Capítulo 10
CAPÍTULO DIEZ
Tara estaba con Phelps en el control de enfermería, observando el reloj de encima de ellos mientras pasaban los minutos. Gabby Ellis seguía sin aparecer por ninguna parte.
—Llega tarde —afirmó Tara, dando un sorbo al café de la máquina del pasillo. Era amargo y sabía más a barro que a café de verdad, pero estaba caliente y llevaba cafeína, y con eso le bastaba.
—¿No estarás buscando cualquier excusa para gritarle? —preguntó Phelps. Tara le lanzó una mirada fulminante por encima del café que él sabía que significaba «cállate», entornando los ojos hacia el médico residente—. La verdad es que es bastante buena, ¿sabes?
—Es un incordio.
—Yo también —señaló Phelps—. Y aun así te caigo bien.
—¿Ah, sí? —Tara tiró el vaso vacío de café a la basura.
Y, aunque le daba la espalda, Phelps oyó la sonrisa en su voz.
Solo se estaba metiendo con él; la verdad era que lo había tomado bajo su ala como a un hijo adoptivo de urgencias el día que llegó al hospital, y era uno de sus miembros del personal favoritos.
Todo el mundo lo sabía, pero nadie lo comentaba.
—A mí me cae bien. —Phelps miró alrededor del servicio de urgencias con una pequeña sonrisa—. Es maja.
Tara se cruzó de brazos, observando al joven médico con recelo. A Phelps le caía bien todo el mundo, era otra de las normas tácitas del servicio de urgencias. Tenía que haber algo más que le hubiera llamado la atención de Ellis.
—Es guapa —concluyó.
Ah, ahí estaba. Por un momento, Tara se planteó decirle a su residente que era poco probable que tuviera éxito con Ellis.
Ya se había fijado en el parche de Stonewall de la mochila de la taquilla de Ellis, así como en la chapa del orgullo gay de su cazadora, y sospechaba que el doctor Marcus Phelps no era exactamente su tipo.
Aunque era un chaval listo; supuso que se daría cuenta de eso tarde o temprano.
En cualquier caso, nada de eso era lo que importaba en ese momento.
Lo importante en ese preciso instante era el hecho de que Ellis llegaba media hora tarde a su turno, con apenas una semana en el trabajo.
No era un buen comienzo, y no iba a quedar bien en la reunión que Tara tenía prevista sobre su desempeño la semana siguiente.
Pasaron otros minutos y entonces una melena conocida de rubio apagado y alborotado se coló en el servicio de urgencias, esquivando a toda prisa a unos pacientes a los que estaban dando el alta.
Tara abrió la boca para decirle algo a la joven médica —algo sobre la ética de trabajo o la vagancia le vino a la mente— pero, antes de que pudiera soltar palabra, Gabby ya había cogido el expediente y salía corriendo hacia el otro extremo del servicio para atender a su primer paciente.
Era casi como si la joven hubiera estado decidida a cortarle el paso.
De todos modos, había otros asuntos que requerían la atención de Tara. El más apremiante era el problema del programa comunitario, que al parecer seguía siendo la mayor espina financiera clavada en el costado del hospital.
Tara dejó instrucciones a las enfermeras de que la llamaran si había algún problema antes de dirigirse a su despacho. Estaba metido hacia el fondo de urgencias, justo a un lado del pasillo. Incluso para los estándares de una jefa de servicio, era un despacho bastante pobre.
Pero no le importaba, y nunca le había importado. Cuando las cosas iban mejor con Bob, le habían ofrecido un despacho más grande e imponente con vistas al parque. Habría sido luminoso y espacioso, imposiblemente elegante, moderno, y mucho más bonito que el de la mayoría de los compañeros de Tara.
Había rechazado la oferta porque habría supuesto alejarse más de urgencias, y Bob nunca volvió a hacerle una oferta así.
De todos modos, el despacho había sido una rama de olivo.
Una oferta que le tendió por lo culpable que se sentía de lo que pasaba a sus espaldas.
Con la perspectiva del tiempo, Tara se alegraba de haber rechazado el despacho nuevo; no habría podido entrar cada día a trabajar allí sabiendo la verdadera razón por la que se lo habían dado.
No, estaba a gusto donde estaba. Vale, la única ventana solo le daba vistas a los cubos de basura de fuera en lugar de al parque, pero eso daba igual. Le gustaba su pequeño despacho, por muy estrecho que fuera.
Era un refugio para ella en muchos sentidos.
Cuando las cosas entre ella y Bob habían empezado a agriarse, había empezado a pasar cada vez más tiempo allí, enfrascada en revistas médicas y expedientes de pacientes para distraer la mente de su vida personal.
Incluso se había acurrucado a dormir en el sofá algunas noches, antes de ducharse en el hospital, cambiarse de ropa y empezar un nuevo día como si se hubiera ido a casa como todo el mundo.
En aquellos días, escondida aquí abajo, lejos de Bob y Melanie, Tara se había sentido protegida, como si nadie pudiera tocarla.
Incluso ahora, era su espacio seguro. Tara no se imaginaba a Bob ni a Melanie aventurándose a bajar de su torre de marfil de la última planta para venir aquí.
No abandonarían sus despachos luminosos y lujosos para venir a su estrecho rinconcito del hospital, así que estaba a salvo de ellos.
Una vez que aquella puerta se cerraba tras ella, era como si el resto del mundo quedara aislado, y estuviera en una burbuja propia.
Su sofá estaba vacío hoy pero, a juzgar por la manta que habían hecho a toda prisa una bola, alguien había estado echándose una siesta ahí no hacía mucho.
Con una pequeña sonrisa, Tara cogió la manta y la dobló con esmero, alisando la tela mientras la dejaba de nuevo en su sitio de costumbre.
Había una lata de refresco sin abrir en el suelo junto al sofá que no estaba ahí cuando había llegado al trabajo, así que supuso que quienquiera que hubiese estado durmiendo allí volvería pronto.
Se sentó tras su escritorio con un suspiro pesado, mirando el desorden de papeleo que le cubría la mesa.
En algún punto entre todo aquello estaba la carpeta de cartón que Melanie le había plantado en las manos unos días antes, detallando exactamente cuánto le estaba costando el programa comunitario al hospital.
Tara ni siquiera estaba segura de querer mirarla.
No quería ver todo el trabajo que había invertido en los últimos años y todo el bien que había hecho convertidos en cifras frías y crudas.
No quería ver a la niña asmática que habían tratado a través del programa convertida en una estadística más, ni a aquella anciana que había venido con dulce de coco para los médicos después de que la trataran.
Había explicado en voz baja que no podía darles dinero por el tratamiento que había recibido, pero todos los médicos habían coincidido en que era el mejor pago que ninguno de ellos había recibido jamás.
Estaba la joven madre de tres hijos que había venido con una infección respiratoria un noviembre que Tara nunca iba a olvidar.
Había estado posponiendo ir al médico porque no podía permitirse ni una revisión, y mucho menos la medicación que necesitaba.
Tara seguía convencida a día de hoy de que, si no la hubieran ingresado cuando lo hicieron, sus hijos habrían quedado huérfanos.
¿Cuántos casos más había en la ciudad de mujeres como ella?
¿Cuántos padres tenían que elegir entre ir al médico y poner comida en la mesa?
Bob y Melanie no cerrarían el programa, eso lo sabía.
El único otro hospital con ánimo de lucro de la zona, el St. Jude's, no tenía un programa como este, así que distinguía al City General.
El programa comunitario era lo único que hacía parecer que la administración que dirigía el hospital no estaba solo por el dinero; daba una apariencia de compasión, aunque no hubiera mucha de eso para repartir.
El programa no era tan grande ni de tan largo alcance como Tara quería.
Cuando había concebido este proyecto, quería que fuera un esfuerzo organizativo en red entre el St. Michael's y los demás grandes hospitales de la zona, pero esa idea se había descartado de inmediato.
Bob y Melanie veían el programa comunitario como una oportunidad para reforzar su imagen, y querían el monopolio de la imagen de ser un hospital solidario.
Eso significaba que el programa no podía conseguir la financiación ni el alcance que Tara y muchos de los otros médicos querían, y no podía atender a tanta gente como ella había soñado en su momento.
Pero eso ya daba igual, cayó en la cuenta.
Tara no necesitaba molestarse en preocuparse por cómo desarrollar el programa y ampliar su alcance, porque ahora sabía que nunca podría.
Bob y Melanie lo querían reducido a una fracción de lo que era actualmente.
Querían equilibrar la imagen de la medicina compasiva con su cuenta de resultados, asegurándose de seguir sacando beneficios y cobrando sus primas anuales.
A quién le importaba si eso significaba que muriera algún pobre más, ¿verdad?
De algún modo, se suponía que Tara tenía que reducir los costes operativos del programa en un veinticinco por ciento para empezar y, luego, con el tiempo, el objetivo al parecer era reducir los costes al cincuenta por ciento de lo que eran actualmente.
Cuando le había plantado la carpeta de cartón contra el pecho, Melanie le había dicho con retintín que le daba igual cómo se hiciera, solo que se hiciera.
Tara abrió la carpeta y miró el desglose que tenía delante.
¿Cómo se suponía que iba a recortar el gasto aquí?
Melanie le había dicho que empezara por cualquier cosa no esencial, pero, para Tara, todo lo que hacían en el programa comunitario era esencial.
Ni siquiera algo tan aparentemente insignificante como los guantes que usaban en el servicio se podía recortar.
¿Qué se suponía que iban a hacer si se les acababan?
¿Rechazar a la gente? ¿Pedir prestado a otros servicios y agotar sus existencias?
Ninguna de las dos era una buena opción.
No pudo quedarse ahí sentada mirando las cifras y los gráficos demasiado rato.
Esto y la política eran las razones por las que había rechazado el puesto de directora clínica en el St. Jude's cuando se lo habían ofrecido cinco años antes.
El sueldo era mejor, las ventajas eran estupendas, pero tenías que sacrificar la medicina en aras de la burocracia.
Recortar los costes médicos en aras de la cuenta de resultados del hospital a expensas de la atención al paciente —sobre todo cuando afectaba a los miembros más vulnerables de la sociedad, como ahora— no era algo que le saliera de forma natural a Tara.
No se había pasado todos aquellos años haciéndose médica porque quisiera reducir la medicina a márgenes de beneficio.
Lo había hecho para poder ayudar a la gente.
Pero en ese momento, mirando aquella carpeta de cifras frías y crudas, Tara no podía evitar sentir que empezaba a derivar en esa dirección, quisiera o no.
Las hojas de papel volvieron a la carpeta, que luego quedó embutida en el cajón de abajo del escritorio de Tara, donde podría (con suerte) olvidarse de ella unas horas.
Sabía que solo estaba posponiendo lo inevitable y que, en algún momento, iba a tener que gestionar este problema como es debido, pero en ese momento sencillamente no podía enfrentarse a ello.
En lugar de eso, cogió la bata de donde la había tirado en el sofá y volvió a salir a urgencias.