Tratos No Negociables Capítulo 35 – Sol, Playa y Diversión #2
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Capítulo 35 – Sol, Playa y Diversión #2

Me regocijé en su pecho quedando profundamente dormido. Su corazón ya no latía con la fuerza del encuentro que nos conectó con la galaxia; ahora eran pálpitos de relajación y de amor que se fundían en una caldera de recuerdos, antes ajenos, pero que ahora me pertenecía por completo.

A la mañana siguiente, Brutus y yo despertamos como dos estatuas de carne viva, acariciados por la brisa atlántica que se mimetizaba con la blancura de las sábanas y el azul infinito que se asomaba por el ventanal.

Comencé a recorrer con besos su cuerpo glorioso, tallado por los mismos dioses.

El pelaje de mi prometido, de un marrón oscuro y profundo, no mostraba rastro de debilidad; era una estructura de ángulos rectos y volúmenes sólidos.

Cada vez que mis patas rozaban su pecho y abdomen, no sentía que acariciaba simplemente a un macho; sentía que recorría una roca vestida por un abrigo de pelaje suave, admirando cada textura de su anatomía perfectamente estructurada.

- Me encanta verte desde aquí abajo. Tienes un cuerpo muy bien trabajado, sin importar la marca que tienes aquí – murmuró, mientras recorría mi cicatriz con un cuidado extremo– Lo de anoche fue estupendo, peludito.

Gracias por estar a mi lado – agradeció, inclinándose para sellar sus palabras con un beso - ¿Es la primera vez que te embriagas?

- Si, supongo. No recuerdo cuántas copas bebimos – respondí, rascándome la cabeza mientras sentía un leve latido de resaca.

- Bueno, estuvimos allí toda la tarde hasta casi las once de la noche – contó mientras se acomodaba– le mejor noche de mi vida, mi amor.

- Me alegra mucho, peludote – respondí, recostándome para sentir el calor de su pecho – Sería bueno ir a desayunar, aprovechar el día en la playa y, por la tarde, presenciar el espectáculo en vivo. ¿Qué te parece?

- Perfecto, muero de hambre – exclamó mientras revisaba su teléfono – Boster me llamó en la madrugada y no escuché el móvil.

- ¿Se habrá preocupado? – inquirí, frunciendo el ceño por un instante.

- Me acaba de escribir que ya desayunaron y que nos esperaban en diez minutos para salir – añadió, mientras acariciaba tiernamente mi cabeza.

- Sera mejor bañarnos y bajar a comer algo – reiteré, sintiendo como el hambre me despertaba.

- Vamos, peludito. Esto apenas comienza –dijo, mostrando una pequeña y cómplice sonrisa.

Horas más tarde, mi marido y yo nos instalamos en una cabaña Vilebrequin.

No eran simples carpas de playa, sino auténticos refugios de lujo frente al mar; contaban con un ventilador de techo y cortinas ajustables para capturar la brisa y ganar sombra.

Además, incorporaban un baño privado con ducha, lo que nos permitía retirarnos el salitre y cambiarnos de ropa con total comodidad.

El paquete incluía un mayordomo personal, encargado de traernos las bebidas, comida y toallas frescas sin necesidad de levantarnos.

Brut seguía bebiendo, pero con moderación; no tenía intenciones de embriagarse de nuevo mientras yo permaneciera sobrio.

Sentía una profunda calma al escuchar las olas chocar contra las rocas, como si intentaran moverlas sin éxito.

La brisa cálida rozaba mi cuerpo como un gran abanico, despojándome de las malas energías.

Nuestros guardaespaldas, postados fuera de la cabaña, tenían acceso a todas las bebidas que desearan; no me sentía cómodo permitiendo que pasaran sed como si fueran extraños.

Al menos ellos podían disfrutar del viaje mientras nos escoltaban en un lugar donde, por fin, no percibía peligro alguno.

- ¿Cómo te sientes, peludito? – cuestionó mi marido, extendiendo su brazo para consentirme.

- El suero que me preparó el mayordomo ha surtido efecto. Ya estoy un poco mejor, osote ¿Quieres meterte un rato al mar? – pregunté mientras lo ayudaba a ajustarse su gorra de sol.

- Vamos. ¿Te colocaste el apósito por seguridad? – confirmó, tras despojarse de su camiseta.

- Tranquilo, lo hice después de ducharme – respondí, mientras me quitaba la ropa de playa.

- Definitivamente eres muy guapo, mi Osito. ¡Vamos a nadar como delfines! – soltó con una expresión de osezno entusiasmado, anhelando que lo acompañara en sus travesuras.

Mi marido se había convertido en un cachorro experto, sumergiéndose bajo el agua cristalina mientras ambos admirábamos lo profundo del océano.

Sentir su cuerpo cerca me reconfortaba; era el refugio que tanto había ansiado hallar.

Su felicidad, su gratitud y sus caricias eran tres conceptos que se fundían en una sola esencia.

Los tiernos besos que me daba bajo el agua se percibían como un espejo de nuestra compatibilidad, donde nuestros labios se encontraban en un punto intermedio entre la ternura y el deseo.

Al emerger a la superficie, nos mantuvimos unidos bajo el sol, mientras otros animales admiraban el cariño que emanábamos; como dos pequeñas burbujas de agua fusionándose en una sola.

Pasadas unas tres horas, decimos almorzar en el restaurante Marisol, donde disfrutamos de una vista espectacular en un ambiente de inspiración mediterráneo.

A diferencia del bufé, el lugar se especializaba marítimo y griego, con carnes, mariscos y sabores vibrantes diseñados por los chefs.

Mi marido solicitó una Torres de Mariscos: una selección exquisita de ostras, camarones y crudos.

Por mi parte, pedí unas chuletas de cerdo con tzatziki y hierbas frescas.

Nunca en mi vida había probado tantos sabores distintivos; era como si estallaran fuegos artificiales en mi paladar, mientras degustaba aquel banquete.

Mi marido mostraba las mismas expresiones de deleite, confirmando que la elección había sido un éxito total.

Al caer la noche, cuando la marea cesó y los vientos aminoraron su velocidad, llegó el momento de disfrutar del espectáculo en vivo en junto a los demás huéspedes.

Sin embargo, le tenía preparada una sorpresa a mi marido; me había coordinado con uno de los encargados y me mantenía a la espera de que anunciaran su nombre.

Sabía que los espectáculos de fin de semana presentaban una rotación de músicos que solían interpretar Jazz y otras melodías diseñadas para envolver el ambiente durante el coctel posterior a la cena.

- ¡Qué música tan refinada por parte de los artistas! Muy bien – anunció el mánager por el micrófono– Antes de continuar, quiero decirles que somos fanáticos de las sorpresas. Esta noche, un huésped muy amable nos pidió el favor de felicitar a un animal por un año más de vida. ¡Brutus Grizzly!

Mi corazón estalló como una piñata de pura alegría al escuchar su nombre.

- de parte de la familia The Boca Raton y, especialmente, de tu esposo, hemos decidido celebrarte como el rey que eres en esta noche tan especial. ¡Un aplauso para él!

Me abalancé sobre él como un cachorro que ve llegar a su padre después del trabajo, permitiéndome en la profundidad de su abrazo.

- ¡Feliz cumpleaños, osote! Te amo infinitamente, más de lo que imaginas – le susurré. Pude ver cómo sus ojos se humedecían; lloraba de pura felicidad.

- Gracias por esta gran sorpresa, mi amor – Te amo mucho - agradeció con la voz entrecortada, mientras el salón seguía vibrando con los aplausos.

Fue un momento único en su vida, con recuerdos que no se asemejaban a nada de lo que yo había conocido antes.

No cabía duda de que nadie nunca le había celebrado esa festividad con tanta devoción como lo hice yo en ese instante.

Sus lágrimas reconfirmaron el inicio de un nuevo ciclo, marcando ese recuerdo como uno de los más especiales de nuestra historia.