Capítulo 40 – Persecución Polar
El camino atravesaba el fértil valle de Willemete, ofreciendo vistas panorámicas, granjas, viñedos y colinas verdes.
Desafortunadamente, no emprendíamos un paseo para disfrutar de las mejores paradas, como las cataratas Silver Falls o de las bodegas Salem, antes de llegar a Eugene.
Mi marido, quien nunca se despegó de mi hasta llegar a la comisaría, me comentó que tenía dos pequeñas sucursales, enfocadas a los clientes que realizaban actividades físicas en las rutas de ciclismo y senderismo.
Entre los artículos más solicitados se encontraban: cascos, gafas, guantes, mochilas técnicas y bastones para montañas.
La señora Abernathy había pasado de ser la dulce oficial felina a una comandante ruda, con voz militar que decretaba estrictamente nuestros movimientos para atrapar a Arktos.
Era como si dictara el párrafo de una historia, exigiendo una ortografía impecable.
Nanook, mi compañero de misión, parecía estar tranquilo como las hojas de un bosque que bailan junto a las ramas de los pinos.
Por mi parte, logré serenarme al prestar atención a las instrucciones; el plan era como armar un mecanismo en tres simples pasos.
Sin embargo, ella fue específica: no teníamos permiso de entablar conversación con nadie dentro de la fiesta, a excepción de Montgomery si fuera estrictamente necesario.
Nuestra misión consistía en servir de carnada cuando él bajara la guardia, momento en el cual los oficiales de Zoe entrarían por los accesos.
La propiedad estaba situada a unos veinte minutos de la ciudad, atravesando Family Farms. Me resultó curioso que debíamos cruzar un sendero de asfalto para llegar a su casa campestre, una construcción de más de cuatrocientos metros cuadrados de puro cemento.
No imaginaba la cantidad de gente que podría caber en ese lugar, lo cual era un beneficio, ya que era imposible que él nos atrapara con facilidad.
Mientras seguíamos escuchando las órdenes de la señora Abernathy, Brutus dejó de ser mi prometido, mi confidente y mi amado, en el instante de que me quité el anillo.
Era como si dos pinos fuesen separados al cercenar las raíces que los mantenían unidos.
Una de las recomendaciones de la señora Zoe fue que nos despojáramos nuestros objetos de valor para no correr el riesgo de perderlos; o tal vez lo decía para evitar que Arktos recordara qué joyas usábamos la última vez que tuvimos contacto con él.
Mi marido y yo éramos como dos galaxias fusionándose en una colisión impulsada por la gravedad.
No era una despedida, ni el fin de nuestra relación, sino una pausa necesaria; un breve alto de nuestro trayecto marítimo mientras contemplábamos las constelaciones, bajo la luz de las estrellas que viajan a velocidades indescriptibles.
- Muy bien, jóvenes, teniendo en cuanta lo anterior, es vital que memoricen sus nombres por los cuales se harán pasar.
Nadie puede saber quiénes son realmente – advirtió Zoe mientras anotaba en mi libreta, sintiendo la fuerza con la que Brut apretaba mi pata izquierda.
El sudor frio en su tacto delataba que no se encontraba bien.
- Carving, guarda este documento. Este será tu nombre – me indicó. Contemplé el papel y se lo mostré a Brutus.
- ¿Osborn Belmont? – inquirí.
- A partir de ahora te llamarás así. Spyke los esperará en el acceso principal; cuando estén allí, díganles que son amigos de Eleanor, —o sea yo— y que ella llegará en unos veinte minutos después.
Me haré pasar por una invitada más para vigilar los perímetros sin ser detectada.
– agregó Zoe, caminando de un extremo a otro de la habitación - ¿Ya memorizaste tu nombre, Nanook?
- Yukon Livingston, anotado - sonrió. Su calma me pareció extraña en una situación de vida o muerte.
- ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? – cuestionó Brutus con seriedad.
- Porque por fin veré al oso que amé con toda mi vida – respondió.
El silencio cayó en el cuarto como peso físico, como si alguien soltara un plato de porcelana contra el suelo, volviendo el aire denso y pesado, parecido a una roca.
- Nanook, esta es una misión para atrapar a un criminal – le recordó Zoe con firmeza - No debes bajar la guardia con sentimientos del pasado. Piensa en Carving y en el señor Brutus; ellos han sufrido por culpa de este tipo.
- Si, señora, disculpe… es solo que ansío verlo después de mucho tiempo. Prometo que la misión no se verá afectada por mi culpa.
- Es todo. Nos vemos a las seis de la tarde aquí mismo - concluyó Zoe – No paseen por la ciudad; si van a almorzar que sea fuera de Eugene.
Nanook se despidió rápidamente, alegando que no había comido nada, pero lo frené en seco.
- ¡Nanook! – lo miré fijamente – No des un paso en falso, por favor. Confío en ti.
- Está bien, Carving. Lo haré.
Su respuesta no me generó confianza. Sentía como si me clavara un cuchillo por la espalda, sospechando que su lealtad podría estar comprometida por falsas esperanzas.
Más adelante, mientras la nieve comenzaba a caer y nos movilizábamos al restaurante Willamette Valley Vineyards, a velocidad moderada, comencé a charlar con mi marido para distraernos.
Le hablé sobre la Toyota Sequoia que estaba proceso de documentación; le conté que mi amigo Leonel había encontrado un cliente potencial gracias a un familiar, quien esperaba ver el vehículo en un lugar que nosotros dispusiéramos.
Le respondí que podríamos vernos en la casa de mi Brutus, ya que me parecía un sitio reservado y seguro.
El asesor de la concesionaria ya aprobó los documentos y el color que escogí fue: Blanco Perlado.
Me comentaron que hay una demorada estimada de dos a tres meses para la entrega, un lapso considerable que, afortunadamente, nos daría tiempo para vender la Fortuner.
Gracias a que sus mantenimientos están al día y aún cuenta con las garantías de fábrica, será una venta rápida y efectiva.
Tan pronto como llegamos al lugar que acordamos para almorzar, Brutus me aconsejó beber algunas copas de whiskey para neutralizar los nervios.
El restaurante era reconocido por su elegancia campestre; desde allí podíamos disfrutar de un banquete mientras admirábamos las vistas panorámicas de los viñedos y las colinas del valle.
Solicitamos un Mac and Chseese con Camarones, pasta del golfo, salsa de crema de cebolla y brie francés.
Él tenía miedo, aunque intentaba no demostrarlo.
Su sonrisa era de porcelana; parecía frágil e impostada al tocar el tema de la misión.
Yo solo esperaba que este día finalizara lo más rápido posible y en las mejores condiciones, sin que nadie saliera herido.
Arktos era un demonio blanco que aún seguía viviendo en Oregón como si descansara en una hamaca amarrada entre dos palmeras, dichoso tras haberme disparado.
- Mi amor, ¿cómo te sientes? – me cuestionó, interrumpiendo mis pensamientos.
- Supongo que bien; el efecto del trago está haciendo lo suyo – respondí terminando el whiskey rápidamente.
- Peludito, no te precipites – me tomó de las patas – Estamos a pocas horas de conseguir lo que hemos soñado estos días: la tranquilidad, Zoe me aseguró que el plan sería efectivo.
- Lo sé, mi vida, pero – hice una pausa mientras el mesero me servía otra copa – Tengo el presentimiento de que la misión podría verse afectada por Nanook. Es posible que se exalte al ver a Arktos; sin embargo, no dejaré que eso suceda – reiteré con firmeza.
- Tranquilo, no pensemos eso ahora. Más bien, disfrutemos lo que queda de la tarde contemplando el paisaje – Ofreció, mientras se inclinaba para darme un beso en la frente – Ya me protegiste mudándonos y contratando a nuestros escoltas.
Ahora es mi turno de asegurar de que te protejan.
Te amo mucho, y este anillo que tengo guardado en mi bolsillo te estará esperando cuando regreses de nuevo.
Y al fin podremos casarnos sin prejuicios.
Lo besé con fuerza, sujetándolo por la chaqueta; sus palabras eran cuchillos que cortaban los muros del medio. Amaba a mi oso, y sabía que solo restaba una cosa: cumplir con la misión, que definiría nuestro futuro.
Pasadas unas horas, mientras la noche comenzaba a vestirse de negro mientras la aguanieve cesaba su llanto, decidimos volver a la comisaría.
Allí me esperaba el disfraz que la señora Abernathy me había guardado, junto con un antifaz que ocultaría mi identidad.
No era solo un traje; era como si me cubriera dos sábanas gigantes bajo las cuales mi personalidad se opacaba, aparentando ser alguien diferente.
Hacía solo un momento me encontraba con mi mirado, charlando sobre la posibilidad de adquirir un pequeño terreno en Eugene para construir una casa sencilla y disfrutar de las vistas panorámicas.
Era un sueño sumergido del océano, convertido en un tesoro anhelado.
Además de la indumentaria, Zoe me entregó un chaleco antibalas de máxima protección que pesaba más diez kilos.
Me resultaba difícil imaginarme usando eso esto en un gran océano donde nadie pudiera auxiliarme; debido el peso de sus placas, que se sentía como una sentencia de muerte si llegaba a caer en el agua.
- ¿Todo listo, joven Carving? – Cuestionó el agente Stephenson, al entrar a la habitación.
- Si, señor. Creo que si – afirmé, poniéndome el antifaz mientras me observaba en el espejo. No me reconocía usando tanta ropa elegante con una máscara.
- Tu esposo te está esperando en mi patrulla. Dijo que quería verte antes de que emprendieran el viaje. Tú y Nanook irán en vehículo encubierto. Zoe se quedará vigilando la zona. Todo va a estar bien.
- Gracias por la información, señor agente. Aprovecho para agradecerle la protección de sus hombres; son buenos muchachos – estrechamos nuestras patas.
- Es con gusto – sonrió - Será mejor que lo veas antes de partir.