Capítulo 42 – Bienvenido a Medallo, Mor
Nuestro viaje a Colombia se complicó tras las dos escalas que tuvimos que hacer para llegar al Aeropuerto Internacional José María Córdova, incluyendo paradas en ciudades de nuestro país como Miami y Houston.
La duración de los vuelos sumó casi doce horas completas; fue como un paréntesis en el cielo, un periodo de suspensión que separaba el origen del destino, y que resultaba evadir a mitad de camino.
Ese día llegamos tan cansados que decidimos descansar toda la noche hasta la mañana siguiente, despertando con un sol radiante que atravesaba las persianas.
Una vez más, podía sentir el calor en mi cuerpo, como si el fuego de una fogata frotara mi piel mientras contemplaba el paisaje rodeado de árboles y pinos en compañía de mi pareja.
No fue de extrañar despertarlo con un rotundo beso matutino, el cual él correspondió entrelazando su lengua como si atara un fuerte nudo al poste de la bahía, para que nuestro barco no se perdiese de vista.
- ¿Ya estás más descansado, mi vida? – preguntó – Anoche roncaste demasiado – mencionó riéndose de mí; era el primero en decirme algo así.
- ¡¿De verdad?! – sorprendí – Creo que nunca lo había hecho. Al menos eso creo– afirmé.
- Descuida, mi peludito. ¿No has sentido congestión nasal estos días? – inquirió, pues era posible que hubiera pescado alguna alergia, pese a que no sentía dolor de garganta ni síntomas de gripe.
- Anoche sentí que estornudaba varias veces, aunque pudo haber sido por el cambio de clima – expliqué, mientras masajeaba su pecho.
- Posiblemente – contestó, y en ese momento su teléfono comenzó a vibrar – Es Michael, deben estar por venir – intuyó mientras atendía la llamada.
- Hola, amigo, buenos días… - escuché que decía mientras yo me dirigía al baño para lavarme la cara.
Mi prometido optó por cerrar su empresa durante quince días, dado que el flujo de sus exportaciones disminuía durante las temporadas de Navidad y Año Nuevo. Así que decidió que sus empleados se tomaran unas vacaciones colectivas para regresar renovados en los primeros días de enero.
Mientras Brut conversaba con Michael, aproveché el tiempo para bañarme y quitarme todo el sudor del viaje.
En ese momento de purificación, recordé que había olvidado comprar los regalos de navidad a mis seres queridos, y lo peor de todo, no había cambiado mis dólares a pesos colombianos en el aeropuerto.
Tenía que hablar con mi amado lo antes posible para solucionar esto, antes de reunirme con la familia de Balto.
- Mi amor, tenemos un pequeño problema – dije, saliendo del baño lo más calmado posible.
- Estaremos listos en dos horas. Más tarde charlamos – respondió él, colgando la llamada - ¿Qué pasa, mi vida? - intrigó algo preocupado.
- Es que olvidé cambiar mis dólares y también quería comprarte un regalo de Navidad – admití.
- Tranquilo, peludito. – me abrazó – No pasa nada; creo que el mejor regalo para los dos es estar juntos y, además aprovechar este momento para conocer otro país. ¿No crees? – me consoló, besando mi mejilla – Te amo, mi osito.
- Está bien, si tú lo dices, me conformaré con eso. – lo besé – Yo también te amo mucho.
Pasadas unas horas tras el desayuno, decidimos esperar en el lobby a nuestros amigos.
Mientras venían a recogernos, Brutus y yo charlábamos sobre los preparativos de la boda.
Me comentó que la señorita Jennifer le había enviado la cotización, la cual rodaba los $3.
000 dólares; no me pareció tan costoso para todo lo que habíamos solicitado.
Le propuse que dividiéramos el gasto por la mitad, pues era un evento que nos uniría para toda la vida como apoyo mutuo.
Él aceptó felizmente, con una actitud que me recordó a mi propio padre cuando me daba permiso para salir a jugar a la calle.
Más adelante, Balto y Michael llegaron en una Toyota Land Cruiser Prado, la cual no parecía tener muchos años de uso; el interior se encontraba intacto, como si hubiese salido recientemente del concesionario.
El motor de la camioneta se sentía diferente y con más potencia; ese típico cascabeleo delataba un motor Diésel, algo que no se frecuentaba ver en Portland, donde existen regulaciones ambientales estrictas, altos costos de combustible y una fuerte preferencia cultural de vehículos híbridos, eléctricos o a combustión interna a gasolina.
- ¡Apestositoooo!, bienvenido a Medellín, pues… - exclamó Balto al salir del vehículo, abrazándome hasta estrujarme la espalda.
- ¡Hermanito!, cuanto te extrañé – saludé, mientras nos subíamos al carro.
- ¿Qué tal el viaje, jefe? – preguntó Michael a Brut.
- Fue una odisea completa; llegamos tan cansados que ni comimos anoche. – expresó mi prometido, observando a Michael por el retrovisor.
- Me lo imagino. ¿Y todo bien en Portland? – cuestionó Michael, haciendo referencia a lo ocurrido con Arktos –
- Si, no volvimos a saber nada de ese oso. Nuestros escoltas se quedaron a cuidar la casa mientras pasamos nuestras vacaciones aquí. Zoe nos aseguró que ya no teníamos de qué preocuparnos – contó mi marido, mientras admiraba la hermosa ciudad del “estado” de Antioquia.
No tenía idea de cómo los colombianos describían su hermosa ciudad.
No obstante, Balto me afirmó que parecía un pesebre de ladrillo y luz; al estar en un valle, cuando la noche caía sobre un manto de seda negra, las luces de las comunas en las montañas se transformaban en velitas de un pesebre gigante.
- Hermano, si supieras los carrazos que hemos visto cuando mi suegro nos dio una vuelta por todo Medellín – comentó Balto alegremente mientras ponía algo de música – Hemos visto Ferraris, Lamborghinis, Cupras, pero últimamente no dejamos de ver, incluso en los sectores más insospechados, las camionetas Toyota de alta gama.
– añadió, sabiendo que era un tema que me encantaba.
- Tengo entendido que Colombia se caracteriza por tener una buena industria muy fuerte en Pick-ups especialmente de esa marca – recordé los artículos de internet que había leído hace tiempo, cuando apenas entré a trabajar en Volkswagen.
- Es correcto, Apestoso. – corroboró Michael mientras se incorporaba a las calles principales – Mi papá no hace mucho compró este carro y también tiene una Toyota Hilux con motorización Diésel – detalló, aportando un dato que me pareció fundamental a destacar.
Nuestros amigos aprendieron mucho sobre cultura colombiana en pocos días.
Balto nos mencionó que era muy normal escuchar pólvora constantemente, ya que era tradición que se festejaba incluso desde noviembre.
Los colombianos armaban su arbolito de Navidad muy temprano con la intención de sentir el espíritu del >.
Mientras nos dirigíamos a la localidad de Michael, pude notar que la ciudad estaba colapsada.
El pastor alemán mayor comentó que muchos emprendían viajes a otras ciudades para pasar Nochebuena, reuniéndose en familia.
Michael recalcó que tenían la costumbre de esperar a la medianoche para anunciar la llegada de la Navidad, y que los regalos solían entregarse justo antes de ese momento.
La propiedad del señor Grayson se hallaba en las zonas altas de la ciudad, en el municipio de Sabaneta; un lugar ideal para quienes buscaban la tranquilidad y el equilibrio en áreas verdes y servicios de calidad.
Me recordó a Eastmoreland, cuyas calles arboladas representan el refugio de quienes pueden adquirir casas unifamiliares a precios muy elevados.
Aquí la atmosfera era casi la misma, solo que resultaba menos costosa para nosotros; sin embargo, era evidente que no todos los colombianos cuentan con los recursos para adquirir una propiedad de supere los $300. 000 dólares y vivir como reyes.
Cuando llegamos a la lujosa casa de los Grayson, noté que los padres de Balto bebían cerveza en el jardín trasero de sus consuegros, mientras una sirvienta alistaba algunas ollas para el almuerzo.
Era extraño verlos beber alcohol a las once de la mañana; no obstante, Michael afirmó que era común ver animales celebrando el veinticuatro de diciembre desde el amanecer.
- ¿Qué más, señores? ¿Cómo me les va? ¡Bienvenidos a estas tierras! Qué alegría tenerlos por acá, ojalá se amañen mucho – saludó el papá de Michael – Me llamo Arthur Grayson y ella es mi esposa, Charlotte Harrington.
Saludamos a ambos estrechando nuestras patas.
- ¡Hola! ¿Cómo me les ha ido? Encantados de conocerlos, sigan, que están en su casa – saludó la señora con mucha amabilidad - ¡Sandrita, tráeles un tintico a los señores, por fa – gritó hacia la cocina de la caseta de su jardín.
- Encantados, señores Grayson – comenzó mi marido – Soy Brutus Grizzly, jefe de su hijo de mi empresa, FitnessEnterprices, y exportador. Él es mi prometido Carving Walker, socio, también exportador y vendedor de repuestos en la marca Volkswagen – lo miré con orgullo mientras me presentaba.
- El placer es mío, señores – contesté con firmeza.
- ¡Ahhh, no!, ¡Lo que ustedes son unos verriondos! Se ven que saben mover la plática, así es que deber ser – añadió el señor Arthur, aunque no comprendí el término “verriondos”, su tono era de total admiración.
- ¡No me diga! Qué señores tan importantes nos vinieron a visitar. Con razón se les ve la elegancia. – afirmó su esposa emocionada – ¿Y qué horas llegaron a Colombia? Preguntó mientras su empleada nos traía café, al que aquí llamaban “tinto”.
- Llegamos casi como a las diez de la noche – afirmé sonriente mientras bebía el líquido.
- ¿Papito no querés mejor un perico? – preguntó ella. Me quedé helado; para mí, esa palabra estaba ligada al narcotráfico – Se ve que a ti te gusta. ¡Sandrita, mija! ¡Tráele mejor un periquito al pelao, gracias!
- ¿Qué el perico no es droga? – cuestionó Brut sin entender nada.
- ¡Ah, no, no, no! No se me confunda, caballero. Aquí en Colombia, si usted pide perico en una cafetería, le traen el café o el tinto, bueno, como lo llamen ustedes, con un chorrito de leche. Es café suave de toda la vida ¡Nada cosas raras, pues! – explicó el señor Arthur entre risas.
- ¿De qué tanto hablan? – Cuestionó mamá Nicole, uniéndose a la plática.
- ¡Mamá Nicole, que alegría verte! - abracé a la mamá de Balto tras día de nos verla.
- ¡Hola, tesoro! Tiempos de no verte – me besó la mejilla.
- ¿Mamá Nicole? ¿Y por qué le dice así, mijo? ¡Cuéntenos el chisme completo!
- Mamacita no sea atrevida, respete – gruñó el señor Arhur regañando a su esposa.
- No, está bien. No se preocupen. – intervine - La razón por la cual llamo así a la señora Cavendish es porque ellos me “adoptaron” por decirlo de algún modo, ya que Balto y yo somos mejores amigos.
En 2016 perdí a mis padres en un accidente aéreo a mis diecisiete años – conté, notando que el recuerdo ya no me dolía como antes.
- ¡Qué caballero es usted! Honrar la memoria de sus viejos y darles su lugar a los señores Cavendish habla muy bien de usted.
Porque, ante todo, usted ha sido un verraco en la vida, sin agüero.
Y además, tiene a su esposo que lo acompañará siempre.
Que no se le olvide – expresó el señor Arthur con mucha determinación.
- Ay, mijo, ¡qué pena con usted, que pena en verdad!
Dios los tenga en su santa Gloria. No sabía que usted hubiera pasado por ese dolor tan verraco – añadió su esposa – Pero bueno, lo importante es que usted no se dejó dominar de nadie, mijo.
Me le quito el sombrero – concluyó con una sonrisa sincera.
Esa tarde, tras almorzar una deliciosa carne a la parrilla acompañada de papa salada, guacamole y mazorca asada, decidimos pasar nuestro tiempo mientras bebíamos algo muy famoso de la región; el “Aguardiente” una bebida alcohólica destilada, compuesta principalmente a partir de una fermentación de melazas de cañas de azúcar, aromatizadas con anís y rebajada con agua.
Mi primera reacción de la bebida fue toser levemente, ya que no estaba acostumbrado.
El sabor era dulce, pero evocaba fuego a medida que pasaba por mi garganta hasta el estómago.
Brutus me comentó que le había encantado; su sabor era único y especial, y ambos asumimos que no en cualquier país se podía adquirir uno trago así.
Todos reíamos y charlábamos, compartiendo relatos de nuestras vidas, mientras escuchábamos música decembrina de famosos cantantes colombianos tales como; Rodolfo Aicardi, Pastor López y Linsadro Meza: cuyas canciones tropicales, entre otros ritmos seguían siendo fundamentales en las celebraciones de diciembre, pues nunca pasan de moda.
Cuando la noche cayó, acompañada de las estrellas que atestiguaban nuestra fiesta decembrina.
La señora Charlotte mencionó que al fin se había encendido la magia.
Es el preludio de un cuento de hadas donde las luces del alumbrado —el Regreso de la Luz— cobraban vida como luciérnagas eléctricas que despertaban de su sueño invernal para celebrar en familia.
En ese instante, no solo contemplaba a quienes vivían con un profundo espíritu navideño, sino momentos invaluables que compartían con los suyos.
Al ver a las dos familias reunidas, sentí que habían encontrado un tesoro de una isla antigua, festejando la hermosa unión que había conformado gracias a Balto y Michael, quienes al fin gozaban de la total aceptación de sus padres.
Mi marido y yo festejamos nuestro encuentro navideño besándonos hasta el cansancio.
Le agradecí por habernos permitido viajar a Colombia, donde nunca imaginé compartir esta festividad en compañía de Balto y su familia.
Brutus tenía razón; no había necesidad de comprar regalos para satisfacer nuestras necesidades.
En ese momento, cuando los fuegos artificiales emergieron de la ciudad, contemplamos la gran variedad de colores en el cielo.
Le tomé la pata a mi marido y le deseé con tiernas palabras una Feliz Navidad.
Pese a que era nuestra primera Nochebuena juntos, sentí como si hubiésemos atravesado el mismo océano varias veces, disfrutando de nuestro viaje marítimo bajo la luz de la pólvora.