Capítulo 15
CAPÍTULO QUINCE
Mientras Gabby se deslizaba bajo las frescas sábanas de algodón, dejó que la cabeza se le hundiera en la almohada.
Reflexionó sobre cómo había ido su noche.
Todas sus amigas esperarían que estuviera desnuda y en plena faena con la mujer del bar.
Había estado buenísima y, cualquier otra noche, Gabby no se lo habría pensado dos veces antes de irse a casa con ella.
Rara vez llevaba a nadie a su casa. Cuando eran de las que se quedaban remoloneando, era demasiado difícil deshacerse de ellas.
Prácticamente tenía que empujarlas hacia la puerta, alegando que tenía que estar en algún sitio solo para conseguir que se fueran.
En más de una ocasión, incluso había tenido que coger la chaqueta y el bolso y salir con ellas para lograr sacarlas por la puerta.
Fueran en la dirección que fueran, ella se iba en la contraria, para luego dar la vuelta a la manzana y volver a entrar.
Una vez, había caminado demasiado deprisa, y la chica que acababa de echar seguía de pie en la acera, delante de su puerta, cuando volvió.
Aquello había requerido pensar y hablar rápido para explicar su repentino regreso.
Así que ahora siempre iba al apartamento de ellas, lo que significaba que podía marcharse cuando quisiera, sin preguntas.
Gabby dejó que sus pensamientos derivaran hacia lo que podría haber estado haciendo si Tara no la hubiera llamado justo en aquel momento crítico.
Mientras la mente le vagaba, también lo hizo la mano, en movimientos largos y lentos que le acariciaban la planicie del vientre.
Intentó imaginarse a Allie de nuevo, imaginando cómo habría ido la noche, las dos quitándose la ropa, desesperadas por ponerse las manos encima.
Su mano se deslizó más abajo, rozando el pequeño triángulo de vello recortado con esmero.
¿Estaría la lengua de Allie provocándola justo ahora?
Mientras los dedos se le deslizaban con suavidad hacia abajo, el clítoris empezó a responder al tacto y su imaginación se volvió más vívida.
Se imaginó la coronilla de Allie entre sus piernas, sintió su lengua provocando y trazando círculos alrededor del clítoris y, con cada movimiento, se excitaba más.
Deslizándose más abajo, hundió dos dedos dentro e imaginó aquellos ojos oscuros mirándola desde abajo.
Pero los ojos que veía no eran los de Allie. Eran los de Tara.
La conmoción de ver la cara de su jefa no ralentizó sus actos; en lugar de eso, intensificó el asunto.
Gabby se notó soltar un gemido involuntario.
Sus dedos cambiaron de ritmo. Movimientos lentos mientras hundía los dedos bien adentro de sus cálidos pliegues fueron seguidos de un frotamiento brusco y fuerte sobre la dureza del clítoris.
En cuestión de minutos notó crecer el orgasmo, y luchó consigo misma, queriendo prolongar el placer y, al mismo tiempo, queriendo verse arrollada por el placer del orgasmo.
La necesidad de liberación ganó, y Gabby se entregó con la imagen de Tara todavía en la mente.
Las siguientes dos semanas consiguieron transcurrir relativamente sin incidentes.
Bob y Melanie seguían respirándole en la nuca a Tara con lo de las finanzas del hospital, y la carpeta de cartón llena de estadísticas y cifras seguía enterrada en el fondo de su escritorio.
La actitud de Gabby incluso había mejorado un poco, por alguna razón.
Tara no tenía ni idea de por qué, pero no iba a cuestionarlo y arriesgarse a agriar el ambiente.
Todo el mundo seguía estresado y, de vez en cuando, la gente se soltaba exabruptos al pasar, pero no hubo más peleas gordas. En general, las cosas parecían ir bien.
Sin embargo, no iba a durar, porque en realidad no podía.
Nada bueno duraba nunca, y siempre tenía que haber algo.
Las cosas iban demasiado bien y, con la perspectiva del tiempo, Tara debería haber intuido que, tarde o temprano, algo tenía que salir mal.
Iba a haber algo a la vuelta de la esquina para fastidiarlo todo.
Casi al final del turno de día llegó el caso. Dos pacientes entraron por las puertas dobles, uno tras otro. Los dos eran adolescentes, ni siquiera veinte años, y habían tenido un accidente de coche tras patinar sobre unas placas de hielo no muy lejos del hospital.
Los dos estaban gravemente heridos pero, cuando Tara se acercó, se dio cuenta de que uno estaba mucho peor que el otro.
No conocía los detalles del accidente pero, mientras se ponía unos guantes y le comprobaba las constantes al chico, uno de los sanitarios le informó de que sospechaban una hemorragia interna.
Tenían razón. La tensión se le desplomó, las constantes se le descontrolaron y luego, apenas unos minutos después de entrar por las puertas en la camilla, se fue. Visto en retrospectiva, había llegado muerto; nunca habían tenido ninguna posibilidad real de salvarlo.
Fue Tara quien declaró la hora de la muerte: las 16:16. Le pidió a una de las enfermeras que informara a los padres del chaval, y alguien le pasó una sábana por encima de la cabeza para darle un poco de dignidad. Y entonces se acabó.
El otro chaval —el conductor del coche, se enteraron más tarde— no estaba tan mal. Tenía algunos daños en una pierna que habría que reparar en cirugía, y unas cuantas costillas rotas pero, aparte de eso, había salido en un estado físico sorprendentemente bueno.
Por supuesto, no podía decirse lo mismo de su estado mental.
Era tan joven que hacía que Phelps pareciera de mediana edad, y Tara sintió una punzada de compasión por el chico cuando le prestó atención.
Cuando habían metido a los chicos, sus camillas estaban una al lado de la otra, y el conductor lo vio todo.
Vio a los médicos correteando alrededor de su amigo, vio las expresiones de sus caras.
Vio las constantes del monitor caer a cero, y luego observó cómo Tara declaraba la hora de la muerte.
Todavía tenía la cabeza girada hacia un lado cuando Tara le prestó atención.
Seguía mirando fijamente el punto donde había estado la camilla de su amigo, aunque los médicos ya lo llevaban al depósito.
Tenía la misma mirada perdida en el vacío que Tara había visto tantísimas veces ya, en las caras de tantísimos familiares.
Aquel chaval, que apenas parecía haber salido del instituto, acababa de ver morir a su amigo delante de él.
Estaba completamente ausente cuando intentaron sacarle información.
Por más que le suplicaran con suavidad, no lograban arrancarle ningún dato sobre el accidente, y ni siquiera conseguían sonsacarle el menor indicio de su historial médico.
El chaval tenía que ir a cirugía para arreglarle la pierna rota, pero ni siquiera podían empezar a prepararlo sin saber su nombre y averiguar sus antecedentes médicos.
Se aseguraron de que estuviera estable y le sacaron sangre, para al menos saber qué tipo darle durante la cirugía pero, aparte de eso, no había nada que pudieran hacer para sacarle más información.
Era como si una parte de él hubiera muerto cuando su amigo se había ido, y ya nada más, ni siquiera sus propias heridas, importara.
Durante todo el tiempo que le curaron la herida de la pierna y lo llenaron de morfina para el dolor, no se movió.
Se limitó a mirar sin ver a lo lejos, con la cabeza todavía torcida hacia el espacio vacío donde había estado su amigo.
Tara intentó negociar con él, aunque lidiar con adolescentes poco cooperativos no era precisamente su fuerte. Se agachó junto a su cama, con la tablilla en la mano, y puso su mejor cara de madre preocupada.
—No tienes que contarme mucho. Solo necesito tu nombre.
No hubo nada. Ninguna respuesta. Ni siquiera parpadeó, solo siguió mirando fijamente.
Tara suspiró, echando un vistazo por encima del hombro a los otros médicos que habían intentado hablar con él, todo en vano.
Ni siquiera su carta ganadora, Phelps, había conseguido sacarle nada, y normalmente lo difícil era que los pacientes dejaran de hablar con él.
—Necesito avisar a tus padres de que estás aquí —suplicó Tara—. ¿No crees que están preocupados por ti? ¿No crees que quieren saber dónde estás?
No hubo indicio alguno de que el chico siquiera la hubiera oído y, con un suspiro pesado, Tara se enderezó. Estaba a punto de rendirse cuando oyó la voz de Gabby detrás de ella.
—¿Cómo se llamaba tu amigo?
Por primera vez desde que su amigo había hecho la línea plana, el joven conductor se movió.
Abrió la boca, apenas un poco, y parpadeó unas cuantas veces como si intentara contener las lágrimas.
Tara miró mientras Gabby se unía a ella junto a la cama, observando cómo se sentaba en el borde de la cama, a los pies del chico.
—Tenemos que avisar a sus padres, ¿no crees? Tienen derecho a saberlo.
Las lágrimas se le acumularon al joven en los ojos sin que pudiera parpadearlas, y empezaron a encharcarse en el pliegue donde el rabillo del ojo se encontraba con el puente de la nariz, pero no hizo ademán de secárselas.
Al ver esto, Gabby sacó un pañuelo del bolsillo, se inclinó cerca de él y se las enjugó antes de ponérselo en una de las manos.
—Por favor, dinos cómo se llama —dijo en voz baja, agachándose en el suelo delante de él para quedar en su línea de visión. Poco a poco, la mirada del chico se enfocó en ella, y sus ojos se alzaron para encontrarse con los de ella.
—Jamal —susurró finalmente—. Se llama Jamal Robinson.
—Jamal Robinson —repitió Gabby, lo bastante alto como para que una de las enfermeras lo oyera y lo buscara en la base de datos del hospital—. Gracias.
Tara observó cómo la joven médica alargaba la mano y le apretaba la del chico con suavidad, una muestra silenciosa de solidaridad. Un «lo siento» no verbal. Se enderezó y se giró para marcharse pero, al hacerlo, el adolescente le agarró la manga de la bata, deteniéndola.
—Trevor —dijo con voz ronca—. Trevor Williams.
Tara los miró en silencio, conmocionada, observando cómo Gabby se agachaba de nuevo delante de él y le cogía la mano, dándole otro apretón. Daba la impresión de que media plantilla del servicio había intentado llegar a aquel chaval, en vano, pero ella lo había logrado en solo dos frases.
—Vale, Trevor —dijo Gabby con una pequeña sonrisa—. Lo has hecho muy bien hasta ahora, sé que todo esto es mucho que asimilar. ¿Alguien te ha explicado lo que va a pasar ahora?
Trevor negó despacio con la cabeza y, mientras Gabby le explicaba que estaba a punto de entrar en cirugía para repararle el daño de la pierna, Tara les indicó a las enfermeras, moviendo los labios, que buscaran su historial médico e intentaran contactar con sus padres.
La pequeña multitud que se había formado empezó a dispersarse, y Tara decidió darle a Gabby algo de espacio con el joven paciente, para que siguiera hablando con él y, con suerte, lo mantuviera tranquilo antes de entrar en quirófano.
Gabby no se separó de Trevor hasta que se lo llevaron a preoperatorio.
Se agachó junto a su cama, hablándole en aquel mismo tono suave y tranquilizador.
Estaba claro que el chaval seguía pasándolo mal pero, cuando Tara pasó junto a la cama, lo oyó explicando en voz baja lo que recordaba del accidente.
Resultaba sorprendente ver a Gabby así; desde que Tara la conocía, era seguramente la primera vez que la veía de verdad callada.
Supuso que la joven médica seguramente tenía la situación bien controlada, así que se escabulló del servicio para tomarse un respiro en su despacho.
Había un joven residente hecho un ovillo en su sofá, echándose una siesta bajo la manta y, aunque abrió un ojo apenas una rendija cuando Tara entró, no hizo ningún esfuerzo por marcharse, y ella no le dijo que se levantara.
—¿Turno duro? —preguntó, sentándose tras su escritorio.
La figura bajo la manta gruñó en respuesta, pero no dio ninguna otra señal de estar siquiera despierto de verdad.
Con una pequeña sonrisa, Tara se puso a repasar algunos de los expedientes de pacientes que necesitaba mirar.
Estaba de lo más contenta de compartir el despacho de momento, y al residente no parecía apetecerle mucho la charla trivial, lo cual a ella le venía de perlas.