Tratos No Negociables Capítulo 38 – Acciones que Enamoran #2
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Capítulo 38 – Acciones que Enamoran #2

Le expliqué que, al no utilizar refacciones no homologadas para la dureza específica de sus discos, se generó un desgaste abrasivo que los arruinó.

Un disco rayado no solo representa la pérdida del componente, sino que compromete la eficiencia del frenado y aumenta peligrosamente la distancia de la parada.

Tras detallarle que esto pudo deberse a la incompatibilidad de materiales o al uso excesivo del pedal en alta potencia, le gestioné la orden de los discos delanteros de alto rendimiento.

El cliente aceptó el presupuesto de $1.500 dólares más la mano de obra, agradecido por una asesoría que le permitirá ser más precavido al correr con su vehículo.

Durante la tarde, tras solucionar las peticiones de los clientes de Volkswagen, dediqué mi tiempo a gestionar los honorarios de uno de nuestros agentes según el volumen de la mercancía enviado en noviembre.

El agente de aduana cobraba el 0.18% del valor total de la exportación, una cifra más favorable que en los procesos de importación, Normalmente enviábamos más de trescientas cajas repartidas en tres o cuatro contenedores; con un valor aproximado de $1.

800 dólares por caja, el total de la carga oscilaba entre los $450.

000 y los $500.000 dólares. Realizando el cálculo, las comisiones resultaban sumamente atractivas debido a la constancia de los pedidos.

Acudí a la oficina de mi marido para solicitar su autorización y realizar la transferencia al cliente que esperaba en línea.

Tuve que esperar unos minutos a que finalizara su reunión, la cual resultó un éxito tras negociar con un nuevo comprador de México, amigo de la señora Francis.

- Jefe Brutus, el cliente está a la espera de sus honorarios. ¿Es posible realizar la consignación? – cuestioné, acomodándome en las sillas de su escritorio con mi ordenador.

- ¡Por supuesto! Solo falta que envíe su número de cuenta – respondió, ajustándose la corbata.

- Perfecto, ya la tengo y… listo. Su comisión ha sido enviada con éxito – dije, cerrando mi computadora - Estoy exhausto.

- ¿Quieres que te haga un pequeño masaje, osito? – preguntó.

- Está bien – respondí relajando mi cuerpo.

Pero antes de empezar, Brutus se inclinó para besarme el cuello con ternura.

– Así que no pudiste contenerte ¿eh? – añadí, mientras él se hundía en un remolino de afecto.

Últimamente lo notaba más risueño desde que nos mudamos a la casa de mis padres; estábamos profundamente enamorados.

- Hueles a papas fritas – bromeé mientras reíamos.

- Hace poco me comí un paquete de frituras – confesó, guardando su laptop en su mochila– Creo que es mejor irnos a mercar ya, no es bueno pasar tanto tiempo en el tráfico.

Al salir de la oficina, Brenda y Hanna se acercaron a nosotros.

- ¡Gordo! ¡Qué milagro tener por aquí! Supe que estuvieron en Florida por el cumpleaños del señor Grizzly – saludó la loba con un fuerte abrazo.

- Así es, fue un viaje estupendo – agregué, mientras Brendis me saludaba con un beso en la mejilla.

- ¡Tiempos sin verte, querido! Veo que tu recuperación va de maravilla – comentó - ¿A dónde se dirigen?

- En efecto, ya tengo más fuerza y no me agito tanto. Espero estar al cien para la primavera – respondí – Vamos para al supermercado por provisiones.

- ¡Qué bien! - Su mirada se desvió de pronto a la pata Brutus - ¡No te lo puedo creer! Así que nuestro jefe recibió el anillo, amiga – exclamó, tomándole la pata a mi prometido para mostrarle la sortija a Hanna.

- ¡Esto es increíble! También le propusiste matrimonio – estalló Hanna de emoción soltando chillidos de alegría.

- Este joven osito me tiene más enamorado que nada ¿cierto, mi amor? – enfatizó Brutus con un beso – Bueno, niñas. Nos tenemos que ir.

- ¡Nos vemos! – se despidieron ambas al unísono.

La ciudad de Portland se encontraba despejada, dado que no todos los trabajadores ansiaban transitar bajo estas condiciones; la nieve ya no parecía una seda sobre las avenidas, sino que se había convertido un plumón espeso que tapaba todo a su alrededor.

El frio, no era un obstáculo para quienes mantenían el espíritu navideño, decorando los parques con luces, ornamentos y entre otros detalles, que marcaban el inicio de una temporada de unión familiar Se sentía como si el abrazo de un ser invisible fuera más poderoso que cualquier otro, reuniendo a nuestros seres queridos en el pensamiento.

Cuando llegamos al estacionamiento, le pedí amablemente a Milo que acomodara los objetos de la cajuela para ganar más espacio al momento de guardar las bolsas de mercado.

Una vez que accedimos al supermercado, creamos una pequeña lista de los productos que nos faltaban en casa.

Comenzamos añadiendo al carrito los perecederos tales como: lácteos, yogures, jamón, salchichas entre otros.

Luego, nos dirigimos a la sección de snacks para llevar algunos bocadillos que nos apetecía comer durante los próximos días.

Después recurrimos a la carnicería y pescadería, ya que no teníamos proteína para congelar, y finalmente seleccionamos algunas verduras y frutas para complementar nuestra compra.

Cuando nos dirigíamos a la caja, noté que mi amado se interesó en una proteína para sus músculos; no obstante, mencionó que prefería ir a su casa para traer las suyas, las cuales tenía guardadas desde que nos mudamos.

Mientras caminábamos, mi prometido chocó accidentalmente contra una gata que no parecía tener modales necesarios para resultar agradable; se demostraba interesada, insinuándose con palabras bastante seductoras.

- Hola, guapo. Parece que te perdiste en el lugar equivocado – afirmó ella, intentando seducir a Brutus con el movimiento de su cola.

- ¿Perdón? – cuestionó él, visiblemente desconcertado.

- Señora, por favor, retírese – ordenó Richard manteniendo una calma profesional, pero firme.

- Veo que trajiste a tus guardias, señor oso.

No imagino lo importante que debes ser para esta temible ciudad – añadió ella, fijando la vista en la sortija– Wow, que hermoso diamante.

Debes tener una esposa muy bella y adinerada para haberte regalado ese anillo.

Veo que tu hijo nos está mirando demasiado.

Yo no pude evitar reír; eran esos encuentros donde los extraños confundían nuestra relación.

- Señora, deje de ser ridícula y compórtese – refutó Brutus con seriedad – No tengo esposa, ni tampoco hijos. Ese muchacho es mi prometido.

Me acerqué a él y lo besé presumiendo a mi pareja frente a ella.

- Espero tenga suerte encontrando alguien – añadí con ironía.

- ¡Qué desperdicio de macho! – gruñó ella, azotando con fuerza su bolso contra el suelo antes de alejarse.

Tan pronto como llegamos a casa, mi prometido y yo no dejamos de reírnos de la situación mientras acomodábamos los víveres.

Su felicidad era la de un osezno que no paraba de carcajearse tras presenciar algo semejante; le parecía gracioso, pues era la primera vez que una hembra se le acercaba con intenciones tan evidentes.

Esa noche, antes de irnos a dormir, le mencioné que estaba cordialmente invitado a aquel restaurante donde la magia entre nosotros comenzó a esparcirse, marcando el inicio de nuestro amor incondicional.