Trauma de amor (City General Series 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

CAPÍTULO ONCE

Había mucho ajetreo en el servicio, lo cual era bueno.

El torbellino de gente a su alrededor ayudaba a ahogar la vocecita del fondo de su cabeza que la reconcomía con lo de la carpeta del cajón del escritorio.

Con todos los gritos y el alboroto, apenas se oía pensar y, en ese momento, era todo lo que quería.

Ellis atendía a un paciente cerca de la puerta y, por lo que parecía, estaba intubando, con las manos moviéndose deprisa mientras la saturación de oxígeno del monitor que había junto a la cama bajaba sin pausa.

A pesar de la familia sollozante a su lado, la joven médica apenas parecía inmutarse; su expresión era extrañamente serena, y la única emoción que se permitió fue el suspiro de alivio cuando el paciente se estabilizó.

Tara tenía que admitir que, en la última semana, la nueva incorporación la había impresionado.

Vale, tenía un problema de actitud que Tara había sido capaz de detectar a un kilómetro, y no había ayudado que su entrada el primer día fuera como sacada de una película.

La gente todavía cotilleaba sobre la médica que había hecho su debut en el hospital entrando montada sobre un paciente, lo que convertía a Ellis en una especie de celebridad menor.

Pero Tara tenía que admitir (por muy a regañadientes que fuera) que era una buena médica.

Era muy resolutiva, y no de las que rehúyen meterse de lleno en su trabajo; lo había demostrado lanzándose de cabeza al puesto su primer día, y lo había seguido haciendo cada día desde entonces.

Era la definición de una médica que había arrancado a toda máquina desde el principio pero, por alguna razón, eso frustraba más a Tara, por motivos que no sabía muy bien precisar.

Ellis se percató de que la observaba mientras rellenaba el expediente del paciente, ordenando que lo ingresaran y lo enviaran a otra planta.

—¿Pasa algo, jefa?

—Has llegado tarde esta mañana.

Gabby hizo una pausa, guardándose el boli en el bolsillo de la bata.

—Sí, es verdad.

—¿Quieres decirme por qué? —La joven rubia parecía más cansada y demacrada de lo normal, y Tara no pudo evitar fijarse en cómo había hecho una mueca ante las luces brillantes del techo al entrar a toda prisa. Se jugaba lo que fuera a que era una resaca bastante considerable.

—Tráfico —respondió Gabby con un encogimiento de hombros despreocupado, pasando junto a Tara para dejar el expediente del paciente—. Nada más.

—¿No tendrá nada que ver con la noche de juerga que supongo que tuviste, entonces?

Gabby estaba apoyada en el control de enfermería para firmar el traslado del paciente y, aunque Tara no le veía la cara, sí que percibió cómo se le tensaban los hombros a la joven. Sabía que la habían pillado en una mentira.

—Puede.

La joven médica se enderezó despacio y le sostuvo la mirada a Tara, intentando (sin lograrlo) no parecer culpable.

Tara no podía reprochárselo exactamente, lo de querer desmelenarse y divertirse tras su primera semana en un hospital nuevo; al fin y al cabo, cuando ella tenía la edad de Gabby, hacía lo mismo continuamente.

Sin embargo, era la jefa de la joven médica, y eso significaba que sí podía reprocharle que llegara tarde.

La apartó a un lado con un silencioso gesto de la cabeza hacia las puertas dobles, y las dos salieron unos momentos del bullicio de urgencias.

La rubia llevaba las manos hundidas bien hondo en los bolsillos de la bata y evitaba la mirada de Tara, pareciendo más una cría a la que habían pillado con la mano en el bote de las galletas que una profesional de la medicina.

Una parte de Tara quería soltarle un exabrupto y, quizá, si hubiera sido cualquier otra médica, lo habría hecho.

Pero había algo en Gabby que era distinto.

Era más capaz que la mayoría de los médicos jóvenes que pasaban por la puerta de Tara, y se comportaba como alguien que llevara décadas trabajando en el campo, en lugar de unos pocos años. En general, era una buena médica.

Soltarle un exabrupto y cabrearla no haría que mejorara ese día. No haría que trabajara más ni mejor, y Tara lo sabía, así que probó con el enfoque más suave.

—Tu vida personal es tuya, y no tengo derecho a interferir en ella, Ellis —empezó, asegurándose de mantener con cuidado la voz calmada y suave, casi como si se acercara a un gato callejero especialmente arisco—. Pero tu vida personal se acaba en el instante en que cruzas esas puertas.

—Eso ya lo sé.

Gabby ya estaba a la defensiva, como preparada para pelear, y Tara no podía reprochárselo exactamente.

—Eres una buena médica y sé que, cuando vuelvas a entrar ahí, vas a tratar a los pacientes como si no tuvieras una resaca de espanto.

Pero eso no significa que quiera que esto se convierta en la tónica habitual.

Mantén el alcohol al mínimo cuando trabajes al día siguiente y preséntate a tus turnos a tiempo.

Solo lo pido por las buenas una vez; si esto vuelve a pasar, no seré tan educada.

Hubo un instante de silencio que pendió entre las dos mujeres unos momentos.

A Gabby la sorprendió este giro extrañamente maternal de Tara que no había visto venir; medio esperaba que la mujer le echara una bronca y le gritara en mitad del servicio.

En lugar de eso, la ira que había esperado quedó reemplazada por una suave nota de decepción maternal.

Y la decepción siempre era peor que la ira. Todo el mundo lo sabía.

—¿Lo entiendes? —insistió Tara—. ¿O debería dejarlo un poco más claro?

—No, lo he pillado —dijo Gabby rápidamente—. Gracias, jefa.

—Bien. Ve a la farmacia y coge paracetamol. Y bebe agua, estás deshidratada.

Con eso, Tara giró sobre sus talones y desapareció por el pasillo hacia su despacho.

Gabby observó marcharse a la mujer, todavía un poco perpleja de que no fuera a afrontar ninguna consecuencia real por entrar tarde dando tumbos a su turno, antes de hacer lo que le habían dicho e ir a por unos analgésicos.

El resto del personal de enfermería y los demás médicos que revoloteaban por urgencias apenas parecieron reparar en su llegada tardía, ni en la conversación que había tenido fuera en el pasillo, y a Gabby eso le venía de perlas.

Una botella de agua y dos analgésicos después, ya estaba lista para meterse de lleno en su trabajo, como si fuera un día cualquiera.