Tratos No Negociables Capítulo 38 – Acciones que Enamoran
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Capítulo 38 – Acciones que Enamoran

Desperté “encarcelado” por los brazos de mi prometido; podía sentir su corazón palpitar solemnemente, como si los tambores de guerra anunciaran finalmente la paz de una batalla culminada.

No estaba asustado ni triste; al contrario, percibía su tranquilidad a través de sus actos de amor, habiéndome abrazado toda la noche tal como si yo fuera un oso en felpa que consoló su llanto.

Mis acciones dependían de sus emociones; estábamos atados a una red indestructible, similar a las raíces de un gran árbol que crecen sin permitir desatarnos con facilidad.

Intenté moverme para levantarme, pero mis patas parecían encadenadas.

Él me apretaba con más fuerza, aunque sin causar dolor.

Sospeché que lo hacía por puro capricho, aún sabiendo que debíamos levantarnos para nuestras laborales habituales.

No me extrañaba que le costara madrugar; últimamente había comenzado a dormir hasta tarde y prefería usar camisetas y sudaderas, pues no era recomendable dormir solo con ropa interior en pleno invierno de Portland.

Tras luchar un poco con sus musculosos brazos, logré levantarme sin problema.

Quise prepararle un buen desayuno con el propósito de remediar la tensión de la noche anterior.

La valentía que sentía en mi interior era como portar un traje de hierro, uno que me protegía de una batalla que pronto daría comienzo.

No obstante, ver el sufrimiento que evocaba mi marido reafirmé que sus acciones valían más que mil palabras; nunca pretendí ser egoísta, simplemente deseaba alcanzar una vida tranquila tras culminar, al fin, todo este calvario.

Más tarde, tras preparar un exquisito banquete, subí al segundo piso a despertar a mi prometido, quien seguía durmiendo como si hibernara durante meses.

Comencé a besar su glorioso pecho hasta llegar a su mentón; él se reía por mis caricias, como si una pluma rozara sus puntos sensibles.

Me correspondió besándome con ternura mientras tomaba mis mejillas; en ese instante, me sentí como el capitán que dirige un gran navío hacia nuestro próximo destino, cuyas agujas de una brújula antigua indicaban el camino hacia el norte, donde las olas del océano se mostraban mansas ahora que nuestros mayores problemas cesaban tras haber lidiado con una marea alta.

No quería separarme de él, especialmente después de haberlo visto tan afligido. Amaba sus besos de buenos días; se sentía como si el sol de una mañana radiante me saludara, proyectando su rayo de luz sobre mi pelaje. Brutus se había transformado, definitivamente, en mi universo.

- Buenos días, mi osote. Espero hayas dormido muy bien – lo abracé, sintiendo aún el calor de su cuerpo – Te tengo una sorpresa.

- Sentirte cerca toda la noche fue como perdernos en un bosque donde nadie pudiera interrumpir este flujo de amor.

Te amo mucho, mi peludito, y no voy a refutar la decisión que tomaste anoche.

– me dijo, mientras me sentaba a mi lado – En nuestro viaje prometimos apoyarnos incondicionalmente sin importar el problema.

Estaré para lo que necesites y confío en que la misión será un éxito.

- Gracias, mi amor. Te prometo que saldremos de este calvario para tener, al fin, una vida en paz – lo besé y me devolvió una tierna sonrisa – Ven, déjame guiarte al comedor.

- ¡Wow, que delicia! – exclamó al ver el desayuno – Huevos fritos, tocino, panqueques y un buen corte de carne – admiró cortando un pedazo de proteína – Cada día te inspiras más; esas clases de gastronomía realmente dieron frutos.

- Así es; encontré una caja con las recetas orientales que preparaba mi mamá. Algún día te sorprenderé con al especial – comenté antes de beber mi jugo – Mi amor, esta tarde debemos ir al súper por víveres, ya no queda nada. ¿Te parece bien después de las cuatro y media?

- Me parece perfecto. Hoy presentaré a los socios tu idea de exportar a Perú y luego tengo una reunión virtual con un cliente de la señora Francis interesado en nuestros productos. – contó mientras untaba el tocino con la yema del huevo.

- La señora Francis es muy carismática – reímos – Yo me conectaré a la plataforma y, después del mediodía, iré a la empresa para gestionar las transferencias del cliente nuevo de Canadá.

- Excelente, vida mía. Por cierto ¿Qué te respondieron sobre el abono de la camioneta?

- El señor Benson espera que le enviemos los datos personales y especifiquemos el color que deseas – dije, terminando de comer para alistarme.

- El color lo dejo a tu elección, peludito. Tendré que buscar un cliente para vender el Fortuner.

- No te preocupes, mi amor, déjamelo a mi – pensé de inmediato en Leonel –Mi amigo del concesionario podrá ayudarnos. Te espero en la ducha. – le guiñé el ojo mientras le daba una palmada – Te amo, osote.

- Te lo agradezco, mi peludito – me tomó del brazo para darme un beso – Ya te alcanzo.

La humedad comenzó a transformar el baño en un refugio de vapor, como si ingresáramos a un manantial de aguas termales donde el cuerpo, además de despojar las malas energías purificaba los residuos de la tensión que la noche anterior había dejado flotando en el aire.

El sonido del agua golpeando contra la baldosa blanca era casi explosivo, un ritmo constante que prometía conectar nuestra piel.

Al entrar finalmente a la cabina de cristal, sentí que me teletransportaba a otra dimensión.

Las primeras gotas que cayeron sobre nuestros hombros y espaldas actuaron como un escudo contra los ecos de la discusión pasada; mantuvimos nuestros parpados cerrados, dejando que nuestro pelaje se fundiera con el calor que emanábamos.

Los fragmentos de nuestras inconformidades se desvanecieron mientras el jabón acariciaba tiernamente nuestras extremidades, como si las burbujas fueran pequeños encargados de limpiar la pesadez de todo lo que habíamos callado.

El primer roce fue involuntario, como si sus acciones hablaran por sí mismas bajo la lluvia caliente, pero resultó suficiente para romper el hielo.

Mi prometido se encargó de frotar mi cuerpo, no solo para limpiarlo, sino como un acto de restauración; sus patas parecían pintar un cuadro artístico donde manifestaba sus emociones más profundas y reprimidas, reconociendo su vulnerabilidad ante un futuro incierto.

Nos abrazamos, dejando que el presente borrara cualquier recuerdo amargo, mientras nuestros labios se bañaban, quitando la suciedad que se interponía al tocar la tierra que siempre nos perteneció.

Nuestros cuerpos se entrelazaron como dos corrientes de agua que se unen tras chocar contra una roca; éramos dos osos borrando los reflejos de un pasado que había consumido gran parte de nuestras historias vividas.

Cuando cerramos el grifo, el silenció no cayó como una manta que opacara el ruido; más bien, las gotas de nuestro pelaje que se deslizaban hacia el desagüe se convirtieron en las reminiscencias de una vieja piel que acabábamos de mudar.

Nos quedamos un momento allí, frente a frente.

Mis ganas de besarlo eran irresistibles; sentir sus húmedos labios era como estar dentro de una alberca donde gozaba nadar libremente, sin que nadie pudiera indicarme cuándo debía salirme.

Al emerger de la ducha, nos dimos cuenta de que habíamos logrado llegar al puerto tras una fuerte tormenta marítima.

No había reproches, ni miradas extrañas que atestiguaran una decisión conflictiva.

Solo quedaba la certeza de que, sin importar lo que viniera, caminaríamos hacia el futuro puliendo esperanzas para alcanzar, al fin, una vida en paz.

- Creo que ha sido una las mejores duchas que hemos tomado desde que llegamos aquí – reconocí mientras le ayudaba secar su espalda – Desearía que pudieras quedarte más tiempo, peludote – supliqué.

- Es verdad, me siento más ligero y limpio de lo normal – dijo – No me gusta dejarte solo aquí en casa. Separarme de ti es como si la otra mitad de mi corazón se partiera en dos – afirmó mientras buscaba su camisa.

- Esas palabras me llenan el alma, ¿si lo sabes, verdad? – le pregunté mientras él me secaba el pecho.

- Eres muy valiente por aceptar ser parte de este caso, peludito – admiró abrazándome por la espalda - Debo confesar que me he vuelto muy dependiente de ti desde que decidiste vivir conmigo.

Ya es costumbre sentir tu calor en las noches y abrazarte cada vez que tengo oportunidad.

Si lo deseas, puedes conectarte a la plataforma desde la empresa; así tendré la tranquilidad de tenerte cerca – propuso, mientras yo le ayudaba a abotonar su camisa.

- Nada me haría más feliz que eso, mi amor. – respondí dándole un beso – Por supuesto que sí.

Pasadas unas horas, decidimos viajar en el Jetta, tras varios días de no conducirlo debido a nuestro viaje a Florida.

Milo y Richard nos acompañaron, cuidando de nosotros con la pericia de los grandes expertos que eran.

Le pregunté a mi marido qué funciones correspondían cada uno cuando dentro de las instalaciones de la empresa; su respuesta fue simple, como si hubiera contestado un examen con apenas cuatro palabras.

El panda vigilaba afuera y el águila cuida el acceso a la oficina.

Me resultaba curioso imaginar la reacción de todos al cruzar la puerta de su despacho, sintiéndose observados fijamente por su guardaespaldas.

Más adelante, tras conectarme a la plataforma del concesionario, noté que un cliente me había estado llamando desesperadamente por una solicitud de repuestos.

El joven mencionó que los discos de freno de su Volkswagen Golf GTI presentaban rayaduras profundas tras haber reemplazado las pastillas hace un par de meses fuera del taller oficial.

Al interrogarlo, confesó que no utilizó repuestos originales, sino una marca reconocida a nivel mundial; BOSCH, recomendada por un amigo.