Capítulo 9
CAPÍTULO NUEVE
Cuando Gabby se despertó a la mañana siguiente, no se sentía tan mal como solía sentirse después de una noche de fiesta con sus amigas. No le daba vueltas la cabeza como de costumbre, el estómago parecía estar donde debía, y salvo por tener la boca un poco seca, se sentía bastante normal.
Eso debía de significar que no se había quedado en el bar toda la noche, cayó en la cuenta. De haberse quedado con sus amigas, jugando al billar y a los dardos, y bebiendo ronda tras ronda de chupitos, ahora mismo se sentiría considerablemente peor.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que no estaba en su propia cama.
Las sábanas no le daban buena sensación; eran sedosas y suaves de un modo que su ropa de cama, sencilla y sosa, sencillamente no era.
Cuando abrió los ojos y miró alrededor de la habitación, iluminada solo por la escasa luz que se filtraba por la rendija de las cortinas, tuvo la certeza de que no estaba en su casa.
Sus paredes no eran de aquel color morado chillón. Ella no tenía hileras de cristales alineados en una estantería delante de una estatua de Venus. Y desde luego no tenía lo que parecía un pequeño altar en el alféizar de la ventana.
Esto debía de ser el cuarto de Janice… no, de Jax. Gabby rodó en la cama para asegurarse y, tal como sospechaba, su cita de la noche anterior estaba profundamente dormida, acurrucada entre las mantas a su lado.
Eso explicaba por qué le dolían partes del cuerpo cuya existencia normalmente ni recordaba. Cómo no, Jax era la gimnasta.
Gabby se estiró despacio en la cama, bostezando lo más silenciosamente posible antes de echar mano al móvil, que había ido a parar a la mesilla.
Tenía un par de mensajes perdidos de sus amigas, en su mayoría preguntando sin más qué tal había ido la noche.
Tenía el pulgar suspendido sobre el mensaje de Amber, sobre si Jax todavía sabía hacer el spagat, cuando se percató de la hora.
—¡Mierda! —maldijo en voz alta, saliendo de la cama volando. Era más tarde de lo que había creído, y iba a llegar tarde al trabajo si no tenía cuidado.
Sus gritos despertaron a Jax, que abrió los ojos sobresaltada, gruñendo contra las almohadas.
—¿Gabby?
—Sí, perdona. —Empezó a corretear por la habitación lo más rápido posible, recogiendo su ropa interior de donde la habían lanzado la noche anterior—. Voy a llegar tarde al trabajo. Me tengo que ir.
—Es sábado —masculló Jax, con la voz amortiguada contra las almohadas—. No hay trabajo, vuelve a la cama.
—Ya —suspiró Gabby, poniéndose la camiseta. ¿Por qué no encontraba los calcetines? ¿Dónde demonios habían ido a parar?—. Bueno, los hospitales siguen abiertos un sábado, así que…
—¿Trabajas en un hospital? —Aquello captó la atención de Jax. Se incorporó, frotándose el sueño de los ojos mientras intentaba enfocar a Gabby—. ¿Eres, o sea, médica?
—Sip. —A la mierda. Los calcetines tampoco eran tan importantes, decidió Gabby, volviendo a coger el móvil de donde lo había dejado caer en la cama—. Y voy tarde, así que nos vemos.
—¡Espera! —llamó Jax, haciéndole señas para que se acercara a la cama.
Gabby se detuvo con la mano en la puerta, apretando los dientes mientras resistía el impulso de soltar un simple «no» y marcharse.
En lugar de eso, se giró para mirar a Jax, que le ponía morritos.
Seguramente pensaba que quedaba mono, pero Gabby iba tarde, y solo resultaba molesto.
—¿Qué?
Jax sonrió de oreja a oreja, dándose dos toquecitos en los labios con el índice.
—¿Un beso?
¿Qué eres, adolescente?, pensó Gabby con amargura. En lugar de acercarse, se limitó a darse un toque en la muñeca, como imitando que llevaba reloj.
—Tarde —fue lo único que dijo antes de desaparecer del dormitorio, estando en un tris de chocarse con la mujer que debía de ser la compañera de piso de Jax al salir.
—Perdona —masculló, mirando alrededor del apartamento desconocido en busca de los zapatos que había llevado la noche anterior. ¿Dónde demonios habían ido a parar?
—Ah, tú debes de ser la cita que tenía Jax. ¿Cómo has dicho que te llamas? ¿Gabby o Fofi? Tengo que pedirle a Jax que trabaje la dicción cuando se corre, para saber con quién me voy a topar a la mañana siguiente.
El tono glacial de la compañera de piso pilló a Gabby con la guardia baja, y se detuvo justo cuando divisó sus botas asomando por debajo del sofá.
—Eh, sí. Supongo que sí.
—Bueno. —La compañera de piso sin nombre se cruzó de brazos con determinación, mirando a Gabby con el ceño fruncido—. La próxima vez que entres en casa de alguien sin que te inviten, quizá no lo tengas despierto hasta las dos de la madrugada con tus gritos. Solo un pequeño consejo.
—Eh, sí. —Gabby la esquivó para coger las botas y se las puso a toda prisa—. Perdona por eso. No volverá a pasar. O sea, seguramente no vuelva a pasar, pero eh… O sea, nunca se sabe, ¿no?
—Bueno, no te des prisa en volver, ¿eh? —El sarcasmo que le goteaba de la lengua a la mujer era cáustico, pero tan exagerado que a Gabby le hizo gracia.
No consiguió del todo reprimir la risita que le subía por el pecho—.
No me parece gracioso. Algunas tenemos que trabajar y me voy a pasar el día sacando las comandas equivocadas.
—Vale, lo siento. De verdad. —Percibiendo el escepticismo de la mujer, intentó tranquilizarla—.
En serio. —Probó con una sonrisa completa, esperando que algo de su encanto lograra abrirse paso a través del pánico creciente de ir tarde—.
¿Hay alguna posibilidad de que me digas dónde estamos?
—Al ver una mirada en blanco como respuesta a su pregunta, Gabby lo intentó de nuevo—. ¿En qué parte de la ciudad estamos?
Cuando la mujer se dio cuenta de que llevaba la sartén por el mango, una sonrisa engreída le apareció en la cara, y fue más de lo que Gabby podía soportar.
Negando con la cabeza y abriendo de un tirón la puerta principal del apartamento, fue pasando por sus aplicaciones, dándole gracias a Uber por existir.