Tratos No Negociables Capítulo 40 – Persecución Polar #3
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Capítulo 40 – Persecución Polar #3

- ¡Muy bien, campeón!,– Arktos empezó a quitarse la chaqueta del traje.

Me sorprendió ver un tatuaje en el brazo izquierdo; una serie de pinos entrelazados que rodeaban todo el musculo – Relájate, puedes tocarme si quieres – añadió, comenzando a moverse con una danza seductora, coordinada con la música que se filtraba desde afuera.

- Wow, esto es fantástico – admiró Nanook, tocando su imponente arquitectura, con la curiosidad de un osezno ante algo nuevo - ¡Eres un macho de primera!

- Eres el primero en decirme eso, me agrada – afirmó Arktos mientras se acercaba más a mi compañero, sentándose en su regazo - ¿Te gusta? – Lo tomó de sus hombros para recostarlo suavemente en la cama.

- Creo que así está mejor… ¡auch! – chilló Nanook.

- ¿Te lastimé? –preguntó Arktos, fingiendo preocupación.

- Creo que hay algo bajo el cubrelecho – refutó mientras mi compañero intentaba acomodarse.

- Déjame revisar – dijo Arktos, deslizando su brazo bajo la funda – Puedes mirar si quieres, guapetón, es más interesante.

- Tranquilos, sigan en lo suyo – respondí, evitando mirar lo que ocurría para mantener mi fachada timidez.

Sentía el estómago revuelto, casi a punto de vomitar.

Quería salir corriendo de la habitación, pero mi sentido del deber me lo impedía; las órdenes eran claras: no abandonar a mi compañero.

Se sentía como si la ansiedad me comiera vivo, tensando cada uno de mis músculos en una mezcla de miedo y náuseas.

Era un momento de desesperación absoluta, como si unas arenas movedizas amarraban mis piernas mientras gritaba internamente pidiendo auxilio.

- ¡Ahhhh, mi hombro! – gritó Nanook, y no fue un chillido cualquiera. Había sangre derramada sobre las sábanas blancas, manchando una superficie inmaculada que representaba una irrupción violenta en un espacio sagrado. – ¡Cielos santos!

Arktos había apuñalado a mi compañero en el hombro derecho; se había transformado en el mismo demonio que me atacó aquella vez. Me quedé inmóvil, sin saber qué hacer, logrando apenas ponerme de pie, aterrorizado por los gritos de dolor.

- Eres muy tonto para no haber notado el cuchillo bajo las fundas – dijo Arktos - ¿Aún sigues usando el mismo perfume que te regalé, Nanook?

– Ya había descubierto nuestra identidad - ¡Qué patético!

Es una lástima que sigas siendo el mismo oso estúpido desde que me abandonaste.

Pero descuida, no quiero matarte; hay alguien mejor tú justo detrás de mí.

Me miró con ojos perversos, evocando en mi memoria el estallido de su disparo, que resonó como una cascada estrellándose contra las rocas.

- ¿Acaso no me di cuenta de quiénes eran desde que los vi en las gradas? Pude percibir tu miedo, joven Walker

- ¡Deja de usar mi apellido como una burla contra mi padre! – le grité. Me empujó contra la pared, agarrándome del cuello.

- ¡No te tengo miedo, Arktos! ¡Pronto te pudrirás en la cárcel! ¡Eres un asesino! – solté todo el odio acumulado. – Jamás me habría quedado contigo, ni aunque me pagaras más de lo que mi padre tenía en su cuenta.

- ¡Deja a tu papá en paz! ¡Ahora me las cobraré por todo lo que me hizo sin pagarme un centavo! – amenazó, poniendo el cuchillo en mi cuello. El filo se sentía cálido y frio a la vez; era como un beso gélido del acero que arrastraba el rastro espeso de mi amigo. quien yacía inconsciente.

- ¿Piensas matarme así, cuando lo que realmente querías era el premio del señor James tras no obtener su amor? – me costaba hablar, pero resistía.

- No sé de qué hablas, niño. Tu papá jamás me reconoció como su amigo – mintió con voz quebrada.

- ¡De nada te sirve mentir, Arktos! Sé que estabas enamorado de él.

Nunca reconociste tus errores e intentaste inculparlo de peor forma posible.

Él amaba su esposa, a mi madre. Tuviste que estar loco para dispararme, creyendo que caería tus crudas palabras.

Me harté de vivir bajo una piedra por tus amenazas.

¡Sé un macho y mátame de una vez! – Grité con desesperación, listo para reunirme con mis padres.

De repente, la puerta de la habitación se abrió de golpe, como si alguien le diera una patada a un árbol que apenas se sostenía de un hilo, haciéndolo caer con estrépito contra el suelo.

Zoe y el señor Stephenson entraron a rescatarnos justo a tiempo.

Comencé a toser con violencia, pues Arktos me había apretado el cuello con el filo del cuchillo en el último gesto de desesperación.

La intervención de la unidad de élite fue un éxito rotundo; fue como si otro barco auxiliara a los náufragos que nadaban desesperadamente en busca de salvación.

- ¡Quédese quieto! ¡Está arrestado por intento de homicidio contra del señor Carving Walker! – exclamó Zoe, apuntando con su arma, mientras el Stephenson tomaba el pulso de Nanook, quien aún se encontraba inconsciente.

- ¡Está vivo, sólo perdió una cantidad de sangre considerable! – informó el agente, cargando el cuerpo sobre sus hombros – Llamaré a los médicos ahora mismo.

- ¡Bien! – Zoe giró su mirada hacia al asesino - Eres un maldito psicópata.

Todo por un estúpido capricho… no fuiste capaz de matarlo porque él tiene algo que tú no ¡Dignidad y amor propio!

– sentenció mientras mantenía su puntería– Carving, tu esposo te está esperando en el estacionamiento.

Ve y abrázalo ¡Misión cumplida, peludito!

Corrí, pero no sin antes despedirme de Arktos con la mirada. Nos observamos fijamente mientras la tensión entre nosotros reventaba, como dos planetas que colisionan en un estallido galáctico.

La libertad se expresaba de muchas maneras.

A veces la interpretaba como un tesoro; un bien preciado que no se podía comprar con otro; otras veces, era una sombra que acompañaba nuestras decisiones.

Pero ahora, se sentía diferente al cruzar la gran puerta de madera mientras todos caminaban pacíficamente sin comprender nada de lo ocurrido.

Por fin, después de mucho tiempo, ser libre era como volar sin la preocupación de caer.

Y allí estaba él, esperando ser abrazado con todo mi amor.

Corrí; corrí como un cachorro que perseguía la pelota hasta el final de la cancha para anotar un gol increíble.

Cuando su mirada se enfocó en mí, salté, abrazándolo fuertemente.

No dudé un segundo en besar a mi legítimo marido, quien lloraba inevitablemente; no de tristeza, sino de alegría tras recuperar lo que ambos habíamos perdido durante un tiempo: la paz.

Se acabaron las mareas altas, las miradas bajo las tormentas y las máscaras que ocultaban nuestra identidad.

Esa noche, bajo el cielo estrellado, vivimos un evento que nos marcaría por el resto de nuestras vidas.

Ahora, solo quedaba emprender el camino hacia nuestro futuro.