Tratos No Negociables Capítulo 41 – Revolución Fiestera
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Capítulo 41 – Revolución Fiestera

La nieve era una manta que cubría gran parte del pasado, ocultándolo poco a poco hasta que el verano derritiera los malos momentos que vivimos.

El caso de Arktos era uno de ellos; fue condenado a más de veinte años de prisión.

Por precaución, Zoe recomendó que no bajáramos la guardia hasta que terminaran de investigar algunos de sus hombres que él podría haber contratado para proferir futuras amenazas.

Spyke testificó que no tenía conocimiento de las intenciones de Montgomery; la fiesta se había organizado con el propósito de celebrar el inicio de diciembre, ofreciendo un evento exhibicionista en la finca que el oso polar prestó al enviar las invitaciones.

Nanook, por su parte, fue hospitalizado durante varios días debido a la puñalada en su hombro que afectó gran parte de la clavícula.

Al menos se encontraba bien y había decidido eliminar gran parte de su pasado.

Lo que Arktos le hizo fue imperdonable; fue como si hubiera saciado su sed de venganza lastimándolo de la peor forma.

Actualmente, nuestros escoltas realizaban sus funciones con normalidad, a la espera de que se cumpla el contrato por un mes.

A Balto, quien ya se encontraba en Colombia visitando a sus suegros, decidí despedirlo en el aeropuerto.

Su felicidad marcó el encuentro; parecía un cachorro muy feliz que no había visto a su hermano en mucho tiempo.

Le había jurado regresar con vida y, al relatarle los hechos metafóricamente, su reacción expresó más que mil palabras; sintió cada detalle como si hubiese estado allí.

Tuve que realizar un cambio de planes y me reuní con algunos compañeros del concesionario para celebrarle la despedida a mi querido amigo Leonel, antes de emprender el viaje a Colombia.

Hoy, era el día. Leonel era un león que no se desviaba de su camino; básicamente era como un vehículo viajando en línea recta a una velocidad constante.

Nunca tenía prisa, siempre me demostró serenidad ante cualquier situación complicada.

Había casos en los que los clientes lo presionaban cuando ni él mismo podía hallar los “problemas fantasmas”; sin embargo, les prometía una pronta solución, asegurándoles que reemplazaría el repuesto que causaba las fallas mecánicas.

Era un muchacho comprometido con su trabajo y profundamente leal con los suyos.

Esa misma mañana de sábado, desperté abrazando a mi marido mientras él me besaba el pecho.

Sus muestras de alegría se habían convertido en luz pura, como si ráfagas solares brotaran de su corazón, expresando todo su amor por mí.

Las sábanas que cubrían nuestros cuerpos esculpidos fueron testigo de una noche en la que, por fin, hallamos paz anhelada.

Brutus me permitió interpretar el papel principal de una novela que nadie más podía ver; él se había transformado en el personaje vulnerable, cuyo amor se propagaba cuando el protagonista rozaba su tierra fértil.

Manifestaba su afecto al fusionar nuestras pieles como dos mareas que, al encontrarse, se volvían un solo océano.

- ¡Qué gran velada!, ¿eh? – recordé mientras besaba su cuello.

- Fue lo máximo; hace mucho no teníamos un encuentro para los dos. Anoche casi me devoras, peludito – me abrazó riendo - Hoy te prepararé el mejor desayuno de tu vida, mi amor – soltó, y se veía muy inspirado.

- ¡Upaa!, amaneciste con la mejor actitud, peludote – lo besé – Pero hace falta algo.

Su expresión cambió un poco –¿Qué cosa, mi amor?

- Esto – comencé a recorrer su cuello, provocándole pequeñas risitas.

- Me haces cosquillas, peludito. Te amo, mi vida. Gracias por estar aquí – sus ojos risueños emanaban tranquilidad, como si caminara por un bosque escuchando el absoluto silencio de la naturaleza.

- Yo también te amo con toda mi alma. Aún no logro creer que todo esto haya terminado. Por fin podremos tener una vida digna – reiteré.

- Así es, mi osito. Se acabó, al fin – me besó - ¿Tienes que recoger a Leonel o él llegará al restaurante?

- Acordamos vernos después de las cuatro, mientras mis compañeros organizan el evento con globos, champaña y otras decoraciones – le conté.

- Bueno, en ese caso me veré con Jack y Brenda para tomar unos tragos en mi casa.

Hablaré con la señora Carmenza para que me ayuden con la limpieza, aprovechando que la familia Cavendish no está.

Me llamas en cuanto hayas finalizado tu celebración, ¿te parece?

- acordó mientras se ponía una camiseta.

- Perfecto, mi amor – le besé, mientras me ponía una sudadera.

Pasadas unas horas, tras haberme deleitado con el desayuno de mi pareja, localicé a Boster y a Roger.

Ellos bebían una aromática para entrar en calor, dado que el frío de esa mañana comenzaba a aumentar.

Les pedía encarecidamente que me llevaran al centro comercial en mi Jetta.

Mis escoltas me felicitaron por haber arriesgado mi vida al completar una misión de rango A; no cualquier inexperto habría logrado algo así.

Era como cruzar la cuerda floja de un circo sin la ayuda de nadie.

Más adelante, al llegar al centro comercial, ingresé a un local que promocionaban indumentarias inspiradas en marcas de autos.

A Leonel le gustaba mucho Mercedes, así que me enfoqué en buscar un atuendo que coincidiera con su elegancia, Le indiqué a la asesora que deseaba adquirir un estilo común en los dueños de sedanes Clase S o modelos clásicos.

La chica me recomendó bléiseres, camisas de lino, cuellos de tortuga, pantalones chinos neutros.

Opté por seleccionar un cuello de tortuga negro, pantalón gris y unas gafas de sol de diseño clásico.

El costo de total de mi compra fue de $600 dólares.

A la hora del mediodía me encontraba con Hanna y Martin almorzando cerca de Alameda, a unas dos cuadras del antiguo departamento de Balto.

Les conté que, hasta hace no mucho, vivía en este sector en compañía de mi hermanito perruno; recordar las veces que solía pasear con él, charlando sobre nuestros temas favoritos, me invadía la nostalgia.

No tenerlo cerca se asemejaba a una de las piedras de Saturno desalojando su órbita, como si quisiera explorar el universo por su cuenta.

- Me alegra que todo haya acabo al fin para ustedes, jefe – comentó Martin, rodeando con el brazo a su novia – ¿Has visitado a Nanook? – preguntó.

- Brutus y yo lo visitamos el lunes, el doctor mencionó que podrían darle de alta antes de navidad – conté – Siento que no olvidará fácilmente a su expareja, pese a todo el daño que le causó – añadí, bebiendo un poco de jugo.

- ¿Cómo estás tan seguro, gordito? – inquirió Hanna.

- Lo amaba, más de lo que ustedes piensan – afirmé – Durante la misión se sentía diferente, nunca tuvo miedo. Parecía como si una parte de su alma hubiera regresado a darle una mejor vida en ese lapso.

- Wow, es una pena que Arktos no lo haya reconsiderado; pobre chico – dijo Martin – ¿Y hoy qué vas a hacer?

- Hoy tengo una pequeña reunión con mis compañeros de mi otro trabajo – expresé – A uno de ellos le ofrecieron un mejor puesto en Ford Company – especifiqué –

- ¡Increíble! Deber ser muy inteligente para la mecánica, al igual que tú – alardeó Martin riendo.

- No creas, apenas tengo los conocimientos básicos – reí mientras pedían la cuenta.

- ¿Y qué tal tu carro? Muy lindo, por cierto. Se ve que no lo usas con frecuencia – felicitó Hanna sacando su tarjeta de débito.

- Me falta setecientos kilómetros para su primer cambio de aceite - lo observé estacionado, mientras Boster limpiaba una pequeña mancha en el parachoques.

- ¿Y dónde está el jefe Grizzly? – sondeó la loba con alegría.

- El peludote está en su casa limpiando. Me llamó hace poco para decirme que se encontraría con el interesado en comprar su Toyota Fortuner – conté.

- ¡Super bien! – emitió mientras recibía el comprobante de pago, ya que ella nos invitó el almuerzo – Bueno, gordo. Nosotros nos tenemos que ir. Mis padres nos van a llevar pasear a Tri-Cities. Cuídate mucho.

- ¡Mucha suerte y gracias por la invitación! – exclamé mientras recogía mi mochila.

Mas adelante, tras realizar otras diligencias, al incorporarnos a la autopista me di cuenta de que el sol se había transformado en un crepúsculo apresurado.

Por primera vez en mucho tiempo, contemplé un hermoso atardecer cerca de las cuatro y treinta, mientras la nieve lo acompañaba en su espectáculo.

La luz no se apagaba, sino que se disolvía en un gris perla, haciendo que los pinos de los parques parecieran gigantes dormidos bajo la azúcar glas.

Recogí a mi amigo frente del concesionario, dirigiéndonos al restaurante Lechon, en el centro de Portland, un lugar ideal para celebraciones con platos inspirados en Sudamérica grupales.

Leonel me platicó que ya había comenzado a empacar su maleta y también me dijo que pasaría año nuevo con su familia, visitando su lugar favorito en el Monte Hood.

Le aseguré que era un sitio precioso, cuando mi pareja y mis amigos me llevaron allá para celebrar mis cumpleaños.

Pasados unos minutos, al entrar en el restaurante, sentí una fuerte emoción efusiva; simplemente no podía imaginar su expresión de felicidad cuando viera a su equipo de trabajo, celebrando su despedida.

Era como si, desde lo más profundo, un volcán estuviera a punto de entrar en erupción, evocando emociones inimaginables.

- ¡Bienvenido, Leonel! - sorprendimos todos al unísono, sorprendiéndolo con total desconcierto.

- ¡Carving! ¿Qué es esto, amigo? – me abrazó sin entender nada.

- Bueno, como nos habías dicho que en las primeras semanas de enero comenzabas en tu nuevo trabajo, decidimos organizar un pequeño evento especial para agradecerte lo especial que fuiste en Volkswagen – se tapó el rostro, profundamente conmovido.

- ¡Muchas gracias a todos! No soy bueno expresándome ante el público; sin embargo, no olvidaré lo feliz que me siento en este momento, porque no esperaba algo así.

Gracias a mis jefes y a mis compañeros por recibirme en el concesionario y permitirme ejercer mi carrera y, por supuesto a mi queridísimo Carving, quien es un experto en la marca.

Estoy agradecido por haber sido una pieza clave para que Volkswagen creciera en los últimos años. Eso es todo.

Aplaudimos mientras varios de sus amigos lo abrazaban con ternura.

La fiesta se alargó más allá de las ocho de la noche; sin embargo, me entretenía ver a mi amigo disfrutar de su evento, charlando con sus jefes y demás compañeros.

Brutus me llamó para preguntarme si quería acompañarlo en su casa a beber unas cervezas con Jack y Brenda que parecían estar borrachos, como de costumbre.

Le respondí a mi marido que en media hora llegaba allá, no sin antes entregarle el regalo a Leonel.

- Espero que lo disfrutes – le dije, entregándole la bolsa.

- ¿Qué es? ¿Ropa? – intuyó, palpando el contenido.

Al abrirla sus ojos brillaron –¡Que lindo!

Es el estilo que usan los verdaderos amantes de Mercedes.

Me veré todo un magnate – rió – Muchas gracias, amigo, y no solo por ser un compañero más en el concesionario.

Me refiero a nuestra amistad; por favor, no dejes de escribirme, me encanta charlar de autos contigo.

Te voy a extrañar mucho, bro. – añadió, mientras un par de lágrimas rodaban por sus mejillas.

Luego, me miró con compresión – Supongo que ya debes irte, ¿cierto?

- Si, amigo. Mi marido me está esperando en casa; tengo una pequeña reunión con sus amigos. Te agradezco por haberme enseñado tanto sobre mecánica. No hay nadie mejor que tú – le di el último abrazo, sellando nuestra promesa de seguir en contacto.

Más adelante, al llegar a casa de mi prometido, recordé los últimos momentos que viví junto a Leonel.

En el concesionario, no tenía compañeros a los que consideraba realmente amigos; sin embargo, él fue la excepción.

Todo empezó cuando uno de mis jefes me pidió el favor de entregarle una unidad mecatrónica para una Volkswagen Tiguan modelo 2022.

Accidentalmente, justo cuando se la entregaba, se me resbaló de las patas.

El corazón se me detuvo, pensando que lo había descompuesto o peor aún, fisurado por el fuerte golpe contra el piso.

Pero el león me dijo que me despreocupara, asegurándome que el material con el que se fabricaba esas cajas era sumamente resistente, Aquello fue un alivio inmenso, pues no tendría que pagar por el daño.

En ese momento, le comenté que esos repuestos debían ser revisados al menos cada cincuenta mil kilómetros.

Leonel estuvo de acuerdo con mi observación y, desde ese instante, comenzamos a comprendernos mejor, charlando de vehículos y de otros temas personales.

- ¡Hola, mi amor! – me saludo mi prometido desde la sala.

- ¡Hola, mi vida! – entré, pero no vi a nadie más– ¿Dónde están Jack y Brenda? – pregunté un poco desconcertado.

- Ellos se tuvieron que ir. Desafortunadamente uno de los hijos de Brenda se enfermó y tuvo que regresar a casa; Jack la llevó, ya que ella no acostumbra a conducir si ha bebido – explicó, mientras rodeaba su brazo.

- Ya decía yo que no vi ningún vehículo afuera – comenté, dándome cuenta apenas de que sus carros no estaban.

- ¿Y cómo te fue, mi osito? – preguntó antes de darme un beso.

- Bien, algo cansado. Leonel se lo pasó muy contento; el tres de enero comenzará su inducción. Creo que será difícil invitarlo a nuestro matrimonio – dije con un poco frustración – No se lo mencioné, pero esterará lejos de aquí.

- Hablando de eso, peludito, te tengo noticias – comenzó mi pareja, pasándome una cerveza – Hablé con la amiga de Brenda por teléfono y dijo que se encargará de realizar los preparativos; las decoraciones en la cabaña, las invitaciones, el pastel y los eventos de medianoche.

– expresó muy feliz – Solo espera a que le confirmemos la fecha.

- Creo que para febrero estaría bien, mi vida – le dije, besando el cuello.

- Bien, entonces ¿te gustaría que fuera el 14 de febrero? – reconfirmó.

- Si, esa fecha me gusta – le pasé otra cerveza– Hace mucho no veníamos a tu casa. Volver aquí es como regresar a nuestro nido de amor. Justo donde te encuentras fue cuando recibí el anillo tras salir del hospital. Es el mejor recuerdo de mi vida. Te amo, mi peludote.

- Que lindos recuerdos… yo también te amo, mi osito.

La casa de mi prometido se convirtió en un museo de nuestra historia.

Caminar por el pasillo o recorrer las habitaciones era como si nuestras pisadas repasaran la tinta añeja que había sido olvidada por un tiempo.

Cada rincón albergaba una obra invisible, recordando momentos inolvidables cuando decidimos mudarnos.