Capítulo 36 – Compromiso Eterno
A la mañana siguiente, no sólo despertamos de nuevo como dos caballeros sin armadura; la noche anterior nos había despojado de lo superfluo, convirtiéndonos en un árbol más fértil, con hojas más fuertes y raíces sofisticadas que se hundían en los cimientos de la tierra, uniéndonos en una sola esencia.
No hubo intimidad, ni tampoco la necesidad de buscarla; solo evocábamos el amor que nos fortalecía.
Éramos como dos astronautas explorando el universo en una nave espacial, con el cielo estrellado como testigo de nuestras vivencias mientras avanzábamos a la velocidad de la luz hacia al destino que habíamos programado.
Verlo dormir era como sentir que el calor de esa hermosa mañana descongelaba, por fin, el iceberg de mis alegrías contenidas.
La sorpresa de ayer se había convertido en una estrella fugaz; un deseo cumplido al instante, como si el destino hubiese escuchado mis plegarias.
Una vez más, besé a mi marido en su nariz, intentando rescatarlo de la profundidad de sus sueños, allí donde mis labios rozaban la tierra firme de una isla olvidada.
Su voz matutina se reveló mientras estiraba su cuerpo; ese momento tan romántico, me devolvió el afecto entrelazando su lengua con la mía, como si quisiera enredar una liana para que nuestro barco no se perdiera de la bahía a causa de la marea.
- Buenos días, mi osito ¿Dormiste bien? – inquirió, mientras rodeaba mi lomo con sus brazos y me acomodaba encima él, como ya era costumbre.
- Si, aunque me siento un poco exhausto. Anoche estuvimos hasta tarde disfrutando del espectáculo – recordé, mientras lo miraba fijamente.
- Gracias por esa hermosa sorpresa. Nadie en mi vida había hecho algo así por mi – dijo antes de besarme – Estuvo increíble.
- Si, muchos animales se acercaron a felicitarte e incluso te invitaron a brindar con champaña; fue muy lindo de su parte – sonreí - ¿Qué deseas hacer hoy, mi amor?
- Estaba pensando en recorrer un poco la ciudad o quizás invitarte almorzar a un buen restaurante. O tal vez disfrutar la mañana en una de las piscinas y, por la tarde, pasear tranquilamente por el hotel para descansar, ¿Te parece bien? – me propuso, y su idea me pareció perfecta.
- Si, perfecto. Esta noche reservé en el restaurante Onda para nuestra última cena aquí. Tendríamos que usar algo más formal. – recomendé, mientras subía las persianas para que empezáramos a prepararnos.
- Muchas gracias, peludito – dijo, abrazándome por la espalda – Este ha sido el mejor regalo que me han dado – añadió, volviendo a besarme.
- No es nada, mi amor. Ha sido con todo el cariño del mundo. – le devolví el afecto permitiéndole acariciar mi piel dormida, que se sentía como si un rayo de sol filtrara su luz a través de la ventana de una habitación antes cubierta por una seda negra e impenetrable.
- Creo que tenemos un poco de tiempo para disfrutar a solas antes de que nuestros escoltas vengan a buscarnos – sugirió, mientras comenzaba a besar mi cuerpo con profunda ternura.
Nuestro primer contacto fue un intercambio de alientos cálidos y caricias lentas.
El calor del sol sobre la cama creó un microclima de paz, donde las sábanas se transformaron en una nube esponjosa, en las que nos sumergimos con la pereza dulce de quienes se saben dueños de la mañana.
Mi prometido, con la destreza de sus extremidades, recorría mi anatomía bajo la luz natural; nuestros cuerpos se abrieron ante el desfogue de una caldera que propagaba un fuego acogedor.
En ese silencio matinal, la decisión de entregarse a través del placer como un gesto de adoración silenciosa fue su forma de manifestar su protección sin necesidad de usar la voz.
Mientras mi marido se entregaba a aquel altar de seda, nuestra comunión se transformó en acto de calma y fuego; era como si camináramos plácidamente sobre la arena mojada, tomados de las patas mientras entablábamos una charla romántica.
No era la búsqueda de una satisfacción rápida, sino una exploración meticulosa, casi coreográfica; sentía que danzábamos juntos en una discoteca, convirtiéndonos en el centro de atracción bajo la luz de los reflectores.
El sol inundó mi rostro y mis párpados se cerraron para fundirse con las sensaciones que subían desde mi centro; Me sentía como una planta que, tras meses de sequía, recibía finalmente los cuidados necesarios para sentir su frescura, bañándose en una lluvia mansa.
Sus movimientos eran rítmicos, entonando melodías que sólo él sabía bailar, cargadas de ternura que no necesitaba palabras.
Nuestros cuerpos, bajo la luz brillante y blanca, parecían estatuas de mármol cobrando vida, donde los suspiros y leve presión de los dedos sobre las sábanas dictaban el compás de una canción que llenaba toda la habitación.
Eran un flujo de generosidad pura, donde el placer del uno era aliento del otro.
Cuando el éxtasis nos alcanzó, me aferré a la cabeza de mi marido, dejando que la roca espacial colisionara finalmente con otro planeta.
No fue estruendo, sino una vibración profunda que pareció sintonizarse con la luz de la habitación, como si el origen de todo fuera el estallido de una nueva galaxia ajena.
Fue una entrega total; sentí un desvanecimiento de mi prometido mientras nuestro pulso se calmaba poco a poco.
Quedamos tendidos, con la respiración agitada y la piel aún vibrante.
Nuestra cama, que antes parecía un océano de actividad, se transformó en un puerto tranquilo.
Nos miramos con total transparencia, sintiendo que aquel encuentro había sellado el pacto de cuidado y amor.
En ese instante, no éramos más que dos simples osos pardos celebrando nuestra existencia, antes de que el mundo exterior se atreviera a interrumpir nuestra mañana.
- Nunca voy a resistirme a liberar un poco de tu energía – dijo antes de besarme, compartiendo el aliento que había reservado para mi - Espero que hayas disfrutado mi acto de agradecimiento –añadió con una sonrisa.
- Desde que estoy contigo, nunca he dejado de disfrutar los mejores momentos junto a ti – respondí, mientras me fundía en un abrazo con él.
Más adelante, tras haber desayunado en el restaurante, decidimos refrescarnos en la piscina mientras debíamos cocteles sin alcohol en uno de los bares sumergidos.
Era nuestro último día y, desafortunadamente, pronto tendríamos que regresar a la fría y cruda ciudad de Portland.
No lo decía porque la despreciara, sino porque el invierno de diciembre resultaba insoportable; era como vivir en uno de los polos, soportando cómo las finas agujas gélidas clavaban su filo en nuestros cuerpos.
No obstante, estaba decidido a exprimir nuestras últimas horas de sol en compañía de mi marido.
- ¿No has recibido ninguna llamada desde que llegamos, peludito? – inquirió mi marido mientras pedía otra ronda de bebidas.
- No, osote. Quizás Balto ha estado muy ocupado – contesté, revolviendo el líquido con la pajilla - ¿Y tú?
- Tampoco, mi amor. Por una parte, me da tranquilidad saber que los movimientos que realizamos el jueves por la noche fueron un éxito total – comentó – También me alegra que puedas gestionar exportaciones con contactos internacionales.
En ese instante, uno de nuestros guardias se aproximó. Al menos vestían trajes de baño para disfrutar un poco, aunque parecieran postes enterrados bajo el agua, vigilando atentamente cualquier animal que pudiera acecharnos.
- Jefes, - inició Boster – Acabo de hablar con mi compañero Richard. Dice que no ha ocurrido nada desde que partieron. Todo se mantiene en orden, señores.
Mi marido y yo nos miramos con profunda tranquilidad.
- Amigo, ¿me podrías traer dos whiskeys, por favor?
– le pedí al barman. Luego me dirigí a nuestro escolta -: Mira, Boster, llévale este trago a tu compañero.
Gracias por estar pendientes, disfruten este último día como un premio por su excelente trabajo cuidándonos.
Mi prometido y yo aún decidimos si pasear por la ciudad o quedarnos a caminar por el hotel unas horas más.
Les compartiremos nuestra ubicación para que estén tranquilos. ¿de acuerdo?
- Muchas gracias, jefes. Estaremos al tanto. Por favor, les recomiendo llevar sus micrófonos bajo sus prendas por si ocurre alguna emergencia. – recalcó antes de marcharse.
- Tienes un corazón muy bueno, peludito.
– enfatizó Brutus, chocando su copa con la mía - Eres alguien que se preocupa por el bienestar de los animales; por eso me enamoré de ti.
La humildad se basa en cómo tratas a los otros, sin arrogancia.
No podemos despreciar a quienes demuestran un corazón puro.
- Mismas razones por las que estoy a tu lado. – comenté antes de besarlo - Pese a ser un oso de negocios, jamás has sido orgulloso. Te amo, osote. Nunca cambies, por favor.
Pasadas unas horas, decidimos quedarnos en el hotel, para almorzar en el Harbour House.
Ubicado junto al lago, entre el puerto deportivo y piscina Harborside, que ofrecía una experiencia íntima con vistas panorámicas al Intracoastal Waterway.
Nos provocamos por la comida de mar, pues sus platos se destacaban por el uso de ingredientes frescos y sabores vibrantes.
Como entrada, pedimos el Agry Tuna: atún picante sobre arroz crujiente con cebollín.
De plato fuerte, elegimos Salmon Steaak: servido sobre fideos de soja y chile.