Tratos No Negociables Capítulo 43 – Despedida de Solteros
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Capítulo 43 – Despedida de Solteros

El tiempo fue como un parpadeo de la eternidad.

Ya no había nieve, ni calles congeladas, solo el frío de la lluvia que mojaba las avenidas para culminar un invierno interminable.

No obstante, febrero se consideraba uno de los meses más grises del año; con temperaturas que oscilaban entre dos a once grados centígrados, el clima se sentía moderado, a pesar de que aún teníamos que usar ropa bien abrigada.

Muchos animales describían la temporada como uno de los meses más oscuros del año; las nubes se convertían en muros de concreto, tapando las esperanzas de que el sol volviera a brillar.

Y sí, cuando el sol expresaba su belleza en su máximo esplendor, los demás se volvían locos poniéndose ropa de verano con la intención de aprovechar el día, incluso a temperaturas que apenas superaban los trece grados centígrados.

Básicamente, era como si una lámpara gigante de escritorio intentara, a duras penas, calentar la piel.

Yo lo interpretaba como una antipatía social; era como si los animales hibernaran por un tiempo determinado, refugiándose en casa a la espera de la primavera.

O tal vez, parecía un sentimiento atrapado en un paréntesis temporal donde nada avanzaba.

Afortunadamente la herida en mi flanco sanó por completo.

El doctor mencionó que mi recuperación fue una de las más rápidas gracias a los cuidados y tratamientos que seguí durante el último mes.

Terminó de cicatrizar sin secreciones ni mal olor; incluso el pelaje me volvió a nacer, aunque no de forma uniforme.

Ya podía correr e incluso trotar cuando salíamos a hacer un poco de ejercicio por las madrugadas.

Volví a recuperar el peso perdido luego de mi cirugía, pues la masa muscular que me faltaba no era tan grave como parecía.

La herida se borró como mancha en el pizarrón que se creía imborrable; el tiempo fue la cura definitiva, ayudado por un poco de alcohol para que limpiara por completo.

El ingeniero que contraté para la remodelación de la bodega me comentó que sólo quedaba pintar la otra sección.

Le mencioné que deseaba tonalidades neutras o colores pastel, ya que un inquilino planea iniciar su nuevo negocio abriendo una heladería al inaugurar su nueva sucursal.

Lo más probable es que tanto mi marido como el nuevo inquilino comiencen a trabajar en sus nuevos proyectos para finales de febrero, una vez que hubiera terminado de abonar la otra mitad de los honorarios al ingeniero.

Balto retomó sus clases universitarias e inició la investigación para su proyecto de grado.

Los profesores aconsejaron a los estudiantes de penúltimo semestre adentrarse en temas que favorecieran a las nuevas tecnologías a través de la ingeniería electrónica.

Yo le sugerí a mi hermano centrarse en los dispositivos o sensores que conectaban con la ECU del vehículo —la unidad de control del motor—, donde se gestionan los testigos del tablero.

Actualmente, muchos conductores desconocen el estado de la activación de los motoventiladores del radiador cuando el motor alcanza su temperatura óptima.

Existe el riesgo del choque térmico al apagar el vehículo mientras los ventiladores están funcionando, ya que el motor acumula exceso de calor al detenerse la circulación del refrigerante.

Le sugerí a Balto diseñar un sensor o indicador que active un testigo específico cuando este proceso de enfriamiento está ocurriendo.

Mi hermano tomó mi idea como una oportunidad única para presentarla ante sus maestros.

Ese viernes, un día antes de mi ceremonia, me hallaba trabajando en las oficinas de la empresa de mi marido mientras contrataba al comisionista para las futuras exportaciones a Perú.

La propuesta que presenté a los socios tuvo una excelente acogida, gracias a los beneficios que obtendríamos al colaborar con Smart Fit Perú.

Uno de los puntos clave sería aprovechar el Tratado de Libre Comercio (TLC), exportando artículos de excelente calidad bajo el beneficio de un arancel cero para nuestro ingreso al país.

Además, utilizar el puerto de Portland como punto estratégico en la costa oeste, facilitaría el transito directo hacia terminales peruanos como el Callao o el nuevo puerto de Chancay, reduciendo significativamente los tiempos y costos de transporte marítimo.

Posteriormente, Volkswagen me hizo un reconocimiento tras vender más de cinco mil doscientos repuestos en el año anterior, promoviéndome a jefe de ventas como gran conocedor de la marca.

Además, luego de cumplir los meses de rehabilitación, ya no tenía que trabajar desde casa; ahora podía estar en mi lugar favorito ateniendo a los clientes, sin la presión de las llamadas en espera.

Todo había vuelto a la normalidad, excepto por lo que me sentía nervioso por lo de mañana; el estómago me daba vueltas como si estuviera en un barco pirata girando a 360 grados sin parar.

Me dirigí a la oficina de mi prometido, quien aparentemente se encontraba con alguien; pude distinguir una voz que había escuchado no hace mucho.

Así que golpeé la puerta esperando una respuesta, y la voz de Brutus resonó desde el interior.

- Siento interrumpir, jefe Brutus – inicié, observando a Zoe, quien platicaba con mi prometido ¡Señora Abernathy! – la saludé con un beso en la mejilla – ¡Qué sorpresa que nos acompañe!

- Carving, te veo más recuperado, querido. ¿Volviste a entrenar? – cuestionó impresionada por mis últimos cambios físicos.

- Si, señora. Ya estoy mejor que nunca. – respondí, y luego me dirigí a mi prometido, quien me mostró una sonrisa tierna –Mi amor, aquí está el contrato del comisionista para las futuras exportaciones. Le mencioné que tú acordarías el pago tras la entrega de los artículos de los destinos pactados.

- De acuerdo, mi vida. Dejaré eso para la otra semana – se acercó a mi para darme un beso en la frente – Les traeré café para que sigan platicando.

Él se retiró y yo me senté al lado de Zoe.

- ¿Y cómo está Nanook y aquel tipo? – pregunté.

- Justo hablábamos de eso. – su voz se opacó como un eclipse – Nanook ya se mueve con naturalidad, pero no puede ejercer fuerza todavía.

Lo cierto es que ha estado visitando a Arktos; no le importó que lo hubiese lastimado.

Ese muchacho está perdidamente enamorado y Montgomery se ha mostrado vulnerable ante él, asumiendo todos sus errores.

Arktos se disculpó sinceramente. Nanook tendrá que esperar a que cumpla su condena para que puedan vivir juntos, pero es difícil.

- Ya lo suponía, su amor por Montgomery jamás de desvaneció; aunque haya cortado las ramas de su árbol, él siguió confiado en que algún día volverán a crecer – respondí mientras Brutus regresaba con el café – Gracias, peludote.

- Tienes un gran talento para las metáforas – reconoció Zoe tras un sorbo a su bebida – ¿y están listos para lo de mañana?

- Si, estoy muy emocionado. Al fin cumpliremos nuestro deseo de unirnos al atardecer. Debemos estar en la cabaña a más tardar a las nueve porque los estilistas nos esperan a esa hora – confirmó Brut cerrando su laptop.

- Yo también lo estoy – le tomé la pata a mi marido mientras lo observaba tiernamente. En ese momento, alguien llamó a la puerta.

- ¡Buenas tardes para todos! – saludó Balto, quien venía a buscarme para ir a tomar un café en la casa de su padre.

- ¡Hermanito! No pensé que llegarías tan pronto – alegré dándole un abrazo ¿Trajiste tu auto?

- No pude, hoy tengo restricción. Me tocó tomar el colectivo; últimamente es imposible transitar por la ciudad.

- Mi vida, ¿me podrías prestar el control de la camioneta, por favor? Te prometo que seré cuidadoso – le pedí a Brutus.

Olvidé por un segundo la nueva Toyota Sequoia Capstune que Brutus había adquirido, tras abonar los $86.

000 dólares restantes. Se la entregaron impecable a finales de enero; el asesor me llamó para decirme que, al contar con el capital, podíamos recibirla de inmediato tras diligenciar la documentación para el tema de la matricula y traspaso.

Por otro lado, la Toyota Fortuner se vendió el día que salí con Leonel a celebrar su retiro.

Antes de entregarla, el dueño se aseguró de que contara con las garantías del concesionario para proceder a la consignación de un cheque por $75.

000 dólares. Me impresionaba que la marca no perdiera tanto valor comercial; además, mi marido poseía un vehículo que casi no se veía en Portland ni el resto del país.

- ¡Claro, mi amor! De nada tengo que refutar lo cuidadoso que eres con los carros – me dijo mientras me entregaba las llaves y me besaba.

- Gracias, mi peludote. ¿Qué harás más tarde? – pregunté mientras le terminaba de arreglar la corbata.

- Michael dijo que quería hablar conmigo en su casa, quizás algo personal – observó a Balto, quien tampoco parecía estar al tanto del asunto.

- Me avisas para recogerte. – le dije, dándole otro beso de despedida.

- De acuerdo, mi peludito. Te estaré llamando.

- Hasta luego, señora Zoe. Nos veremos mañana – salí junto a Balto hacia el estacionamiento.

Una vez que nos incorporamos a la avenida, Balto estaba extasiado por lo lujosa que era la camioneta por dentro.

Su expresión era conmovedora; parecía un cachorro que no dejaba de admirar su regalo que tanto había deseado.

Mientras él digitaba la dirección de su casa materna en la gran pantalla de la Toyota, le sugerí que pusiera algo de música para entrar en ambiente.