Capítulo 35 – Sol, Playa y Diversión
Añoraba sentir el calor del verano; Miami era esa ciudad donde el invierno parecía pedir perdón y el hielo nunca lograba posarse.
Yo lo llamaba la “hora dorada”: ese sol que calentaba nuestros cuerpos friolentos y que no pretendía esconderse bajo las nubes.
Se percibía como un tiempo de belleza, magia latente y nuevas oportunidades de vivir experiencias, similar a un jardín donde todo tipo de flores crecían protegidas, sin temor a ser lastimadas por el mundo cruel.
Nuestro primer día en el hotel tras completar el registro en la entrada.
La habitación que había reservado para nosotros era una One Bedroom Suite, que contaba una cama King, sofá-cama, una cocina medianamente grande, balcón privado con una vista interrumpida al mar, minibar y snacks.
El paquete incluía acceso VIP al Spa Palmera, cuya alberca es exclusiva para los miembros del Yacht Club, además del servicio de mayordomo las veinticuatro horas y desayunos continentales, entre otras comodidades del paquete todo incluido.
Posteriormente, le informamos a la recepcionista que dos de nuestros escoltas llegarían en las horas de la tarde, debido a que no pudieron viajar en nuestro mismo vuelo.
Solicité una habitación básica adicional para que ellos pudieran descansar, asegurando que estuvieran disponibles, pero permitiéndonos a mi marido y a mi disfrutar de la tranquilidad del viaje.
Pasamos el resto de la tarde nadando en una de las piscinas, acompañados de unos tragos y la paz que tanto anhelábamos.
Afortunadamente, la salud de Brut mejoró considerablemente gracias a las infusiones caseras que me recomendó la señora Elizabeth.
El jengibre, el eucalipto, el tomillo y el saúco resultaron ser aliados implacables por su propiedades antinflamatorias y expectorantes; esto ayudó a eliminar la descongestión nasal y a calmar la tos seca, permitiéndole disfrutar de su whiskey sin mayores contratiempos.
Por mi parte, la herida en mi flanco cerró por completo; el dolor abdominal disminuyó hasta convertirse en una molestia ocasional, una ligera “tirantez”, provocada por la contracción natural de la cicatriz.
Sin embargo, sabía que en esta etapa el sol era un enemigo para la zona afectada; la piel nueva es extremadamente sensible y la exposición directa podría causar una inflamación o pigmentación permanente.
Tras finalizar mi esquema de medicamentos, me permití beber un par de tragos, aunque con cautela.
Era consciente de que los tejidos internos aún estaban consolidándose y que el exceso de alcohol podría interferir con mi sistema inmune y la síntesis del colágeno necesaria para una regeneración perfecta.
Al caer la noche, mi amado y yo nos hallábamos en el bar junto a nuestros escoltas, quienes se había retrasado debido al denso tráfico de Miami.
Brindábamos con tequila reposado traído directamente de México.
Su expresión de felicidad me hacía sentir ligero, como una pluma que cae sobre la arena suave, percibiendo su textura que contenía emociones resguardas.
En ese instante, nuestras preocupaciones se esfumaron, tal como cuando una maestra borra las fórmulas matemáticas, dejando espacio para un nuevo comienzo.
Solo quería abrazarlo y perderme en ese momento de paz.
- Mi amor, nunca me contaste… ¿cómo se conocieron Balto y tú? – preguntó Brutus, mientras el mesero le servía otra ronda en su copa.
- Nuestra historia comenzó cuando yo cursaba sexto semestre en la universidad.
Hace más de dos años y medio, estaba en las bancas comiendo un emparedado de jamón y queso; tenía prisa porque el examen final valía el sesenta por ciento de la calificación y no podía faltar.
Mientras caminaba rápido, memorizando las frases relevantes que había subrayado, choqué de frente contra Balto, un pastor alemán quien también se dirigía a sus clases, y nuestras hojas de repaso terminaron en el suelo.
Le pedí disculpas mil veces, pero él, con esa calma que lo caracteriza, me dijo que no había problema, que sólo fue un accidente.
En ese momento, tras haber visto lo que estaba estudiando, mencionó que era un tema sencillo de aprobar si sólo memorizaba las frases de algunos autores; resultó que compartíamos el mismo profesor, aunque estudiábamos en diferentes programas.
Por alguna extraña razón, después de nuestra jornada, Balto me invitó a tomar un refresco en la cafetería de la institución para conocernos mejor.
A diferencia de otros que se acercaban a él por interés, Balto, además ser un muchacho adinerado, nunca ostentaba su riqueza con marcas y joyas de gran valor.
Desde entonces nos hicimos mejores amigos.
Cuando supo que vivía en un departamento alquilado, literalmente me obligó a mudarme después de varios meses de amistad.
Su familia me vio como un faro de luz y se podría decir que me “adoptaron”, debido a que no contaba con muchos amigos.
Bebí un sorbo más, sintiendo un ligero mareo. Ver la expresión seria y atenta de mi oso encendió en mi un incendio forestal imposible de sofocar; la libido se disparó de golpe, nublando mi razonamiento y dejando que mis propios impulsos tomaran el mando.
- Ese perrito es un travieso – comentó Brut, dejando una propina de diez dólares al mesero – Admiro su valentía por haberte rescatado en aquel callejón; una amistad así de sólida no se encuentra dos veces. Danos otras dos, por favor.
- Es verdad, conocer a Balto me salvó del precipicio al que estaba a punto de lanzarme, donde nadie puede escuchar mis gritos – dije, desviando la mirada hacia el brillo de las botellas en la repisa – Pero, ya llevamos un buen rato aquí… ¿Te apetece hacer algo más, peludote?
- Mi amor, sé que has recorrido caminos complicados - dijo él, tomándome del mentón para que lo mirara a los ojos – Pero mira todo lo que has logrado: tienes dos trabajos, amigos leales, eres responsable y me tienes a mí. Quiero emprender una nueva vida contigo, peludito.
- Gracias, osote. Te prometo que soltaré mi pasado; ya no quiero cargar con esas sombras en mis momentos de soledad. Vamos - lo guie sin soltar su patas – Esta será una noche larga para los dos – le dije, guiñándole el ojo.
Al cerrar la puerta de la habitación. Nuestra suite, que se abrió hacia el Atlántico como un santuario de mármol y seda, parecía un barco refinado flotando en medio del océano.
El cielo nocturno nos regalaba una hermosa constelación de las estrellas que brillaban como diamantes suspendidos sobre el terciopelo azul profundo.
Esos mismos astros fueron testigos de cómo me impuse ente mi marido, llevándolo a la cama con una determinación nueva.
En ese cruce de miradas, decidimos sin palabras dejar nuestras historias pasadas atrás, permitiendo que esos fragmentos fueran olas que el mar arrastra consigo, dispersándolas hasta que nadie pudiera volver a unir sus hilos.
Nuestro primer beso esa noche se fusionó como borrador de tinta invisible; el roce en nuestros labios eliminó cada cicatriz mental, dejando nuestra piel como un lienzo en blanco, listo para ser escrito de nuevo.
Nuestra cama no fue el único escenario pensado donde el compromiso con el futuro —y el adiós al pasado— dio lugar a un mar de nuevos acontecimientos.
Nos desplazamos por toda la habitación como si recorriéramos un bosque inexplorado.
En el balcón, con la brisa marina acariciando nuestras espaldas, nuestros cuerpos se fundieron bajo la mirada de las constelaciones.
Fue un encuentro donde el deseo no nacía de la urgencia, sino una revelación lenta; una esperanza que brotaba de nuestros anhelos más profundos Cada caricia era como trazar un mapa estelar donde se conectaban otras estrellas, creando una obra de arte que ni los astrónomos más expertos habrían sido capaces de nombrar.
Hacerlo allí, entre los lujos de la suite y la inmensidad de los cosmos, nuestros movimientos se convirtieron en una danza celestial; dos cuerpos bailando en órbita, fusionándonos en uno solo: constante, profundo y lleno de fuerza.
En cada rincón de la estancia, desde el susurro del balcón hasta la suavidad de las sábanas de mil hilos, intercambiamos respiraciones, como si compartiéramos el último oxigeno disponible tras haber pasado de una vida entera bajo el agua.
Cuando alcanzamos al clímax, no fue un volcán lo que hizo erupción tras días de letargo; fue una supernova que liberó una cantidad de energía inimaginable.
Quedamos entrelazados mientras el brillo de las estrellas bañaba nuestros cuerpos cansados.
El silencio que siguió a nuestros jadeos era fértil, limpio de viejos fantasmas.
Nos quedamos observando el firmamento y sentí que mis sombras del pasado se habían disuelto un agujero negro, absorbiendo toda la materia oscura de mi vida anterior; cuanto mayor era su radio, más podía medir en años luz las nuevas vidas que me esperaban junto a mi prometido.
Estábamos ahí, besándonos en un espacio que no figura en ningún un mapa: el refugio de dos seres que, al decidir olvidarlo todo, finalmente encontraron su destino el uno en el otro.
- Quiero soltar la tristeza de mi corazón.
– inicié, mirándolo fijamente – No hay nada en este mundo que tú no puedas hacer por mí, osote.
Los meses que llevamos juntos son estrellas contadas que siempre quedarán ahí para presenciar mis mejores recuerdos contigo.
Eres mi nueva constelación, la que me hace olvidar todos mis descuidos. Eso se acabó, te lo prometo.
Lo besé y sentí cómo que me abrazaba con una fuerza inmensa; mis palabras habían llegado a su corazón como si una nave espacial besara tiernamente el suelo rocoso de la luna tras un largo viaje por el vacío.
- Mi peludito, siempre expresando tus sentimientos con tu bella poesía. No importa donde estemos, siempre serás el capitán que guía nuestro barco. Te amo mucho, mi amor… más que mi propia vida.