperó mientras oía dos pares de pasos salir del despacho de Tara y alejarse por el pasillo.
Cuando se apagaron fuera del alcance del oído y el terreno pareció despejado, salió del cuarto y volvió hacia el despacho de Tara.
Allí dentro había silencio y, por un momento, Gabby pensó que quizá su jefa hubiera decidido marcharse y ella simplemente hubiera pasado por alto los pasos, pero entonces oyó un inconfundible sorbido de nariz. Tara seguía ahí dentro y, por lo que parecía, estaba llorando.
Por un momento, Gabby se planteó marcharse y dejarla que se recompusiera.
Pero luego recordó cómo Tara había ido a buscarla a la azotea después de enterarse de la muerte de Trevor, cómo se había sentado a su lado y le había hablado con aquella voz suave y reconfortante.
Lo menos que podía hacer era devolverle el favor.
Gabby llamó una vez antes de entrar, abriendo la puerta justo a tiempo de ver a Tara intentando enjugarse las lágrimas sueltas de las mejillas.
—Hola —dijo en voz baja. Tara alzó la vista hacia ella, parpadeando entre lágrimas. Pareció costarle un momento darse cuenta de a quién estaba mirando y, cuando Gabby quedó enfocada, Tara no pareció precisamente contenta de verla.
—Ah —fue lo único que dijo.
Gabby cerró la puerta tras de sí al entrar en el despacho, echando un vistazo rápido al desorden antes de posarse en el brazo del sofá.
Durante unos momentos, ninguna de las dos habló.
Tara intentaba tener un aspecto un poco más presentable, y Gabby no estaba muy segura de qué palabras de consuelo sacar para la situación.
—Bueno, pues Melanie es una bruja —acabó decidiéndose. Tara hizo un sonido estrangulado que seguramente estaba a medio camino entre un sollozo y una risa, pero fue lo bastante parecido como para que Gabby sintiera que podía dejarse caer sobre los cojines del sofá para sentarse al lado de su jefa.
—Lo es —coincidió Tara, consiguiendo una débil sonrisa.
Gabby había entrado en el despacho aún medio esperando poder hablar de todo lo que había pasado la última semana, pero ver a Tara así hizo que cualquier idea de eso se fuera por la ventana. No necesitaba más disgustos, ahora no.
—¿Cuánto has oído? —preguntó Tara en voz baja, incapaz de sostenerle la mirada a Gabby como es debido.
—Lo suficiente —dijo Gabby de forma críptica.
—¿Lo suficiente?
—Lo suficiente para saber que… tiendes a pagarlo con otras personas cuando las cosas no salen según lo previsto —desarrolló, escogiendo las palabras con cuidado—.
Lo suficiente para saber que la razón por la que te comportas así es por lo de la azotea.
Lo suficiente para saber que seguramente no quieras hablar de lo que pasó en la azotea. He oído… lo suficiente.
Tara alzó la vista despacio, sosteniéndole la mirada como es debido.
Por primera vez desde que estuvieron en la azotea, Tara miraba a Gabby de verdad.
Sin embargo, no había fastidio ni frustración en sus ojos, no como lo que había visto durante la semana.
En lugar de eso, había una expresión de determinación que Gabby no había visto antes.
Lo siguiente que hizo Tara las sorprendió a las dos. Se inclinó sin vacilar y besó a Gabby.
A esta le costó un momento reaccionar al beso, sobre todo porque la había pillado con la guardia baja.
Una pelea era lo que había esperado en un principio y luego, tras escuchar a escondidas la conversación anterior, había pensado que quizá acabaría siendo un hombro sobre el que llorar. Pero esto… no lo había visto venir.
Tara se apartó, poniendo fin al beso casi tan deprisa como lo había empezado.
—Lo siento.
—Normalmente no me piden perdón después de besarme —admitió Gabby.
—Quería besarte en la azotea —explicó con cierta torpeza.
—Más o menos me lo imaginé.
—Pero nunca he… No soy… Nunca me han gustado las mujeres.
Gabby se encogió de hombros.
—A mí tampoco, hasta que me gustaron.
—Ah, ya. Supongo que tiene sentido. —Tara hizo una pausa como asimilando la lógica de lo que Gabby había dicho—. Siento haberte tratado como una imbécil.
—¿Solo esta semana, o es una disculpa por todo el tiempo que llevo trabajando aquí? —preguntó Gabby con una sonrisa burlona—. Es que necesito saberlo. No sé cuánto tiempo llevas queriendo besarme.
—Habla en serio.
—Estoy hablando en serio. No tengo ni idea de mis verdaderos poderes sobre otras mujeres, así que de verdad necesito que me ayudes a averiguar lo irresistibles que son mis encantos.
Tara le dio un cachete suave en el brazo, pero Gabby pudo ver el fantasma de una sonrisa en sus labios. Desde luego era una mejora respecto al llanto, y era sin duda mejor que verla con el ceño fruncido toda la semana.
—¿Soy la primera mujer a la que has besado? —preguntó Gabby.
—A unas cuantas en la universidad cuando estaba borracha. Mi compañera de piso. Pero… aparte de eso, sí.
—Ah, bueno, pues entonces ese ha sido un primer beso de pena. —Gabby se acercó un poco más por el sofá, de modo que su muslo tocaba el de Tara—. Tienes que dejar que repita eso. Lo habría hecho mejor de haberlo sabido.
—¿Es que no puedes tomarte nada en serio?
—preguntó Tara, girándose para mirarla. Gabby sonrió de oreja a oreja, inclinándose aún más cerca.
Durante unos segundos, lo único que ninguna de las dos podía oír era el sonido de su propia respiración, y luego Gabby cerró la distancia, besando a Tara como es debido.
Tara se derritió en el beso, como si fuera algo que siempre hubiera debido hacer.
Una de sus manos encontró la de Gabby, con los dedos enredándose como si se anclaran la una a la otra.
La otra mano se alzó para ahuecarse contra la mejilla de Gabby, con las yemas de los dedos rozándole el pelo de la sien.
Hacía tantísimo que a Tara no la besaban así, con sinceridad y con pasión, y como si fuera la única persona del mundo que importara. Hacía tantísimo que nunca se había imaginado que fuera a volver a pasar y, cuando por fin se separaron, estaba sin aliento.
—¿Ha sido mejor? —preguntó Gabby con suavidad, acariciándole con el pulgar el pómulo a Tara. Lo único que Tara pudo hacer fue asentir en silencio, con una sonrisa asomándole a los labios que reflejaba la que veía en Gabby.
—Ha estado bien. Ha estado muy bien —dijo finalmente, sonando como una adolescente que acabara de escabullirse detrás del cobertizo de las bicis para enrollarse.
Gabby se rio.
—Gracias. ¿Eso va en mi evaluación de desempeño del periodo de prueba?
Tara le dio un empujoncito en el hombro.
—Ni lo sueñes.
Compartieron una risa queda y luego se quedaron calladas unos momentos. Fue Gabby la primera en hablar.
—¿Quieres largarte de aquí? Ya has terminado por hoy, ¿no?
—¿Qué hora es? —preguntó Tara, estirando el cuello para atisbar por la diminuta ventana en un intento de calcular la hora.
—Son más de las seis, así que creo que es socialmente aceptable ir a un bar a beber. —Gabby sonrió, ofreciéndole la mano al levantarse. Tara la cogió con cautela, poniéndose de pie también—. ¿Hay algún sitio al que sueles ir?
—Yo, eh… —Tara hizo una pausa, un poco avergonzada.
Hacía tiempo que no salía a un bar de verdad; lo más cerca que había estado últimamente era una coctelería que costaba una pequeña fortuna por copa.
Antes de eso, había sido el bar del club de campo, usando la membresía de Bob—.
No, la verdad es que no. Podemos ir a donde tú vayas normalmente.
—¿En serio? No sé si es muy tu ambiente…
—¿En serio? ¿Por qué?
—Bueno, es un bar de ambiente… —dijo Gabby despacio—. En el centro. Seguramente sea un poco más de barrio que los sitios a los que estás acostumbrada.
—Quiero ir —dijo Tara de inmediato, como si Gabby ni siquiera hubiera hablado. Nunca había estado en un bar de ambiente, y la idea de ir a uno y verse rodeada de todo un mundo nuevo de gente era emocionante—. ¿Podemos ir? ¿Ahora?