Tratos No Negociables Capítulo 39 – Reminiscencias de una Relación
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Capítulo 39 – Reminiscencias de una Relación

En la tarde de ese viernes, me encontraba con Balto organizando unas cajas antiguas en el ático; cada una contenía indumentarias viejas y libros que mis padres utilizaron alguna vez.

Había olvidado lo tenebroso que se sentía estar en la parte más alta de la casa; de pequeño odiaba subir cuando mi mamá buscaba algo importante, pues siempre tuve el presentimiento de que un fantasma esperaba el momento justo para asustarme.

Mi hermanito no paraba de reír con mi historia; confesó que a él también le daba miedo ir al sótano de su casa, ya que no tenían luz eléctrica cuando adquirieron la propiedad.

Charlamos un buen rato mientras Brutus terminaba de platicar con Michael en la sala.

Balto me contó que ya tenía listo un itinerario para su próximo viaje a Colombia; mencionó planes como visitar la famosa Piedra del Peñol, en Antioquia y conocer los mejores restaurantes de Medellín.

Me pareció una excelente iniciativa organizar planes familiares que incluyeran cultura y gastronomía para él.

Posteriormente, le comenté los avances del caso de Arktos, ya que no habíamos tocado el tema desde la amenaza de las flores.

La reacción de mi hermano no fue la que esperaba al decirle que me infiltraría en la fiesta; cuando me tomó de los hombros, sentí una fuerza tal que parecía capaz de derrumbar el tronco de un árbol con un solo dedo.

- ¿Qué estás diciendo, hermanito? – cuestionó, visiblemente preocupado –

- Zoe no logró encontrar a nadie para infiltrarse en la fiesta; por eso me postulé para acabar con todo esto de una vez por todas – respondí, mirándolo fijamente.

- Hermano, no puedo creerlo. Ya recibiste un disparo, estuviste a punto de morir… ¿Por qué sigues arriesgando tu vida? – comenzó a sollozar.

- ¡Balto, no lo sé! – respondí – Mi instinto me dictó que debía hacerlo; aún no comprendo de dónde saco las fuerzas para combatir a ese tipo – añadí mientras lo abrazaba.

- Me cuesta asimilarlo. Sé que es horrible vivir bajo la mirada de quienes pretenden lastimarte, como si tu vida no la viera nada – dijo – No puedo seguir reprochándote nada porque la decisión ya está tomada; sería absurdo cambiar tu parecer.

Además, imagino que el señor Brutus debe estar más asustado que yo.

- Ni que los digas; lo ha sabido ocultar bastante bien. Tampoco le pareció buena idea; sin embargo, la señora Abernathy me aseguró la máxima protección. De alguna forma podría sentirme tranquilo, aun sabiendo el riesgo que corro– afirmé, intentando calmarlo.

- ¡Por favor, prométeme que vas a salir vivo! – me mostró su dedo meñique para sellar nuestra el pacto - ¡Júramelo!

- Por supuesto, hermano. Tengo la certeza de que cerraré este caso para siempre.

Entrelazamos nuestros meñiques, jurando que saldríamos juntos de este calvario.

Más adelante, cuando Balto y Michael se retiraron de la casa, sentí un ligero dolor en el pecho, como si una pequeña aguja pinchara mi corazón, quemando el residuo de haber confrontado mis sentimientos al confesar mis verdaderas intenciones.

No quise llamar la atención frente a mi marido, ya que eso podría preocuparlo más de lo que ya estaba.

Así que bebí un vaso de agua para amortiguar la ansiedad, sumiéndome en mis propios pensamientos; a veces lograba imaginar una pequeña isla donde las olas mansas eran símbolo de mi paz interior, mientras la brisa cálida chocaba contra mis mejillas, permitiendo que las malas energías salieran de mí, como si desempolvara un armario que había sido olvidado por mucho tiempo.

Poco después, mi prometido y yo decidimos relajarnos viendo televisión en nuestro cuarto, mientras uno de los escoltas se encargaba de limpiar la camioneta para de ir a cenar en uno de los restaurantes más famosos de Portland.

En ese momento, se sentía como si fuéramos la última luz encendida en un mundo que se había vuelto blanco y silencioso, La nieve se convirtió en el amortiguador del entorno, suprimiendo el bullicio urbano; no obstante, el sonido de la tele y de nuestras respiraciones se transformó en una sinfonía de intimidad y complicidad.

Era un momento donde conectábamos como pareja, reafirmando la confianza plena y la paz que me brindaba mi marido.

- ¿Ya tienes hambre, mi amor? – pregunté mientras me regocijaba en su cuello, dándole muchos besos.

- Me estás haciendo cosquillas, mi vida. – rió – Adoro cuando te recuestas sobre mi pecho – añadió acariciándome el lomo – Un poco, si ¿A dónde me piensas llevar, peludito?

- Es una sorpresa– respondí con alegría – Solo te diré que ya habíamos visitado el lugar antes – expresé mientras rozaba su escultura con la punta de los dedos.

- Está bien, dejaré de insistir – aseguró mientras tomaba el control remoto para cambiar el canal de las noticias – Mi amor… ¿Baltito se enteró de lo mañana, cierto? – preguntó con intriga, como si hubiese captado parte de nuestra conversación.

- Se enojó. Ver esa expresión tan eufórica fue como si dos planetas hermanos chocaran abruptamente, olvidando su rotación, tras confesarle que sería el apoyo para la señora Zoe – expresé, soltando un fuerte suspiro – Lo tranquilicé con un abrazo, jurándole que saldría con vida.

Sentí que arruiné parte de su tranquilidad justo antes de su viaje.

- Descuida, peludito. Sé que Baltito puede ser muy sensible, pero pienso igual que él: solo desea verte sano y salvo – añadió mientras me daba un beso – Yo intento no pensar en lo de mañana para mantenerme fuerte. Ese pastorcito jamás se enojaría contigo.

- Lo sé. – dije, mirando la hora de mi teléfono – Ya son más de la siete y media, es mejor que vayamos a cenar. Tenemos que madrugar para estar en Eugene a más tardar a las ocho de la mañana.

- Cierto, se me había olvidado. Vayamos a comer -concluyó poniéndose su chaqueta y su bufanda.

Tan pronto como salimos de la casa, Milo abrió una de las puertas traseras del Taos para subirnos rápidamente.

Le indiqué que debíamos incorporarnos a NE Killingsworth St, donde se encontraba el restaurante mexicano al que Brutus y yo fuimos una vez cuando apenas comenzábamos a afianzar nuestra relación.

Noté que mi prometido seguía intentando recordar en el nombre del establecimiento mientras avanzábamos hacia la dirección, pues es un lugar muy concurrido.

Era comprensible que un oso de negocios olvidara ciertos detalles al cargar con tantas preocupaciones en la cabeza; los problemas de la empresa eran como encuentros con un fantasma amable que hubiera perdido sus mapas.

Yo lo percibía como si le mostrara una antigua fotografía, pero sus ojos no lograban reconocer el paisaje, cuya tinta de ese recuerdo se había evaporado de su memoria.

Al llegar a la próxima curva de la avenida, me sorprendió al ver la cantidad de gente en las calles, como si el frio no los afectara; supuse que los ciudadanos se habían hartado del encierro invernal.

Cuando finalmente entramos al estacionamiento, mi marido me observó con ojos brillosos al recordar el nombre del restaurante: MIS TACONES.

Era el lugar donde apenas nuestra relación comenzó a crecer, como ramas pequeñas que se nutren para preservar sus primeras hojas.

Volver allí se sentía como si viajar en el tiempo, recordando el momento en que podíamos ser libres de cualquier peligro, como un cachorro que corretea por las calles bajo la mirada atenta de quienes lo cuidan.

Tan pronto como ingresamos al restaurante, mientras que uno de los encargados preguntaba el nombre de la reserva, comencé a percatarme de que la mayoría de los comensales nos observaban como si fuéramos un bicho raro.

Me generó curiosidad, pues simplemente estábamos tomados de las patas como cualquier otra pareja.

Una vez que el camarero nos ubicó, sentí cómo sus miradas envidiaban a mi prometido, intentando desterrarme de ese espacio con gestos que, sin embargo, no podían tocar la tierra que me pertenecía en ese momento.

- Mi amor. Déjalos, la envidia siempre aparecerá, incluso en los mejores restaurantes – dijo Brutus, mientras guiaba mi mentón hacia él – Si que supiste guardar bien el secreto. Me llegan tantos recuerdos de cuando apenas éramos inocentes de todo – añadió, acariciando tiernamente mis patas.

- Es verdad, osote. Esa noche nos quedamos a dormir en tu casa y creo que fue la primera vez que conciliamos el sueño juntos, antes de emprender nuestro viaje Nebraska.

- Y ahora míranos: volvimos después de mucho tiempo, con una relación consolidada y propuestas de matrimonio mutuas –dijo con una sonrisa.

- ¡Óraleeeee! ¡pero mira nada más, si es el patrón Grizzly con su morrito! Veo que están más unidos que nunca. ¡Felicidades! – Nos felicitó David, el toro que nos entendió por primera vez.

- ¡Hola, David! Tanto tiempo sin vernos, muchacho – saludó Brutus estrechando su pata.

- Dichosos los ojos que los vuelven a ver, patrones. ¿Qué desean cenar? – cuestionó animado - ¿Les traigo un poco de Tequila, Whiskey? Ustedes solo digan.

- Yo quiero unas quesadillas y un tequila bien reposado – solicité.

- Perfecto, patroncito Carving - ¿y el patrón Grizzly?

- Un whiskey y también unas quesadillas – afirmó.

- Bien, en seguida traigo sus bebidas – se marchó mientras anotaba el pedido.

Más adelante, Brutus y yo entablamos una conversación sobre nuestro matrimonio; era un tema que no habíamos podido charlar, pues no contábamos con el tiempo suficiente para empezar a reservar el lugar o decidir cuántos invitados convocaríamos.

Le sugerí que, por mi parte, invitaría a la familia Cavendish, Carmencita y su hijo, y a Leonel —aunque era poco probable que asistiera debido a las complicaciones de su nuevo trabajo— y a nadie más.

Brutus afirmó que él invitaría a sus socios de la empresa, a Zoe y al señor Stephenson.

Sólo quedaba escoger el lugar para la ceremonia, la cual habíamos proyectado realizar fuera de Portland. En ese momento, una idea brillante iluminó nuestras mentes al recordar aquel sitio que una vez viajamos; la cabaña del bosque.

- La cabaña cerca de Tri-Cities– recordamos al unísono y brindamos, chocando nuestras copas.

- Ese es mi peludito – rió – Hagamos algo: en cuanto salgamos de esta situación, le pediremos a Brenda que nos ayude a cotizar los preparativos. Una vez me dijo que tenía una vieja amiga especializada en eso– añadió cortando una de su quesadilla por la mitad.

- ¡Claro, sería una idea excelente! – repuse después de darle un bocado a mi comida – Osote, ¿Dónde quieres pasar navidad y año nuevo?

- Estoy a la espera de tus ideas, mi vida - ¿Qué deseas hacer? – preguntó con intriga - ¿O quieres pasarla con Balto en Colombia? - añadió, como si hubiera leído mis pensamientos más anhelados.

- Quizás. No sería mala idea – respondí.

- Mira, hoy estuve hablando con Michael a cerca de eso.

Tal vez no podremos viajar el mismo día que ellos, pero tampoco quieren que estemos solos en esas fechas – mencionó, mientras llamaba a David para que nos sirviera otra ronda – Hablaré con mi asesor de viajes; tengo pensado que nos quedemos en el mejor hotel de Medellín. ¿Te suena?

- Está bien, muchas gracias, peludote. Te amo más de lo que imaginas – le dije, tomando sus patas – Mañana será un día complicado.

- Yo también te amo, mi peludito. Más que mi propia vida – contestó - Todo va a estar bien. Me aseguraré de que nadie se interponga en nuestro futuro. Es mi turno de protegerte – concluyó, inclinándose para besarme.

Su afecto evocaba la fuerza de la naturaleza.

No fue un simple beso, fue un derrumbe de todas nuestras barreras; un huracán que sobrepasa sus límites, destruyendo todas las murallas de hierro que nos impedía abrazarnos a pesar del sufrimiento que sentían nuestros corazones.

Su boca se encontró con la mía, reclamando con la desesperación de un naufragio la tierra firme, un anhelo que no protegía, sino que atestiguaba lo que vivimos alguna vez en la pasado: la soledad.