Tratos No Negociables Capítulo 37 – Nuevas Preocupaciones
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Capítulo 37 – Nuevas Preocupaciones

El frio de Portland se cobró su deuda con nosotros; esa noche nos obligó a permanecer en casa, a pesar de nuestras intenciones de salir a comer al centro.

Era como si la voz de mi propia madre me hablara a través de la gélida brisa, advirtiéndome que no debíamos exponernos hasta que la fuerte aguanieve amainara.

Afortunadamente, ese martes logré adelantar gran parte de mi trabajo acumulado.

Mi marido, quien dirigía las exportaciones a Canadá me cuestionó si la última mercancía había llegado a tiempo, pues uno de sus clientes favoritos urgía la entrega para sus centros de SmartFitness.

Se lo confirmé de inmediato, adjuntando los comprobantes de recepción y la liberación aduanera, cuyas firmas del comprador debían ser solicitadas al momento de la entrega en el lugar en las instalaciones acordadas.

Le envié por correo toda la documentación de transporte, trazabilidad y de gestión de riesgos.

Mi prometido me felicitó por la organización y el cumplimiento de los requisitos.

Aproveché el momento para presentarle una propuesta de exportación hacia Perú; tras investigar el mercado de Lima, identifiqué una alta demanda de equipos de musculación, caminadores y peso libre de alta tecnología.

Para ejecutarlo, debía gestionar certificados de origen, trámites aduaneros, restricciones y localizar un distribuidor de confianza.

Brutus calificó la idea como grandiosa, aunque advirtió que deberíamos presentarla ante los socios para su aprobación.

No veía la hora de compartir este avance; expandirnos a Latinoamérica se sentía como pisar la luna por primera vez, clavando una bandera de victoria, cuyo logo de nuestra compañía ondeaba tras conquistar nuevos mercados.

Esa tarde hablé con Hanna; ella coincidió que Lima es una opción estratégica excelente, especialmente por el dominio de cadenas como Smart Fit Perú en zonas como: Miraflores, San Miguel y el Centro de Lima.

Recalcó que, aunque existen otras opciones, deberíamos evaluar juntos cuál facilitaría mejor nuestra entrada al mercado peruano.

Mi marido y yo solicitamos servicio a domicilio, pidiendo pizza en un restaurante cercano a nuestro condominio.

Brutus me comentó que la señora Zoe no tardaría en llegar para explicarnos los contratiempos que retrasaron el plan.

Intentaba mantener la calma frente a mi prometido, aunque me resultaba imposible resistir ante una situación tan enigmática.

Era como nadar en lo profundo del océano buscando el tesoro del que tanto hablaban nuestros ancestros, solo para descubrir al tocar fondo que no había más que arena, algas y conchas marinas; la falsa ilusión de haber hallado algo valioso.

Mientras llegaba nuestra comida, observé por la ventana a nuestros escoltas, quienes intentaban entrar en calor frotándose las patas.

Admiraba el compromiso con el que garantizaban nuestra protección, pero me resultaba irremediable sentir empatía por el frio que soportaban allí afuera.

Sin dudarlo, prepararé chocolatito caliente y añadí malvaviscos en las tazas de porcelana que Brut y yo habíamos comprado para la remodelación gradual de la casa de mis padres.

- ¿Qué haces, mi amor? – inquirió Brut, curioso, mientras se acercaba por detrás para acariciarme las orejas.

- Me angustia ver a los muchachos así, a la deriva – expresé, mientras revolvía el chocolate con un viejo molinillo.

- Te voy a ayudar. Que buen corazón tienes, peludito; nunca me dejas de sorprenderme – dijo, sacando el paquete de malvaviscos de una de las gavetas – Creo que nos hace falta ir al supermercado, vida mía. No tenemos muchos víveres para estos días.

- La señora Elizabeth nos regaló lo poco que quedaba – agregué – Sería bueno pedir pizza para ellos también y dejar que entren a la casa un rato hasta que calme la tormenta. ¿Cuánto se tardará la comida, mi amor?

- En el restaurante mencionaron que, a más tardar, hora y media. Tienen pedidos atrasados que no han podido entregar a causa del clima. Cómo extraño el verano de Miami – recordó buscando en el viaje como una fuente de calor.

- Lo sé, osote. Pronto planearemos ir un lugar mejor. Dicen que Cartagena, Colombia, es hermoso, según las críticas de la página donde reservé – comenté, mientras llamaba al restaurante para ampliar el pedido.

- Y a todo esto, ¿dónde quieres pasar Navidad y Año Nuevo? – preguntó mientras apagaba la estufa para que reposara la bebida– Estoy considerando viajar o quizás quedarnos aquí. Tú me dirás, peludito.

- Aún estamos a tiempo, mi vida; lo primero es salir de este embrollo. Después decidiremos qué hacer, ¿te parece bien? – respondí justo cuando el repartidor contestó mi llamada.

Comprendía perfectamente que uno de sus mayores deseos era pasar Navidad y Año Nuevo juntos; sin embargo, la situación de Arktos parecía impedirme programar cualquier plan a futuro.

Esa muralla de piedra que se interponía entre nosotros hacía sentir que nuestra comunicación se veía intervenida por culpa del oso polar.

Necesitaba destruirla, encontrar el medio que quebrantara todo su poder para olvidar, de una vez por todas, aquello que pretendía arrebatarnos.

Ansiaba que el problema no se agravara por un descuido de la señora Zoe; quedaban pocos días para que la misión se llevara a cabo. En mi mente, visualizaba una torunda victoria tras su arresto, imaginando a mi prometido y a mi celebrando en paz, sin la necesidad de ser vigilados en cada momento.

Más tarde, cuando el repartidor recibió el permiso para ingresar al antejardín, nos preguntó si era posible otorgarle algo más de propina.

Nos explicó que le resultaba imposible movilizarse en su motocicleta por culpa de las capas de nieve que se formaban en las calles, por lo que había tenido que recurrir a taxis que si podían transitar con facilidad en la zona.

Accedimos entregándole unos $50 adicionales; él agradeció el gesto mostrando una leve sonrisa.

- ¡Muchachos, vengan y compartan algo de comer con nosotros! – lo llamé desde la puerta, observando cómo se apresuraban a resguardarse.

- ¡Muchas gracias, jefes! – exclamaron al entrar, mientras mi prometido destapaba las cajas de pizza y les entregaba sus platos.

- ¡Qué delicia! Hacía mucho tiempo que no comía una pizza tan buena, desde que mi esposa me invitó a uno de los mejores restaurantes de la ciudad – agradeció Roger.

- Yo tampoco degustaba de comida italiana desde hace un año – añadió Milo, dando un gran bocado a su porción.

- Me alegra saberlo, señores – afirmé, mientras les servía el chocolate caliente - Estaré en el comedor por si me necesitan.

Una vez que los dejamos solos, acompañé a mi marido a cenar tranquilos, saboreando el queso derretido que se deslizaba por los bordes de la pizza.

Brut mencionó que Zoe ya venía en camino, aunque lo más probable era que se tardara debido al tráfico que empezaba a colapsar la ciudad.

En ese momento, aproveché para contarle las últimas noticias que Balto me había compartido esa fría mañana.

Mi hermano me contó que había culminado su semestre con éxito, aprobando todas sus materias; ahora pasaba a octavo semestre, quedando a un paso de terminar la carrera como Ingeniero Electrónico.

Mencionó que sueña con realizar sus prácticas profesionales en empresas como Intel o Tektronix, donde podría aplicar conocimientos de circuitos integrados y liderazgo.

También me dijo que su próximo viaje a Colombia sería después del quince de diciembre, y nos rogó que los acompañáramos para no pasar las festividades en soledad.

Balto y yo solíamos pasar Navidad y Año Nuevo con su familia, preparando la cena y charlando hasta tarde sobre nuestros sueños.

Este año las cosas eran distintas para ambos, pero no descartaba su idea; sería maravilloso poder compartir de nuevo grandes momentos junto a él.

Pasadas unas horas, la oficial Zoe llegó a la casa.

Nos sentamos frente a ella mientras las observábamos con atención, esperando a descubrir qué traía entre manos.

Mis nervios se alteraron gradualmente en cuanto sacó su libreta de apuntes; se sentía como si una de mis maestras de la universidad estuviera a punto de anunciar las notas finales, dictando los nombres de quienes habían aprobado y quienes no.

- Lamento abusar de su tiempo a estas horas, pero lo que les tengo que decir es importante – comenzó la señora Zoe, mientras buscaba sus lentes.

- ¿Qué ocurre, señora Abernathy? – pregunté, mientras mi pierna no dejaba de moverse por la ansiedad. Brutus, al notarlo, comenzó a acariciarme para tranquilizarme, asegurándome que todo saldría bien.

- Perdóname si no te di detalles cuando te llamé; estaba trabajando en una solución y no es tan grave como imaginas – agregó – El plan es el siguiente: mis hombres y yo viajaremos hacia la fiesta privada de Arktos.

Investigaremos los accesos por el segundo piso para acorralarlo mientras otros oficiales vigilan las salidas.

Me costó mucho localizar al ingeniero que construyó la casa para obtener los planos originales y crear la emboscada perfecta.

El problema es que Nanook no puede ingresar solo; Spyke me confirmó que debían entrar en pareja y no he hallado a nadie que pueda confirmar nombres para el ingreso.

- Yo lo haré, señora Zoe – confesé. Mi marido desvió su mirada hacía mí. Sorprendido.

- ¿Qué dices, peludito? – cuestiono frunciendo el ceño.

- Yo seré el otro anzuelo que acompañe a Nanook.

Necesitaran nombres nuevos y yo estoy dispuesto – sentía que mi cuerpo temblaba y mis ojos se humedecían – Hago esto para cerrar el caso.

Le prometí a mi esposo no seguir pensando en mis “aberraciones” y esta es la última.

Quiero una vida digna con el ser que amo– le apreté la pata, percibiendo su miedo – Lo haré si ustedes, como policías de élite, me garantizan seguridad absoluta.

Se lo pido encarecidamente, señora Abernathy.

- Mi amor, espera. – me tomó de los hombros Brutus, sollozando - No decidas esto a la ligera. Odiaría verte otra vez en un hospital o, peor aún… vivir una vida sin ti. Eres mi esposo, peludito. No seas egoísta conmigo ni contigo mismo.

- Jamás sería egoísta con el macho que me dio una vida.

Mi amor, todo saldrá bien. – respondí mientras él lloraba sobre mi pecho, vulnerable como una flor que al fin encuentra su lugar - Eres un oso digno y puro; muy valiente para expresar lo que sientes.

Siempre te amaré con toda mi alma. Te prometo que la señora Zoe me cuidará. ¿Es verdad?

- Así es, Carving. Agradezco de corazón tu contribución.

Llevarán chalecos antibalas y máxima protección.

Mi amigo Grizzly, entiendo tu miedo, pero te prometo por mi vida y por mi padre que a tu esposo no le pasará nada.

Hablaré con sus escoltas para la logística del transporte.

Nos vemos este fin de semana para terminar este sufrimiento.

Zoe guardó su libreta y se despidió con suavidad – Les enviaré la ubicación. Nos vemos, familia Grizzly Walker.

Una vez dentro de la habitación, mantuve una conversación sensible con mi prometido.

No estaba enojado ni mucho menos decepcionado; más bien, su preocupación nacía de una profunda inconformidad por el riesgo que yo pretendía asumir.

No obstante, le pedí calmadamente que confiara, por última vez, en una decisión que nos cambiaría la vida a los dos.

Calmé su llanto con besos rotundos; comprendía sus emociones, como las de un padre que cuestiona a su hijo por salir a altas horas de la noche, pero que se tranquiliza cuanto este le promete regresar temprano y cumplir con lo acordado.

Eso mismo le prometí a mi amado; sería cuidadoso con cada movimiento y mantendría la guardia en alto ante cualquier peligro.

Esa velada terminé durmiendo sobre su pecho, cumpliendo una de nuestras costumbres favoritas.

Mis labios, que alguna vez tocaron tierra ajena, se convirtieron como en su propiedad definitiva.

No quería soltarlo, lo besé hasta cansarme, reclamando lo que me pertenecía: su vulnerabilidad.